Victor Hugo NUESTRA SEÑORA DE PARÍS *********** INDICE .................................. LIBRO PRIMERO I. La gran sala II. Pierre Gringoire III. Monseñor el Cardenal IV. Maese Jacques Coppenole V. Quasimodo VI. La Esmeralda LIBRO SEGUNDO I. De Caribdis a Escila II. La plaza de Gréve III. Besos para golpes IV. Los inconvenientes de it tras una bella mujer de noche por las calles V. Prosiguen los inconvenientes VI. La jarra rota VII. Una noche de bodas LIBRO TERCERO I. Nuestra señora II. París a vista de pájaro LIBRO CUARTO I. Las almas piadosas II. Claude Frollo III. Immanis pecoris custos immanior ipse IV. El perro y el dueño V. Continuación de Claude Frollo VI. Impopularidad LIBRO QUINTO I. Abbas beati Martini II. Esto matará aquello LIBRO SEXTO I. Ojeada imparcial a la antigua magistratura II. El agujero de las ratas III. Historia de una torta de levadura de maíz IV. IV. Una lágrima por una gota de agua V. Fin de la historia de la torta de maíz LIBRO SÉPTIMO I. Del peligro de confiar secretos a una cabra II. Un sacerdote y un filósofo hacen dos III. Las campanas IV. 'ANA?KH V. Los dos hombres vestidos de negro VI. Del efecto que pueden producir siete palabrotas lanzadas al aire VII. El fantasma encapuchado VIII. Utilidad de las ventanas que dan al río LIBRO OCTAVO I. El escudo convertido en hoja seca II. Continuación del escudo transformado en hoja seca III. Fin del escudo transformado en hoja seca IV. Larciate ogni speranza V. La madre VI. Tres corazones de hombre distintos LIBRO NOVENO I. Fiebre II. Jorobado, tuerto y cojo III. Sordo IV. Loza cristal V. La llave de la puerta roja VI. Continuación de la llave de la puerta roja LIBRO DÉCIMO I. Gringoire tiene algunas buenas ideas II. Haceos truhán. III. ¡Viva la alegría! IV. Un torpe amigo V. El retiro donde el rey de Francia reza sus horas VI. Llamita en Baguenaud VII. ¡Ayúdanos Chateaupers! LIBRO UNDÉCIMO I. El zapatito II. La creatura bella bianco vestita (Dance) III. El casamiento de Febo IV. Casamiento de Quasimodo Cuando hace algunos años el autor de este libro visitaba o, mejor aún, cuando rebuscaba por la catedral de Nuestra Señora, encontró en un rincón oscuro de una de sus torres, y grabada a mano en la pared, esta palabra: 'ANAGKH (1) Aquellas mayúsculas griegas, ennegrecidas por el tiempo y profundamente marcadas en la piedra, atrajeron vivamente su atención. La clara influencia gótica de su caligrafía y de sus formas, como queriendo expresar que habían sido escritas por una mano de la Edad Media, y sobre todo el sentido lúgubre y fatal que encierran, sedujeron, repito, vivamente al autor. Se interrogó, trató de adivinar cuál podía haber sido el alma atormentada que no había querido abandonar este mundo sin antes dejar allí marcado (en la frente de la vetusta iglesia) aquel estigma de crimen o de condenación. Más tarde los muros fueron encalados o raspados (ignoro cuál de estas dos cosas) y la inscripción desapareció. Así se tratan desde hace ya doscientos años estas maravillosas iglesias medievales; las mutilaciones les vienen de todas partes tanto desde dentro, como de fuera. Los párrocos las blanquean, los arquitectos pican sus piedras y luego viene el populacho y las destruye. Así pues, fuera del frágil recuerdo dedicado por el autor de este libro, hoy no queda ya ningún rastro de aquella palabra misteriosa grabada en la torre sombría de la catedral de Nuestra Señora; ningún rastro del destino desconocido que ella resumía tan melancólicamente. El hombre que grabó aquella palabra en aquella pared hace siglos que se ha desvanecido, así como la palabra ha sido borrada del muro de la iglesia y como quizás la iglesia misma desaparezca pronto de la faz de la tierra. Basándose en esa palabra, se ha escrito este libro. Marzo de 1834 1. Esta palabra griega que significa «fatalidad» será utilizada más tarde por Victor Hugo como título del capítulo IV del libro VII. NOTA AÑADIDA A LA EDICIÓN DEFINITIVA (1832) Erróneamente se ha anunciado que esta edición iba a ser aumentada con varios capítulos nuevos. Debía haberse dicho inéditos. Si al decir nuevos se entiende hechos de nuevo, los capítulos añadidos a esta edición no son nuevos. Fueron escritos al mismo tiempo que el resto de la obra, datan de la misma época y proceden d la misma inspiración, pues siempre han formado parte del manuscrito de Nuestra Señora de París. Además resulta difícilmente comprensible para el autor un posterior añadido de trozos nuevos a una obra de este tipo. Estas cosas no se hacen a capricho. Una novela nace, según él, de una forma, en cierto modo necesaria, y ya con todos sus capítulos, y un drama nace ya con todas sus escenas. No se crea que qüeda nada al arbitrio en las numerosas partes de ese todo, de ese misterioso microcosmo que se llama drama o novela. El injerto o la soldadura prenden mal en obras de este carácter que deben surgir de un impulso único y mantenerse sin modificaciones. Una vez terminada la obra, no cambiéis de opinión, no la modifiquéis. Cuando se publica un libro, cuando el sexo de la obra ha sido reconocido y proclamado, cuando la criatura ha lanzado su primer grito, ya ha nacido, ya está ahí, tal y como es, ni el padre ni la madre podrían ya cambiarla, pues pertenece ya al aire y al sol y hay que dejarla vivir o morir tal cual es. ¿Que el libro no está conseguido? iQué se le va a hicer! No añadáis ni un solo capítulo a un libro fallido. ¿Que está incompleto? Habría que haberlo completado al coñcebirlo. No consçguiréis enderezar un árbol torcido. ¿Que vuestra novela es tísica?, ¿que no es viable?, pues no conseguiréis insuflarle el hálito que le falta. ¿Que vuestro drama ha nacido cojo? Creedme, no le pongáis una pierna de madera. El autor mestra un gran interés en que el público conozca muy bien qe los capítulos aquí añadidos no han sido escritos expresamente para esta reimpresión y que si, en ediciones precedentes no han sido publicados, sé debe a razones muy sencillas. Cuando se imprimía por primen vez Nuestra Señora de París, se extravió la carpeta que contenía esos tres capítulos y, o se escribían de nuevo, o se renunciaba a éllos. El autor consideró que los dos únicos capítulos -de los tres extraviados- que podrían haber tenidocierto interés por su extensión, se referían al arte y a la hisroniá y que, por tanto, no afectaban para nada al fondo del drama y de la novela. El público no habría echado en falta su desaparición y únicamente él, el autor, estaría en el secreto de esta omisión; así, pues, decidió suprimirlos y, puestos a confesarlo todo, hay que decir también que, por pereza, retrocedió ante la tarea de rehacer esos tres capítulos perdidos. Le habría sido más fácil escribir una nueva novela. Pero ahora, encontrados ya, aprovecha la primera ocasión para restituirlos a su sitio. Esta es, pues, su obra completa tal como la soñó y tal como la escribió, buena o mala, frágil o duradera, pero como él la desea. No hay duda de que estos capítulos tendrán poco valor a los ojos de lectores, muy juiciosos por lo demás, que sólo han buscado en Nuestra Señora de París el drama, la novela, pero quizás otros lectores no consideren inótil estudiar el pensamiento estético y filosófico oculto en el libro, y se complazcan, al leerlo, en desentrañar algo más que la novela en sí misma y -perdónesenos las expresiones un tanto ambiciosas- escudriñar la técnica del historiador y los adjetivos del artista, a través de la creación, mejor o peor, del poeta. Es para esos lectores sobre todo para quienes los capítulos afiadidos en esta edición completarán Nuestra Señora de París, si admitimos que merece la pena que esta obra sea completada. El autor se ocupa en uno de estos capítulos de la decadencia y muerte de la arquitectura actual que, en su opinión, es casi inevitable; esta opinión desgraciadamente se encuentra muy arraigada en él y la tiene muy meditada. Siente, sin embargo, la necesi- dad de expresar su más vivo deseo de que el futuro le desmienta, pues conoce que el arte en cualquiera de sus manifestaciones puede confiar por completo en las nuevas generaciones cuyo genio comienza ya a sentirse y a apuntar en los talleres del arte. La se- milla está en el surco y la cosecha será ciertamente hermosa. Teme sin embargo, y se podrán descubrir las razones en el segundo tomo de esta edición, que la savia haya podido retirarse de este viejo terreno de la arquitectura que durante tantos siglos ha sido el mejor terreno para el arte. Existe hoy sin embargo entre los jóvenes artistas tanta vitalidad, tanta fuerza y, si cabe, tanta predestinación, que en nuestras escuelas de arquitectura, a pesar de contar con un profesorado detestable, están surgiendo alumnos que son excelentes; algo así como aquel alfarero del que habla Horacio que pensando en hacer ánforas producía pucheros... Currit rota, urceus exit (2) 2 La rueda (del alfarero) gira, sale un cántaro. Arte Poética de Ovidio. La frase completa es: Estamos comenzando a hacer un ánfora, ¿por qué no nos sale más que un cántaro de la rueda que gira? Pero en cualquier caso y cualquiera que sea el futuro de la arquìtectura y la forma con que nuestros jóvenes arquitectos den solución en su día a sus problemas artísticos, conservemos los monumentos antiguos, mientras esperamos la creación de otros nuevos. Inspiremos al país, si es posible, el amor a la arquitectura nacional. El autor declara ser éste uno de los objetivos principales de este libro y también uno de los objetivos principales de su vida. Quizás Nuestra Señora de París haya podido abrir perspectivas nuevas sobre el arte En la Edad Media, ese arte maravilloso y hasta ahora desconocido de unos y, lo que es peor, menospreciado por otros; sin embargo el autor se encuentra.muy lejos de creer realizada la tarea que voluntariamente se ha impuesto. Ha defendido en más de una ocasión la causa de nuestra vieja arquitectura y ha denunciado en voz alta muchas profanaciones, muchas demoliciones y muchas irreverencias, y seguirá haciéndolo. Se ha comprometido a volver con frecuencia sobre este tema y lo hará; se mostrará incansable defensor de nuestros edificios históricos atacados encarnizadamente por nuestros iconoclastas de escuelas y de academias, pues es lastimoso comprobar en qué manos ha caído la arquitectura de la Edad Media y de qué manera los presuntuosos conservadores de edificios históricos tratan las ruinas de este arte grandioso. Es incluso vergonzante que nosotros, hombres sensibles a él, nos limitemos a abuchear sus actuaciones. No aludimos aquí únicamente a lo que acaece en las provincias, sino a lo que se perpetra en París, ante nuestras puertas, bajo nuestras ventanas, en la gran ciudad, en la ciudad culta, en la ciudad de Ja prensa de la palabra y del pensamiento. Para terminar estas notas, no podemos evitar el señalar alguno de estos hechos vandálicos, proyectados a diario, iniciados y realizados tranquilamente ante nuestros ojos a la vista del público artista de París, frente a la crítica desconcertada ante tamaña audacia. Acaba de ser derribado el arzobispado, un edificio de gusto dudoso, y el daño no habría sido grande si no fuera porque con el arzobispado ha sido también demolido el obispado, resto curioso del siglo xiv que el arquitecto encargado de su derribo no ha sabido distinguir del conjunto. Así ha arrancado el trigo y la cizafla, ¡qué más da! Se habla también de arrasar la admirable capilla de Vincennes para hacer con sus piedras no sé qué fortificación que para nada habría necesitado Daumesnil. Mientras que, a base de grandes sumas se está restaurando el palacio Borbón, ese viejo caserón, se están destrozando por los vendavales del equinocio los magníficos vitrales de la Santa Capilla. Hace ya días que han puesto unos andamios en la Torre Saint Jacques-de-la-Boucherie y cualquier día caerá bajo la piqueta. Se ha encontrado un albañil para levantar una casita blanca entre las venerables torres del palacio de justicia y otro para castrar Saint Germain-des-Prés, la abadía feudal de los tres campanarios; y se encontrará otro, no to dudéis, para acabar con Saint-GermainL'Auxerrois. Todos estos albañiles se creen arquitectos y llevan uniformes verdes y son pagados minuciosamente por la prefectura. En fin, causan todos los perjuicios que el mal gusto es capaz de concebir. Cuando escribo estas líneas, uno de ellos ¡deplorable espectáculo!, está encargado de las Tullerías, otro de ellos marca de costurones el rostro de Philibert Delorme (3) y no es ciertamente uno de los menores escándalos de nuestros días el ver con qué desvergüenza la amazacotada arquitectura de este hombre destroza una de las más delicadas fachadas renacentistas (4). París, 20 de octubre de 1832 3. Arquitecto que construyó las Tullerías, bajo el reinado de Enrique II. 4. Hace referencia a Fontaine, arquitecto restaurador del palacio de las Tullerías. LIBRO PRIMERO I LA GRAN SALA HACE hoy (1) trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diecinueve días que los parisinos se despertaron al ruido de todas las campanas repicando a todo repicar en el triple recinto de la Cité, de la Universidad y de la Ville. De aquel 6 de enero de 1482 la historia no ha guardado ningún recuerdo. Nada destacable en aquel acontecimiento que desde muy temprano hizo voltear las campanas y que puso en movimiento a los burgueses de París; no se trataba de ningún ataque de bor- goñeses o picardos, ni de ninguna reliquia paseada en procesión; tampoco de una manifestación de estudiantes en la Viña de Laas ni de la repentina presencia de Nuestro muy temido y retpetado reñor, el Rey, ni siquiera de una atractiva ejecución publica, en el patíbulo, de un grupo de ladrones o ladronas por la justicia de París. No to motivaba tampoco la aparición, tan familiar en el París del siglo XV, de ninguna atractiva y exótica embajada, pues hacía apenas dos días que la última de estas cabalgatas, precisamente la de la embajada flamenca, había tenido lugar para concertar el matrimonio entre el Delfín y Margarita de Flandes, con gran enojo, por cierto, de monseñor el Cardenal de Borbón.que, para complacer al rey, hubo de fingir agrado ante todo el rústtco gentío de burgomaestres flamencos y hubo de obsequiarles en su palacio de Borbón con una atractiva representación y una entretenida farsa, mientras una fuerte lluvia inundaba y deterioraba las magníficas tapicerías colocadas a la entrada para la recepción de la embajada. 1. Nota de Víctor Hugo en la página del título de su manuscrito: «He escrito las tres o cuatro primeras páginas de Nuestra Señora de Parír el 25 de julio de 1830. La revolución de julio me interrumpió. Después vino al mundo mi querida pequeña Adela (¡bendita sea!) y continúo escribiendo Nuertra Señora de Parír el primero de septiembre; la obra se terminó el 15 de enero de 1831.» Adela nació el segundo día de la revolución. Lo que aquel 6 de enero animaba de tal forma al pueblo de París, como dice el cronista Jehan de Troyes, era la coincidencia de la doble celebración, ya de tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos. Ese día había de encenderse una gran hoguera en la plaza de Grévez(2), plantar el mayo en el cementerio de la capilla de Braque y representar un misterio(3) en el palacio de justicia. La víspera, al son de trompetas y tambores, criados del preboste de París, ataviados de hermosas sobrevestas de camelote co. for violeta, y con grandes cruces blancas bordadas en el pecho, habían ya hecho el pregón por las plazas y calles de la villa y una gran muchedumbre de burgueses y de burguesas acudía de todas partes, desde horas bien tempranas, hacia alguno de estos tres lugares mencionados, escogiendo según sus gustos la fogata, el mayo o la representación del misterio. Conviene precisar, como elogio al tradicional buen juicio de los curiosos de París, que la mayoría de la gente tomaba partido por la hoguera, to que era muy propio dada la época del año o por el misterio que por ser representado en la gran sala del palacio, cubierta y bien cerrada, se encontraba al abrigo y que la mayor parte dejaba de lado al pobre «mayo» mal florido, temblando de frío y solito bajo el cielo de enero en el cementerio de la capilla de Braque. (2) Lo que hoy es la plaza del Hótel de ville (Ayuntamiento) se conocía como plaza de Grève hasta 1830. Bajaba suavemente hasta el río Sena. En la Edad Media era el punto de reunión de los obreros sin trabajo. Bajo el antiguo régimen, los burgueses y demás gentes del pueblo que habían sido condenados a muerte,eran ahorcados en esta plaza. Los nobles o personajes de relieve eran decapitados allí mismo con hacha o con espada, y los culpables de herejía eran quemados vivos, así como muchos de los acusados de brujería. A los asesinos se les colocaba en la «rueda» y a los acusados de crímenes de lesa majestad se les descuartizaba. (3) Parece como si Víctor Hugo mezclase deliberadamente (para dar quizás mayor densidad a las fiestas de gran regocijo popular) épocas y fiestas diversas. Así, tenemos en efecto que la Edad Media celebraba el carnaval durante dos meses y el autor ha unido estas celebraciones con la «plantación del mayo», que en su origen era un árbol verde adornado de cintas que se plantaba con mucha pompa el primero de mayo. La fiesta del seis de enero tenía en la Edad Media un gran relieve popular y la fiesta de los locos (heredera de las antiguas saturnales) se situaba en fecha variable entre diciembre y enero. Estaba, en principio, reservada al bajo clero, que en ella encontraba motivos para protestar contra las más altas jerarquías. Degeneró y acabó siendo prohibida, aunque era más bien una prohibición de derecho que no de hecho. Los comentaristas resaltan que aquí, como un porn más adelante, al hablar del teatro medieval, Víctor Hugo confunde los misterios -de tema religioso- y las moralitér o rotier -representaciones profanas de tema moral o de reflexión. La afluencia de gente se concentraba sobre todo en las avenidas del Palacio de justicia pues se sabía que los embajadores flamencos, Ilegados dos días antes, iban a asistir a la representación del misterio y a la elección del papa de los locos que se iba a realizar precisamente en aquella misma sala. No era nada fácil aquel día poder entrar en la Gran Sala, famosa ya por ser considerada la sala cubierta más grande del mundo (si bien es cierto que Sauval no había aún medido la gran sala del palacio de Montargis). La plaza del palacio, abarrotada de gente, ofrecía a los curiosos que se encontraban asomados a las ventanas, la impresión de un mar, en donde cinco o seis calles, como si de otras tantas desembocaduras de ríos se tratara, vertían de continuo nuevas oleadas de cabezas. Las oleadas de tal gentío, acrecentadas a cada instante, chocaban contra las esquinas de las casas, que surgían, como si de promontorios se tratara, en la configuración irregular de la plaza. En el centro de la alta fachada gótica del palacio,la gran escalinata utilizada sin cesar por un flujo ascendente y descendente de personas, interrumpido momentáneamente en el rellano, se expandía en oleadas hacia las dos rampas laterales. Pues bien, esa escalinata vertía gente incesantemente hacia la plaza como una cascada sus aguas en un lago. Los gritos, las risas, el bullicio de la muchedumbre, producían un inmenso ruido y un clamor incesante. De vez en cuando el bullicio y el clamor se acrecentaban y el continuo trasiego de la multitud hacia la escalera provocaba avalanchas motivadas tanto pot los empujones de algún arquero, al abrirse camino, como por el cocear del caballo de algún sargento del preboste enviado al lugar para restablecer orden; tradición admirable esta que los prebostes(4) han dejado a los condestables, éstos a su vez a los mariscales y así hasta los gendarmes de nuestros días. 4. El preboste era, en general, un oficial de la gendarmería. Tenía a su cargo diversas funciones de policía general o judicial. Existían el preboste real, el preboste de los mercaderes, etcétera. Ante las puertas, en las ventanas, por las luceras o sobre los tejados, pululaban millares de rostros burgueses, tranquilos y honrados que contemplaban el palacio observando el gentío y contentándose sólo con eso; la verdad es que existe mucha gente en París que se satisface con el espectáculo de ser espectadores, pues a veces ya es suficiente entretenimiento el contemplar una maravilla tras la cual suceden cosas. Si nos fuera permitido a nosotros, hombres de 1830, mezclarnos con el pensamiento a estos parisinos del siglo Xv, y penetrar con ellos, zarandeados y empujados en aquella enorme sala del palacio, tan estrecha aquel 6 de enero de 1482, no habría dejado de ser interesante y encantador el espectáculo de vernos rodeados de cosas que,por ser tan antiguas, las hubiéramos considerado como nuevas. Si el lector nos to permite, vamos a intentar evocar con el pensamiento la impresión que habría experimentado al franquear con nosotros el umbral de aquella enorme sala y verse rodeado por una turba vestida con jubón, sobrevesta y cota... En primer lugar zumbidos de orejas y deslumbramiento en los ojos. Por encima de nuestras cabezas una doble bóveda ojival artesonada con esculturas de madera pintada en azul y con flores de lis doradas y bajo nuestros pies un pavimento de mármol alternando losas blancas y negras. A nuestro lado un enorme pilar y luego otro y otros más, hasta siete pilares en la extensión de aquella enorme sala sosteniendo en la mitad de su anchura los arranques de la doble bóveda y, en torno a los cuatro primeros pilares, tiendas de comerciantes deslumbrantes de vidrios y de oropeles y, en torno a las tres últimas, bancos de madera de roble, gastados ya y pulidos por las calzas de los pleiteantes y las togas de los abogados. Rodeando la sala y a to largo de sus muros entre las puertas, entre los ventanales, entre los pilares, la fila interminable de las estatuas de todos los reyes de Francia, desde Faramundo: los reyes holgazanes con los brazos caídos y los ojos bajos; los reyes va- lerosos y batalladores con sus manos y sus cabezas orgullosamente dirigidas al cielo. Además, en las altas ventanas ojivales, vitrales de mil colores y en los amplios accesos a la sala, riquísimas puertas delicadamente talladas y en conjunto, bóvedas, pilares, muros, chambranas, artesonados, puertas, estatuas, todo recubierto de arriba a abajo por una espléndida pintura azul y oro que, un porn descolorida en la época en que la vemos, había casi desaparecido bajo el polvo y las telarañas en el año de gracia de 1549 en que Du Breul la admiraba todavía. Imaginemos ahora esa inmensa sala oblonga, iluminada por la claridad tenue de un día de enero, invadida por un gentfo abiga- rrado y bullicioso deambulando a to largo de los muros y girando en torno a sus siete pilares y obtendremos así una idea, un tanto confusa aún, del conjunto del cuadro cuyos detalles más curiosos vamos a intentar resaltar. Es claro que si Ravaillac no hubiera asesinado a Enrique IV, no habría habido pruebas del proceso Ravaillac depositadas en la escribanía del Palacio de justicia, ni tampoco cómplices interesados en su desaparición, ni incendiarios obligados, a falta de algo mejor, a pegar fuego a la escribanía para hacerlas desaparecer ni a incendiar el Palacio de justicia para hacer desaparecer la escri-. banía y en fin, en buena lógica tampoco se habría producido el incendio de 1618 y el viejo palacio permanecería aún en pie con su inmensa sala y podría yo decir al lector: «Id a verla» y así unos y otros evitaríamos: yo hacerla y él leer una descripción quizás no muy buena. Todo esto viene a probar que los grandes acontecimientos tienen consecuencias incalculables. También es cierto en primer lugar que Ravaillac no tenía cómplices y en segundo lugar que sus cómplices, de haberlos tenido, claro, no habrían estado implicados en el incendio de 1618. Existen otras dos explicaciones muy plausibles. La primera, la gran estrella en llamas de un pie de ancha y de un codo de alta que, como todo el mundo sabe, cayó del cielo sobrè el palacio el siete de marzo pasada la media noche; en segundo lugar, está la cuarteta de Theophile: «Certes, ce fut un triste jeu, / Quand à Paris dame justice, / Pour avoir mangé trop d'epice, / se mit tout le palais en feu» (5). 5. Sin duda fue un triste juego, / Cuando en París la Señora justicia, Por haber comido demasiadas especias, / Puso fuego a todo su palacio. Se piense to que se piense de esta triple explicación política, física o poética del incendio del Palacio de justicia en 1618, to cierto es que desgraciadamente éste se produjo. Hoy, a causa de esta catástrofe, queda muy poco del palacio, gracias también a las sucesivas restauraciones que se han realizado y que han acabado con to que el fuego había respetado. Queda muy poca cosa ya de la que fue primera residencia de los reyes de Francia, muy poca cosa de este palacio, hermano mayor del Louvre, de este palacio en el que en tiempos de Felipe el Hermoso buscaban los restos de las magníficas construcciones realizadás por el rey Roberto y descritas por Hergaldo. Casi todo ha desaparecido. ¿Qué se ha hecho del salón de la Cancillería en el que el rey San Luis «consumó su matrimonio»? ¿Y del jardín en donde él mismo administraba justicia «revestido de una cota. de camelote, con una sobrevesta de Tiritaña, sin mangas, y con una túnica de sándalo negro sobre los hombros, echado en un hermoso tapiz y con Joinville al lado»?(6) ¿Dónde está la cámara del Emperador Segismundo? ¿Y la de Carlos IV? ¿Y la de Juan sin Tierra? ¿Dónde aquella escalinata desde la que Carlos VI promulgó su edicto de gracia? ¿Y la losa en la que Marcel degolló, en presencia del Del- ffn, a Robert de Clermont y al mariscal de Champagne? ¿Y la portilla donde fueron rotas las bulas del antipapa Benedicto y por donde se marcharon los que las habían traído, castrados y encapirotados, con mofas y cantando la palinodia por todo París? ¿Y la gran sala con sus dorados, sus azules, sus ojivas, sus estatuas y pilares y su bóveda inmensa toda esculpida? ¿Y la cámara dorada? ¿Y el león de piedra que había en la entrada con la cabeza baja y la cola entre las piernas, como los leones del trono de Salomón en actitud sumisa como cuadra a la fuerza cuando se encuentra ante la justicia? ¿Y las hermosas puertas? ¿Y los bellísimos vitrales? ¿Y los herrajes cincelados que provocaban la envidia de Biscornette? ¿Y las delicadas obras de ebanistería de Du Hancy?... ¿Qué han hecho el tiempo y los hombres de tales maravillas? ¿Qué hemos recibido por todo eso, por toda esta historia gala, por todo este arte gótico? Por to que al arte se refiere, las pesadas cimbras rebajadas de M. de Brosse, este torpe arquitecto del pórtico de Gervais y, en cuanto a la historia, los recuerdos parlanchines del gran pilar en donde aún resuenan los comadreos de los Patru (7). No es mucho, la verdad, pero volvamos a la auténtica gran sala del verdadero y viejo palacio. Las dos extremidades de este gigantesco paralelogramo estaban ocupadas, una por la famosa mesa de mármol, tan larga, tan ancha, tan gruesa como jamás se vio -dicen los viejos pergaminos en un estilo que hubiera provocado el apetito de Gargantúa-, Hremejante loncha de mármol en el mundoH, otra por la capilla en donde Luis XI se había hecho esculpir de rodillas ante la Virgen y a donde había hecho llevar sin preocuparle un ápice los dos nichos vacíos que dejaba en la fila de las estatuas reales, las de Carlomagno y San Luis, dos santos a los que suponía él gran influencia en el cielo por haber sido reyes de Francia. 6. Jean Sire de joinville escribió, solicitado por la reina Juana mujer de Felipe el Hermoso, una Historia de San Luis (Luis IX, rey de Francia de 1226 a 1270, hijo de Luis VIII y de Blanca de Castilla). Dentro de esa historia de San Luis, uno de los pasajes más celebrados es el del rey administrando justicia en el jardín de Vincennes, o en el jardín al que se hace alusión en el texto. 7. Olivier Patru, famoso abogado y profesor de Boileau (1604-1681). La capilla aún nueva, construida hace apenas seis años, tenía ese gusto encantador de arquitectura delicada, de escultura admirable, finamente cincelada, que define en Francia el fin del gótico y continúa hasta mediados del siglo XV1 en esas fantasías espiendorosas del Renacimiento. El pequeño rosetón abierto sobre el pórtico era una obra maestra de delicadeza y de gracia, habríase dicho una estrella de encaje. En el centro de la sala frente a la puerta, se alzaba un estrado de brocado de oro, adosado al muro, en donde se había abierto un acceso privado mediante una ventana al pasillo de la cámara dorada para la legación flamenca y los demás invitados de relieve a la representación del Misterio. En esa mesa de mármol, según la tradición, debía representarse el misterio y a cal fin había sido ya preparada desde la mañana. La rica plancha de mármol muy rayada ya por las pisadas, sostenía una especie de tablado bastante alto, cuya superficie superior, bien visible desde toda la sala, debía servir de escenario y cuyo interior, disimulado por unos tapices, serviría de vestuario a los diferentes personajes en la obra. Una escalera, colocada sin disimulo por fuera, comunicaría el escenario y el vestuario y sus peldaños asegurarían la entrada y salida de los actores. No había personaje alguno, ni peripecia, ni golpe de teatro que no necesitara servirse de aquella escalera ¡inocente y adorable infancia del arte y de la tramoya! Cuatro agentes del bailío del palacio, guardianes forzosos de todos los placeres del pueblo, tanto en los días de fiesta como en los días de ejecución, permanecían de pie en cada una de las cuatro esquinas de la mesa de mármol. La representación tenía que comenzar tras la última campanada de las doce del mediodía en el gran reloj del palacio. No era muy pronto precisamente para una representación teatral, pero había sido preciso acomodarse al horario de los embajadores flamencos. Ocurría, sin embargo, que todo aquel gentío estaba allí desde muy temprano y no pocos de aquellos curiosos temblaban de frío desde el amanecer ante la gran escalinata del palacio. Los había incluso que afirmaban haber pasado la noche a la intemperie, tum- bados ante el gran portón, para tener la seguridad de entrar los primeros. La muchedumbre crecía por momentos y, como el agua que rebasa el nivel, empezaba a trepar por los muros, a agolparse en torno a los pilares, a amontonarse en las cornisas, en las balaustradas de los ventanales y en todos los salientes y relieves de la fachada. Por todo ello las molestias, la impaciencia, el aburrimiento, la libertad de un día de cinismo y de locura, las discusiones que surgían por un brazo demasiado avanzado, un zapato de- masiado apretado el cansancio de la larga espera, daban ya, bastante antes de la hora de llegada de los embajadores, un ambiente enconado y agrio al bullicio de toda aquella gente encerrada, apiñada,empujada, pisoteada y sofocada. No se oían más que quejas e improperios contra los flamencos y el preboste de los comerciantes, contra el cardenal de Borbón y el bailío de palacio, contra Margarita de Austria(8), contra los alguaciles, o contra el frío, el calor, o el mal tiempo, o el obispo de París o contra el papa de los locos, las pilastras las estatuas... contra una puerta cerrada o una ventana abierta. Todo ello para gran diversión de bandas de estudiantes o de lacayos que, diseminados entre la multitud, se aprovechaban del malestar general para, con sus bromas, provocar y aguijonear, por decirlo de alguna manera, aquel mal humor general. 8. Margarita de Austria era la «prometida» del delfín y tenía, a la sazón, tres años. Había entre otros un grupo de estos alegres demonios que, después de haber destrozado la cristalera de un ventanal, se había sentado descaradamente en la repisa y desde a11í lanzaban sus miradas y sus burlas, tanto a los de adentro, como a los de afuera. Por sus gestos, sus risas estentóreas, por las llamadas burlonas que se hacían de una a otra parte de la sala, se deducía con facilidad que para aquellos estudiantes no contaba el cansancio que invadía al resto de los asistentes y que disfrutaban con el espectáculo que se producía ante sus ojos esperando que aquello continuara. -¡Por mi alma que vos sois Joanner Frollo de Molendino! -exclamó uno de ellos dirigiéndose a una especie de diablejo rubio, de buen ver y cara de picaro, que se apoyaba en las hojas de acanto de uno de los capiteles-. Vos sois el que llaman Juan del Molino, por vuestros dos brazos y vuestras dos piernas que se asemejan a las aspas movidas por el viento. ¿Desde cuándo estáis ahí? -Por todos los diablos -respondió Joanner Frollo-, más de cuatro horas llevo ya y espero me sean descontadas de mi tiempo en el purgatorio. Me he oído a los cuatro sochantres del rey de Sicilia entonar el versículo primero de la misa mayor de las siete en la Santa Capilla. -Son magníficos -replicó el otro-, y su voz es más aguda aún que sus bonetes. Antes de fundar una misa para San Juan, el Rey debería haberse informado de si a San Juan le gusta el latín cantado con acento provenzal. -¡Sólo to ha hecho para dar empleo a esos malditos chantres del Rey de Sicilia! -exclamó secamente una vieja del gentío, situada bajo el ventanal-. ¡No está mal! ¡Mil libras parisinas por una misa!, ¡y por si fuera poco con cargo al arrendamiento de la pesca de mar del mercado de París! -Calma, señores -replicó un grave personaje, rechoncho que se tapaba la nariz junto a la vendedora de pescado-, había que fundar una misa, ¿no?, ¿o queréis que el rey vuelva a enfermar? -Así se habla, sire Gille Lecornu, maestro peletero y vestidor del Rey -exclamó el estudiante desde el capitel. Una carcajada de todos los estudiantes acogió el desafortunado nombre del pobre peletero y vestidor real. -El Cornudo ¡Gil Cornudo! -decían unos. -Cornutur et hirsutut -replicaba otro. -Pues claro -añadía el diablejo del capitel-, ¿de qué se ríen? Es el honorable Gil Cornudo, hermano de maese Juan Cornudo, preboste del palacio del Rey, a hijo de maese Mahiet Cornudo, portero primero del Parque de Vincennes, burgueses todos de París y todos casados de padres a hijos. La algazara aumentaba y el obeso peletero del rey, sin decir palabra, procuraba sustraerse a las miradas que le clavaban de todos los lados, pero en vano sudaba y resoplaba pues, como una cuña que se clava en la madera, todos sus esfuerzos no servían sino para encajar su oronda cara roja de ira y de despecho en los hombros de quienes le rodeaban. Finalmente uno de ellos, gordo y bajo, y honrado como él, salió en su ayuda: -¡Maldición! ¡Estudiantes hablando así a un burgués! En mis tiempos se los habría azotado y con palos que luego habrían servido para quernarlos. Al oír esto, toda la banda se rió a carcajadas. -¡Hala! ¿Quién canta tan fino? ¿Quién es ese pájaro de mal ágüero? -¡Toma!, ¡si yo le conozco!: es maese André Musnier. -¡Claro!, como que es uno de los cuatro libreros jurados de la Universidad! =dijo otro. -Todo es cuádruple en esa tienda -añadió un tercero-: las cuatro naciones(9), las cuatro facultades, las cuatro fiestas, los cuatro procuradores, los cuatro electores, los cuatro libreros. 9 Los estudiantes estaban repartidos en cuatro especies de «congregaciones»: Francia, Picardía, Normandía, Alemania, que eran a la vez Cofradías, asociaciones y organismos administrativos. -Pues habrá que armarles un follón de todos los demonios -dijo Jean Frollo. -Musnier, to quemaremos los libros. -Musnier, apalearemos a tus lacayos. -Musnier, nos meteremos con to mujer, con la gorda de la señora Oudarda que está tan fresca y alegre como si estuviera viuda. -¡Que el diablo os lleve! -masculló maese André Musnier. -Maese Andrés- dijo Juan Frollo, colgado aún de su capitel-, o to callas o me tiro encima. Entonces maese Andrés levantó la vista como para medir la altura del pilar y el peso del guasón, multiplicó su peso por el cuadrado de la velocidad y se calló. Juan, dueño ya del campo de batalla, dijo altaneramente: -Te aseguro que to haré aunque sea hermano de un archidiácono. ¡Vaya gentuza nuestros señores de la Universidad! ¡Ni siquiera han sabido hacer respetar nuestros privilegios en un día como el de hoy! Porque en la Ville tenemos hoy el fuego y el mayo; misterio, papa de los locos y flamencos en la Cité, y en la Universidad, nada. -¡Aunque la plaza Maubert es to suficientemente grande! -dijo uno de los estudiantes que estaban sentados en la repisa de la ventana. -¡Abajo el rector, los electores y los procuradores! -gritó Juan. -Habrá que hacer otra fogata esta tarde en el Champ-Gaillard, con todos los libros de maese Andrés -replicó el otro. -¡Y con los pupitres de los escribas! -¡Y con las varas de los bedeles! -¡Y con las escupideras de los decanos! -¡Y con las arcas de los electores! -¡Y con los escabeles del rector! -¡Fuera! -replicó, zumbón, el pequeño Juan-, fuera maese Andrés, bedeles y escribas. ¡Fuera teólogos, médicos y decretistas! ¡Fuera los procuradores, fuera los lectores, fuera el rector! -¡Es el fin del mundo! -murmuró maese Andrés, tapándose los oídos. -A propósito, ¡mirad, el rector! ¡Miradle ahí, en la plaza! -gritó uno de los de la ventana y todos se volvieron a mirar hacia la plaza. -¿Es de verdad nuestro venerable rector, maese Thibaut? -preguntó Juan Frollo del Molino, que no podía ver to que ocurría en la plaza, por estar asido a uno de los pilares interiores. -Sí, sí -respondieron los otros-; seguro que es él, el rector. En efecto, en aquel momento el rector y todos los representantes de la Universidad se dirigían en grupo hacia la embajada y estaban cruzando la plaza del palacio. Los estudiantes, apiñados en la ventana, les saludaron al pasar con mofas y aplausos irónicos. El rector, que encabezaba la comitiva, recibió.la primera andanada, que no fue pequeña. -¡Buenos días, señor rector!; ¡hola a los buenos días! -¿Cómo así por aquí, jugador empedernido? ¿Así que habéis dejado vuestra partida de dados? -¡Mira cómo trota en su mula! ¡Pero si sus orejas son más grandes que las de ella! -¡Hola, hola! ¡A los buenos días, señor rector Thibaut! -¡Tybalde aleator!(10); ¡jugador, viejo imbécil! -¡Que dios os guarde! ¿Os han salido seis dobles esta noche? -¡Mírale! ¡Mira qué cara arrugada y pastosa de tanto jugar a los dados! -¿A dónde vais así Tybalde ad dados(11), de espalda a la Universidad, trotando hacia la Ville? -Seguro que va a buscar su tugurio de la calle Thibautodé(12) -exclamó Juan del Molino. Toda la banda acogió la rechifla con voz de trueno y aplausos furiosos. -Vais a buscar vuestro tugurio de la calle Thibautodé, ¿no es así, señor rector, jugador del demonio? Después les tocó a los demás dignatarios. -¡Fuera los bedeles! ¡Fuera los maceros! -Eh, oye, Robin Poussepain, ¿quién es ese tipo? -¡Pero si es Gilbert de Sully, Gilbertus Soliaco, el canciller del colegio de Autun. -Eh, tú que estás mejor situado que yo, toma mi zapato y tíraselo a la cara. -Saturnalitias mittimut ecce nucets(13). -¡Mueran los seis teólogos con sus sobrepellizas blancas! -Ah, ¿pero son los teólogos?; creí que eran las seis ocas blancas que Santa.Genoveva regaló a la Ville por el feudo de Roogny. 10. Thibaut, jugador de dados. 11. Thibaut de los dados (en latín macarrónico). 12. Thibaut-aux-dés; Thibaut de los dados (juego de palabras en francés). 13. Mira, to envío nueces de las saturnales (Marcial, Epigramru, VII, 91, 2). La gente se tiraba nueces durante las saturnales romanas. -¡Fuera los médicos! -¡Fuera diputados y cardenales! -¡Ahí va mi birrete, canciller de Santa Genoveva! ¡Me hicisteis una faena! ¡Os digo que es cierto!, mi puesto en la nación de Normandía se to dio al pequeño Ascanio Falzaespada, de la pro-, vincia de Burges, que era italiano. -¡Es una injusticia! -gritaron los demás estudiantes-. ¡Fuera el Canciller de Santa Genoveva! -Eh, eh, ¡Fijaos! Es Maese Joaquin de Ladehors. -¡Anda! y Luis Dahuille y Lamberto Hoctement. -¡Que el diablo se lleve al procurador de la nación alemana! -¡Y a los capellanes de la Santa Capilla con sus mucetas grises! ¡Cum tunicis grisis! -¡Seu de pellibus grisis funatis!(14) -¡Mira los maestros en artes! ¡Bonitas capas negras! ¡Qué bonitas capas rojas! -¡Mira!, ¡Parecen la cola del rector! Se diría que es un dux veneciano ataviado para sus bodas con el mar. -Eh, Juan, mira: ¡Los canónigos de Santa Genoveva! -¡Al diablo la canonjía! -Y ahora el Abad Claud Choart. Doctor Claudio Choart, ¿buscáis acaso a María Giffarde? La hallaréis en la calle Glatigny, preparando el lecho del rey de los ribaldos. -Paga sus cuatro denarios; quatuor denarios. -Aut unum bombum(15). -¿Queréis que os.lo haga gratis? -¡Compañeros! maese Simon Sanguin, elector de la Picardía, con su mujer a la grupa. -Port equitem sedet altra cura (16). -¡Ánimo, maese Simon! -¡Buenos días señor elector! -¡Buenas noches señora electora! -¡Qué suerte tienen de verlo todo!-, suspiraba Joannes de Molendino, agarrado aún a la hojarasca de su capitel y mientras tanto el librero jurado de la Universidad maese Andrés Musnier, hablaba al oído del peletero real, maese Gil Lecornu. -Os digo que éste es el fin del mundo, jamás se han visto tales desmanes entre los estudiantes y todo ello es debido a los malditos inventos modernos que echan todo a perder; las artillerías las serpentinas, las bombardas, pero sobre todo la imprenta, esa peste llegada de Alemania. Ya no se hacen libros ni manuscritos, la imprenta hunde a la librería. Esto es el fin del mundo. 14. Con sus tunicas grises, o forradas de pieles grises. 15. O una bomba. 16. El caballero lleva a la grupa la negra preocupacines. -Yo ya lo había observado en el aumento de yentas de terciopelo -dijo el peletero. Justo entonces sonaron las doce. -¡Ah...! -coreó la multitud al unísono. Los estudiantes se caIlaron y se produjo luego un enorme revuelo, un movimiento continuo de pies y de cabezas, carraspeos conscantes... Todo el mundo se acomodó, se situó, se colocó, se agrupó. Se produjo luego un silencio con las cabezas levantadas, las bocas abiertas y las miradas fijas codas en la mesa de mármol, pero no aparecía nadie en la mesa. Los cuatro guardías del bailío seguían a11í, tiesos a inmóviles como cuacro estatuas. Las miradas se dirigieron hacia el estrado, reservado a la legación flamenca, mas la puerta permanecía cerrada y el estrado vacío. Todo aquel gentío no esperaba más que ores cosas desde bien temprano: que dietan las dote, que apareciera la legación flamenca y que empezara el misterio; y hasta ahora sólo habían dado las dote. Aquello era por demás. Esperaron todos uno, dos, tres, cinco minutos, un cuarto de hora y nada; el estrado concinuaba desierto y el escenario vacío. A la impaciencia siguió la cólera; se protestaba en voz baja todavía, con gesto irritado: ¡el miscerio!, ¡el misterio! murmuraba apa- gadamence el gentío; el ambience se iba calentando. Una cempestad, aunque de momento sólo eran cruenos, se estaba preparando entre aquella multitud y fue Juan del Molino quien produjo el primer chispazo: -¡El misterio ya y al diablo los flamencos! -dijo a voz en grito enroscándose al capitel como una culebra. La genre aplaudió con Bran calor. -El misterio -repitieron todos-; ¡al diablo con Flandes! -Queremos el misterio inmediatamente -dijo el estudiance-, o a fe mía que colgamos al bailío a guisa de farsa y representación. -¡Así se habla! -exclamó la muchedumbre-, y empecemos por colgar a los guardias-. Una Bran aclamación acogió estas palabras al tiempo que los cuacro pobres diablos palidecieron y se miraban incrédulos. La genre se avalanzó sobre ellos, y veían cómo la débil balaustrada de madera que les separaba se curvaba y cedía ante la presión del gencío. La situación era crícica. -¡A ellos! ¡A ellos! -gritaban de todas partes. Justo en ese momento la tapicería del vestuario, ya descrita, se levantó y dio paso a un personaje ante cuya vista cesó súbitamente todo y la cólera se trocó en curiosidad como por arte de magia. -¡Silencio! ¡Silencio! El personaje, nada tranquilo y temblando como una hoja, avanzó hacia la mesa de mármol, haciendo reverencias a diestro y siniestro, que parecían más bien genuflexiones a medida que se iba acercando. Ya la calma se había restablecido un tanto y sólo se oía ese ligero murmullo que surge siempre entre el silencio de la multitud. Y el personaje comenzó a hablar: -Señores burgueses, señoritas burguesas: vamos a tener el honor de declamar y representar ante su eminencia el señor cardenal un bellísimo paso que lleva por título El recto juicio de Nuestra Señora la Virgen María y en él yo hago el papel de Júpiter. Su eminencia acompaña ahora a la muy honorable embajada de monseñor el duque de Austria que se encuentra en estos momentos oyendo el discurso del Señor Rector de la Universidad en la puerta de Baudets. En cuanto llegue su Eminencia el Cardenal, da- remos comienzo a la represenracióm Nada menos que la intervención de Júpiter fue, pues, necesaria para salvar a los cuatro desdichados guardias del bailío de palacio. Si hubiéramos tenido la dicha de haber inventado esta historia verídica y por consiguiente ser los responsables de ella ante nuestra señora la crítica, no podría habérsenos aplicado el precepto clásico Nec dens intersit(17). Por otra parte el traje de júpiter era muy atractivo y contribuyó no poco a calmar al gentío, atrayendo hacia él su atención. Júpiter estaba vestido con una brigantina cubierta de terciopelo negro adornada con clavos dorados a iba tocado con un bicoquete guarnecido de botones de plata dorada y, de no ser por el maquillaje y la espesa barba que le tapaban cada uno la mitad de la cara, o por el rollo de cartón dorado cuajado de lentejuelas y cintas relucientes que empuñaba en su mano y en el que cualquier experto habría reconocido fácilmente el rayo, o, si no hubiera sido por sus piernas, color carne, con cintas entrecruzadas al estilo griego, se le podría haber tomado, tal era la seriedad de su atuendo, por un arquero bretón de la guardia del señor de Berry. 17. Y que no intervenga ningún Dios (Horacio, Arte poética, 190) II PIERRE GRINGOIRE (18) SIN embargo, mientras hablaba, la satisfacción y la admiración provocadas por su vestimenta se iban poco a poco desvaneciendo y al llegar a aquella desafortunada conclusión: «En cuanto llegue su eminencia el cardenal, daremos comienzo a la represen- tación», su voz fue apagada por un trueno de gritos y abucheos. -¡Empezad ahora mismo! ¡Queremos el misterio(19) ahora mismo! -gritaba el populacho y más alta que ninguna sobresalía la voz de Juan de Molendino, traspasando el griterío como el pífano en una cencerrada de Niza. -Que comience ahora mismo -chillaba el estudiante. -¡Fuera Júpiter y el cardenal de Borbón! -vociferaban Robin Poussepain y los otros estudiantes encaramados en la ventana. -¡Que empiece ya la comedia! -repetía el gentío-. ¡Ahora mismo! ¡Inmediatamente! ¡El saco y la cuerda para los cómicos y el cardenal! El pobre Júpiter, desconcertado, amedrentado, pálido de terror bajo el maquillaje, dejó caer su rayo, se quitó el bicoquete y saludaba tembloroso y balbuciente: -Su eminencia... los embajadores... Margarita de Flandes...- no sabía qué decir. En el fondo su preocupación era ser colgado. , Colgado por el populacho si no empezaban o por el cardenal si to hacían; en cualquier caso su conclusión era siempre la misma: una horca. Por fortuna alguien vino a sacarle de aquella incertidumbre y a asumir la responsabilidad del momento. 18. Pierre Gringoire fue un personaje real, nacido en Normandía (1475-1538), al que Victor Hugo reviste con rasgos de fantasía. Dentro del teatro profano escribió, en 1512, Le jeu du prince der rot , su obra más celebrada, cuya traducción sería: El drama (o paso, o representación/ del príncipe de los locos. 19 Véase la nota 3 de este libro. Debería llamarlo «moralité», que sería referente al teatro profano. Esta denominación correspondería al sentido moral y crítico que encierran estas obras. Aquí, para conservar en lo posible fidelidad al texto original, to hemos traducido por misterio (aunque a veces, para evitar repeticiones, hemos empleado paso, auto o comedia). Un individuo, que permanecía de pie del lado de acá de la balaustrada, en un espacio libre en torno a la mesa de mármol, y en el que nadie hasta entonces había reparado, pues su figura alta y delgada quedaba totalmente oculta a la vista tras el pilar en el que se apoyaba; este individuo alto, delgado, pálido, rubio, todavía joven aunque se le veían ya arrugas en las sienes y en las mejillas, con ojos vivaces y una boca sonriente, con ropa larga negra, muy gastada y llena de brillo, se acercó a la mesa de mármol e hizo una seña al pobre cómico; pero éste, excitado y nervioso, no le veía. El recién llegado avazó unos pasos: -¡Júpiter! -le dijo-. ¡Mi querido lúpiter! El comediante seguía sin enterarse. Entonces el hombre rubio, impacientado ya, le gritó casi a la cara. -¡Miguel Giborne! -¿Quién me está llamando? -preguntó Júpiter sobresaltado, como saliendo de un sueño. -Yo -respondió el personaje de negro. -¡Ah! -dijo Júpiter. -Comenzad ahora mismo; complaced al público. Yo calmaré al bailío; dejadlo de mi cuenta, y él se encargará de tranquilizar al cardenal. Júpiter pudo por fin respirar. -¡Señores burgueses! -gritó con toda la fuerza de sus pulmones a la multitud que seguía abucheándole. ¡Vamos a comenzar ahora mismo! -Evoe, Jupiter; plaudite, cives(¡Bravo, Júpiter! Aplaudid, ciudadanos.) -exclamaron los estudiantes. -Aplaudid, aplaudid -gritaba el pueblo. A esto siguió una salva de aplausos atronadora que Júpiter aprovechó para colarse bajo la tapicería. Sin embargo el desconocido personaje que tan mágicamente acababa de trocar la tempestad en bonanza, como dice nuestro viejo y querido Corneille, había vuelto a la penumbra de su pilar y allí habría permanecido invisible, inmóvil y mudo, como hasta en- tonces, de no haberle sacado de aquel sitio dos mujeres que, por hallarse en primera fila, habían observado su breve coloquio con Miguel Giborne, Júpiter. -Maestro -dijo una de ellas haciéndole señas para que se acercara. -Callaos, querida Lienarda -le dijo su compañera, una moza guapa, lozana y muy endomingada-. No es un letrado sino un seglar, así que no hay que llamarle maestro sino micer. -¡Eh, micer! -dijo Lienarda. El desconocido se acercó a la balaustrada. -¿Qué se les ofrece, señoritas? -preguntó con cortesía. -¡Oh!, nada, nada -dijo Lienarda un canto turbada-. Es que mi amiga Gisquette la Gencienne desea hablaros. -¡Oh!, no -prosiguió Gisquette ruborizada-. Es que Lienarda os ha llamado maestro y yo le he indicado que tenía que decir micer. Las dos jóvenes bajaron la vista y el otro, interesado en entablar conversación, las miraba sonriente. -Entonces, ¿no tenéis nada más que decirme, señoritas? -¡Oh, no, no!, nada más -respondió Gisquette. -No, no; nada más -añadió Lienarda. El apuesto joven hizo ademán de retirarse, pero a las dos curiosas no les seducía abandonar la presa. -Micer -dijo abiertamente Gisquette, con el ímpetu de una exclusa que se abre o de una mujer que coma partido por algo-: ¿Conocéis a ese soldado que va a hacer el papel de Nuestra Señora la Virgen, en la representación del misterio? -¿Os referís al papel de Júpiter? -dijo el desconocido. -¡Claro, claro! -dijo Lienarda-. ¡Mira que es tonta! Entonces, ¿conocéis a Júpiter? -¿A Miguel Giborne?, claro, señora. -¡Vaya barba que lleva! -añadió Lienarda. -¿Va a ser bonito to que van a decir? -Muy bonito -respondió sin dudarlo el desconocido. -¿Qué va a ser? -preguntó Lienarda. -El buen juicio de Nuestra Señora, la Virgen. Una obrita que os gustará, señoritas y con moraleja al final. -Entonces, ¿va a ser diferente? -siguió Lienarda. Se hizo un breve silencio que rompió el desconocido. -Es una obra totalmente nueva; sin estrenar aún. -Entonces -continuó Gisquette- ¿no es la misma que dieron hace dos años, cuando la llegada del señor legado, en la que intervenían tres muchachas que hacían de... -De sirenas -completó Lienarda. -Y salían desnudas del todo -añadió el joven. Lienarda bajó púdicamente los ojos. Gisquette al verla hizo lo mismo. El joven prosiguió hablando sonriente: -Era muy bonito y muy agradable a la vista; to de hoy es un auto moral, hecho especialmente para la señorita de Flandes. -¿Se cantarán serranillas? -preguntó Gisquette. -¡Ni hablar! -respondió el desconocido. Es una obrita moral; no hay que confundir los géneros; si fuese una farsa cómica, todavía. -Pues es una pena -dijo Gisquette-; aquel día salían en la fuente de Ponceau hombres y mujeres salvajes que luchaban haciendo grandes gestos y cantando motetes y pastorelas. -Lo apropiado para un embajador -dijo secamente el desconocido-, puede no serlo para una princesa. -Y cerca de ellos -interrumpió Lienarda-, y muy bajo, unos cuantos instrumentos tocaban melodías muy bonitas. -Es verdad, y para refrescar a los que pasaban -decía Gisquette- la fuente manaba chorros de vino, de leche y de hipocras(21) para que bebiera quien quisiera -Y un poco más abajo del Ponceau -añadió Lienarda-, en la Trinidad se representaba una pasión(22) con personajes pero sin hablar. -¡Ah, sí! Ya me acuerdo -dijo Gisquette-; Jesús crucificado con los dos ladrones a su derecha y a su izquierda. Entonces las dos jóvenes, excitadas por el recuerdo de la llegada del legado, comenzaron a hablar a la vez. -Y antes, en la Porte-aux-Peintres, habíamos visto a mucha gente toda muy bien vestida. -Y en la fuente de San Inocencio, ¿te acuerdas del cazador aquel que perseguía a una cierva con gran alboroto de trompas y perros? -Sí; y también en la carnicería de París; acuérdate de todos aquellos andamiajes que representaban la bastilla de Dieppe. 21. Bebida hecha con vino, azúcar, canela y otros ingredientes. 22. En el siglo xv las representaciones de la Pasión eran frecuentes. Empezaron haciéndose como una breve dramatización en el interior de las tglestas y luego, ante la amplitud y expectación que fueron adquiriendo, tuvieron que hacerse en el exterior. A este tipo de representaciones se las conoce con el nombre de misterios. La tradición del misterio de la pasión se ha perpetuado incluso hasta nuestros días y aún son numerosas las representaciones que de ella se hacen a nivel popular. En el siglo xv, las representaciones podían extenderse a to largo de aratro o más días. Así El misterio de la pasión, de Arnoul Gréban, representado en 1450 en Paris, tenía 35.000 versos. Otro autor de relieve fue Jean Michel. En 1846, se representó en Angers su Misterio de la Pasión, dividido nada menos que en diez jornadas. -Y cuando pasaba el legado, ¿recuerdas, Gisquette?, dieron la señal de ataque y cortaron la cabeza a todos los ingleses. -Y también representaban algo junto a la puerta del Châtelet. -Y en el Pont-au-Change, que estaba también preparado para representaciones. -Y cuando pasaba el legado dieron suelta en el puente a más de doscientas docenas de los más variados pájaros. Era precioso, ¿verdad, Lienarda? -Pues hoy será más bonito aún, logró decir su interlocutor que ya estaba impacientado de tanto oírlas. -¿Nos prometéis que va a ser bonita la representación de hoy? -preguntó Gisquette. -¡Seguro! -respondió y añadió luego con cierto énfasis-: Señoritas, yo soy el autor. -¿De verdad? -exclamaron, asombradas, las dos jóvenes a is vez. -De verdad -respondió el poeta pavoneándose un porn-; es decir, to hemos hecho entre los dos; Juan Marchand que ha serrado las tablas, ha construido el andamiaje y los decorados, y yo que he escrito la obra; me llamo Pierre Gringoire. Ni el mismo autor del Cid habría dicho con tanto orgullo: Pierre Corneille(23). Nuestros lectores habrán podido darse cuenta del tiempo transcurrido desde que Júpiter se escondió tras la tapicería, hasta el instante en que el autor de la nueva pieza hizo tales revelaciones ante la ingenua admiración de Gisquette y Lienarda. Conviene también señalar como cosa extraña que todo aquel gentío que sólo unos minutos antes se mostraba tan tumultuoso, ahora esperaba pacientemente fiándose de las palabras del comediante. Esto confirma una verdad, comprobada a diario en nuestros teatros, y es que la mejor manera de conseguir que el público no se impaciente es prometerle que la función va a comenzar en seguida. Pero el estudiante Joannes no se había dormido. 23. Autor dramático del clasicismo francés (1606-1684), que escribió, entre otras obras, El Cid, estrenada en 1637, y de muy directa inspiración, como buena parte de sus obras, en temas de autores y ambiente españoles; en esta ocasión de Las Mocedades del Cid, de Guillén de Castro, publicada en España en 1631. Del Cid puede decirse que es la primera tragedia clásica de la literatura francesa y supuso la gloria para su autor que se vio ennoblecido por el rey Luis XIII. -¡Eh! -exclamó, en medio de aquella apacible espera, que había seguido al tumulto anterior-. Por júpiter ¡Por la Virgen san tísima! ¡Saltimbanquis del demonio! ¿Pero estáis de broma? Venga ya, ¡la obra! ¡La obra! No hizo falta más. Del interior del tinglado empezó a sonar una música de ins trumentos graves y agudos, al tiempo que se corrían las cortinas l para dar paso a cuatro personajes muy maquillados y con vestimenta muy llamativa que comenzaron a subir por aquella empi nada escalera; una vez llegados al escenario, se colocaron en fila 1 para saludar al público con grandes reverencias. La música cesó. i Comenzaba la representación del misterio. Los cuatro personajes fueron largamente aplaudidos y, en me. . dio de un silencio religioso, iniciaron un prólogo del que gusto samente vamos a excusar al lector pues, como ocurre aún en nuestros días, el público estaba mucho más pendiente de la vestimen- ta de los actores que del papel que recitaban y además es comprensible que así sea. Los cuatro iban vestidos de amarillo y blanco a partes iguales que se diferenciaban únicamente en la calidad del tejido: el primero era de brocado, oro y plata, el segundo de seda, el tercero de lana y el otro de lienzo. Además el primer personaje llevaba una espada en la mano, el segundo dos llaves doradas, el tercero una balanza y el cuarto una pala. Además, para completar su simbolismo y facilitar así la comprensión de las L teligencias más perezosas, se podía leer en grandes letras negraa bordadas: ME LLAMO NOBLEZA en la parte superior de la túnica del brocado; ME LLAMO CLERO, sobre la túnida de seda; ME LLAMO MERCANCÍA, en la de lana y ME LLAMO TRABAJO, en la parte inferior de la de tela. Las túnicas más cortas indicaban claramente al espectador atento el sexo masculino de los que las llevaban así como su tocado que completaba la alegoría, mientras que las otras dos alegorías femeninas estaban representadas por túnicas más largas a iban tr cadas con caperuzas. Había que carecer y muy mucho de imaginación para no llegar a interpretar, ayudados por la expbsición poética del prólogo, que el trabajo estaba casado con Mercancía a igualmente Clérigo con Nobleza y que además las dos felices parejas poseían como pa. trimonio común un delfín de oro para adjudicarle a la más bell de las mujeres. Juntos iban, pues, por el mundo a la búsqueda di tal belleza. Después de haber descartado sucesivamente a la reina Golconda, a la princesa Trebizonda, a la hija del Gran Khan deI Tartaria, etc., Trabajo y Clero, Nobleza y Mercancía, habían vi nido a descansar sobre la mesa de mármol del Palacio de Justicia y allí, ante tan honorable auditorio, exponían tantas máximas y sentencias como pudieran oírse en los exámenes de la facultad de bellas artes, como sofismas, sentencias, conclusiones, figuras y actas necesarias para obtener una licenciatura. Todo aquello era hermoso ciertamente. Pero entre toda aquella gente a quienes las cuatro alegorías vertían a porfía oleadas de metáforas, no había oídos más atentos, ni corazón más dispuesto, ni mirada más perspicaz, ni cuello más tenso que los oídos, la mirada, el cuello o el corazón del autor, nuestro bravo poeta Pierre Gringoire, el mismo que no había resistido poco antes al gozo de revelar su nombre a las dos guapas mozuelas. Había vuelto a su pilar y, desde a11í, muy cerca de ellas, escuchaba, observaba y saboreaba. Los generosos aplausos con que sé había acogido el comienzo de su prólogo, le resonaban aún en su interior y se encontraba totalmente absorto en esa especie de contemplación estática en la que un autor ve surgir, una a una, todas sus ideas, por boca de los actores, entre el silencio de todo el auditorio. ¡Feliz Pierre Gringoire! Es penoso decirlo, pero este primer éxtasis se vio muy pronto turbado. Apenas si Gringoire había acercado a sus labios esa copa embriagadora de felicidad y de triunfo, cuando hubo ya de degustar una gota de amargura. Un mendigo harapiento, a quien nadie daba limosna perdido entre tanta gente y que no se sentía satisfecho con to robado, había decidido encaramarse a algún lugar bien visible para así atraer miradas y limosnas. Así pues, se había subido, durante la recitación de los primeros versos del prólogo, apoyándose en el pilar del estrado, hasta la cornisa que bordeaba la balaustrada en su parte inferior, y a11í estaba sentado, ante todo el gentío, en demanda de piedad y de limosna, mostrando sus harapos y una repugnante llaga que le cubría el brazo derecho. Por to demás no decía ni una sola palabra. Como permanecía en silencio, pudo leerse el prólogo sin ningtín inconveniente y ningún desorden se habría producido si la mala fortuna no hubiera permitido que Joannes, el estudiante, le descubriera, desde to alto de su pilar, haciendo muecas y gesticulando. El verle así provocó en el festivo joven una risa contagiosa y, sin preocuparse de si interrumpía o no el espectáculo a importándole muy poco la atención de los espectadores, gritó alegremente. -¡Caramba! ¡Mira ese canijo tullido a donde se ha subido para pedir limosna! Quien haya lanzado una piedra a una charca llena de ranas o haya hecho un disparo en medio de una bandada de pájaros puede hacerse una idea del efecto que aquellas palabras incongruentes provocaron en medio del silencio general de la sala. Gringoire se estremeció como sacudido por una descarga eléctrica. El prólogo se cortó y todas las cabezas se volvieron de golpe hacia el mendigo que, lejos de desconcertarse por el incidente, vio en él la mejor ocasión para una buena cosecha y se puso a decir con tono lastimero, medio cerrando los ojos. -¡Una caridad por el amor de Dios! -¡Que el diablo me lleve! -exclamó Joannes, ¡pero si es Clopin Trouillefou! Qué, amigo, ¿tanto to molestaba to herida de la pierna que has tenido que pasártela al brazo? Y al decir esto lanzó con la habilidad de un mono un ochavo en el mugriento sombrero que el mendigo extendía con su brazo llagado. El mendigo recibió sin inmutarse la limosna y el sarcasmo, y prosiguió con un tono lastimero: -¡Una caridad por el amor de Dios! Este episodio había distraído enormemente al auditorio y un buen número de espectadores, Robin Poussepain y los otros estudiantes, aplaudían alegremente al dúo tan original que acababan de improvisar, en medio del prólogo, el estudiante con su voz chillona y el mendigo con su imperturbable salmodia. Gringoire estaba indignadísimo y, una vez rehecho de su estupor, se desgañitaba gritando casi a los cuatro actores en escena: -¡Seguid, demonios, seguid!- sin dignarse echar siquiera una mirada de desdén a aquellos provocadores. En aquel instante sintió que alguien le tiraba de la capa; se volvió un tanto malhumorado y se esforzó en forzar una sonrisa, que bien to merecía la ocasión, pues se trataba del bonito brazo de Gisquette la Gencienne que, a través de la balaustrada, solici- taba de esta manera su atención. -Señor, ¿van a continuar con la representación? -¡Claro! -respondió Gringoire, extrañado por cal pregunta. -Entonces, micer, tendríais la gentileza de explicarme... -¿Lo que van a decir? -le interrumpió Gringoire-. Pues sí; escuchadlos... -No, no -dijo Gisquette-; to que han dicho hasta ahora. Gringoire dio un respingo como alguien a quien le hurgan en una herida. -¡Lo que hay que oír! Niña tonta y obtusa-, masculló entre dientes. Desde entonces Gisquette dejó de interesarle to más mínimo. Pero los comediantes habían obedecido a las invectivas de Gringoire, y el público, al ver que seguían hablando y actuando, se puso nuevamente a escuchar aunque ya había perdido un tanto el interés de la pieza con aquel corte tan bruscamente producido entre las dos partes. Así to comentaba en voz baja el mismo Gringoire. Poco a poco la tranquilidad fue completa pues el estudiante no decía ya nada más y el mendigo debía estar contando las monedas que había en su sombrero. La obra seguía, pues, nuevamente su ritmo. Se trataba en realidad de una pieza muy bonita que hoy mismo, con algún arreglo, podría representarse y con éxito. La exposición, un poco larga quizás y un canto hueca, conforme a las reglas, era sencilla. Gringoire, en el cándido santuario de su fuero interno, admiraba su claridad y su precisión. Como es de suponer, los cuatro personajes alegóricos se mostraban ya un tanto cansados de haber recorrido las tres partes del mundo sin llegar a Poder deshacerse, en justicia, de su delfín de oro. Al llegar a este punto, comenzaron a hacer mil alabanzas del maravilloso pez con delicadas alusiones al prornetido(24) de Margarita de Flandes, a la sazón tristemente recluido en Amboise y sin llegar a imaginar todavía que Trabajo, Clero, Nobleza y Mercancía -acababan de dar la vuelta al mundo justamente por él. 24. Se refiere a Carlos VIII, que entonces contaba con doce años solamente. Así, pues, el mencionado delfín era joven, apuesto, gallardo y sobre todo -origen magnífico de todas las virtudes reales- era hijo del león de Francia. Confieso que esta atrevida metáfora es magnífica y que la historia natural del teatro, en un día de alegrías y de epitalamios regios, no tiene por qué rechazar que un delfín pueda ser hijo de un león. Son justamente esos raros y pindáricos cruces los que prueban el entusiasmo. Pero para que no todo sean alabanzas hay que decir que el poeta debería haber desarrollado su original idea en algo menos de los doscientos versos que empleó, aunque fuese obligado, por disposición del preboste, hacer durar la representación del misterio desde el mediodía hasta las cuatro y ¡algo hay que decir para llenar ese tiempo! Además el público to escuchaba pacientemente. De pronto, en medio de una discusión entre la señorita Mercancía y doña Nobleza, justo en el instance mismo en el que maese Trabajo pronunciaba aquel verso admirable: «Onc ne vis daps les bois béte plus triomphante» (Jamás se vió en los bosques bestia más triunfante.). La puerta del estrado, tan in. convenientemente cerrada hasta entonces, se abrió en el momento más inoportuno, haciendo coincidir el último verso con la vos resonante del ujier que anunció secamente: -Su eminencia el Cardenal de Borbón. III MONSEÑOR EL CARDENAL POBRE Gringoire! El estruendo de todos los bombazos de L noche de San Juan o la descarga cerrada de veinte arcabuces o la detonación de aquella famosa traca de la Tour de Billy que, durante el asedio de París aquel domingo 29 de septiembre de i 1465, mató de golpe a siete borgoñeses, o la explosión de toda la pólvora almacenada en la Porte du Temple, le habrían desgarrado con menos rudeza los oídos, en aquel momento solemne y democrático, que aquellas breves palabras, salidas de la boca del ujier: «Su eminencia el Cardenal de Borbón.» No es que Pierre Gringoire temiese a monseñor el Cardenal o le desdeñara pues no tenía ni esa cobardía ni ese atrevimiento; era un verdadero ecléctico, como hoy se diría; era uno de esos espíritus elevados y firmes, moderados y serenos, que siempre saben mantener el justo medio (stare in dimidio rerum) y que son verdaderos filósofos liberales y razonables, sin negar su categoría a los cardenales. Raza preciosa y nunca extinguida la de estos filósofos a quienes la prudencia, como si de una nueva Adriana se tratara, parece haber dado un ovillo de hilo, que, porn a poco, van devanando desde el origen del mundo a través del laberinto de los aconteceres humanos. Aparecen en todas las épocas, siempre los mismos, es decir conformes al tiempo en que viven y, sin contar a nuestro Pierre Gringoire que sería su representante en el siglo Xv, si llegáramos a concederle la categoría que merece sería ciertamente el espíritu de estos filósofos el que animaba al padre du Breul cuando escribía, allá en el siglo XVI, estas palabras, sublimes en su ingenuidad y dignas de cualquier siglo: «Soy parisino de origen y parrhisino en el hablar, puesto que en griego Parrhisia significa libertad de hablar y ésta la he utilizado incluso con sus eminencias los cardenales, el tío y el hermano del príncipe de Conty: siempre con respeto a su categoría y sin ofender a nadie de su séquito que resulta en todas las ocasiones muy numeroso.» Así, pues, no existía ni odio al cardenal, ni desdén hacia su presencia en la impresión desagradable que ésta produjo en Pierre Gringoire. Antes al contrario, nuestro poeta tenía el buen juicio suficiente y una blusa demasiado raída para no conceder la necesaria importancia al hecho que muchas de las alusiones de su prólogo, particularmente la glorificación del delfín, como hijo del león de Francia, fueran a ser recogidas por el eminentísimo oído del cardenal. Sin embargo, no es el interés ciertamente el que priva en la naturaleza de los poetas. Copsiderando que la entidad de un poeta pueda estat catalogada con la calificación de diez al ser analizada por un químico -o farmacopolizada como diría Rabelais-, la encontraría compuesta por una parte de interés y nueve de amor propio. Ahora bien, en el momento de abrir la puerta al cardenal, las nueve partes del amor propio de Gringoire, hinchadas y tumefactas por la admiración popular, se hallaban en un estado prodigioso de crecimiento, bajo cuya presión desaparecería, ahogada, esa mínima molécula de interés que acabamos de citar como componente de los poetas; ingrediente precioso por otra parte, lastre de realismo y de humanidad, sin cuya existencia no podrían pisar la tierra. Gringoire gozaba al sentir, al ver, al palpar, podríamos decir, la presencia de un gran público -de pícaros y de bribones en buena parte, es cierto, pero de un gran público al fin-, de un público estupefacto, petrificado y como asfixiado ante las inconmensurables tiradas que brotaban sin cesar de cada una de las panes de su epitalamio. Puedo asegurar que él mismo compartía la aprobación general y que, opuestamente a La Fontaine, que en la representación de su comedia El florentino preguntaba: «¿Quién es el zopenco que ha compuesto esta comedia?» Gringoire habría preguntado gus- tosamente: «¿De quién es esta obra maestra?» Júzguese, pues, el efecto que en él produjo la brusca a intempestiva aparición del cardenal. Desgraciadamente ocurrió to que él temía ya que la aparición de su eminencia trastornó a los espectadores. Todas las cabezas se volvieron hacia el estrado y ya no había manera de entenderse: -¡El cardenal! ¡El cardenal! -repetían a coro, interrumpiendo por segunda vez el desventurado prólogo. El cardenal se detuvo un momento en el umbral, paseando indiferente su mirada por todo el auditorio, hecho que provocó el delirio. Todos pretendían verle mejor y empujaban a los demás y metían sus cabezas por entre los hombros de los de delante. Se trataba de un personaje de gran relieve y el verle era más importante que cualquier representación. Carlos, cardenal de Borbón, arzobispo y conde de Lyon, primado de las Galias, estaba a la vez emparentado con Luis XI por parte de su hermano Pedro, señor de Beaujeu, casado con la hija mayor del rey. También emparentaba con Carlos el Temerario por parte de su madre Agnés de Borgoña. Ahora bien, el rasgo dominante, el rasgo que distinguía y definía el carácter del primado de las Galias, era su espíritu cortesano y su devoción al poder. Podemos imaginar los innumerables apuros que este doble parentesco le habían acarreado, los escollos y tempestades que su barca espiritual tuvo que sortear para no estrellarse ni con Luis ni con Carlos; ese Caribdis y ese Escila que habían devorado nada menos que al duque de Nemours y al condestable de Saint-Paul. Gracias al cielo se había defendido bien en aquella travesía y había conseguido llegar a Roma sin tropiezos. Pero aunque se encontrara ya a salvo, en puerto, o precisamente por eso mismo, nunca recordaba sin inquietud los diversos avatares de su vida política, tan laboriosa siempre y con tantos contratiempos. Tenía la costumbre de decir que el año de 1476 había sido para él, el negro y Marco, ya que en ese mismo año, habían muerto su madre, la duquesa de Bourbonnais y su primo el duque de Borgoña, y que un luto le había consolado del otro. Además era también un buen hombre; Ilevaba una vida alegre, de cardenal, y degustaba con placer los vinos reales de Challuau. Tampoco despreciaba a Ricarda la Garmoise, ni a Tomasa la GaiIlarde y prefería dar limosna a lindas jóvenes más que a mujeres ya viejas; razones todas ellas por las que caía muy simpático al populacho de Paris. No se desplazaba si no era rodeado de una pequeña corte de obispos y ábates de alto linaje, galantes, decididos y prestos a divertirse si la ocasión to requería. En más de una ocasión las beatas de Saint-Germain-d'Auxerre, al pasar, anochecido ya, bajo las ventanas iluminadas de la residencia del Borbón, se habían escandalizado al oír que las mismas voces que habían cantado las vísperas durante el día, salmodiaban ahora, entre un entrechocar de copas, el proverbio báquico de Renedicto XII, aquel papa que añadió una tercera corona a la tiara: «Bibamus papaliter» (26). 26. Bebamos a to papa. Benedicto XII, papa de Aviñón, 1334-1342. Este piadoso benedictino fue administrador íntegro, pero los historiadores italianos to pintan con gran inclinación hacia la buena comida y los buenos vinos. De ahl la indicación de Víctor Hugo. Su popularidad, tan justamente adquirida, le preservó de un mal recibimiento por parte de la multitud que poco antes se mostraba tan disconforme con su retraso y muy poco dispuesta a respetar a un cardenal, justo en el mismo día en que iban a elegir a un papa. Pero los parisinos son poco rencorosos y cotno además se había comenzado la representación sin su presencia, era como si los buenos burgueses hubieran quedado un poco por encima de él, y se áaban por satisfechos. Por otra parte, como el cardenal era un hombre apuesto y llevaba un hermoso ropaje de color rojo, que le iba muy bien, tenía de parte suya a las mujeres, es decir, a la mitad del auditorio. Tampoco sería justo ni de buen gusto chillar a un cardenal por haberse hecho esperar, tratándose de un hombre tan apuesto y al que tan bien le iban los ropajes de color rojo. Así que entró, saludó luego a la asistencia, con esa sonrisa hereditaria que los grandes tienen para con el pueblo, y se dirigió lentamente hacia su butaca de terciopelo escarlata con aspecto de estar pensando en otras cosas. Su.cortejo -al que vamos a llamar su estado mayor- de obispos y de ábates siguió hacia el estrado, con gran revuelo y curiosidad por parte de la asistencia. La gente presumía señalándolos, diciendo a quién de todos ellos conocía: uno indicaba quién era el obispo de Marsella, Alaudet, si no recuerdo mal; otro señalaba al chantre de Saint-Denis o a Robert de Lespinasse, abad de Saint-Germain-des-Prés, hermano libertino de una de las amantes de Luis XI..., todo ello, en fin, dicho con errores y cacofonías. Los estudiantes, por su parte, seguían con sus palabrotas; era su día; la fiesta de los locos; su fiesta saturnal; la orgía anual de la curia y de las escuelas. Ese día no existían salvajadas a las que no se tuviese derecho, como si de cosas sagradas se tratara. Además se hallaban entre el gentío muchas mujeres alegres, como Simona Quatrelivres, Inés la Gadina o Robin Piédebou; así que, to menos que se podía hacer en aquella fecha, era decir salvajadas, maldecir de Dios de vez en cuando, sobre todo estando, como estaban, en buena compañía de gentes de iglesia y de chicas alegres. No se privaban de ello y, en medio de todo aquel jaleo, se oían blasfemias y procacidades, salidas de todas aquellas lenguas desatadas de clérigos y estudiantes, que habían estado amordazadas durante el resto del año, por temor al hierro rojo de San Luis. ¡Cómo se burlaban de él en el propio Palacio de Justicia! ¡Pobre San Luis! Arremetían contra los recién llegados al estrado y atacaban al de sotana negra o blanca, gris o violeta. Joannes Frollo de Molendino, como hermano que era de un archidiácono, había arremetido osadamente contra la sotana roja y cantaba a voz en grito, clavando sus ojos descarados en el cardenal: «Capra repelta mero».( Capa llena de vino. Refiriéndose a la cappa magna de los cardenales.) Todos estos detalles que, para edificación del lector, exponemos al desnudo, estaban de cal manera mezclados con el bullicio general que prácticamente quedaban ahogados antes de llegar al estrado reservado a los personajes. Ademas el cardenal no se habría sentido muy impresionado por los excesos de aquel día, dado el arraigo que el pueblo tenía por estas tradiciones. Le preocupaba mucho más y su aspecto así to denotaba, algo que le seguía de cerca y que hizo su aparición en el estrado casi al mismo tiempo que él: la delegación flamenca. No es que él fuera un político profundo ni que le preocuparan nada las posibles consecuencias de la boda de su señora prima, Margarita de Borgoña con su señor primo Carlos, el delfín de Viena, ni cuánto pudieran durar las buenas relaciones, un tanto de- terioradas ya, entre el duque de Austria y el rey de Francia, ni cómo tomaría el rey de Inglaterra este desdén hacia su hija. Todo eso le inquietaba muy porn y no le impedía degustar cada noche el buen vino de las cosechas reales de Chaillot, sin sospechar que acaso algunos frascos de aquel vino (un porn revisado y corregido, es aerto, por el médico Coictier), cordialmente ofrecidos a Eduardo IV por Luis XI, librarían un buen día a Luis X1 de Eduardo IV. La muy honorable embajada de monseñor el duque de Austria no traía al cardenal ninguna de las preocupaciones reseñadas. Le preocupaba más bien en otros aspectos porque, en efecto, era bastante penoso y ya hemos aludido a ello en este mismo libro, el verse obligado a festejar y a acoger con buen semblante, él, Carlos de Borbón, a unos burgueses de poca monta; él, todo un cardenal, a unos simples regidores; él, un francés, amable degustador de buenos vinos, a unos flamencos, vulgares bebedores de cerveza; y todo ello en público. Era ciertamente uno de los gestos más fastidiosos que nunca habría hecho para complacer al rey. Así, pues, cuando el ujier anunció con su voz sonora: «Sus señorías, los enviados del señor duque de Austria», él se volvió hacia la puerta, con las más cuidadosas maneras del mundo. Ni que decir tiene que, al verlos, toda la sala hizo lo mismo. Entonces fueron entrando de dos en dos -con una seriedad que contrastaba con el ambience petulante del co'rtejo eclesiástico del cardenal de Borbón- los cuarenta y ocho embajadores de Maximiliano de Austria, figurando en cabeza el muy reverendo padre Jehan, abad de Saint-Bertain, canciller del Toisón de Oro y Jacques de Goy, señor de Dauby, gran bailío de Gante. Se produjo en la asamblea un gran silencio, acompañado de risas reprimidas al escuchar todos aquellos nombres estrambóticos y todos aquellos títulos burgueses que cada personaje comunicaba imperturbablemente al ujier, para que éste los anunciase inmediatamente, mezclando y confundiendo sus nombres y títulos. Eran maese Loys Roelof, magistado de la villa de Lovaina, micer Clays d'Estuelde, concejal de Bruselas, micer Paul de Baeust, señor de Voirmizelle presidente de Flandes; maese Jean Coleghens, burgomaestre de la villa de Anvers; maese George de la Moere, primer magistrado de la villa de Gante; micer Gheldof Van der Hage, primer concejal de los parchones de la misma villa... y el señor de Bierbecque y Jean Pinnock y Jean Dymaerzelle..., etc., bailíos, magistrados, burgomaestres; burgomaestres, magistrados y bailíos, tiesos todos, envarados, almidonados, endomingados con terciopelos y damascos con birretes de terciopelo negro y grandes borlas bordeadas con hilo de oro de Chipre; honorables cabezas después de todo; dignas y severas figuras del mismo corte de las que Rembrand pinta tan serias y graves sobre el fondo negro en su Ronda de Noche; personajes todos que llevaban inscrito en su frente que Maximiliano de Austria había te- nido razón en confiarse de lleno, como decía en su manifiesto, a su buen sentido, valor, experiencia, lealtad y hombría de bien. Pero había una excepción: se trataba de un personaje de rostro fino, inteligente, astuto, con una especie de hocico de mono y diplomático, ante quien el cardenal dio tres pasos a hizo una profunda reverencia y que tan sólo se llamaba Guillermo Rym, consejero y pentionario de la villa de Gante. Muy pocas personas conocían entonces la identidad de Guillermo Rym, raro genio que, de haber vivido en tiempos de la revolución, habría brillado con luz propia, pero que en el siglo xv se veía reducido a actuar soterradamente y a vivir en las intrigas, como dice el duque de Saint-Simon. Era muy estimado por el intrigante más destacado de Europa. Maquinaba familiarmente con Luis XI y con frecuencia metía la mano en los proyectos secretos del rey. De rodo esto, claro, era ignorante aquel gentío que se maravillaba viendo cómo su cardenal hacía reverencias a aquel enclenque personaje del bailío flamenco. IV MAESE JACQUES COPPENOLE MIENTRAS el pensionario de Gante y su eminencia el cardenal cambiaban una profunda reverencia y algunas palabras en voz baja, un hombre alto, fornido de hombros y de cara larga, pretendía entrar al mismo tiempo que Guillermo. Habríase dicho un dogo persiguiendo a un zorro. Su gorro de fieltro y su chaqueta de cuero chocaban con los cuidados terciopelos y las finas sedas de su entorno. Juzgándole por un palafrenero cualquiera, el ujier le detuvo. -¡Eh, amigo! ¡No se puede pasar! El hombre de la chaqueta de cuero le rechazó de un empujón. -¿Qué pretende este tipo? -preguntó con un tono de voz, que atrajo la atención de la sala hacia el extraño coloquio-. ¿No ves quién soy? -¿Vuestro nombre? -preguntó el ujier. Jacques Coppenole. -¿Vuestros títulos? -Calcetero; del comercio conocido por Las trey cadenetar, en Gante. El ujier quedó desconcertado. Pase el anunciar concejales y burgomaestres, pero anunciar a un calcetero... era demasiado. El cardenal estaba sobre ascuas. El pueblo escuchaba y miraba. Dos días Ilevaba su eminencia intentado peinar a aquellos osos flamencos para hacerlos un porn más presentables en público; pero aquella inconveniencia era ya demasiado. Guillermo Rym, con su fina sonrisa, se acercó al ujier. -Anunciad a maese Jacques Coppenole, secretario de los concejales de la villa de Gante -le sugirió en voz baja. -Ujier -confirmó el cardenal en alta voz-, anunciad a maese Jacques Coppenole, secretario de los concejales de la ilustre villa de Gante. Esto fue un error porque Guillermo Rym, él solo, habría arreglado aquel embrollo, pero Coppenole había oído las palabras del cardenal. -¡Ni hablar! ¡Por los clavos de Cristo! -gritó con su voz de trueno-. ¿Jacques Coppenole, calcetero! ¿Me has oído, ujier?, ni más ni menos. ¡Por los clavos de Cristo! Calcetero es bastante importante y más de una vez monseñor el archiduque ha venido a mi comercio. Estallaron risas y aplausos, pues cosas así las comprende y las aplaude en seguida el pueblo de París. Conviene saber que Coppenole era un hombre del pueblo y pueblo era el público allí congregado; por eso la comunicación entre ambos había sido rápida; casi como un chispazo. Aquella altiva salida del calcetero flamenco, humillando a la gente de la corte, había removido en el corazón de aquellos plebeyos no sé qué sentimiento de orgullo y dignidad, todavía un tanto impreciso en el siglo xv. Aquel calcetero, que acababa de plantarle cara al cardenal, era como ellos, era de su clase, y representaba ciertamente un sentimiento agradable para unos pobres infelices, acostumbrados al respeto y a la obediencia hacia los criados mismos de los guardias del bailío o del abad de Santa Genoveva, servidor a su vez del cardenal. Coppenole saludó con altivez a su eminencia que, a su vez devolvió el saludo a aquel poderoso burgués, temido de Luis XI. Después, mientras Guillermo Rym, hombre prudente y maligno, como dice Philippe de Comines, les seguía con una sonrisa burlona y de superioridad, se dirigió cada uno a su sitio; el cardenal nervioso y preocupado, Coppenole tranquilo y altivo, pensando sin duda que, después de todo, su título de calcetero era tan importante como cualquier otro y que María de Borgoña, madre de esta Margarita, cuyas bodas concertaba hoy Coppenole, le hubiera temido menos como cardenal que como calcetero. ¿Por qué? Pues porque un cardenal no habría podido amotinar a los ganteses contra los partidarios de la hija de Carlos el Temerario. Tampoco habría servido un cardenal para animar a la muchedumbre con upas palabras y que ésta resistiera a sus lágrimas y a sus ruegos, cuando la señorita de Flandes fue a suplicar por ellos ante el pueblo al pie mismo del patíbulo. El calcetero sin embargo sólo tuvo que levantar su brazo, revestido de cuero, para hacer rodar vuestras dos cabezas, ilustrísimos señores Guy de Hymbercourt y canciller Guillermo Hugonet. Pero aún no había pasado todo para el pobre cardenal; aún tenía que apurar hasta la última gota el cáliz de la mala compañía en que se encontraba. Seguro que el lector no se habrá olvidado del descarado mendigo, colocado desde el comienzo del prólogo a los bordes del estrado cardenalicio. La llegada de tan ilustres huéspedes no le había desplazado de aquel lugar y, mientras prelados y embajadores se apretujaban como auténticos arenques flamencos en los asientos de la tribuna, él se había puesto cómodo, cruzando tranquilamente sus piernas sobre el arquitrabe. Era de una insolencia increíble, no observada en principio por nadie, pues la atención se centraba en otros puntos; tampoco él estaba pendiente de to que ocurría en la sala y balanceaba su cabeza con una despreocupación de napolitano, repitiendo de vez en cuando, entre el rumor general: «Una limosna, por caridad.» Seguramente había sido el único de entre los asistentes que no se había dignado volver la cabeza cuando el altercado entre Coppenole y el ujier. Ahora bien, quiso la casualidad que el maestro calcetero de Gante, con quien el pueblo simpatizaba ya vivamente y en quien todas las miradas estaban clavadas, fuera a sentarse precisamente en la primera fila del estrado, encima del mendigo; y la sorpresa no fue pequeña cuando todos pudieron ver cómo el embajador flamenco, después de haber examinado al extravagance tipo sentado bajo sus olos, le daba una palmada amistosa en el hombro cubierto de harapos. El mendigo se volvió y los dos rostros reflejaron la sorpresa, el reconocimiento y la alegría... Después sin preocuparse para nada de los espectadores, el calcetero y el lisiado se pusieron a hablar en voz baja apretándose las manos, mientras que los andrajos de Clopin Trouillefou, extendidos sobre el paño dorado del estrado, daban más bien la impresión de un gusano en una naranja. La originalidad de esta escena tan singular provocó tales rumores de locura y de satisfacción entre el gentío que no pasó mucho tiempo sin que el cardenal se apercibiera de ello. Entonces se asomó y, no pudiendo ver desde donde estaba, más que de una ma- nera muy incómoda a imperfecta, la casaca ignominiosa de Trouillefou, dedujo claramente que el mendigo andaba pidiendo limosna e, indignado por su audacia, exclamó: -Señor bailío del palacio, hacedme el favor de lanzar a ese tipejo al río. -¡Por los clavos de Cristo!, señor cardenal -dijo Coppenole, sin dejar la mano de Clopin-: ¡Si es uno de mis amigos! -¡Bravo! ¡Bravo! -gritaron todos. Desde entonces maese Coppenole gozó en París, como en Gante, de un gran prettigio entre el pueblo pues la.r personas como él to tienen cuando actúan con eta desenvoltura, dire Philippe de Comines. El cardenal se mordió los labios y, volviéndose hacia su vecino, el abad de Santa Genoveva, le dijo a media voz: -Valientes embajadores nos envía el señor archiduque para anunciarnos a su madame Margarita. -Vuestra eminencia -le respondió el abad- se excede en cortesías con estos cochinos flamencos. Margarita ante porcos. -Más bien habría que decir -le respondió el cardenal con una sonrisa-: Porcos ante Margaritam. Todo el cortejo de sotanas se maravilló con aquel juego de palabras, to que tranquilizó un tanto al cardenal pues con ello había quedado en paz con Coppenole, al ser también aplaudido su retruécano. Permítasenos preguntar a aquellos de nuestros lectores que tienen capacidad de generalizar una imagen y una idea, si se imagínan claramente el espectáculo que ofrecía, en el instance en que solicitamos su atención, aquel enorme paralelogramo que era la gran sala del palacio. En el centro, adosado al muro occidental, un amplio y magnífico estrado de brocado de oro por el que van entrando en procesión, por una puertecilla en arco de ojiva, graves personajes anunciados uno tras otro por la voz chillona de un ujier. En los primeros bancos se ven ya muchas y venerables figuras vestidas de armiño, terciopelo y escarlata. En torno al estrado, que permanece silencioso y digno, surge frente a él, por debajo de él, por todas partes, un gran gentío y un rumor confuso de voces. Miles de miradas populares y miles de murmullos se dirigen hacia cada parte del estrado, pues el espectáculo es ciertamente curioso y atrae la atención de los espectadores. Pero, ¿qué es esa especie de tablado, con cuatro fantoches embadurnados encima y otros cuatro debajo, que se ve a11á, al fondo? ¿Quién es aquel hombre de blusón negro y de figura pálida que se encuentra junco al tablado? ¡Ay, querido lector! Es Pierre Gringoire y su prólogo. Nos habíamos olvidado de él y era eso to que él se temía. Desde la entrada del cardenal, Gringoire no había cesado de preocuparse por su prólogo. Primero había pedido a los actores, que se habían quedado cortados, que continuasen y que alzasen su voz; después, al ver que nadie escuchaba, les había hecho callar y, desde entonces, hacía ya prácticamente más de un cuarto de hora, andaba agitándose, moviéndose de un- lado para otro, hablando con Gisquette y Lienarda y animando en fin a los espectadores más próximos a que le escuchasen, pero todo era en vano, pues nadie dejaba de mirar al cardenal, a la embajada flamenca y al estrado, único centro de atracción de todas las miradas. Hay que decir, y to hacemos con pena, que el prólogo comenzaba ya a aburrir ligeramente al auditorio, en el momento en que su eminencia había venido a distraer la atención de una manera tan terrible. Después de todo, tanto en el estrado como en la mesa de mármol, tenía lugar el mismo espectáculo: el conflicto entre Trabajo, Clero, Nobleza y Mercancía. Además muchos de los allí presentes preferían sencillamente verlos vivos; respirando, actuando, en car. ne y hueso, en la embajada flamenca o en aquella corte episcopal, bajo el ropaje del cardenal o la chaqueta de cuero de Coppenole; prefería verlos a to vivo que maquillados o, por decirlo así, disecados bajo sus ropajes amarillos y blancos con que les había disfrazado Gringoire. Éste, sin embargo, al ver que la calma había renacido, imaginó una estratagema que habría podido arreglarlo todo. -Señor -dijo volviéndose hacia uno de los espectadores más próximos, un hombre de aspecto pacífico y un poco rechoncho-. ¿Y si recomenzamos? -¿Cómo? -dijo aquel hombre. -Eso; que si seguimos con la representación -dijo Gringoire. -Como os plaza -respondió el hombre. Esta semi aprobación le fue suficiente a Gringoire que, tomando la iniciativa, comenzó a vociferar intentando pasar to más Posible por un espectador. -¡Que recomience el misterio! ¡Que recomience! -¡Demonios! -dijo Joannes de Molendino-, ¿qué es to que dicen a11á abajo? -la verdad es que Gringoire hacía tanto ruido como cuatro-. Pero bueno, amigos, ¿no ha terminado aún el misterio? ¿Y quieren empezarlo otra vez? ¡Ni hablar! ¡No hay derecho! -¡Ni hablar!, ¡ni hablar! -gritaron los estudiantes. ¡Fuera! ¡Fuera el misterio! Pero Gringoire se multiplicaba y chillaba más fuerte que ellos. -¡Que empiece! ¡Que empiece! Todo aquel ruido atrajo la atención del cardenal. -Señor bailío del palacio -dijo a un hombre alto, vestido de negro que se encontraba a unos pasos de él-. ¿Esos villanos están acaso metidos en la pila del agua bendita para armar tanto jaleo? El bailío del palacio era algo así como un magistrado ar.fibio; una especie de murciélago del orden judicial y, a la vez, algo de rata y de pájaro, de juez y de soldado. Se aproximó a su eminencia y, no sin temer su enojo, intentó explicarle, entre balbuceos, la incongruencia del pueblo; que hacía ya tiempo que habían dado las doce sin que su eminencia hubiera hecho su aparición, y que los comediantes se habían visto obligados a comenzar sin su presencia. El cardenal se echó a reír. -A fe mía que el señor rector de la Universidad debería haber hecho otro tanto. ¿Qué opináis vos, micer Guillermo Rym? -Monseñor -respondió-, debemos darnos por satisfechos con habernos librado de la mitad de la comedia; eso hemos salido ganando. - -¿Pueden, pues, esos rufianes proseguir su farsar -preguntó el bailío. -Que sigan, que sigan -dijo el cardenal-; me da to mismo; mientras tanto voy a leer el breviario. El bailío se acercó al borde del estrado y, haciendo con su mano un gesto de silencio gritó: -¡Burgueses y villanos todos! Para satisfacción de quienes quieten que recomience la representación y de los que desean ver cómo acaba, su eminencia ordena que prosiga. Tuvieron, pues, que resignarse ambos bandos, aunque público y autor guardaron por ello un cierto rencor hacia el cardenal. Así que los personajes continuaron su representación con la esperanza de Gringoire de que su obra fuera oída hasta el final y esta esperanza y otras de sus ilusiones se vieron decepcionadas porque, si bien se había conseguido restablecer el silencio entre el auditorio, no se había fijado Gringoire en que, cuando el cardenal dio la orden de proseguir, el estrado no se encontraba aún Ileno y que, después de la legación flamenca, seguían llegando nuevos personajes integrantes del cortejo. Gringoire seguía, pues, con su prólogo mientras el ujier iba anunciando nombres y cargos de los recién llegados, organizándose, como es lógico, un bullicio considerable. Imaginemos el efecto que pueden producir durante la representación de una obra de teatro los chillidos de un ujier, lanzando a voz en grito, entre dos rimas, cuando no entre dos hemistiquios, paréntesis como éste: -¡Maese Jacques Charmolue, procurador real en los tribunales de la Iglesia! -Jehan de Harlay, escudero, caballero de la ronda y vigilancia nocturnas de la ciudad de París! -¡Micer Galiot de Genoilhac, caballero, señor de Brussac, jefe de los artilleros del rey! -¡Maese Dreux Raguier, inspector de las aguas y bosques del rey nuestro señor en los territorios franceses de Champagne y de Brie! -¡Maese Denis Lemercier, encargado de la casa de ciegos París!... etcétera. Todo aquello era insoportable para Gringoire. Aquel extraño cortejo, que impedía por completo la representación, le indignaba tanto más, cuanto que se daba cuenta de que el interés por la obra iba acrecentándose, y de que sólo faltaba para el éxito el sec oída. No era fácil imaginar una trama tan ingeniosa y tan dramática como la de aquella pieza. Los cuatro personajes del prólogo se lamentaban de la inutilidad de su incesante búsqueda, cuando la diosa Venus en persona, vera incensu patuit dea(28), se apareció ante ellos vestida con una espléndida túnica, bordada con el bajel de la villa de París. 28. Por su misma forma de andar se reconoció a la diosa (Virgilio, Eneida, I, 405). Venía a reclamar para sí misma el delfín prometido a la más hermosa y era apoyada en sus pretensiones por Júpiter, cuyos truenos se oían retumbar en los vestuarios. Ya la diosa iba a conseguir su deseo es decir, iba para expresarlo sin metáforas, a desposarse con el delfín, cuando una joven vestida de damasco blanco y llevando en su mano una margarita -clarísima personificación de la señorita de Flandes- se presentó, dispuesta a disputárselo a Venus. Efectos de teatro y peripecias diversas después de una larga controversia. Venus, Margarita y los demás personajes deciden someterlo al recto juicio de la Santísima Virgen(29). Quedaba aún otro papel, el de don Pedro, rey de Mesopotamia, pero resultaba difícil con tantas interrumpciones el poder determinar su importancia. 29 Ésta es justamente la circunstancia que da el título a la obra El recto juicio de Nuestra Señora la Virgen María. Todos ellos habían subido al escenario por la escalerilla a la que ya antes hemos hecho alusión, pero ya no había remedio y nadie podía ya comprender ni sentir los valores y la belleza de la obra. Era como si, a la entrada del catdenal, un hilo invisible y mágico hubiera atraído todas las miradas, desde la parte meridional en donde estaba la mesa de mármol, hasta la parte occidental en donde estaba el estrado. No había nada capaz de quitar el hechizo al auditorio y todas las miradas seguían atentas a la llegada de nuevos personajes; y sus malditos nombres, sus caras, su atuendo le producían una diversión continua. Era desolador aquello. Salvo Gisquette y Lienarda que se volvían hacia Gringoire cuando éste las tiraba de la manga, salvo aquel personaje paciente y re- choncho que se encontraba a su lado, nadie escuchaba, nadie se preocupaba para nada de la pobre farsa. Gringoire sólo veía los rostros de perfil. ¡Con cuanta amargura veía derrumbarse paso a paso todo aquel tinglado de gloria y de poesía! ¡Y pensar que aquella multitud había estado a punto de revelarse contra el bailío del palacio, impaciente por ver su obra! ¡Y ahora que estaba representándose no les importaba! ¡Una representación que había comenzado entre el clamor unánime del pueblo! ¡Eternos flujo y reflujo del fervor popular! ¡Y pensar que habían estado a punto de lanzarse contra los guardias del bailío! ¡Qué no habría dado él, Gringoire, por volver de nuevo a esos dulces momentos del comienzo! Con la llegada de todos los embajadores había cesado aquel brutal monólogo del ujier y el poeta pudo por fin respirar. Los actores habían ya recornenzado valientemente, cuando he aquí que maese Coppenole, el calcetero, se levanta de pronto y, ante la aten- ción de toda la sala, Gringoire le oye pronunciar esta abominable arenga. -Señores burgueses y terratenientes de París, ¡En el nombre de Dios! Me estoy preguntando qué hacemos aquí. Estoy viendo allá, en aquel escenario, a gentes que parece que quieren pegarse y desconozco si es a eso a to que vosotros llamáis mi.cterio pero, en cualquier caso, no es divertido. ¡Pelean con las palabras y nada más! Hace ya un buen rato que espero impaciente el primer golpe y no to veo; son cobardes que sólo se ofenden con injurias. ¡Deberían haber traído a luchadores de Londres y de Rotterdam para saber to que es bueno! Se habrían dado tales puñetazos que podrían oírse desde la plaza. Pero esos dan pena. ¡Si al menos nos hubieran dado una danza morisca o algo por el estilo! A mí me habían hablado de otra cosa; me habían prometido una fiesta de locos con la elección de un papa. También nosotros tenemos nuestro papa de los locos en Gante y en esto ¡voto al diablo!, no os vamos a la zaga. Os voy a decir cómo to hacemos: nos reunimos, como vosotros, un gentío enorme, y luego, uno por uno, van metiendo su cabeza por un agujero, que da al lugar en donde se encuentra el público, y comienzan a hacer muecas. El que haya hecho la mueca más fea queda nombrado papa por aclamación popular. Os aseguro que es muy divertido. ¿Queréis elegir vuestro papa a la manera de mi tierra? Siempre será menos latoso que escuchar a estos charlatanes quienes, por cierto, también podrán entrar en el juego, si se deciden a hacer su mueca en el agujero. ¿Qué dicen a esto, señores burgueses? Hay aquí suficiente muestra grotesca de ambos sexos para divertirnos a is flamenca y somos to suficientemente feos para hacer bonitas muecas. Gringoire le habría respondido si la indignación, la cólera y la estupefación, no le hubiesen dejado mudo. Pero, como además la propuesta del popular calcetero fue acogida con tan enorme entusiasmo por los burgueses -halagados al oírse llamar terratenienter- todo habría resultado inútil. No había más que seguir la corriente y Gringoire se cubrió la cara con las manos, lamentando no disponer de un manto, para taparse la cabeza como el Agamenón de Tumanto(30). (30). Fue un pintor griego, nacido en el 400 antes de Cristo, cuyo cuadro más célebre era un sacrificio de Ifigenia, donde se veía a Agamenón cubriéndose el rostro. V QUASIMODO EN un abrir y cerrar de ojos todo se preparó para poner en práctica la idea de Coppenole. Burgueses, estudiantes y curiales se pusieron a trabajar y como escenario para las muecas se eligió una pequeña capilla que se hallaba frente a la mesa de mármol. Después se rompió uno de los cristales del bello rosetón situado sobre la puerta, dejando libre un círculo de piedra por donde se decidió que los participantes deberían meter la cabeza. Para llegar a él bastaba con subirse a dos toneles, cogidos no se sabe en dónde y puestos uno sobre otro sin apenas estabilidad. Se reglamentó también que cada candidato, hombre o mujer (también podía elegirse una papisa), con el fin de que no se pudieran ver sus muecas antes de meter la cabeza por aquella lucera, se cubriera el rostro y to mantuviera tapado en la capilla hasta el momento de su aparición. La capilla se llenó en muy poco tiempo con un buen número de concursantes tras los cuales se cerró la puerta. Coppenole desde su sitio del estrado daba las órdenes, dirigía, to arreglaba todo. En medio de aquel bullicio, el cardenal, tan desconcertado como Gringoire, so pretexto de resolver unos asuntos y de asistir a las vísperas, se retiró junto con su séquito, sin que la muchedumbre, tan vivamente agitada en el momento de su llegada, lamentara mínimamente su ausencia. Fue Guillermo Rym el único en advertirla. La atención popular, igual que hace el sol, proseguía su curso y recorría la sala de parte a parte, después de detenerse unos instantes en el centro. La mesa de mármol y el estrado habían atraído la atención, pero ahora le tocaba el turno a la capilla de Luis XI. Se había dado rienda suelta a la locura y ya no se veían más que flamencos y populacho. Comenzaron las muecas. La primera cara que apareció por aquel agujero o tragaluz con párpados enrojecidos y con la boca tan abierta como unas fauces y con tantas arrugas en la frente como las botas de los húsares del imperio, provocó tan ruidosas risotadas, que el mismo Homero habría confundido a aquellos villanos con dioses del Olimpo. Pero aquella sala no era, ni mucho menos, el Olimpo y el pobre Júpiter de Gringoire to sabía mejor que nadie. Se sucedieron la segunda, la tercera y otras muecas más, y siempre provocaban las risotadas y el jolgorio de la multitud. Era como si aquel espectáculo tuviera algo de embriagador o de fascinante difícil de ser transmitido al lector de nuestros días. Habría que imaginarse una serie de rostros que presentaran sucesivamente todas las formas geométricas, desde el triángulo hasta el trapecio, desde el cono al poliedro, todas las expresiones humanas, desde la cólera hasta la lujuria; todas las edades, desde las arrugas de un recién nacido, hasta las de una vieja moribunda; Codas las fantasmagorías religiosas, desde el fauno hasta Belcebú; todos los perfiles de animales, desde unas fauces hasta un pico desde el morro al hocico. Imaginemos aún los mascarones del PontNeuf o las pesadillas pétreas salidas de la mano de Germain Pilon(31), adquiriendo vida y espíritu y acercándose para miraros frente a frente con sus ojos de fuego; o imaginad todos los disfraces del carnaval de Venecia sucedibndose ante el cristal de vuestro ca- talejo. En una palabra: un calidoscopio humano. 31 Estos mascarones del Pont-Neuf, atribuidos a Germain Pilon, haan impresionado mutho a Víctor Hugo y los cita en varias partes de s obras. Aquella orgía era cada vez más propiamente flamenca. Un cuadro de Teniers nos daría aún una idea harto imperfecta. Imaginemos más bien, en auténtica bacanal, una de las batallas pintadas por Salvator Rosa. Allí no quedaban ya ni estudiantes, ni em- bajadores, ni burgueses, ni hombres, ni mujeres. No había ya ningún Clopin Trouillefou, ni Gilles Lecornu, ni Marie Quatrelivres, ni Robin Poussepain; todo se borraba en el libertinaje colectivo. La gran sala no era sino un inmenso horno de desvergüenza y jo- vialidad, en donde cada boca era un grito, cada ojo un destello de luz, cada rostro una mueca y cada individuo una postura. Todo allí gritaba y rugía; los extraños rostros que llegaban, uno tras otro, al rosetón a hacer sus muecas, eran como teas encen- didas echadas en aquel enorme brasero que era la sala y, de todo aquel gentío en efervescencia, subía como el vapor de un horno, un rumor agrio, agudo, duro y silbante como las alas de un moscardón. -¡Hala! ¡Maldición! -¡Mira ésa! ¡Fíjate qué cara! -¡Bueno! ¡No es para tanto! -¡Otra! ¡Que salga otra! -¡Guillemette Maugerepuis, mira ese motro de toro! ¡Sólo le faltan los cuernos! ¿No será to marido? -¡Otro! ¡Que salga otro! -¡Por la barriga del papa! ¡Qué cara es ésa! -¡Eh eh! ¡Eso es trampa! ¡Eso no es la cara! ¡Sólo se puede enseñar la cara! -¡Esa condenada de Perrette Callebotte es capaz de todo! -¡Bravo! ¡Bravo! -¡Uff! ¡Me ahogo! -¡Mira! ¡A ése ~o le caben las orejas por el agujero!... Pero seamos justos con nuestro amigo jehan. En medio de aquel alboroto, aún se le veía en to alto del pilar, como a un grumete en su gavia. Bregaba con una furia incteíble. De su boca totalmente abierta se escapaban gritos incomprensibles, no porque la intensidad del clamor general los ahogase, sino porque seguramente iban más a11á del límite de la escala perceptible de los sonidos agudos: las doce mil vibraciones de Sauveur o las ocho mil de Biot (32). 32 Joseph Sauveur (1653-1716) fue, a pesar de su sordera, el creador de la acvstica musical, calculando el número de vibraciones de un sonido. Fue sordomudo hasta los seis años. Jean Biot, astrónomo y matemático, vino, entre otros, a España para la medición del meridiano. Gringoire, por su parte, después de aquellos momentos de abatimiento, había conseguido rehacerse y se mostraba decidido a hacer frente a cualquier adversidad. -Continuad, repetía una vez más a sus comediantes, auténticas máquinas parlantes y, dando grandes pasos ante la mesa de mármol, le entraban deseos de acercarse también a la lucera de la capilla, aunque no fuera más que para darse el gusto de hacerle una mueca de burla a aquel pueblo ingrato. «Nada de venganzas que serían indignas de nosotros; lucharemos hasta el fin», se repetía, «porque el influjo que la poesía tiene sobre el pueblo es muy grande y acabaré por interesarles. Veremos quién gana si las vulgaridades o las bellas letras.» Pero, ¡ay!, sólo él quedó como espectador de su propia obra y ahora era todavía peor que antes pues ya sólo veía las espaldas de la gente. Esto no es totalmente cierto, pues aquel hombre paciente y rechoncho, a quien ya había consultado poco antes, miraba aún al escenario. Gisquette y Lienarda hacía ya rato que habían desertado. Gringoire se emocionó hasta el fondo de su corazón ante la fidelidad de aquel espectador y se acercó a él para hablarle, pero hubo de sacudirle fuertemente, pues el pobre se había adormilado, apoyado en la balaustrada. -Muchas gracias, señor -le dijo Gringoire. -¿De qué señor? -contestó el otro con un bostezo. -Ya me doy cuenta de que todo ese ruido os impide oír a gusto la obra -le dijo Gringoire-. Tranquilizaos porque os prometo que vuestro nombre pasará a la posteridad. ¿Cómo os llamáis? -Renault Château, guardasellos del Châtelet de Paris, para serviros. -Señor, sois aquí el único representante de las musas -dijo Gringoire. -Muchas gracias; sois muy amable -añadió el guardasellos del Châtelet. -Sois el único que ha escuchado la obra, ¿qué os ha parecido? -Vaya -respondió el rechoncho magistrado, un tanto adormilado aún-: interesante, bastante buena en realidad. Hubo de contentarse Gringoire con tal elogio pues una atro- nadora salva de aplausos, en medio de un griterío ensordecedor, puso fin a su conversación. Se había, por fin, elegido el papa de los locos. -¡Viva!, ¡viva! -gritaba la multitud. En efecto, la mueca que en aquel momento triunfaba en el hue- co del rosetón era algo formidable. Después de tantas caras hexagonales o pentagonales y heteróclitas que habían pasado por la lucera sin culminar el ideal grotesco, formado en las imaginaciones exaltadas por la orgía sólo la mueca sublime que acababa de deslumbrar a la asamblea habría sido capaz de arrancar los votos necesarios. Hasta el mismo maese Coppenole se puso a aplaudir y Clopin Trouillefou, que también había participado -y sólo Dios sabe cuán horrible es la fealdad de su rostro- se confesó vencido y to mismo haremos nosotros, pues es imposible transmitir al lector la idea de aquella nariz piramidal, de aquella boca de herradura, de aquel olo izquierdo, tapado por una ceja rojiza a hirsuta, mientras que el de- recho se confundía totalmente tras una enorme berruga, o aquellos dientes amontonados, mellados por muchas partes, como las almenas de un castillo, aquel belfo calloso por el que asomaba uno de sus dientes, cual colmillo de elefante; aquel mentón partido y sobre todo la expresión que se extendía por todo su rostro con una mezcla de maldad, de sorpresa y de tristeza. Imaginad, si sois capaces, semejante conjunto. La aclamación fue unánime. Todo el mundo se dirigió hacia la capilla y sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos y fue entonces cuando la sorpresa y la admiración llegaron al colmo, al ver que la mueca no era tal; era su propio rostro. Más bien toda su persona era una pura mueca. Una enorme cabeza erizada de pelos rojizos y una gran joroba entre los hombros que se proyectaba incluso hasta el pecho. Tenía una combinación de muslos y de piernas tan extravagante que sólo se tocaban en las rodillas y, además, mirándolas de frente, parecían dos hojas de hoz que se juntaran en los mangos; unos pies enormes y unas manos monstruosas y, por si no bastaran todas esas deformidades, tenía también un aspetto de vigor y de agilidad casi terribles; era, en fin, algo así como una excepción a la regla general, que supone que, canto la belleza como la fuerza, deben ser el resultado de la armonía. Ése era el papa de los locos que acababan de elegir; algo así como un gigante roto y mal recompuesto. Cuando esta especie de cíclope apareció en la capilla, inmóvil, macizo, casi tan ancho como alto, cuadrado en .ru base, como dijera un gran hombre(33), el populacho to reconoció inmediatamente por su gabán rojo y violeta cuajado de campanillas de plata y sobre todo por la perfección de su fealdad, y comenzó a gritar como una sola voz: -¡Es Quasimodo, el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Nuestra Señora! ¡Quasimodo, el tuerto! ¡Quasimodo, el patizambo! ¡Viva! ¡Viva! Fíjense si el pobre diablo tenía motes en donde escoger: -¡Que tengan cuidado las mujeres preñadas! -gritaban los estudiantes. -¡O las que tengan ganas de estarlo! -añadió Joannes. Las mujeres se tapaban la cara. -¡Vaya cara de mono! -decía una. -Y seguramente tan malvado como feo -añadió otra. -Es como el mismo demonio -porfiaba una tercera. (33) Frase de Napoleón, aunque, naturalmente, en sentido muy alejado del que nos ocupa. -Tengo la desgracia de vivir junto a la catedral y todas las noches le oigo rondar por los canalones. -¡Como los gatos! -Es cierto; siempre anda por los tejados. -Nos echa maleficios por las chimeneas. -La otra noche vino a hacerme muecas por la claraboya y me asustó tanto que creí que era un hombre. -Estoy segura de que se reúne con las brujas; la otra noche me dejó una escoba en el canalón. -¡Uf! ¡Qué cara tan horrorosa tiene ese jorobado! -Pues, ¡cómo será su alma! Los hombres, por el contrario, aplaudían encantados. Quasimodo, objeto de aquel tumulto, permanecía de pie a la puerta de la capilla, triste y serio, dejándose admirar. Un estudiante, Robin Poussepain creo que era, se le acercó burlón, chanceándose un porn de él y Quasimodo no hizo sino cogerle por la cintura y lanzarle a diez pasos por encima de la gente sin inmutarse y sin decir una palabra. Entonces maese Coppenole, maravillado, se acercó a él. -¡Por los clavos de Cristo! ¡Válgame San Pedro! Nunca he visto nadie tan feo como tú y creo que eres digno de ser papa aquí y en Roma. A1 mismo tiempo, y un canto festivamente, le pasaba la mano por la espalda. Como Quasimodo no se movía, Coppe- nole prosiguió: -Eres un tipo con quien me gustaría darme una comilona, aunque me costase una moneda nueva de doce tornesas. ¿Te hace? Quasimodo no contestaba. -¡Por los clavos de Cristo! ¿Pero eres sordo o qué? Y en efecto, Quasimodo era sordo. Sin embargo, estaba empezando a impacientarse por los modales de Coppenole y de pronto se volvió hacia él, con un rechinar de dientes tan terrible, que el gigante flamenco retrocedió como un buldog ante un gato. Se hizo entonces a su alrededor un círculo de miedo y de respeto de, por to menos, unos quince pasos de radio. Una vieja aclaró entonces a maese Coppenole que Quasimodo era sordo. -¡Sordo! -dijo el calcetero con una enorme carcajada flamenca-. ¡Por los clavos de Cristo! Es un papa perfecto. -Yo le conozco -dijo Jehan, que había bajado por fin de su capitel para ver a Quasimodo de más cerca-; es el campanero de mi hermano el archidiácono. -¡Hola, Quasimodo! -¡Demonio de hombre! -dijo Robin Poussepain, un tanto contusionado aún por su caída-: Aparece aquí y resulta que es~ jorobado; se echa a andar y es patizambo; to mira y es tuerto; hablas y es sordo. ¿Pues cuándo habla este Polifemo? -Cuando quiere -respondió la vieja-; es sordo de tanto tocar las campanas, pero no es mudo. -Menos mal -observó Jehan. -¡Ah!y tiene un ojo de más -añadió Pierre Poussepaia, -No -dijo juiciosamente Jehan-. Un tuerto es mucho m£, incompleto que un ciego, pues sabe to que le falta. Mientras tanto todos los mendigos los lacayos, los ladrones i junto con los estudiantes habían ido a buscar en el armario de la I curia la tiara de cartón y la toga burlesca del papa de los locos. Quasimodo se dejó vestir sin pestañear con una especie de do. cilidad orgullosa. Después le sentaron en unas andas pintarrajeadas, y doce oficiales de la cofradía de los locos se to echaron a hombros. Una especie de alegría amarga y desdeñosa iluminó enton ces la cara triste del cíclope, al ver bajo sus pies deformes agueIlas cabezas de hombres altos y bien parecidos. Después se puso en marcha aquella vociferante procesión-de andrajosos para siguiendo la costumbre dar la vuelta por el inte rior de las galerías del palacio, antes de hacerlo por las plazas y calles de la Villa. VI LA ESMERALDA INFORMAMOS encantados a nuestros lectores que durance toda esta escena Gringoire y su obra habían aguantado bravamente. Los actores, espoleados por él, habían continuado recitando y el no había cesado de escucharlos. Se había resignado ante aquel enorme vocerío y decidió llegar hasta el final con la esperanza de un cambio de actitud por parte del público. Este fulgor de esperanza se reavivó al comprobar cómo Quasimodo, Coppenole y el cortejo ensordecedor del papa de los locos salían de la sala, en medio de una gran algarada, seguidos ávidamente por el gentío que se precipitó tras ellos. Menos mal -se dijo-; ya era hora de que todos esos alborotadores se largaran. Por desgracia todos los alborotadores to formaban todo el público y, en un abrir y cerrar de ojos, la sala quedó vacía. A decir verdad, todavía quedaban algunos espectadores; unos dispersos, otros agrupados junto a los pilares. Mujeres, viejos o niños cansados del tumulto y del jaleo. Algunos estudiantes se habían quedado a caballo en las cornisas de las ventanas y miraban to que ocurría en la plaza. Bueno -pensó Gringoire-, hay gente bastante para escuchar mi obra; no son muchos, pero es un público selecto, un público culto. Poco después debía oírse una sinfonía, encargada de producir un gran efecto a la llegada de la Santísima Virgen y entonces él cayó en la cuenta de que se habían llevado la orquesta para la procesión de los locos. -Saltaos esa parte -les dijo estoicamente. Se acercó poco más tarde a un grupo de gentes que le parecía interesado en la obra y... he aquí una pequeña muestra de la conversación que cogió al vuelo. -Maese Cheneteau, ¿conocéis la residencia de Navarra, la que pertenecía al señor de Nemours? -Sí; ¿la que estaba frente a la capilla de Braque? (34) -Pues bien, el fisco se la ha alquilado a Guillaume Alixandre, el historiador, por seis libras y ocho sueldos parisinos al año. -¡Cómo suben los alquileres! En fin -se dijo Gringoire-; seguro que hay otros que están escuchando con más atención. -¡Camaradas! -gritó de pronto uno de aquellos tipos de la ventana: ¡Za Etmeralda! ¡Está en la plaza la Esmeralda! Estas palabras produjeron un efecto mágico y la poca gente que aún quedaba en la sala se precipitó hacia las ventanas, subiéndose a los muros para ver, al mismo tiempo que repetían: ¡1a Ermeralda! ¡La Etmeralda! Desde la plaza se oía un gran ruido de aplausos. -Pero, ¿qué es eso de la Ermeralda? -preguntaba Gringoire, juntando las manos desesperadamente-. ¡Dios mío! Parece que ahora les ha tocado el turno a las ventanas -volvióse hacia la mesa de mármol y vio que la representación se había interrumpido de nuevo. Era justo el momento en que Júpiter tenía que aparecer con su rayo; pero Júpiter se había quedado inmóvil, al pie del escenario. -¡Miguel Giborne! -le gritó irritado el poeta-. ¿Qué haces ahí? Te toca a ti. Sube ahora mismo. 34. Se trata de la capilla fundada por Arnauld de Braque donde se plataba el «mayo» al que ya se ha hecho alusión. -No puedo -dijo Júpiter-; un estudiante acaba de llevarse la escalera. Gringoire miró y vio que efectivamente era así y que esta circunstancia cortaba toda la comunicación de la obra entre el nudo y el desenlace. -¡Qué simpático! -murmuró entre dientes-. ¿Y para qué ha cogido la escalera? -Para poder asomarse y así ver a la Etmeralda -respondió compungido Júpiter-. Vino y dijo: ¡Anda! ¡Una escalera que no sirve para nada y se la llevó! Fue el golpe de gracia. Gringoire to recibió con resignación. -¡Podéis iros todos al diablo! -dijo a los comediantes-; y si me pagan a mí, cobraréis también vosotros. Y se retiró cabizbajo, pero el último de todos, como un general que ha luchado con valor. Luego, mientras bajaba por las tortuosas escaleras del palacio, iba mascullando entre dientes: -¡Maldita retahíla de asnos y buitres! ¡Vienen con la idea de asistir al misterio y... nada! Todo el mundo les preocupa: Clopin Trouillefou, el cardenal, Coppenole, Quasimodo..., ¡el mismísimo demonio incluso!, pero de la Virgen María no quieren saber nada. Si to llego a saber... ¡Vírgenes os habría dado yo a vosotros, papanatas! ¡Y yo que había venido con la idea de ver los rostros y sólo las espaldas he podido ver! ¡Ser poeta para tener el éxito de un boticario! En fin; también Homero hubo de pedir limosna por las calles de Grecia y Nasón(35) murió en el exilio entre los moscovitas, pero... que me lleven todos los demonios si entiendo to que han querido decir con su Ermeralda. ¿Qué significa esa palabra? Debe ser una palabra egipcia (36). 35 Nasón, es decir, Ovidio, fue desterrado por orden de Octavio Augusto a la Costa del mar Negro, pero no entre los moscovitas sino entre los getas; y a11í murió. 36 Con el nombre genérico de egipcio se viene a designar en francés a todos los nómadas, como bohemios, gitanos, zíngaros... LIBRO SEGUNDO DE CARIBDIS A ESCILA ANOCHECE muy pronto en enero y cuando Gringoire salió del palacio, las calles estaban ya desiertas. Aquella oscuridad le agradó y se impacientaba ya por llegar a alguna callejuela sombría y desierta, para poder a11í meditar a sus anchas y para que el filósofo hiciera la primera cura en la herida abierta del poeta. En aquellos momentos la filosofía era su único refugio, pues además no sabía a dónde ir. Después del estrepitoso fracaso de su intento teatral no se atrevía a volver a la habitación que ocupaba en la calle Grenier-sur-l'Eau frente al Port-au-Foin. El pobre hombre había contado con to que el preboste le pagaría por su epitalamio para, a su vez, liquidar con maese Guillaume DoulxSire, encargado de los arbitrios de las reses de pezuña partida de París, los seis meses de alquiler que le debía; es decir, doce sueldos parisinos. Doce veces más que todo to que él tenía, incluidas sus calzas y su camisa. Después de pensar un momento, cobijado provisionalmente bajo el portillo de la prisión del tesorero de la Santa Capilla, en qué lugar podría pasar aquella noche, teniendo como tenía a su disposición todos los empedrados de París, se acordó de que la semana anterior había visto en la calle de la Sa- vaterie, a la puerta de un consejero del parlamento, una de esas piedras que sirven de escalones para poder subirse a las mulas, y de haber pensado que, en caso de necesidad, podría servir de almohada a un mendigo o a un poeta, y dio gracias a la providencia por haberle sugerido tan buena idea; pero, cuando se preparaba para atravesar la plaza del palacio y adentrarse en aquel tortuoso laberinto de las calles de la Cité, por donde serpentean todas esas viejas hermanas que son las calles de la Barilleirie, de la Vieille Draperie, de la Savaterie, de la juiverie, etc., que aún se mantienen hoy con sus casas de nueve pisos, vio la procesión del papa de los locos que salía también del palacio, enfilando casi su mismo camino, con acompañamiento de gran griterío de antorchas encendidas, y la orquestilla del pobre Gringoire. A su vista se reavivaron las heridas de su amor propio y huyó. En la amarga desgracia de su aventura dramática, todo recuerdo de ese día le agriaba y le abría de nuevo su llaga. Quiso pasar entonces por el puente de Saint-Michel por el que corrían unos muchachuelos tirando petardos y cohetes. -¡Al diablo todos los cohetes! -dijo Gringoire y se encaminó hacia el Pont-au-Change. Habían colgado, en las casas situadas a la entrada del puente, tres telas que representaban al rey, al delfín y a Margarita de Flandes, y otros seis paños más pintados esta vez con retratos del duque de Austria del cardenal de Borbón, del señor de Beaujeu, de doña Juana de Francia así como del bastardo del Borbón y no sé qué otro más; todos ellos iluminados con antorchas para ser vistos por la multitud. -¡Buen pintor ese Jean Fourbault! -dijo Gringoire con un profundo suspiro, dando la espalda a todas aquellas pinturas para adentrarse en una calle oscura que surgía ante él. Tan solitaria parecía que pensó que, metiéndose en ella, podría escapar a todo el bullicio y a todos los ruidos de la fiesta. Apenas hubo dado unos pasos, cuando sus pies tropezaron contra algo y cayó al suelo, era el ramo del mayo que los de la curia habían depositado por la mañana a la puerta del presidente del parlamento, en honor a la solemnidad de aquel día. Gringoire aguantó heroicamente aquel contratiempo y levantándose se dirigió hacia el río. Después de dejar tras de sí la torrecilla civil y la torre de to criminal, caminó a to largo del muro de los jardines reales por la orilla no pavimentada, en donde el barro le llegaba hasta los tobillos; llegó a la parte occidental de la isla de la Cité, se paró a mirar el islote del Passeur-aux-Vaches(1), desaparecido actualmente, con el caballo de bronce y el Pont-Neuf(2). Entre las sombras de aquel islote, parecía como una masa negra al otro lado del estrecho paso de agua blancuzca que le separaba de ella. Podía adivinarse por los rayos de una lucecita, una especie de cabaña en forma de colmena, en donde el barquero del ganado se cobijaba por las noches. 1. Barquero de las vacas. 2. El islote: actualmente la punta o el extremo del Vert-Galant en donde termina, río abajo, la isla de la Cité. La estatua de Enrique IV a la que se hace alusión fue erigida en 1614. Era la primera vez que se exponía en Francia, a la veneración pública, la representación de un personaje contemporáneo (Enrique IV, primer monarca de la casa de Borbón, rey de Navarra abjuró, recuérdese su frase «Parfs bien vale una misa», y fue nombrado Rey de Francia en 1583). Promulgó en 1598 el Edicto de Nantes, garantizando a los protestantes la libertad de culto. Fue asesinado por Ravaillac en 1610. -¡Ay feliz barquero que no sueñas con la gloria ni compones epitalamios! -pensó Gringoire-. ¿Qué to importan a ti las bodas de los reyes o las duquesas de Borgoña% ¡Para ti no hay más margaritas que las que crecen en el campo y que sirven de alimento a tus vacas! Y a mí, poeta, me abuchean y paso frío y debo doce sueldos por el alquiler, y las suelas de mis zapatos están tan gastadas y transparentes que podrían muy bien utilizarse como cristales para to farol. ¡Gracias, barquero del ganado, porque to cabaña me permite descansar la vista y me hace olvidar París! La explosión de un doble petardo, surgido bruscamente de la cabaña del barquero, le despertó de aquella especie de ensueño lírico en que se había sumido. Se trataba del barquero que sin duda quería también participar en las alegrías de aquella fecha y que había lanzado un cohete artificial. Aquella explosión puso a Gringoire la piel de gallina. -¡Maldita fiesta! ¿No podré librarme de ti ni siquiera aquí, junto al barquero? Luego miró cómo el Sena corría a sus pies y un terrible pensamiento cruzó por su mente. -¡Con cuanto placer me lanzaría al agua si no estuviera tan fría! -y tuvo entonces una reacción desesperada; puesto que no podía escapar ni al papa de los locos ni a las pinturas de Jehan Fourbault, ni a los ramos del «mayo» ni a los petardos, ni a los cohetes, to mejor sería participar de lleno en la fiesta y acercarse a la plaza de Gréve. Al menos, pensaba, a11í podré encontrar un tizón de la fogata para calentarme y podré cenar algunas migas de los tres enormes escudos de armas hechos con azúcar que habrán colocado presidiendo la mesa para el banquete público de la villa. II LA PLAZA DE GRÈVE(3) HOY día no quedan de la plaza de Grève, tal como existía entonces, más que algunos vestigios perceptibles apenas, como la atractiva torrecilla del ángulo norte de la plaza, cubierta por un encalado vulgar que borra las aristas de las esculturas y 3. Véase la nota 2 del libro primero. que incluso desaparecerá absorbida por esas nuevas construcciones que están acabando con todas las viejas fachadas de París. Quienes como nosotros no pasan por la plaza de Grève sin echar una ojeada de nostalgia y de simpatía a esa pobre torrecilla, estrangulada entre dos caserones de tiempos de Luis XV, pueden construir en su imaginación el conjunto de edificios al que perte- necía a imaginar íntegra la vieja plaza gótica del siglo xv. Era, como to es hoy, un trapecio irregular, limitada en una de sus partes por el muelle y por una serie de casas altas, estrechas y sombrías en las otras tres. De día, podía admirarse la diversidad de sus edificaciones, esculpidas en piedra o talladas en madera, representando muestras completas de los diferentes modelos de arquitectura doméstica de la Edad Media, remontándose desde el siglo XV hasta el X1, desde el crucero que comenzaba a destronar la ojiva, hasta el arco románico, de medio punto, que había sido reemplazado por el arco ojival y que se extendía aún por el primer piso de aquella vieja casa de la Tour Roland que hace ángulo entre el Sena y la plaza, por el lado de la calle de la Tannerie. De noche sólo se distinguía, entre la masa de edificios, la silueta negra de los tejados desplegando en torno a la plaza su cadena de angulos agudos. Y es que una de las diferencias más palpables entre las ciudades de antes y las de ahora, es que ahora las fachadas dan a las plazas y a las calles y antes eran los hastiales o los piñones los que daban a las plazas; es decir, que las casas han dado media vuelta desde hace dos siglos. En el centro, en la parte oriental de la plaza, se veía una construcción maciza, con mezcla de estilos, formada por tres viviendas superpuestas y que era conocida por los tres nombres que definen su historia, su destino y su arquitectura: la casa del delfín, por haberla habitado el delfín Carlos V; la mercancía, por haber servido de ayuntamiento, y la casa de los pilares, a causa de unos gruesos pilares que sustentaban sus tres plantas. Los ciudadanos encontraban en ella todo to que una buena villa, como París, necesitaba: una capilla para rezar a Dios, una audiencia para juzgar, y parar en caso necesario los pies a los agentes del rey, y un desván, provisto de buena artillería, pues los burgueses de París saben que con frecuencia no basta con rezar y pleitear para defender los privilegios de su ciudad, sino que es necesario también disponer, en los desvanes del ayuntamiento, de Buenos arcabuces, aunque estén mohosos. La plaza de Grève tenía ya entonces ese aspecto siniesto que le confieren el recuerdo que ella misma evoca y el ayuntamiento de Dominique Boccador, sombrío sustituto de la casa de los pilares. Conviene añadir que un patíbulo y una picota o, como eran llamados entonces, una justicia y una escala erigidos juncos en medio de la plaza, tampoco contribuían mucho a no fijar la mirada en una plaza tan fatal, lugar de agonía de tanta gente y en donde cincuenta años más tarde iba a nacer la fiebre de San Vallier, en- fermedad provocada por el horror al cadalso, monstruosa como ninguna otra enfermedad, por tener su origen no en Dios sino en los hombres. Es un consuelo, dicho sea de paso, el pensar que la pena de muerte que hace trescientos años llenaba con sus ruedas de hierro; con sus patíbulos de piedra y con todos sus permanentes instrumentos de suplicio, fijos en el suelo, la plaza de Grève o los mercados o la plaza Dauphine o la Croix-du-Trahoir o el mercado de los cerdos y el horrible Montfaucon y la plaza de los gatos y la puerta de Saint-Denis y Champeaux; además de los que existían en la Puerta Baudets y en la Puerta de Saint Jacques; todo ello sin contar las numerosss escalas de los prebostes, del obispo, de los capítulos, de los abades, de los priores con derecho a administrar justicia, sin contar tampoco las condenas a morir ahogado en el Sena; es consolador que hoy, perdidas ya todas las piezas de su armadura, su derroche de suplicios, sus condenas de imaginación y fantasía, su cámara de torturas, a la que cada cinco años se añadía una cama de cuero en la prisión del Gran Châtelet, esa antigua soberana de la sociedad feudal, eliminada casi de nuestras leyes y de nuestras villas, atacada en todos los códigos, expulsada de plaza en plaza; es consolador en verdad que, después de todo esto, sólo tenga en nuestro inmenso París un rincón vergonzoso en la plaza de Gréve, una miserable guillotina, furtiva, vergonzante y siempre temerosa de ser sorprendida en flagrante delito, por la rapidez con que desaparece después de haber cumplido su misión. III BESOS PARA GOLPES CUANDO Pierre Gringoire llegó a la plaza de Grève se encontraba aterido. Había dado un rodeo por el Pont-aux-Meuniers (Puente de los molineros) para así evitar la multitud concentrada en el Pont-au- Changes(Puente del cambio) y las pinturas de Jean Fourbault; pero las ruedas de los molinos del obispo le habían salpicado al pasar y su blusón estaba empapado. Le parecía además que el fracaso de su obra le hacía aún más frio. lero y por eso apresuró la marcha para llegar antes a la gran f<) gata de la fiesta que ardía con un fuego impresionante en medie de la plaza. Una multitud considerable se apiñaba a su alrededor -¡Malditos parisinos! -se dijo para sí pues Gringoire, como verdadero poeta dramático que era, utilizaba con alguna frecuencia estos monólogos-. ¡Y además no me dejan acercarme al fuego, ahora que necesito un hueco al calor! ¡Mis zapatos se han calado y esos malditos molinos me han puesto pingando! ¡Demonio de obispo y sus molinos! ¡Ya me gustaría saber para qué quiere un obispo tantos molinos! ¿Querrá hacerse obispo molinero? Si para ello necesita mi bendición, se la doy a él, a su catedral y a sus molinos. ¿Me dejarán un sitio junto al fuego todos esos mirones? ¿Qué pintarán ahí? ¡Calentarse! ¡Pues vaya cosa! ¡Menudo espectáculo mirar cómo se van quemando un centenar de leños! Fijándose un poco mejor se dio cuenta de que el círculo era un poco más ancho de to necesario para calentarse y que toda aquella gente estaba a11í concentrada por algo más que por el simple hecho de ver cómo se quemaba un buen montón de leños. En un buen espacio libre, abierto entre el fuego y el gentío, una joven estaba bailando. Tan fascinado se quedó ante aquella deslumbradora visión que, por muy poeta iróntco o por muy filósofo escéptico que se considerara, no fue capaz de distinguir a primer golpe de vista si en realidad se trataba de un ser humano, de un hada o de un ángel. No era muy alta, pero to parecía por la finura de su talle, que se erguía atrevido con agilidad; era morena pero se adivinaba que a la luz del día su tez debía tener ese reflejo dorado de la.s mujeres andaluzas y romanas. Sus pies, pequeños, también parecían andaluces. Se diría que estaban presos, pero cómodos a la vez, en sus graciosos zapatos. Bailaba y giraba como un torbellino sobre ina vieja alfombra persa y, cada vez que se acercaba en sus giros vertiginosos, sus ojos negros lanzaban destellos de luz. Todo el mundo tenía sus ojos clavados en ella y la miraba boquiabierto. En efecto, al verla danzar así, al ritmo del pandero, con sus dos hermosos brazos jugando por encima de la cabeza, ina, grácil y vivaz como una avispa, con su corpiño dorado, su restido de mil colores lleno de vuelos, con sus hombros desnulos, sus piernas estilizadas que la falda, al hincharse, dejaba asonar con frecuencia; su pelo negro, su mirada de fuego, parecía ina criatura sobrenatural. -En verdad -pensaba Gringoire-, es una salamandra, una ninfa, una diosa o una de las bacantes del monte Menaleo(6). En aquel momento una de las trenzas de la «salamandra» so1tó y una moneda de latón que la sujetaba rodó por el suelo. -¡Ah, no! -se dijo Gringoire-: ¡Es una gitana! Todo su entusiasmo se había esfumado. 6 Monte de Arcadia consagrado al culto de Baco. Los recuerdos de la antigüedad y el ocultismo contemporáneo, con sus propios cultos, forman una mezcla muy característica de la Edad Media, y constante en Nuestra Señora de París. Nuevamente se puso a bailar y cogiendo del suelo dos sables, )s apoyó de punta en su frente, haciéndolos girar en un sentido, al tiempo que ella to hacía en el otro. Se trataba de una gitana efectivarnente y, a pesar del desencanto de Gringoire, el conjunto aquel que la gente estaba presenciando se hallaba cargado de belleza y de magia. La fogata iluminaba con su resplandor crudo y ojizo que se reflejaba, tembloroso en los rostros de la mucheiumbre y en la frente morena de la joven. Al fondo de la plaza se adivinaba un reflejo pálido y vacilante de sombras, contra la vieja fachada negra de la Mairon aux Pilierr(7) y contra los brazos de piedra de la horca. 7. La casa de los pilares. Entre los mil rostros que este fulgor teñía de escarlata había uno que parecía absorto, como ningún otro, en la contemplación de la bailarina. Se trataba de una figura de hombre, austera, serena, sombría. Aquel hombre, cuya ropa quedaba oculta por la gente que le rodeaba, no tendría más allá de los treinta y ctnco años; era calvo y apenas si algún mechón de pelo ralo y gris apa- recía en sus sienes. Su frente se veía surcada de incipientes arrugas, pero los ojos hundidos denotaban una juventud extraordinaria, una vida ardorosa y una profunda pasión. Los mantenía prendidos en la gitana y mientras la alocada joven de dieciséis años bailaba y revoloteaba para satisfacción de todos, los pensarnientos de aquel hombre se tornaban más sombríos. A veces una sonrisa y un suspiro se encontraban juntos en sus labios, resultando la sonrisa más dolorosa que el suspiro. La muchacha se detuvo por fin, ladeante, y el pueblo la aplaudió con delirio. -Djali -dijo de pronto la gitana. Entonces Gringoire vio llegar a una linda cabrita blanca, espabilada, ágil, lustrosa, con cuernos dorados, pezuñas doradas y un collar dorado. No la había visto hasta entonces pues había estado echada todo el rato en un rincón de la alfombra, mirando bailar a su ama. -¡Djali!, ahora te toca a ti -dijo la bailarina. Y sentándose entregó graciosamente el pandero a la cabra. -¡Djali! -continuo-; ¿en qué mes del año estamos? La cabra levantó su pata delantera y golpeó una vez en el pandero. Era el primer mes del año, en efecto, y la multitud aplaudió. -¡Djali! -dijo la joven volviendo el pandero al revés-. ¿En qué día del mes estamos? La cabrita levantó su patita dorada y golpeó seis veces el pandero. -¡Djali! -prosiguió la gitana cambiando nuevamente la posición del pandero-. ¿Qué hora es? Djali golpeó siete veces el pandero, justo además en el instance en que daban las siete en el reloj de la Mairon-aux-Pilierr. La gente estaba maravillada. -¡Hay brujería en esto! -dijo una voz siniestra en el gentío. Era la del hombre calvo, que no había apartado sus ojos de la gitana. La joven se estremeció y se volvió hacia él, pero los aplausos de la gente sofocaron aquella exclamación; incluso consiguieron borrarla de su mente porque la gitana continuó con su cabra. -¡Djali! ¿Cómo hace maese Guichard Grand-Retny, el capitán de los pistoleros (8) de la villa en la procesión de la Candelaria? Djali, apoyándose en sus patas traseras, comenzó a balar y a andar con lal gracia y tan seriamente que todo el círculo de espectadores se echó a reír ante esta parodia del celo del capitán de los pistoleros. -¡Djali! -prosoguió la joven, animada por su creciente éxito-. ¿Cómo predica maese Jacques Charmolue, procurador del rey en los tribunales de la Iglesia? La cabra se puso nuevamente de pie, bailando y moviendo sus patas delanteras de una manera tan extraña que, exceptuando su mal francés y su mal latín, era el mismo Jacques Charmolue, con sus gestos, con su acento y en definitiva con sus mismas formas de actuar. Y la multitud aplaudía a rabiar. -¡Sacrilegio y profanación se llama a eso! -exclamó de nuevo la voz de aquel hombre. 8. La pistola era entonces un arma blanca -daga o puñal- así llamada por ser fabricada en Pistoia, en la Toscana; es solo a partir del siglo xvi cuando este nombre comienza a designar arma de fuego. La gitana se volvió de nuevo hacia él. -¡Ah!, ¡es ese hombre ruin otra vez! -y luego, haciendo una mueca con la boca, en un gesto que debía serle familiar, giro sobre sus talones y se dispuso a recoger en su pandereta los donativos del público. Llovían las monedas, los ochavos, las de plata, grandes y pequeñas, sueldos... Cuando pasó ante Gringoire, éste se llevó la mano al bolsillo, en un gesto un canto distraído, y ella se detuvo. -¡Demonio! -dijo el poeta, al no encontrar más que el fondo de su bolsillo, es decir, nada. Sin embargo, a11í estaba la hermosa joven mirándole con sus negros ojos, mientras esperaba con la pandereta tendida hacia él. Gringoire sudaba la gota gorda. El Perú le habría dado, si to hubiera tenido en el bolsillo, pero Gringoire no tenía el Perú, ni tan siquiera se había aún descubierto América. Por suerte, un pequeño incidente fortuito vino a sacarle de apuros. -¡Quieres largarte ya, saltamontes egipcio! -gritó una voz agria, desde el lado más sombrío de la plaza. La joven se volvió asustada. No se trataba ahora de la voz de aquel hombre calvo, sino de una voz de mujer, con tinte de maldad. Aquel grito que canto asustó a la gitana provocó sin embargo la risa de un grupo de niños que rondaba por a11í. -Es la prisionera de la Tour-Roland -decían entre risas-; es la gruñona de la Sachette; seguro que aún no ha cenado; dadle alguna sobra del convite de la ciudad -y todos se dirigieron hacia la Maiton aux Pilierr. Gringoire aprovechó aquel momento de duda y turbación de la bailarina para desaparecer. Los gritos de los críos le recordaron su vientre vacío y corrió hacia la mesa del banquete, pero las piernas de aquellos pilluelos eran más rápidas que las suyas y, cuando llegó, habían ya arrasado con todo y no quedaba ni un triste pastelillo de los de a cinco perras la libra. Sólo se veían en la pared unas esbeltas flores de lis, entremezcladas con algún rosal, pintadas hacia 1434 por Mathieu Biterne. ¡Como cena era bien poco!, y resultaba muy fastidioso acostarse sin cenar aunque, bien mirado, peor era no cenar y no tener en dónde dormir. Ése era su problema: ni pan ni techo. Se veía acosado por doquier y la fortuna no se le mostraba nada propicia. Hacía tiempo que Gringoire estaba convencido de que Júpiter creó a los hombres en un acceso de misantropía y que, durante toda su vida, el sabio tendrá su filosofía en estado de sitio y acosada por el destino. En cuanto a él, nunca el cerco había sido tan completo. Oía cómo su estómago tomaba posiciones y no le parecía conveniente que el hambre y la mala fortuna asediaran de cal forma a la filosofía. Este melancólico pensamiento le absorbía cada vez con más fuerza, cuando una extraña canción, Ilena de dulzura, le sacó bruscamente de sus ensueños. Era otra vez la gitana que se había puesto a cantar. Su voz y su danza eran como su belleza, encantado- ras, aunque difíciles de definir. Eran algo así como una especie de pureza, de sonoridad, como algo etéreo y volátil. Era una continua eclosión de melodías, de cadencias originales, de tonos sencillos, mezclados con notas agudas y vibrantes de gamas y arpe- gios que hubieran incluso confundido a un ruiseñor. Eran suaves modulaciones de la voz que subían y bajaban como el pecho de la joven cantante. Su bello rostro seguía con una agilidad singular todos los caprichos de su canto desde la inspiración más original hasta la más casta dignidad. Parecía a veces una loca y a veces una reina. La letra de sus canciones pertenecía a una lengua desconocida para Gringoire y que incluso debía serlo también para ella por la escasa relación que parecía existir entre la música y la letra. Estos cuatro versos, por ejemplo, eran cantados por ella con una loca alegría: Un cofre con gran riqueza Hallaron dentro un pilar, Dentro del, nuevas banderas Con figuras de espantar y poco después, ante el acento que dio a esta estancia: Alarabes de cavallo Sin poderse menear Con espadas, y los cuellos Ballestas de buen echar(9). 9. Son versos sacados de un antiguo romancero español que hablaban sobre la entrada del rey Rodrigo en Toledo publicado en 1821 por Abel Hugo, hermano del escritor, y no sin faltas de ortografía. Los dos últimos versos por ejemplo, tienen este texto: Con espadas a los cuellos Ballestas de bien tirar. Gringoire sentía que se le saltaban las lágrimas. La canción transpiraba una alegría singular y la muchacha daba la sensación de estar cantando como to hacen los pájaros, despreocupada y con serenidad. La canción de la bohemia había turbado las ensoñaciones de Gringoire, a la manera con que un cisne turba la calma del estanque. La escuchaba con una especie de arrebaco y de olvido de todo. Era el primer momento que pasaba sin sufrir, desde hacía muchas horas. Pero ese momento fue más bien corto, pues la misma voz de aquella mujer, que ya antes interrumpiera la danza de la gitana, to hizo de nuevo gritando desde el mismo oscuro rincón de la plaza. -Quieres callarte, cigarra del infierno. La pobre cigarra se calló del todo y Gringoire se tapó los oídos y exclamó: -¿Quién es esa maldita sierra mellada que viene a romper la lira? Los demás espectadores murmuraban como él y más de uno dijo en voz alta: -¡Al diablo la Sachette! Y la invisible vieja, aguafiestas, habría tenido motivos para arrepentirse de sus agrestones a la gitana si los espectadores no se hubieran distraído en esos momentos con la procesión del papa de los locos que, tras su largo recorrido por las,calles de la villa, venía a desembocar en la plaza de Grève rodeado de antorchas y bullicio. Esta procesión que vimos iniciarse y partir desde el palacio se habría acrecentado al paso reclutando a toda clase de merodeadores y vagos de París que se sumaban a ella. Por eso, a su llegada .a la plaza de Grève, presentaba un aspecto más que respetable. En primer lugar, desfilaba Egipto; iba a la cabeza el duque de Egipto, a caballo, con sus condes sujetándole la brida y los estribos; detrás, egipcios y egipcias, mezclados todos, con sus hijos, gritando, cargados sobre los hombros. Todos ellos, conde, duque y pueblo, vestidos de harapos y de oropel. Seguía a continuación el reino del hampa(10), o to que es igual, todos los ladrones de Francia, situados por orden de importancia, de menor a mayor. 10. La descripción del mundo del hampa que Hugo hace a continuación tiene una base, en cuanto a los elementos utilizados, en la descripción de la corte de los milagros de Sauval. Muchos escritores del siglo xtx principalmente Balzac, han utilizado con frecuencia el tema de los truhanes, con su argot y sus organizaciones secretas de los bajos fondos. Desfilaban así, de cuatro en cuatro, con sus enseñas respectivas para indicar sus categorías y los grados de aquella extraña facultad. Casi todos estaban lisiados; quienes cojos, quienes mancos, los vagos, los concheros, los hubertinos, los epilépticos, los cal- vos, los locos, los libertinos, los calaveras, los ruines, los ventajistas, los canijos, los mercachifles, los marrulleros, los huérfanos, los encapuchados...(11) toda una relación, en fin, como para cansar al mismo Homero. En el centro del cónclave de los encapuchados era difícil descubrir al rey del hampa, el gran coërre, acurrucado en un carrito, tirado por dos enormes perrazos. Detrás del reino del hampa venía el imperio de Galilea. GuiIlaume Rousseau, emperador de este imperio, desfilaba majestuoso vestido de una túnica púrpura manchada de vino, precedido de unos bufones que iban batiéndose y danzando; rodeado de sus ma- ceros de sus servidores y de sus pasantes del tribunal de cuentas. En último lugar, desfilaban los curiales con sus «mayos» coronados de flores, sus hábitos negros, su música digna de un aquelarre y sus enormes velones de cera amarilla. En el centro de toda esta multitud, los grandes dignatarios de la cofradía de los locos llevaban sobre sus hombros unas andas más recargadas de cirios que el relicario de Santa Genoveva(12) en época de peste. Sobre las andas replandecía con báculo, capa y mitra, el nuevo papa de los locos, el campanero de Nuestra Señora, Quasimodo el jorobado. 11. A título orientativo, damos una exposición aproximada de los diferentes dignatarios del reino del hampa, con la traducción aproximada de sus nombres: Concheror: Falsos peregrinos de Santiago, con sus conchas como distintivo. Hubertinor: Decían haber sido mordidos por lobos rabiosos y sanados por San Huberto. Epilépticos: Falsos epilépticos que echaban espuma por la boca, ayudándose de jabón en ella introducido. Calvor o tirloror: Que se decían curados de la tiña, en sus peregrinaciones. Los locos: Iban de cuatro en cuatro, siempre acompañados de sus botellas. Los ruiner: Siempre ayudados por sus muletas (falsos cojos en muchas ocasiones). Ventajirtas: O ganchos que fingían perder o ganar en el juego para atraer a otros ingenuos. Huérfanor: Los mendigos más jóvenes. Encapuchador: Pretendían, falsamente, tener la lepra. 12. Santa Genoveva es la patrona de París. En el año 451, Atila atraviesa el Rhin con casi 700.000 hombres. Se acerca a París y sus habitantes, presos por el pánico, comienzan a huir. Entonces, Genoveva, una joven consagrada a Dios, les tranquiliza, convencida de que París será respetada gracias a la protección divina. Los hunos dudaron sobre la acción a seguir y por fin se dirigieron hacia Orleáns, al sur de París. Entonces, la ciudad reconoció a Genoveva como su patrona. Diez años después, son los francos los que asedian París. La ciudad está a punto de entregarse, rendida por el hambre, pero Genoveva logra escapar a la vigilancia enemiga y se aprovisiona de víveres y vuelve con la misma suerte con que había conseguido escapar. La acción se considera milagrosa. A su muerte, en el año 512, se la entierra junto a Clodoveo en la basílica que éste había construido en el 510. Cada cuerpo de la grotesca procesión tenía su música particular. Así los egipcios hacían sonar sus tímpanos y sus tambores africanos. Los hampones, raza muy poco musical, no pasaban de la viola, del cuerno y del rabel gótico del siglo x11. Tampoco el imperio de Galilea les superaba en gran cosa. Apenas si se distinguía en su música algún primitivísimo rabel, con notas que no iban más allá del re-la-mi; sin embargo, donde se desplegaban con más vigor, en medio de una impresionante cacofonía, todas las excelencias musicales de la época, era en torno al papa de los locos. Eran notas agudas del rabel, contra-altos y bajos del rabel, sin olvidar, claro está, las flautas y el cobre. Que no to olviden los lectores: se trataba de la orquesta de Gringoire. Es muy difícil hacerse una idea del grado de regocijo orgulloso al que había llegado, en el trayecto del palacio a la Gréve, el repulsivo y triste rostro de Quasimodo. Era sin duda la primera satisfacción de amor propio jamás experimentada por él pues hasta entonces sólo humillaciones había recibido, o desdén por su condición o por to repulsivo de su persona. Por muy sordo que fuera, no cabe duda de que saboreaba, como auténtico papa, todas las aclamaciones de la multitud, a la que odiaba porque también él se sentía odiado por ella. ¡Poco le importaba que sus súbditos se redujeran a un montón de locos, tullidos, ladrones o mendigos! Daba igual pues, en cualquier caso, constituían un pueblo y él era su soberano y por ello tomaba en serio todos aquellos aplausos burlones, aquellas defe- rencias grotescas, entre los que podía entreverse un cierto trasfondo de miedo real entre el gentío, pues el jorobado era un gigantón y, aunque zambo, era bastante ágil y también irascible a pesar de su sordera; tres cualidades para moderar to ridículo. Era difícil, por otra parte, conocer si el nuevo papa de los locos era consciente de sus propios sentimientos y de los que él mismo inspiraba en la gente, pues el espíritu que habitaba su cuerpo fallido debía ser forzosamente algo incompleto y sordo también. Por eso sus impresiones, al verse así, ante la gente, eran muy confusas a imprecisas. Lo que dominaba más claramente era una sensación de orgullo y su manifestación más clara era la alegría. Existía como un halo en torno a aquella sombría y contrahecha criatura. Por todo esto hubo miedo y sopresa cuando, en el momento en que Quasimodo, ebrio de orgullo, pasaba triunfalmente ante la Maison-axx-Pilierr, un hombre surgió de pronto de entre el gentío y le arrancó de las manos con un gesto de cólera el báculo de madera dorada, representación de su loca dignidad papal. Aquel hombre tan temerario era el personaje calvo que se encontraba poco antes entre los espectadores que admiraban a la gitana, y que la había dejado helada al proferir aquellas palabras de amenaza y odio. Llevaba ropa de eclesiástico y hasta Gringoire, que no le había reconocido hasta entonces, se fijó en él al salir de entre el gentío. -¡Anda! -dijo con sorpresa-, ¡pero si es mi maestro en ciencias(13), dom Claude Frollo, el archidiácono! ¿Qué diablos está haciendo con ese horrible tuerto? ¡Le va a destrozar Quasimodo! 13. En ciencias ocultas, como la astrología, la alquimia, la magia, con las que Claudio Frollo se hallaba muy relacionado. Y efectivamente surgió un grito de terror cuando el enorme Quasimodo se tiró de las andas. Muchas mujeres volvieron la vista para no ver cómo destrozaba al archidiácono. Se avalanzó sobre él pero, al verle así, de cerca, se echó de rodillas a sus pies. El clérigo le quitó la tiara, le rompió el báculo y le rasgó su capa de relumbrón. Quasimodo siguió de rodillas, humilló la cabeza y juntó las manos en ademán de súplica. Luego se entabló entre ambos un extraño diálogo de gestos y de signos porque ninguno de los dos hablaba. El clérigo, de pie, irritado, con gesto amenazador a impe- rativo y Quasimodo prosternado humillado y suplicante, cuando la verdad es que, con un solo dedo, podría haber aplastado al clérigo. Finalmente el archidiácono sacudió con violencia los hombros de Quasimodo y le hizo una seña para que se levantara y éste se levantó. Entonces la cofradía de los locos, repuestos ya de esos momentos de estupor, quiso defender a su papa, tan bruscamente destronado. Los egipcios, los hampones y los curiales se acercaron vociferando en torno al clérigo. Entonces Quasimodo se colocó ante él, protegiéndole, al mismo tiempo que enseñaba sus músculos y sus puños de atleta y, enfrentándose a los asaltantes, les mostró sus dientes, cual tigre enfurecido. El clérigo recobró su sombría seriedad, hizo una seña a Quasimodo y se retiró, silencioso, precedido del gigantón que iba apartando a la gente a su paso. Cuando llegaron al final de la plaza, después de atravesar la multitud, la nube de curiosos y de desocvpados pretendió seguirlos; entonces Quasimodo se colocó detrás del archidiácono, mirando a la gente y marchaba de espaldas, corpulento, agresivo, monstruoso a hirsuto como él era; tensando sus músculos, pasándose la lengua por sus dientes de jabalí, gruñendo como una bestia salvaje y haciendo amago de avalanzarse sobre sus perseguidores con los gestos o con la mirada. Desaparecieron los dos por una calleja estrecha y tenebrosa y nadie se arriesgó en su persecución, pues la nueva visión de Quasimodo rechinando los dientes daba la sensación de cerrar la entrada. -¡Es algo increíble! -dijo Gringoire-, pero, ¿en dónde diablos encontraré algo para cenar? IV LOS INCONVENIENTES DE IR TRAS UNA BELLA MUJER DE NOCHE POR LAS CALLES GRINGOIRE por to que pudiera pasar, quiso seguir a la gitana. La había visto tomar, con su cabra, la calle de la Coutellerie y él había hecho lo mismo. -¿Y por qué no? -se dijo. Gringoire, filósofo práctico de las calles de París, se había dado cuenta de que nada es tan propicio al ensueño como seguir a una mujer bella sin saber a dónde va. Existe en esta abdicación voluntaria del libre albedrío, en esta fantasía, que a su vez se sotnete a otra fantasía, una mezcla de independenaa fantástica y de obediencia ciega, un no sé qué intermedio entre la libertad y la esclavitud, que agradaba a Gringoire. En efecto, su espíritu era esencialmente mixto, complejo a indeciso, interesado en todos los temas y pendiente un poco de todas las propensiones humanas, pero neutralizando cada una de ellas con su contraria. Le gustaba compararse a la tumba de Mahoma, atraída en sentidos contrarios por dos piedras de imán, dudando eternamente entre lo alto y lo bajo, entre la bóveda y el suelo, entre la caída y la elevación entre, el cenit y el nadir. Si Gringoire viviera en nuestros días ¡qué bien sabría mantenerse en un término medio entre to clásico y to romántico!, pero no era to suficientemente primitivo como para vivir trescientos años y era una lástima. Su ausencia es un vacío que hoy día lamentamos. Por otra parte, para seguir por las calles a los transeúntes (y sobre todo a las transeúntes), cosa que Gringoire hacía con cierta frecuencia, to mejor es no saber en dónde va uno a dormir. Iba, pues, pensativo detrás de la muchacha, que aceleraba el paso y hacía it al trote a su cabritilla al ver que la gente se recogía ya y que las tabernas, únicos establecimientos abiertos aquel día se iban cerrando. Después de todo, iba pensando Gringoire, en algún lugar tendrá que dormir y las gitanas suelen tener buen corazón. ¡Quién sabe s¡...l, y él llenaba esos puntos suspensivos con no se sabe muy bien qué ideas peregrinas. Sin embargo, de vez en cuando, al pasar junto a los últimos grupos de burgueses que se despedían ya para retirarse, cogía al vuelo algún retazo de sus conversaciones que venían a romper la lógica de sus optimistas hipótesis. A veces se trataba de dos viejos que comentaban... -Maese Thibaut Fernicle, ¿sabéis que hace frío? ¡Gringoire to sabía bien desde el comienzo del invierno! -Ya to creo maese Bonifacio Disome. ¿Tendremos un invierno como el de hace tres años, el del 80, en el que la madera costó a ocho sueldos el haz? -¡Bah! ¡Eso no eso no fue nada, maese Thibaut! ¿Se acuerda de aquel invierno de 1407, que no paró de helar desde San Martín hasta la Candelaria? Lo hacía con tal fuerza que hasta la pluma del parlamento se helaba a cada tres palabras y por eso hubo que suspender las actuaciones de la justicia... Un porn más a11á eran unas vecinas a la ventana, alumbradas con candiles que el viento hacía chisporrotear. -¿Vuestro marido os ha contado ya la desgracia, señora Boudraque? -No. ¿De qué se trata, señora Tourquant? -Del caballo del señor Gilles Godin, el notario del Châtelet, que se ha desbocado, al ver a los flamencos y la procesión, y ha tirado por los suelos a maese Philipot Avrillot, oblato de los celestinos. -¿De verdad? -Ya to creo. -¡Un caballo burgués! ¡Quién to iba a pensar! ¡Si al menos hubiera sido un caballo del ejército! Y se iban cerrando las ventanas y Gringoire, distraído con las conversaciones, perdía el hilo de sus ideas. Por suerte to volvla a encontrar en seguida y enlazaba sin dificultad, gracias sobre todo a la bohemia que, con su cabra, marchaba por delante; eran dos delicadas finas y encantadoras criaturas, en las que admiraba sus pequeños pies, sus lindas formas, sus graciosos ademanes, confundiendo casi a las dos en su imaginación, al considerarlas mujeres por su inteligencia y su amistad y cabritillas por su ligereza y agilidad y por la destreza de sus andares. Las calles se iban haciendo cada vez más oscuras y solitarias. Hacía bastante tiempo que había sonado el toque de queda y sólo se veía ya, muy de cuando en cuando, a un transeúnte por las calles o una luz en las ventanas. Gringoire se había internado, siguiendo a la egipcia, en aquel dédalo inextricable de callejuelas, encrucijadas y callejones sin salida, que rodean el antiguo sepulcro de los inocentes y que se asemeja a un ovillo enmarañado por un gato. -Desde luego estas callejuelas tienen muy poca lógica -decía Gringoire, perdido en esos mil caminos, que venían a desembocar en ellos mismos, y que la joven daba la impresión de conocer tan bien, moviéndose entre ellos con pasos ligeros sin la más pe- queña duda. En cuanto a él, no habría tenido la menor idea del lugar en donde se encontraba, si no hubiera sido porque, al paso, a la vuelta de una calleja, descubrió la masa octogonal de la picota del mercado, cuyo tejadillo abierto destacaba vivamente su silueta negra contra una ventana iluminada aún en la calle Verdelet. Hacía ya un ratito que la joven se había dado cuenta de que la seguían y varias veces había vuelto hacia él su cabeza con cierta preocupación. Incluso una vez se había parado en seco y, aprovechando un rayo de luz que se escapaba de la puerta entreabierta de una panadería, le había mirado fijamente de arriba a abajo. Después Gringoire había visto hacer a la gitana la mueca aquella que debía resultarle familiar, y había seguido su camino. La mueca dio que pensar a Gringoire pues había burla y desdén en aquel gesto, hasta cierto punto gracioso, y por eso comenzó a bajar la cabeza y a contar los adoquines, siguiendo a la joven a una distancia mayor cuando, al doblar una calle, en donde momentáneamente la había perdido de vista, oyó un grito penetrante. Apresuró el paso. La calle estaba totalmente a oscuras; sin embargo, una lamparita que ardía en una hornacina a los pies de la Virgen, en un rincón de la calle permitió a Gringoire distinguir a la gitana debatiéndose en los brazos de dos hombres que pro- curaban ahogar sus gritos. La cabritilla, asustada, bajaba los cuernos y se ponía a balar. -¡Socorro! ¡A mí la ronda! ¡Socorro, guardianes! -gritó Gringoire al mismo tiempo que se dirigía valientemente hacia a11í. Uno de los que sujetaban a la joven se volvió hacia él; era la formidable figura de Quasimodo. Gringoire no emprendió la huida pero tampoco dio un paso más adelante. Quasimodo se llegó hasta él y de un revés to lanzó a cuatro pasos contra el empedrado; luego se adentró rápidamente hacia la oscuridad llevándose a la joven bajo el brazo como si fuera un echarpe de seda, seguido de su compañero; mientras la pobre ca- bra corría tras ellos balando quejumbrosa. -¡Asesinos! ¡Socorro! -gritaba la desdichada gitana. -¡Alto ahí, miserables! ¡Soltad a esa mujer! -dijo con voz de trueno un caballero que surgió de repente de una plazuela próxima. Se trataba de un capitán de los arqueros, armado de pies a cabeza y con un espadón en la mano. Arrancó a la bohemia de los brazos de Quasimodo, estupefacto; la colocó de través en la silla de montar y en el momento en que el terrible jorobado, recuperado de la sorpresa, se lanzaba sobre él para recuperar a su presa, surgieron quince o más arqueros que seguían a su capitán armados todos con espadas. Se trataba de un escuadrón de la guardia real que hacía la contrarronda por orden de micer Roberto d'Estouteville, guardián del prebostazgo de París. Entre todos cercaron a Quasimodo, to cogieron y to ataron. Rugía, echaba espuma por la boca, mordía y, si no hubiera sido de noche, podemos estar seguros de que su horripilante cara, más repulsiva aún por hallarse encolerizado, habría puesto en fuga a todo el escuadrón. Pero, por la noche, carecía de su arma más temible; su fealdad. Su compañero se escabulló durante la refriega. La gitana se irguió con elegancia en la silla del oficial, apoyó sus dos manos en los hombros del capitán y le miró fijamente durante unos segundos, como encantada de su atractivo aspecto y de la ayuda que acababa de prestarle. Después, rompiendo a hablar la primera, le dijo haciendo más dulce aún su dulce voz: -¿Cómo os llamáis, señor gendarme? -Capitán Febo de Cháteaupers para serviros, preciosa res pondió el capitán irguiéndose. -Gracias -le dijo. Y mientras el capitán se entretenía atusándose su bigote a la borgoñona, ella se deslizó hasta el suelo, desde el caballo, como una flecha que cae a tierra y huyó tan rápidamente, que un relámpago habría tardado más en desvanecerse. -¡Por el ombligo del papa! -dijo apretando las ligaduras de Quasimodo-. A fe mía que habría preferido quedarme con la mozuela. -¡Qué queréis capitán! -dijo uno de los guardias-. La pájara ha levantado el vuelo pero nos queda el murciélago. V PROSIGUEN LOS INCONVENIENTES GRINGOIRE, aturdido por la caída, se había quedado en el suelo ante la hornacina de la Virgen que había en la calle y, poco a poco, iba recobrándose. Primero estuvo algunos minutos flotando, como medio perdido en una especie de semi-inconsciencia, bastante atractiva, en dohde la vaga representación de la gitana y de su cabra se confundían con el peso del puño de Quasimodo. Sin embargo, esta situación no se prolongó demasiado, pues sintió muy pronto una viva impresión de frío en la parte de su cuerpo que se encontraba en contacto con el empedrado y que acabó por espabilarle y sacar su espíritu a la superficie. -¿De dónde me viene esta frialdad? -se preguntó bruscamente, y fue entonces cuando comprobó que se hallaba sobre una corriente de agua que fluía por la calle, procedente de las casas. -Demonio de cíclope jorobado -masculló entre dientes intentando levantarse, sin conseguirlo, pues se encontraba aún un tanto aturdido y demasiado magullado. Así que hubo de quedarse en el suelo, resignado, sonándose con la mano que le quedaba libre. -¡Entre el fango de París! -pensaba, seguro ya de que aqueIlo iba a ser su lecho «¿y qué hacer en un lecho rino meditar?»(14)-. El fango de.París apesta pues debe contener cantidad de sales volátiles y vitrosas; eso es, al menos, to que piensan maese Nicolás Flamel y los herméticos (15) 14. Es, tnodificado, un verso de una fábula de La Fontaine. 15. Nicolás Flamel (1310-1418). Escribano de la universidad de quien decía que sus grandes riquezas eran debidas a sus conocimientos de alquimia y de brujería. Esta palabra le trajo súbitamente al espíritu la idea del archidiácono Claude Frollo y recordó la escena violenta que había entrevisto cuando la zíngara se debatía entre dos hombres. Había otro más con Quasimodo y la figura altiva del archidiácono se dibujó confusamente en su recuerdo. -¡Sería muy extraño!- y comenzó a reconstruir sobre esa base y con esos datos un fantástico edificio de hipótesis, un castillo de cartas filosófico, para volver en seguida a la realidad, al sentirse de nuevo en contacto con el agua de la calle. Aquel sitio se hacía cada vez más insoportable, pues cada molécula del agua que corría por la calle robaba otra molécula de calor a los riñones de Gringoire y el equilibrio entre la temperatura del cuerpo y la del arroyuelo aquel empezaba a establecerse de una manera bastante ruda. Otro inconveniente totalmente distinto surgió de improviso pues un grupo de muchachetes, un grupo de esos pequeños salvajes que desde siempre han correteado por las calles de París con el nombre de pilluelos y que, ya cuando nosotros mismos éramos niños, nos tiraban piedras al salir de la escuela, porque no íbamos sucios ni desharrapados como ellos; una panda de estos rapaces se dirigía, entre risas y gritos, hacia la plaza en donde estaba Gringoire, sin importarles nada el sueño de los vecinos. Llevaban a rastras una especie de saco y, sólo con el ruido de sus zuecos, se habría despertado hasta un muerto. Gringoire, que aún no to estaba del todo, se incorporó a medias. -¡Eh! ¡Annequin Dandéche! ¡Eh! ¿Jean Pincebourde! -chillaban a voz en grito-; el viejo Eustaquio Moubon, el viejo ferretero de la esquina, acaba de morirse y hemos cogido su jergón y vamos a hacer una hoguera con él; hoy es el día de los flamencos. Y fueron a tirar el jergón justo encima de Gringoire, hasta donde habían llegado sin haberle visto. Uno de ellos le sacó un puñado de paja y fue a encenderlo en la lamparilla de la Virgen. -¡Dios me valga! -susurró Gringoire-. ¡Pues no voy a pasar calor ni nada! La situación era crítica ya que se encontraba entre el fuego y el agua; realizó un esfuerzo casi sobrenatural, como el de un falsificador que intenta escapar cuando quieren quemarle. Logró ponerse de pie y lanzando el jergón contra los pilluelos aquellos, se escapó. -¡Santa María! -gritaron asustados-; es el fantasma del ferretero que ha vuelto -y también ellos echaron a correr. El jergón se adueñó del campo de batalla. Belforét, el tío Le Juge y Corrozet aseguran que al día siguiente fue recogido con gran pompa por el cura del barrio y guardado como parte del tesoro de la iglesia de Saint Opportune, con to que el sacristán consiguió unas buenas propinas hasta 1789 a costa del gran milagro de la estatua de la Virgen de la esquina, en la calle Mauconseil que, aquella memorable noche del 6 al 7 de enero había con su sola presencia exorcizado al difunto Eustaquio Moubon quien, para hacer una travesura al diablo en el momento de la muerte, había ocultado astutamente su alma en el jergón. VI LA JARRA ROTA DESPUÉS de haber escapado a todo correr, sin saber hacia dónde, y darse más de un coscorrón contra alguna esquina; después de saltar unos cuantos arroyuelos y atravesar bastantes callejones y plazas en busca de una salida por entre el entramado del viejo mercado y después de explorar en su miedo to que el bello latín llama tota via, cheminum et viaria, nuestro poeta se detuvo de pronto, primeramente por el cansancio y luego por el dilema que acababa de venirle al espíritu: -Me parece, maese Pierre Gringoire -se dijo apoyando el dedo en la frente- que estáis corriendo como un chalado. Aquellos pilluelos han debido asustarse al veros tanto como vos to habéis hecho al verlos. Tengo la impresión, os digo, de que habéis oído el ruido de sus zuecos alejándose hacia el sur, mientras vos to hacéis hacia el norte. Así que una de dos: o han huido y entonces el jergón que olvidaron con el miedo va a ser esa cama con- fortable que estáis buscando desde esta mañana y que la Virgen os envía milagrosamente en recompensa de esa «moralidad» que habéis intentado representar, o bien los rapaces esos no han huido, y entonces han debido pegarle fuego al jergón, en cuyo caso podéis aprovecharlo para alegraros, secaros y calentaros. Sea como sea, fuego o cama, ese jergón es un regalo del cielo y se me ocurre que, a to mejor, la santísima Virgen de la esquina de la calle de Mauconseil se ha llevado a Eustaquio Maubon sólo para eso y en ese caso sería una locura que huyerais así, a toda prisa, cual un picardo ante un francés, dejándoos atrás to que andáis buscando con tantas ganas. ¡Sería de tontos! Así que echó marcha atrás y por todos los medios, olfateando como un perro y escuchando con todo interés, intentó dar con el bendito jergón, pero todo fue en vano. Todo eran cruces de calles, callejones sin salida, bifurcaciones en las que nunca llegaba a orientarse con seguridad... En fin, se encontraba más perdido en aquella maraña de callejuelas de to que se habría encontrado en el laberinto del hotel de las Tournelles; así que, agotada ya su paciencia, exclamó solemnemente: -¡Malditas encrucijadas! Seguro que las ha hecho el diablo a imitación de su propio tridente. Más tranquilo ya después de esta exclamación, tras observar un resplandor rojizo al fondo de una larguísima y estrecha callejuela, sintió que su moral se acrecentaba. -¡Alabado sea Dios! ¡Si es a11á, al fondo! ¡Si es mi jergón el que está ardiendo! -y, cual navegante que zozobra en medio de la noche, añadió piadosamente-: ¡Salve, salve, marls stella! No podríamos decir, en verdad, a quién iba dirigida aquella letanía, si a la Virgen o al jergón. No habría aún dado dos pasos pot aquella larga calleja, sin pavimentar llena de barro y en pendiente, cuando observó algo que le pareció muy singular y es que no estaba desierta. Acá y a11á, a to largo de la misma, grupos de masas vagas a imprecisas se di- rigían hacia el resplandor vacilante del fondo de la callejuela, como esos torpes insectos, que se arrastran pot la noche entre las hierbas, hacia la hoguera de un pastor. Nada le hace a uno tan aventurero como el no tenet un cuarto. Gringoire, pues, siguió avanzando hacia el resplandor y pronto alcanzó a una de aquellas larvas que se arrastraban perezosamente siguiendo a las demás. A1 Ilegar vio que no era otra cosa que un miserable lisiado, sin piernas, que se servía de sus manos para andar, dando una especie de saltos, como una araña herida a la que sólo le quedan dos patas. Precisamente cuando pasaba al lado de aquella araña con rostro humano, alzó hacia él una voz plañidéra. -¡La buona mancia, signor! ¡La buona mancia! (16) 16. Caridad, señor, caridad. (En italiano.) -Vete al diablo -dijo Gringoire-, y que me lleve a mí también si entiendo to que dices. Y siguió adelante. Alcanzó a otra de aquellas masas ambulantes y la examinó con atención. Se trataba esta vez de un tullido, cojo y manco al mismo tiempo. Lo era de tal modo, que el complicadísimo sistema de muletas y de piernas de madera que le sostenía, le daba el as- pecto de un andamiaje de albañilería en marcha. Gringoire, que gustaba de hacer comparaciones nobles y clásicas, le comparó a unas trébedes vivas de la fragua de Vulcano. Igual que el anterior, le saludó a su paso poniéndole el sombrero a la altura del mentón, como una bacía de barbero, gritándole: -Señor caballero; para comprar un troso de pan(17). 17. En español, en el original. -Parece que también éste habla, pero to hace en una lengua tan rara que, si él mismo la entiende, es más feliz que yo. Luego, golpeándose la frente pot una repentina asociación de ideas, dijo: -¡A propósito! ¿Qué diablos querrían decir esta mañana con aquello de su Esmeralda(18) 18. En español, en el original. Quiso acelerar el paso pero pot tercera vez algo le cortó el camino. Ese algo, o mejor, ese alguien era un ciego; un ciego bajito y barbudo, con cara de judío que, maniobrando en torno a él con el bastón y guiado pot un enorme perro, le lanzó con un acento húngaro: -Facitote caritatem. -¡Menos mall -dijo Pierre Gringoire-; pot fin doy con alguien que me habla en cristiano. Debo tener cara de limosnero para que todos me pidan limosna, teniendo en cuenta el estado de debilidad en que se encventra mi bolsa. -Mi querido amigo -dijo volviéndose hacia el ciego-, hace ya una semana que vendl mi última camisa, y para decírtelo mejor, en la lengua de Cicerón que tan bien entiendes: Vendidi hebdomade nuper trantita meam ultimam chemiram. Dicho to cual, dio la espalda y siguió andando; pero el ciego aceleró el paso a su ritmo y hete aquí que el lisiado y el tullido aparecen también a buen ritmo, y con gran estrépito de escudillas y de muletas contra el empedrado; y así los tres, empujándose tras el pobre Gringoire, se pusieron a entonar su cantinela. -¡Caritatem! -decía el ciego. -¡La buona mancia! -decía el tullido; y el cojo empalmaba esa musiquilla con su: -¡Un pedaso de pan! -Esto es la torre de Babel -decía Gringoire, tapándose las orejas y echando a correr. Pero también el ciego y el tullido y el cojo corrían tras él y, a medida que iba internándose en la calle, empezaron a pulular a su alrededor más cojos y más tullidos y más ciegos y mancos y tuertos y leprosos, enseñando sus llagas. Unos salían de los portales, otros de las callejas aledañas, otros más de algún tragaluz o de algún sótano, mugiendo todos o rugiendo y chillando, cojeando, renqueando o arrastrándose hacia la luz y revolcándose entre el fango, coal babosas después de llover. Gringoire, a quien aún seguían sus tres perseguidores, no sabiendo en qué podía parar todo aquello, corría, asustado, empujando y tirando a cojos y ciegos, saltando por encima de más lisiados o pisando a quien se ponía delante, como aquel capitán inglés que fue a encallar en un banco de cangrejos. Pensó en volver sobre sus pasos, pero era ya demasiado tarde, pues toda aquella legión tapaba casi por completo la calle, y los tres mendigos seguían acosándole. Así que continuó hacia adelante, empujado al mismo tiempo por aquella oleada irresistible, por el miedo y por una especie de vértigo que le hacía ver aquello como una horrible pesadilla. Por fin alcanzó el extremo de la calle, que desembocaba en una gran plaza en donde mil luces dispersas titilaban, envueltas en la niebla de la noche. Gingoire entró en ella corriendo con la idea de zafarse, por rapidez, de los tres espectros lisiados que casi se habían otra vez agarrado a él. -¿Onde vas, hombre?(19) -le gritó el cojo soltando las dos muletas y acercándose a él con las dos piernas más sanas que jamás hubieron corrido por las calles de París. Mientras tanto el tullido, el que no tenía piernas, se puso de pie ante la sorpresa de Gringoire; le plantó en la cabeza su pesado cuenco y el ciego le miraba frente a frente con ojos centelleantes. -¿En dónde me hallo? -preguntó el poeta aterrorizado. -En la Corte de los Milagros(20) -respondió un cuarto fantasma que se les había juntado. -Por mi alma que así debe ser pues compruebo que los cojos corren y que los ciegos ven, pero, ¿en dónde está el Salvador? 19. En español, en el original. 20. La Corte de los Milagros se encontraba en el barrio des Halles, entre la calle Réaumur y la plaza du Caire actuales (en el antiguo París había una docena de Cortes de los Milagros). En el siglo xvii, bajo Luis XIV, se llegó a liquidar casi por completo. 21. Había dos fortalezas en París, el gran Châtelet y el pequeño Châtelet. El primero fue demolido en 1802 y estaba emplazado en la orilla derecha del Sena, frente al Pont-au-Change. Era la sede de la jurisdicción de lo criminal del prebostazgo de París. El pequeño Chitelet estaba situado en la orilla izquierda y servía de prisión. Se demolió en 1782. Como respuesta obtuvo una carcajada siniestra. El desdichado se encontraba de verdad en la temible Corte de los Milagros, en donde ningún hombre prudente se habria decidido a entrar a tales horas. Círculo mágico en el que los soldados del Châtelet(21) o los guardias del prebostazgo, que se aventuraban por a11í, desaparecían hechos pedazos. Ciudad de ladrones, horrible verruga, surgida en la cara de París, cloaca de donde salía cada mañana para volver a esconderse por la noche ese torrente de vicios de mendicidad y de miseria, que siempre existe en las calles de las grandes urbes; colmena monstruosa a la que volvían por la noche, con su botín, todos los zánganos del orden social; falso hos- pital en donde el bohemio, el fraile renegado, el estudiante perdido, los indeseables de todas las nacionalidades: españoles, italianos, alemanes... de todas las religiones: judíos, cristianos, mahometanos, idólatras, cubiertos de llagas simuladas, mendigos de día que son bandidos por las noches; inmenso vestuario en donde se vestían y se cambiaban todos los adores de la eterna comedia que el robo, la prostitución y el asesinato representaban sobre el adoquinado de París. Se trataba de una gran plaza irregular y mal pavimentada, como to eran entonces todas las plazas de París. Algunas fogatas encendidas aquí y a11á, en torno a las cuales hormigueaban grupos extraños. Todo era movimiento y gritos. Se oían risas estentóreas, Ilantos de niños, voces de mujeres. Las manos, las cabezas de todas aquellas gentes, recortadas en negro sobre el fondo luminoso de las fogatas, se perfilaban en mil gestos extraños. A veces, en el suelo, en donde tremolaban las llamas, mezcladas con grandes sombras indefinidas, se podía ver pasar un perro que parecía un hombre o a un hombre que parecía un perro. Los límites de las razas y de las especies parecían borrarse en aquella ciudad, como en un pandemonium pues hombres, mujeres, animales, sexo, edad, salud y enfermedad, todo parecía patrimonio común en aquel pueblo; todo se hallaba junto, mezclado, confundido, superpuesto y todos, en fin, participaban de todo. El resplandor vacilante y débil de aquellas fogatas permitía a Gringoire distinguir, en medio de su turbación, en torno a toda la inmensa plaza, un horrible cuadro de casas viejas cuyas fachadas, carcomidas, deformadas, mugrientas, tenían un par de luceras encendidas en cada una. Todo ello le parecía, en medio de las sombras, como enormes cabezas de viejas colocadas en círculo, ceñudas y monstruosas, contemplando un aquelarre. Era para él como un mundo nuevo, desconocido, inaudito, deforme, reptil, increíble y fantástico. Se sentía cada vez más aterrado, sujeto por los tres mendigos, como si fueran tenazas, en medio de un gentío ensordecedor, con caras que se encrespaban y ladraban. El infortunado Gringoire intentaba recobrar su presencia de ánimo para saber si era sábado, pero sus esfuerzos eran vanos, pues el hilo de su pensamiento y de su memoria se había roto. Dudaba ya de todo; fluctuaba entre to que veía y to que sentía y se hacía siempre la misma pregunta. -Si yo soy, ¿esto es también?, y si esto es, ¿yo soy también? En aquel momento surgió un grito muy claro de entre el bullicio increíble que le rodeaba. -¡Llevémosle ante el rey! ¡Llevémosle ante el rey! -¡Virgen santa! -murmuró Gringoire-. El rey aquí será un chivo(22). 22. Forma que, se decía, tomaba el diablo, principalmente en los aquelarres. Víctor Hugo dice en una nota para los documentos de Nuertra Señora de Parír que «el diablo para reunir el aquelarre, hace aparecer, entre nubes, a un chivo que sólo es visto por los brujos». -¡Al rey! ¡Al rey! -repitieron todas las voces. Le llevaron a rastras, disputándose entre ellos por arrastrarle con sus garras, pero ninguno de los tres mendigos soltó su presa y se la arrancaron a los demás rugiendo: -¡Es nuestro! El jubón casi destrozado del poeta rindió en aquella lucha su último suspiro. Al atravesar la horrible plaza su vértigo desapareció y unos pocos pasos más al1á recobró el sentido de la realidad. Comenzaba a familiarizarse con el ambience de aquel lugar. En el primer momento, de su cabeza de poeta, o más sencillamente o más prosai- camente, de su estómago vacío se había elevado una especie de vapor que, al expandirse entre él y las cosas, no le había permitido más que entreverlas, envueltas en la bruma incoherente de su pesadilla, en esas tinieblas de los sueños que deforman todos los contornos, que hacen gesticular a todas las formas, que hacen que los objetos se amontonen a grupos desmesurados, transformando las cosas en quimeras y a los hombres en fantasmas. Poco a poco, a esta alucinación le fue siguiendo una visión menos turbada y menos deformante, y to real iba abriéndose paso a su alrededor; le golpeaba los ojos, chocaba contra sus pies a iba desmontando pieza a pieza toda aquella espantosa creación de la que en principio se creyó rodeado. Había que darse cuenta de que no iba caminando por la laguna Estigia sino por el fango; de que no eran demonios quienes le llevaban cogido sino ladrones y que no se jugaba el alma sino la vida (puesto que carecía de ese precioso conciliador que actúa tan eficazmente entre el bandido y el hombre honrado y que se llama bolsa) y finalmente cuando observó más de cerca y con más sangre fría la juerga aquella de la plaza se dio cuenta de que no era un aquelarre sino una reunión de taberna. Porque, en efecto, la corte de los milagros no era sino una taberna de truhanes enrojecida tanto por el vino como por la sangre. El espectáculo que se ofreció a sus ojos cuando su harapienta escolta le dejó, al fin, no era el más propicio para pensamientos poéticos, aunque se tratara de una poesía infernal; antes al contrario era aquella situación la realidad más prosaica y vulgar de la taberna. Si no estuviésemos en el siglo xv habría que decir que Gringoire había descendido de Miguel Ángel a Callot(23). En torno a la gran hoguera que ardía en una enorme losa redonda y que envolvía con sus llamas las patas al rojo de unas trébedes, vacías por el momento, se habían colocado aquí y a11á algunas mesas carcomidas; las habían puesto al azar, sin orden ninguno, sin que ningún lacayo, versado en geometría, se hubiera dignado ajustar un poco su paralelismo o al menos preocupado de que no se cortasen en ángulos tan poco usuales. Encima de aquellas mesas relucían algunas jarras rebosando vino y cerveza y a su alrededor se agrupaban muchos rostros báquicos, rojos de fuego y de vino. Había un hombre de voluminoso vientre y de cara jovial que besaba ruidosamente a una mujerzuela ya bien entrada en carnes. Había también un falso soldado, un marrullero como se decía entre ellos, que deshacía, silbando, los vendajes de su falsa herida y que desentumecía su rodilla, sana y fuerte, cubierta desde la mañana con mil ligaduras. Otro encanijado hacía to contrario: preparaba con celidonia y sangre de buey su pierna de Dios(24) para el día siguiente. Dos mesas más a11á un conchero, con su hábito de peregrino, recitaba las quejas de la Santa Reina sin olvidar la salmodia y su tono nasal. Más a11á un hubertino recibía lecciones de epilepsia de un viejo espumoso que le enseñaba el arte de echar espumarajos masticando un pedazo de jabón. A su lado, un hidrópico se deshinchaba, to que obligaba a taparse la nariz a cuatro o cinco ladronas que se disputaban en la misma mesa un niño robado aquella misma noche. Circunstancias todas que dos siglos más tarde «parecieron tan ridícular a la corte» como dice 23. Gran pintor y grabador francés de gran influencia (1592-1653). 24 Así llamaban a los miembros con heridas simuladas. Sauval «que sirvieron de entretenimiento al rey y como tema al real ballet de 'La Noche', dividido en cuatro partes y bailado en el teatro del Petit-Bourbon. Jamás -añade un testigo ocular de 1653- las súbitas metamorfosis de la corte de los milagros han sido tan acertadamente representadas. Benserade nos había preparado para ellas con unos versos muy galantes.» Las risotadas y las canciones obscenas se oían por doquier y cada cual se ocupaba de sí mismo criticando y maldiciendo sin escuchar a los demás. Se brindaba continuamente con las jarras de vino y las pendencias surgían ya en ese mismo instante, arreglándose mediante peleas con las jarras melladas. Un enorme perro tumbado junto a la hoguera miraba impasible y había también algunos críos que participaban en aquella orgía. El niño que habían robado lloraba sin parar; otro niño, de unos cuatro años, bien gordito y sentado en un banco con las piernas colgando, no decía una palabra, un tercero extendía por la mesa, con un dedo, la cera líquida que iba fluyendo de una vela y el último, un niñito, en cuclillas entre el fango, estaba casi metido en un caldero que rascaba con una teja y del que sacaba unos sonidos que harían desmayarse a Stradivarius. Había también un tonel junto al fuego con un mendigo sentado encima. Era el rey en su trono. Los tres que sujetaban a Gringoire le llevaron ante el tonel y toda aquella bacanal se quedó en silencio, excepto el niño aquel que seguía dándole al caldero. Gringoire con la vista baja no se atrevía ni a respirar. -Hombre, quítate el sombrero(En español et. el original.) -le dijo uno de los tres tipos que le sujetaban y, antes de que hubiera comprendido lo que quería decir, el otro se lo había quitado ya. Era un triste gorro, la verdad, pero valía aún para el sol o en caso de lluvia. Gringoire suspiró. El rey entonces desde to alto del tonel le dirigió la palábra: -¿Quién es este bribón? Gringoire se estremeció. Aquella voz, aunque acentuada por el tono de amenzada, le recordó otra voz que aquella misma mañana había dado el primer golpe a su misterio, diciendo con voz gangosa en medio del auditorio: Una caridad, por favor. Entonces le- vantó la cabeza y vio que, en efecto, se trataba de Clopin Trouillefou. Clopin Trouillefou, revestido de sus insignias reales, no llevaba ni un harapo de más ni de menos y la llaga de su brazo había desaparecido y llevaba en la mano uno de esos látigos hechos con correas de cuero de los que utilizaban entonces los alguaciales de vara para concentrar a la gente y que se llamaban boulayer. Llevaba en la cabeza una especie de gorro redondo y cerrado por arriba, aunque resultaba difícil saber si se trataba de una chichonera para niños o de una corona real, pues podía pasar muy bien por ambas cosas. Sin embargo, Gringoire, sin saber por qué, había recobrado alguna esperanza al reconocer en el rey de la corte de los milagros al maldito pordiosero de la Gran Sala. -Señor -musitó---. Monseñor..., Sire..., ¿cómo debería Ilamaros? -dijo al fin al haber llegado al punto culminante de su crescendo y no saber ya cómo subir ni cómo bajar. -Monseñor, majestad o camarada, Ilámame como quieras, pero rápido. ¿Qué puedes alegar en to defensa? -¿En tu defensa? -pensó Gringoire-; esto no me gusta -y continuó entre tartamudeos-: Yo soy el que esta mañana... -¡Por las uñas del diablo! Dime to nombre y nada más, bribón. Escucha: estás ante tres poderosos soberanos: yo, Clopin Trouillefou, rey de Thunes, sucesor del gran Coësre, supremo soberano del reino del hampa; aquel viejo amarillo que ves allá con un trapo ceñido a la cabeza es Mathias Ungadi-Spicali, duque de Egipto y de Bohemia. Y ese gordinflón que no nos escucha y que está acariciando a esa ramera, es Guillermo Rousseau, emperador de Galilea. Has entrado en el reino del hampa sin ser de los nues- tros; has violado los privilegios de nuestra ciudad y en consecuencia debes ser castigado, a menos que seas capón, franc-mitou o escaldado, es decir, en el argot de la gente honrada: ladrón, mendigo o vagabundo. ¿Eres algo de eso? Justifícate; dinos tus cualidades. -¿Cualidades? ¡Ay! -dijo Gringoire- no tengo ese honor; sólo soy autor... -¡Basta! -cortó Trouillefou sin dejarle acabar-. Vas a ser colgado. ¡Es algo muy sencillo, honrados señores burgueses! Igual que tratáis a los nuestros en vuestro mundo así os tratamos nosotros en el nuestro. Las leyes que aplicáis a los truhanes, os las aplican a vosotros los truhanes. ¿Que son malas? La culpa es vuestra. Es bueno el ver de vez en cuando upa mueca de honrado burgués por encima del collar de cáñamo; eso to hace todo más honorable; así que... ¡ánimo, amigo!; reparte alegremente tus harapos a esas señoritas. Te vamos a colgar para divertir a los truhanes y tú les vas a dar to bolsa para que puedan beber. Si quieres hacer alguna mogiganga ahí encontrarás junto al gran mortero un buen reclinatorio de piedra que hemos robado en Saint-Pierre-aux-Boeufs. Te quedan cuatro minutos para encomendarle to alma a Dios. Desde luego, la arenga resultó formidable. -¡Así se habla, a fe mía! Clopin Trouillefou predica como nuestro santo padre, el papa -exclamó el emperador de Galilea rompiendo la jarra para calzar la mesa. -Señores emperadores y reyes -dijo Gringoire con sangre fría (no sé cómo había recobrado la firmeza y hablaba con gran decisión)-; no sabéis to que estáis diciendo. Yo me llamo Pierre Gringoire y soy el poeta que ha escrito la moralidad, esa obra que se ha representado esta mañana en la gran sala del palacio. -¡Ah! ¿Eres tú? -dijo Clopin-. Yo estaba allí. ¡Por todos los santos! ¿Y qué pasa, camarada? ¿El que esta mañana nos hayas aburrido es una razón para que no to colguemos esta noche? Me va a costar salir con bien de ésta -pensó Gringoire-, pero hizo aún un último intento-: No veo por qué no vais a colocar a los poetas entre los truhanes cuando Esopo fue un vagabundo, Homero fue un mendigo, Mercurio era un ladrón... Clopin le interrumpió. -Creo que quieres alelarnos con esos conjuros: ¡Venga ya; menos cuento y déjate ahorcar! -Perdóneme el rey de Thunes -replicó Gringoire, disputando el terreno palmo a palmo-; creo que merece la pena... ¡Un momento!... escuchadme... No querréis condenarme sin haberme escuchado. Su temblorosa voz quedaba ahogada por el bullicio que había a su alrededor. El niño seguía rascando su caldero con más furor que nunca y para colmo una vieja acababa de poner encima de las trébedes una sartén llena de sebo que chisporroteaba al fuego con un ruido como el que haría una cuadrilla de niños persiguiendo a una máscara. Pero Clopin Trouillefou pareció conferenciar un momento con el duque de Egipto y con el emperador de Galilea, que estaba completamente borracho y luego gritó malhumorado: -¡Silencio! -y como ni el caldero ni la sartén podían oírle y seguían con su dúo, saltó del tonel abajo y largó una patada al caldero que rodó más de diez pasos con niño y todo y otro puntapié a la sartén, volcando todo el aceite en el fuego, y luego volvió gravemente a su trono sin preocuparse de los suspiros ahogados del niño ni de los gruñidos de la vieja cuya cena se había convertido en una bella y blanca llamarada. Trouillefou hizo una señal y el duque, el emperador, los escoltas y los falsos leprosos vinieron a colocarse a su alrededor formando un semicírculo, en el que Gringoire, todavía fuertemente sujeto, ocupaba el centro. Era aquél un semicírculo de harapos, de andrajos, de relumbrón, de horquillas, de hachas, de piernas sucias de vino, de fuertes brazos desnudos, de caras sórdidas, sin lustre y embrutecidas. En medio de esta tabla redonda de la bellaquería, Clopin Trouillefou, como el dogo de aquel senado, como el rey de la pradera, como el papa de aquel cónclave, dominaba todo, primero desde la altura de su tonel y además por un algo de altanería y de ferocidad que brillaba en sus pupilas y que hacía corregir en su perfil salvaje el tipo bestial de la raza de los truhanes; habríase dicho una cabeza de jabalí entre hocicos de cerdos. -¡Escuchadme! -dijo a Gringoire acariciándose el deforme mentón con su mano callosa-; no entiendo por qué razón no has de ser colgado; es cierto que tal cosa parece repugnarte y es sencillamente porque vosotros, los burgueses, no estáis acostumbrados. Le dais demasiada importancia al asunto; y además no to deseamos ningún mal. ¿Quieres el medio de librarte de esto por el momento? Hazte de los nuestros. Podemos imaginar el efecto que semejante propuesta produjo en Gringoire cuando veía ya que la vida se le escapaba y comenzaba a perder toda esperanza. Se agarró, pues, a ella, con todas sus fuerzas. -Ya to creo que sí -dijo. -¿Estás de acuerdo en enrolarte con los cortabolsas? -Con los cortabolsas, exactamente -respondió Gringoire. -¿Te reconoces miembro de la francoburguesía? (26) 26. Habitante de la ciudad que no paga impuestos. -De la francoburguesía. -¿Sujeto del reino del hampa? -Del reino del hampa. -¿Truhán? -Truhán. -¿Con toda el alma? -Con toda mi alma. -Quiero que sepas -prosiguió el rey- que no por eso vas a dejar de ser colgado. -¡Diablos! -dijo el poeta. -Lo que ocurre es que serás colgado más adelante, con más ceremonia, con cargo a la buena villa de París, en una bonita horca de piedra y por los honrados burgueses. Es un consuelo. -Como vos digáis -respondió Gringoire. -Hay más ventajas pues, en calidad de francoburgués, no tendrás que pagar ni el impuesto de lodos, ni el de pobres, ni el de farolas a los que están sujetos los burgueses de París. -Que así sea -añadió el poeta-; consiento en ello. Soy truhán, hampón, francoburgués, cortabolsas y todo to que queráis, aunque yo era todo eso antes, señor rey de Thunes, pues soy filósofo: et omnia in philosophia, omnes in philosopho continentur(27), como vos sabéis muy bien. 27 Y todas esas cosas están contenidas en la filosofla y todos los horn bres en el filósofo. El rey de Thunes frunció las cejas. -¿Por quién me tomas, amigo? ¿Qué argot de judío de Hungría nos cantas? No conozco el hebrero, pero no hay que ser judío para ser ladrón y yo incluso ya ni robo; estoy por encima de esas cosas; yo mato. Cortacuellos sí, no cortabolsas. Gringoire trató de deslizar alguna excusa en medio de aquellas palabras que la cólera hacía más cortantes: -Os pido perdón monseñor, pero no es hebrero es latín. -Te repito que no soy judío -gritó encolerizado Clopin-, y ¡te juro que to haré colgar, vientre de sinagoga! Igual que a ese pequeño mendigo de Judea que 'está junto a ti y que un día espero clavar en un mostrador como una moneda falsa que es. Al decir esto se refería, señalándole con el dedo, al pequeño y barbudo judío húngaro que se había acercado a Gringoire soltándole to de Facitote caritatem, y que como no conocía otra lengua, miraba con sorpresa cómo el mal humor del rey se desbordaba sobre él. Por fin monseñor Clopin se calmó. -Bribón -le dijo- ¿Quieres entonces ser truhán? -Sin duda -respondió Gringoire. -No todo consiste en querer -dijo el verdugo Clopin-; la buena voluntad no añade ninguna cebolla a la sopa y no sirve más que para it al paraíso y el paraíso nada tiene que ver con el hampa. Debes probarnos que sirves para algo si de verdad deseas ser admitido en el hampa y para empezar tienes que registrar y robar al maniquí. -Haré todo to que os plazca -aseguró Gringoire. Clopin hizo una señal y algunos de los truhanes se marcharon del círculo para volver momentos más tarde con dos postes terminados en la parte inferior por dos espátulas con armazón que les permitía fácilmente sostenerse en el suelo. Sobre la parte superior de ambos postes atravesaron una viga con to que se formó un bonito patíbulo portátil, erigido ante Gringoire en un abrir y cerrar de ojos. Nada le faltaba pues hasta tenía una cuerda balanceándose graciosamente en la viga. -¿Qué se propondrán? -se preguntaba Gringoire no sin cierta inquietud, cuando un ruido de campanillas que empezó a sonar en aquel momento puso fin a su ansiedad. Se trataba de un maniquí que los truhanes habían colgado por el cuello de una cuerda; una especie de espantapájaros vestido de rojo con tal cantidad de campanillas y de cascabeles que se habría podido enjaezar con ellos a más de treinta mulas castellanas. Aquellas mil campanillas tintinearon un rato, al mover la cuerda, después fueron apagándose poco a poco hasta que dejaron de oírse cuando el maniquí hubo recobrado la inmovilidad total, siguiendo la ley del péndulo, que ha destronado a la clepsidra y al reloj de arena. Entonces Clopin, indicando a Gringoire un viejo taburete tambaleante, colocado bajo el maniquí, le dijo: -Súbete encima. -¡Por todos los diablos! -le objetó Gringoire- Me voy a romper la cabeza, pues vuestro escabel cojea como un dístico de Marcial; tiene una pata de hexámetro y otra de pentámetro. -Sube -repitió Clopin. Gringoire subió por fin al escabel y después de unos cuantos equilibrios de la cabeza y de los brazos, consiguió encontrar el cen. tro de gravedad. -Ahora -prosiguió el rey de Thunes-, enrosca el pie derecho alrededor de to pierna izquierda y ponte de puntillas sobre el pie izquierdo. -Monseñor -dijo Gringoire-, ¿os proponéis de verdad que me rompa algo? Clopin movió la cabeza. -Escúchame, amigo, y no hables tanto. Voy a explicarte en dos palabras en qué consiste el juego. Vas a ponerte de puntillas cotno to he dicho y así podrás llegar al bolsillo del muñeco; le registrarás y cogerás una bolsa que hay en él. Si to haces toâo sin que llegue a oírse el ruido de ningún cascabel, será perfecto y podrás ser un truhán como nosotros y así sólo nos quedará ya molerte a palos durante ocho días. -¡Que el diablo me lleve! ¡Ni hablar! -dijo Gringoire. ¿Y si ,hago sonar las campanillas? -Entonces lo colgaremos. ¿Está claro? -No entiendo nada -respondió Gringoire. -Escúchame otra vez. Tienes que registrar al muñeco y quitarle la bolsa pero si, en esta operación, se oye una sola campanilla, serás ahorcado. ¿Lo entiendes ahora? -Bueno; hasta ahora está claro, ¿y después? -Si consigues quitarle la bolsa sin que se oiga ninguna campanilla, entonces ya eres un truhán y serás molido a palos durance ocho días seguidos. ¿Lo entiendes ya todo, sin ninguna duda? -No, monseñor, no to entiendo. Vamos a ver: en el peor de los casos, colgado; y en el mejor, apaleado; entonces, ¿qué ventajas tengo yo? -¿Y convertirte en truhán no tiene importancia? ¿No significa nada para ti? Si te molemos a palos es por to bien, para endurecerte el cuerpo. -Un gran placer; muchas gracias -replicó el poeta. -Venga ya; aceleremos -dijo el rey dando una patada al tonel, que resonó como un tambor-. Registra al muñeco y acabemos, pero que quede claro una vez más: si se oye un solo cascabel pasas a ocupar el sitio del maniquí. La banda de hampones aplaudió fuertemente aquellas palabras de Clopin y se fueron colocando todos alrededor de la horca con unas risotadas tan despiadadas que Gringoire comprendió que les divertía demasiado, para no temer to peor. No le quedaba, pues, la más minima esperanza salvo la remotísima posibilidad de salir con bien de aquella terrible prueba, así que decidió comer el riesgo no sin antes dirigir una ferviente súplica al muñeco al que iba a desvalijar, convencido de que sería más fácil de enternecer que los truhanes. Aquellos miles de cascabeles con sun lengüecitas de cobre se le antojaban fauces abiertas de áspides, prestas a morder y a silbar. -;Oh! -se decía bajito a sí mismo- ¿Será posible que mi vida dependa de la más pequeña vibración del más pequeño de estos cascabeles? ¡Oh! -añadía juntando sun manos-: ;Campanilla! ¡No tembléis, no vibréis, no cascabeléis! Aún tuvo una última intentona con Trouillefou. -¿Y si se levanta un poco de brisa? -le preguntó. -Te colgaremos -respondió sin dudar. Visto que no había aplazamiento ni tregua ni escapatoria posible, tomó valientemente una decisión. Enroscó el pie derecho en la pierna izquierda, se puso de puntillas sobre el pie izquierdo y estiró el brazo; pero, en el instance en que iba a tocar al maniquí, su cuerpo, apoyado sólo en un pie, se desequilibró al moverse el taburete, que sólo tenía tres, y entonces instintivamente se apoyó en el maniquí y fue a parar al suelo aturdido por los fatales tintineos de las mil campanillas del maniquí que, al tirar de él, cedió primero y, girando después sobre sí mismo, se balanceó majestuosamente entre los don postes. -¡Maldición! -gritó al caer y se quedó como muerto con la cara contra el suelo, pero seguía oyendo el terrible carillón y la risa diabólica de los truhanes y la voz de Trouülefou que decía: -Levantadme a este tipejo y colgadle sin más historian. Se levantó y vio que ya habían descolgado el muñeco para hacerle sitio. Los truhanes le subieron al tabuerete y Clopin se le acercó; le puso la soga al cuello y dándole anon golpecitos en el hombro le dijo: -Ahora ya no te escapas ni aunque tuvieses las tripas del papa. La palabra gracia se quedó cortada en los labios de Gringoire. Paseó la mirada en torno a él pero no había ninguna esperanza; todos reían. -Bellevigne de l'Etoile -dijo el rey de .Thanes a un corpulento truhán que salió de las filas-: súbete a la viga. Bellevigne de l'Etoile subió ágilmente a la viga transversal y un instance más tarde, Gringoire, aterrorizado, levantó la vista y le vio, en cuclillas, en la viga, por encima de su cabeza. -Ahora -prosiguió Clopin Trouillefou-, cuando yo dé una palmada, tú, André le Rouge retirarás el taburete de un rodillazo; tú, François Chante-Prune to colgarás de los pies del bribón y tú, Bellevigne, to echarás sobre sun hombros; pero todos al mismo ciempo, ¿entendido? Gringoire sintió un escalofrío. -¿Ya estáis? -dijo Clopin a los tres truhanes, prestos a lanzarse sobre Gringoire como tres arañas sobre una wosca. El pobre condenado tuvo anon momentos de espera horribles mientras Clopin empujaba tranquilamente con el pie hasta el fuego anon trozos de sarmiento que se habían quedado fuera del alcance de las llamas-. ¿Ya estáis? -repitió, separando sun manos para dar una palmada. Un segundo más y todo acabado. Pero se detuvo como iluminado por una idea repentina. -¡Un momento! -dijo-; se me olvidaba..., no tenemos costumbre de colgar a un hombre sin preguntarle antes si hay alguna mujer que le quiera. Camarada, aún te queda un último recurso: o te casas con una truhana o la cuerda. Esta ley gitana, por extraña que pueda parecer al lector, está aún vigente en la legislación inglesa. Ved si no Burington's Observations. Gringoire respiró pues era, en la última media hora, la segunda vez que se salvaba; por eso no se confió demasiado. -¡Eh! -gritó Chopin, puesto de pie en su barrica=, ¡eh!, ¡mujeres, hembras! ¿Hay entre vosotras, desde la bruja hasta la gata, una bribona que se quiera quedar con este bribón? ¡Tú, Colette, la Chamaronne! ¡Elisabeth Trouvain! ¡Tú, Simone Jodouyne! ¡Marie Piédebou! ¡Thonne la Longue! ¡Bérarde Fanouel! ¡Michelle Genaille! ¡Claude Rongeoreille! ¡Mathurine Girorou! ¡Tú, Isabeau la Thierrye! ¡Venid todas a ver! ¡Un hombre por nada! ¿Quiéq to quiere? Gringoire, en el estado en que se encontraba, no debía estar muy apetitoso y las truhanas no se sintieron precisamente atraídas por aquella propuesta y el desventurado las oía decir: -No, no, colgadle; así disfrutaremos todas. Sin embargo, tres de ellas salieron de entre las filas y se acercaron a olfatearle. La primera era una muchacha gorda de cara cuadrada que examinó con mucha atención el deplorable jubón del filósofo. Su blusón estaba ya muy viejo y tenía más agujeros que un asador de castañas. La moza puso mala cara al verlo: -¡Vaya tela vieja! -y se dirigió a Gringoire- ¿dónde tienes la capa? -Se me ha perdido -dijo Gringoire. -¿Y el sombrero? -Me to han quitado. . . -- . -¿Y los zapatos? -Empiezan a fallarles la suela. -¿Y to bolsa? -Ay, ¿mi bolsa? -suspiró Gringoire- no me queda ni un denario parisino. -Anda, que to cuelguen y da las gracias -replicó la truhana dándole la espalda. La segunda, vieja, negruzca, arrugada y repulsiva, con una fealdad que llamaba la atención en la corte de los milagros, dio una vuelta alrededor de Gringoire. A éste le entró miedo de que pu'diera quedarse con él pero, por fortuna, dijo ella entre dientes: -Está muy flaco- y se alejó. La tercera era una joven lozana y nada fea. -¡Sálvarne! -le dijo por to bajo el pobre diablo. Ella le miró un instante un canto apiadada, luego bajó los ojos, se cogió la falda con la mano y se quedó indecisa. Él seguía con la vista todos sus movimientos, pues representaba su último fulgor de esperanza. -No -dijo al fin la joven-; Guillaume Longuejoue me zurraría -y volvió al grupo. -Camarada -le dijo Clopin-; no tienes suerte. Se puso de pie encima del tonel y dijo, imitando el tono y las maneras de un subastador, con gran regocijo de los presentes: ¿nadie to quiere? ¡A la una, a las dos, a las tres! -y volviéndose hacia la horca hizo un gesto con la cabeza-: «Adjudicado». Bellevigne de l'Etoile, Andry le Rouge y François Chance-Prune se acercaron a Gringoire. En aquel momento se elevó un clamor entre los hampones: ¡La Esmeralda! ¡La Esmeralda! Gringoire se echó a temblar y se volvió hacia el lado de donde procedía el clamor. La multitud se separó y dio paso a una pura y resplandeciente figura. Era la gitana. -¡La Esmeralda! -dijo Gringoire, estupefacto, en medio de sus emociones, sintiendo cómo esa palabra mágica era capaz de aglutinar todos los recuerdos del día. Hasta en la corte de los milagros parecía ejercer su imperio y encanto aquella extraña criatura. A su paso, hampones y hamponas se ponían calmadamente en fila y hasta sus rostros brutales se iluminaban bajo sus miradas. Se aproximó al sentenciado con paso ligero seguida por su cabrita Djali. Gringoire estaba ya más muerto que vivo. La Esmeralda le examinó un momento en silencio. -¿Vais a ahorcar a este hombre? -preguntó a Clopin con mucha seriedad. -Sí, hermana -le respondió el rey de Thunes-; a menos que ttí le tomes por marido. -Lo tomo -respondió. En este punto Gringoire creyó firmemente que había estado soñando desde la mañana y que ésta no era sino la continuación de su sueño. La situación, aunque bastante graciosa, no era por ello menos violenta. Soltaron el nudo corredizo y bajaron del escabel al poeta, el cual no tuvo más remedio que sentarse; tan viva era su emoción. El duque de Egipto, sin pronunciar una sola palabra, trajo un cántaro de arcilla; la gitana se to ofreció a Gringoire pidiéndole que to lanzara contra el suelo. Así to hizo, y la jarra se rompió en cuatro trozos(28). 28. Cuando una gitana se casaba, toda la ceremonia consistía en romper un jarro de arcilla ante el hombre del que quería ser compañera y así vivían juntos tantos años como los fragmentos en que se hubiera roto el jarro. Al cabo de ese tiempo los esposos quedaban libres de nuevo y podían separarse o romper otra vez una nueva jarra. -Hermano -dijo entonces el duque de Egipto, imponiendo las manos en su frente-: ella es to mujer; hermana, él es to marido durante cuatro años. ¡Marchaos! VII UNA NOCHE DE BODAS POCO después nuestro poeta se encontraba en un pequeño aposento con bóveda de ojiva, cerrado y caliente, ante una mesa que parecía estar pidiendo alimentos a una alacena colgada al lado; con la perspectiva de una buena cama y frente a una bonita muchacha. La aventura le parecía, desde luego, obra de encantamiento y estaba empezando a considerarse un personaje de cuento de hadas, por to que de vez en cuando miraba a su alrededor como buscando la carroza de fuego arrastrada por dos aladas quimeras; el único medio capaz de trasladarle en tan poco tiempo del averno al paraíso. A veces miraba también con obstinación los agujeros de su jubón para asirse así a la realidad y poder seguir haciendo pie, pues ése era el único contacto con la sierra ya que su razón estaba lanzada hacia los cielos de la fantasía. La muchacha no parecía prestarle mucha atención: se movía de aquí para allá, cambiando de sitio una silla, hablando con su cabra y haciendo de vez en cuando su graciosa mueca con la boca; por fin se sentó junto a la mesa y Gringoire pudo contemplarla a gusto. Lectores: todos habéis sido niños alguna vez y quizás os consideráis felices de serlo aún. Sin duda, habéis perseguido en más de una ocasión (por mi parte los mejores días los he empleado en ello) de matorral en matorral, a la orilla de un arroyo en un día de sol, a alguna linda libélula, verde o azul, zigzagueante y rozando casi con su vuelo todas las ramas. Conservaréis también el recuerdo de vuestro pensamiento amoroso y de vuestra mirada atraída hacia ese remolino azul y púrpura de sus alas cuyo centro era una leve forma flotante, apenas visible por la rapidez de sus movimientos. Ese ser aéreo, confu- samente percibido entre temblores vivísimos de alas, os parecía quimérico, imaginario, imposible de tocar, imposible casi de contemplar. Pero cuando por fin la libélula se posaba en un junco del arroyo y podíais entonces examinarla, conteniendo el aliento, sus largas alas de gasa, su alargado cuerpo de esmaltes, sus dos globos de cristal, ¡qué asombro no sentíais y qué temor de que nuevamente aquella forma quimérica desapareciera de nuevo entre sombras! Recordad aquellas impresiones y podréis llegar a comprender to que sentía Gringoire al contemplar en forma visible y palpable a la Esmeralda que hasta aquel momento sólo había logrado entrever a través de remolinos de danza, de canciones y de bullicio. -Aquí está la Esmeralda- se decía cada vez más sumido en sus ensoñaciones-. Ésta es -pensaba siguiéndola vagamente con la mirada-. ¡Una criatura celestial! ¡una bailarina callejera! ¡Tanto y tan poco! Ella ha sido quien le ha dado esta mañana el golpe de gracia a mi misterio y quien esta noche me salva la vida. ¡Mi ángel malo y mi ángel de la guarda! ¡Una hermosa mujer, desde luego!, y que debe amarme con locura para haberse quedado conmigo como to ha hecho. A propósito -dijo levantándose de pronto con ese sentimiento de to real que constituía el fondo de su carácter y de su filosofía-, todavía no sé muy bien cómo han pasado las cosas, pero soy to marido. Con esta idea en su cabeza y en sus ojos, Gringoire se acercó a la muchacha de una manera tan marcial y tan galante que la joven retrocedió. -¿Qué queréis de mí? -le preguntó. -¿Por qué me to preguntáis, mi adorable Esmeralda? -le respondió Gringoire con un acento tan apasionado que hasta él mismo se sorprendía al oír su voz. La gitana abrió más sus grandes ojos y dijo: -No sé to que queréis decir. -¡Cómo! -repuso Gringoire enardeciéndose cada vez más y pensando que, después de todo, sólo tenía que habérselas con una virtud de la corte de los milagros-. ¿No soy tuyo, mi dulce amiga?, y tú no era mía acaso? -le dijo asiéndola con toda ingenuidad por la cintura. La blusa de la gitana se deslizó entre sus manos como una anguila. Dio luego un salto hasta el otro extremo de la estancia; se agachó para erguirse a continuación con una navaja en la mano con cal rapidez que Gringoire no tuvo tiempo de ver de dónde la había sacado. Se mostraba excitada y altiva, con los labios apretados y resoplando por la nariz; sus mejillas se habían encendido y su mirada centelleaba. A1 mismo tiempo su cabrita blanca se había colocado ante ella y hacía frente a Gringoire con sus dos bonitos cuernos, dorados y puntiagudos. Todo había tenido lugar en un abrir y cerrar de ojos. La libélula se había transformado en avispa y estaba dispuesta a picar. Nuestro filósofo estaba perplejo mirando alelado canto a la cabra como a la muchacha. -¡Virgen Santa! -exclamó cuando la sorpresa le permitió hacerlo-. ¡Vaya par de flamencas! -Debes ser un tipo muy osado. -Perdón, señorita -añadió Gringoire con una sonrisa-. ¿ Por qué me habéis tomado entonces por marido? -¿Habrías querido que to dejara colgar? -Entonces -siguió el poeta, desalentado ya de sus esperanzas amorosas-, ¿sólo habéis pensado en salvarme de la horca al casaros conmigo? -¿Y qué otro pensamiento podría,haber tenido? Gringoire se mordió los labios diciéndose: Bueno, pues no soy tan triunfante como creía en las cosas de Cupido, pero entonces, ¿por qué haber roto aquel pobre jarro? Todavía estaban prestos a la defensa la navaja de Esmeralda y los cuernos de la cabra. -Señorita Esmeralda, capitulemos -dijo el poeta-, no soy escribano del Châtelet y no quiero complicaros por el hecho de Ilevar una daga en París, en contra de las ordenanzas y las prohibiciones del señor preboste, pero no debéis ignorar que Noël Lescripvain ha sido multado hace ocho días a pagar diez sueldos parisinos por haber llevado un chafarote; pero eso no me importa y lo que quiero deciros es que os juro por la parte del paraíso que me pueda corresponder que no me acercaré a vos sin vuestro permiso y aprobación pero, por favor, dadme algo para cenar. En el fondo Gringoire, como monsieur Lespréaux, se mostraba muy poco voluptuoso y no era del estilo de esos caballeros y mosqueteros que toman a las jóvenes por asalto. En el amor como en todas las cosas prefería contemporizar y situarse en un término medio. Pensaba además que una buena cena en amistosa intimidad y con hambre, como era su caso, podía resultar un entreacto excelente entre el prólogo y el desenlace para una aventura amorosa. La Zíngara no respondió pero hizo su mohín desdeñoso, irguió el cuello como un pájaro y se echó a reír haciendo desaparecer el lindo puñal de la misma manera que había aparecido, sin que Gringoire hubiera podido ver dónde guardaba la abeja su aguijón. Unos instantes más tarde había ya en la mesa un pan de centeno, una loncha de tocino, algunas manzanas rugosas y una jarra de cerveza. Gringoire se puso a comer con tal ímpetu que ante el tintineo furioso que hacía su tenedor de hierro al rozar contra la loza se habría dicho que todo su amor se había trocado en apetito. La muchacha, sentada ante él, le miraba hacer en silencio, visiblemente abstraída por otros pensamientos que le provocaban a veces una sonrisa; al mismo tiempo su mano acariciaba la cabeza de la cabra que se hallaba suavemente apresada entre sus rodillas. Una vela de cera amarilla iluminaba aquella escena de voracidad y de ensueño pero, una vez apaciguados los primeros balidos de su estómago, le invadió una falsa vergüenza al ver que no quedaba más que una manzana. -¿Vos no coméis, señorita Esmeralda? Ella respondió moviendo negativamente la cabeza y su mirada perdida se detuvo en la bóveda de la estancia. ¿Qué le preocupará? -se preguntó Gringuire mirando al mismo punto en que ella fijaba su vista-. No puede ser el gesto de ese enano esculpido en el centro de la bóveda. ¡Qué diablo! Yo soy más importante. -¡Eh, señorita! -dijo alzando la voz. Pero ella no parecía oírle. Insistió de nuevo, un poco más alto esta vez. -¡Señorita Esmeralda! Trabajo inútil. La mente de la joven se encontraba en otra parte y la voz de Gringoire carecía de fuerza para hacerla volver. Por suerte la cabra se puso a balar en aquel momento y a mordisquear cariñosamente la manga de su ama. -¿Qué te ocurre, Djali? -dijo vivamente la zíngara sobresaltada. -Tiene hambre -dijo Gringoire encantado de recomenzar la conversación. Y la Esmeralda se puso a desmigar pan que Djali comía graciosamente en el hueco de su mano. Gringoire, no queriendo darle tiempo para volver a sus ensoñaciones, lanzó una pregunta delicada. -¿Entonces no me queréis como marido? -No -le reapondió la joven mirándole a la cara. -¿Y como amante? La Esmeralda hizo su mohín con la boca y respondió: -No. -¿Y como amigo? Entonces le miró fijamente y tras un momento de reflexión le dijo: -Quizás. Ese quizás tan caro a los filósofos enardeció a Gringoire. -¿Conocéis lo que es la amistad? -le preguntó. -Sí -respondió la gitana-. Sí; es como ser hermano y hermana; como dos almas que se tocan sin confundirse; como los dedos de una mano. -¿Y el amor? -inquirió Gringoire. -¡El amor! -dijo con una voz trémula y con ojos brillantes-: Es como ser dos en uno; como un hombre y una mujer confundidos en un ángel; es como el cielo. Mientras hablaba así, la bailarina se mostraba tan hermosa y llamaba tan singularmente la atención de Gringoire que no pudo evitar una comparación entre su belleza y el exotismo oriental de sus palabras. Sus labios sonrosados esbozaban una sonrisa; su frente cándida y serena se ensombrecía a veces por sus pensamientos, como un espejo se empaña con el aliento, y en sus largas pestañas negras flotaba una luz inefable que iluminaba su perfil con la misma delicadeza que Rafael iba a encontrar más tarde en esa intersección mística de virginidad, maternidad y divinidad. Gringoire sin embargo no se detuvo ahí. -¿Cómo hay que hacer entonces para agradaros? -Hay que ser un hombre. -¿Y entonces, qué es lo que yo soy? -Un hombre lleva yelmo en la cabeza, espada en la mano y espuelas de oro en los talones. -Bueno -dijo Gringoire. Así que sin caballo no hay hombre que valga. ¿Amáis a alguien? -¿Con amor verdadero? -Con amor verdadero. Permaneció pensativa un momento y respondió con una expresión muy particular. -Lo sabré muy pronto. -¿Por qué no esta misma noche? -solicitó con ternura el poeta-: ¿Por qué no a mí? Ella le miró entonces gravemente. -Sólo podría amar a un hombre que pudiera protegerme. Gringoire se ruborizó y encajó la respuesta como pudo. Era evidente que la joven quería aludir a la escasa ayuda que él le había prestado en la circunstancia crítica de hacía apenas dos horas. Entonces, semioculto entre otras vivencias de la noche, le surgió aquel recuerdo y se golpeó la frente. -A propósito, señorita, perdonad mi distracción, pues debería haber comenzado por ahí. ¿Cómo os las habéis arreglado para libraros de las garras de Quasimodo? La pregunta hizo estremecerse a la gitana. -¡Oh! ¡Aquel horrible jorobado! -dijo cubriéndose el rostro con las manos y al mismo tiempo se echó a temblar como aterida de frío. -Horrible, en efecto. Gringoire seguía sin embargo con su pregunta. -Pero, ¿cómo conseguisteis libraros de él? La Esmeralda sonrió, luego suspiró y se quedó en silencio. -¿Sabéis por qué os seguía? -insistió Gringoire, intentando continuar en el tema y dando un rodeo. -No lo sé -respondió la joven y añadió con viveza-: También vos me seguíais. ¿Por qué? -En realidad -respondiole Gringoire- ni yo mismo lo sé. Se produjo un silencio. Gringoire rayaba la mesa con el cuchillo. La muchacha sonreía y parecía mirar algo a través de la pared y de pronto se puso a esbozar esta canción: Cuando las pintadas aves Mudas están, y la tierra...(29) 29. En español en el original. Versos pertenecientes a un antiguo romance español que narra la entrada en Toledo del rey Rodrigo. La Esmeralda se interrumpió aquí bruscamente y comenzó a hacer caricias a Djali. -Es muy bonita vuestra cabra -le dijo Gringoire. -Es mi hermana -le respondió ella. -¿Por qué os llaman la Esmeralda? -inquirió el poeta. -No lo sé. -Alguna razón habrá. Entonces sacó de su pecho una especie de saquito oblongo que llevaba colgado al cuello mediante una cadena de cuentas de azabache que exhalaba un penetrante olor a alcanfor. Estaba recubierto de seda verde y llevaba en su centro un gran abalorio verde que imitaba a una esmeralda. -Quizás sea a causa de esto -dijo. Gringoire quiso tocar el saquito y la Esmeralda retrocedió. -No te toques; es un amuleto y podrías romper el hechizo o éste perjudicarte a ti. La curiosidad despertaba cada vez un mayor interés en el poeta. -¿Quién os lo ha dado? Ella le puso un dedo en la boca y guardó otra vez el amuleto en su seno. Gringoire seguía acosándola con preguntas a las que ella apenas contestaba. -¿Qué quiere decir esa palabra, la Esmeralda? -No lo sé -repetía. -¿A qué lengua pertenece? -Creo que al egipcio. -Estaba seguro -dijo Gringoire-: ¿No sois francesa? -No lo sé. -¿Conocéis a vuestros padres? Entonces ella se puso a entonar una vieja melodía: Mon père est l'oiseau, ma mére est l'oiselle, je passe l'eau sans nacelle, je passe l'eau sans bateau. Ma mère est l'oiselle, Mon père est l'oiseau (30). 30. Mi padre es el pájaro / Pájara es mi madre / paso el agua sin barca/ paso el agua sin barco. / Pájara es mi madre / mi padre es el pájaro. -Está bien -dijo Gringoire-, ¿qué edad teníais al llegar a Francia? -Yo era muy pequeña. -¿Vinisteis a París? -No; a París viene el año pasado. Cuando entrábamos por la Puerta Papal vi volar por los aires la curruca de los cañaverales y me dije: el invierno va a ser duro. -Y lo ha sido -dijo Gringoire, encantado de conseguir hacerla hablar-. Lo he pasado soplándome los dedos. ¿Tenéis acaso el don de la profecía? Ella volvió a su laconismo. -No. -Ese hombre al que llamáis el duque de Egipto, es el jefe de vuestra tribu. -Sí. -Pues ha sido él quien nos ha casado, le hizo observar el poeta. Ella volvió a hacer su mohín de siempre y dijo: -Si ni siquiera conozco tu nombre. -¿Mi nombre? ¿Quieres saberlo?; escucha: me llamo Pierre Gringoire. -Pues yo conozco uno más bonito -le dijo ella. -¡No seáis mala! -contestó el poeta-; pero no me importa, pues no me enfadaré. Quizás cuando me conozcáis mejor lleguéis a amarme. Pero me habéis contado vuestra vida con tal confianza que me siento casi obligado a hacer lo mismo. Así que os diré que me llamo Pierre Gringoire y que soy hijo del arrendador de la casa del notario de Gonesse; que a mi padre lo colgaron los borgoñones y a mi madre le abrieron el vientre los picardos cuando el sitio de París hace ya más de veinte años. Así que yo era huérfano a los seis y aprendí a andar las calles de París, aunque no comprendo cómo pude sobrevivir hasta los dieciséis con las cuatro ciruelas que me daba una frutera o con las cortezas de pan que me daba algún panadero... Por las noches me las arreglaba para que me detuvieran los guardias y así podía dormir sobre un mal jergón aunque, como podéis comprobar, nada de esto me impidió crecer y adelgazar. En invierno me calentaba tomando el sol bajo los porches del hotel de Sens y siempre me pareció ridículo que las hogueras de San Juan se reservasen para la canícula. A los dieciséis años quise empezar a trabajar en serio y desde entonces lo he intentado todo: primero me hice soldado, pero no era lo bastante valiente; después me hice monje, pero sin ser lo bastante devoto y además no me gusta beber. Desesperado ya, entré como aprendiz de carpintero, pero carecía también de la fuerza suficiente. La verdad es que lo que más me gustaba era ser maestro y, aunque no sabía leer, nunca creí que eso fuera un gran inconvenience. Al cabo de cierto tiempo llegué a la conclusión de que no servía para nada y entonces, totalmente convencido de lo que quería, me hice poeta y rimador. Cuando uno es un vagabundo siempre se puede coger ese oficio y mejor es eso que robar, como me aconsejaban algunos de los bribones de mis amigos. Por suerte un buen día encontré a dom Claude Frollo, el reverendo archidiácono de la iglesia de Nuestra Señora, que se interesó por mí y, gracias a él, hoy me puedo considerar un verdadero letrado, conocedor del latín, desde los oficios de Cicerón hasta el martirologio de los padres celestinos, y no soy negado ni para la escolástica ni para la poética ni para la rítmica y tampoco se me da mal la hermética. Por otra parte, soy también el autor del misterio que se ha representado hoy, con gran éxito y gran concurrencia de público, nada menos que en la Gran Sala del palacio. He escrito además un libro de más de seiscientas páginas sobre aquel prodigioso cometa de 1465, que volvió loco a un hombre y también he tenido otros éxitos. Veréis: como entiendo algo de caza, trabajé en aquella bombarda de Jean Maugue que, como sabéis, reventó en el puente de Charenton el día del ensayo matando a veinticuatro curiosos. Fijaos que no soy un mal partido y conozco muchas gracias y muy interesantes para enseñar a vuestra cabra cómo imitar al obispo de Paris, ese maldito fariseo cuyos molinos salpican a todo el que cruza por el puente de los molineros. Además mi misterio me reportará buen dinero contante. Si me pagan. En fin, me pongo a vuestras órdenes con mi inteligencia, mis conocimientos y mi sabiduría. Dispuesto estoy, señorita, a vivir con vos castamente o alegremente, como más os plazca, o bien como marido y mujer, si así lo queréis, o como hermano y hermana, si os parece mejor. Gringoire se calló en espera de los efectos producidos por su perorata, pero la Esmeralda seguía con la vista fija en el techo. -Febo -dijo a media voz-, y luego volviéndose al poeta-: ¿Qué quiere decir Febo? Sin comprender muy bien la relación que pudiera haber entre su alocución y semejante pregunta, no se sintió molesto de poder dar nuevas pruebas de su erudición y respondió pavoneándose: -Es una palabra latina que quiere decir Sol. -¿Sol? -dijo ella. -Es también el nombre de un apuesto arquero que era un dios -añadió Gringoire. -¡Dios! -repitió la zíngara, imprimiendo a su acento un algo de ensoñación y de apasionamiento. En aquel momento uno de sus brazaletes cayó al suelo. Gringoire se agachó presto para recogerlo y cuando se incorporó, la gitana y su cabra habían desaparecido. Oyó el ruido de un cerrojo al cerrarse. Era una pequeña puerta que comunicaba sin duda con una estancia vecina y que se cerraba por fuera. -¡Si al menos me hubiera dejado una cama! -dijo nuestro filósofo. Dio una vuelta a la estancia y no encontró ningún mueble apropiado para dormir excepto un arcón de madera, bastante largo con la tapa repujada y que al tumbarse daba a Gringoire más o menos la misma sensación que debió experimentar Micromegas(31) al tumbarse sobre los Alpes. 31. Personaje de una obra de Voltaire. -Bueno -se dijo, acomodándose como mejor pudo-. Habrá que resignarse, pero la verdad que es una noche de bodas bien rara. ¡Qué lástima! Había en aquella boda del cántaro roto algo de ingenuo y de ancestral que me seducía. LIBRO TERCERO I NUESTRA SEÑORA (1) TODAVÍA hoy la iglesia de Nuestra Señora de París continúa siendo un sublime y majestuoso monumento, pero por majestuoso que se haya conservado con el tiempo, no puede uno por menos de indignarse ante las degradaciones y mutilaciones de todo tipo que los hombres y el paso de los años han infligido a este venerable monumento, sin el menor respeto hacia Carlomagno que colocó su primera piedra, ni aun hacia Felipe Augusto que colocó la última. (1) Primitivamente Nuestra Señora de París fue un templo galorromano, luego basílica cristiana y más tarde iglesia románica. La actual iglesia catedral de Nuestra Señora fue fundada por el obispo Maurice de Sully que quiso dar a la ciudad una catedral digna de su grandeza. Su construcción se inicia en 1163 con aportaciones eclesiásticas y ofrendas reales. El pueblo participa también generosamente con sus brazos y esfuerzos: taIlistas, forjadores, escultores, cristaleros trabajan dirigidos por Jean de Chelles y Pierre Montreuil, que fue también el arquitecto de la Santa Capilla de París. Los planos originales son por fin culminados hacia 1345. Vamos a hacer una brevísima relación de acontecimientos históricos relacionados con esta catedral: fue depositaria de la corona de espinas, antes de que se terminara la Santa Capilla, construida a este efecto por San Luis (Luis IX de Francia). En ella tuvieron lugar en 1302 los primeros estados generales del reino con Felipe el Hermoso. Aunque Enrique IV dijo más tarde KParís bien vale una miss», antes tuvo lugar en Nuestra Señora su cvrioso matrimonio con Margarita de Valois; ella sola en el coro y él, como hugonote, esperando a la puerta, en el exterior. Durante la revolución la catedral se dedicó al cvlto de la razón y sirvió también, en cierto modo, de almacén de piensos y de forraje. En ella fue coronado Napoleón como emperador en 1804 por el papa Pío VII. Muy abandonada en el curso de los tiempos fue, en buena parte motivada por la popularidad de la novela de Vícto• Hugti, ordenada en 1814 una restauración general, bajo el gobierno de la monarquía de Julio. Viollet-le-Duc se ocupó de la obra a hizo una restauración muy completa de estatuaria, vidrieras, bóvedas, pórticos, coro y procedió incluso a la edificación de la flecha posterior (90 metros). Estos trabajos se prolongaron hasta 1864 y fueron por cierto bastante criticados en su época. La plaza del Parvis, que da acceso a la catedral y a la que canto se alude en esta obra fue el lugar de muchas representaciones de teatro religioso de la Edad Media, como el «cmisterio» de San Teófilo o la pasión de Jean Michel o de Arnould Greban, con sus más de 30.000 versos y más de diez jornadas de representación., Desde otro punto de vista, anecdótico y actual, la plaza del Parvis marca el kilómetro cero de las carreteras nacionales que salen de París. En el rostro de la vieja reina de nuestras catedrales, junto a cualquiera de sus arrugas, se ve siempre una cicatriz. Tempus edax, homo edacior(2), expresión que yo trauciría muy gustosamente: el tiempo es ciego; el hombre es estúpido. 2. El tiempo devasta, pero el hombre es el mayor devastador. (Ovidio, Metamorfosis.) Si para examinar con el lector, dispusiéramos, una a una, de las distintas huellas destructoras impresas en la vieja iglesia, las producidas por el tiempo resultarían muy inferiores a las provocadas por los hombres, especialmente por los hombres dedicados al arte. Tengo forzosamente que referirme a estos hombres dedicados al arte pues, en este sentido, han existido individuos con el título de arquitectos a lo largo de los dos últimos siglos. En primer lugar y para no citar más que algunos ejemplos capitales, hay seguramente en la arquitectura muy pocas páginas tan bellas como las que se describen en esta fachada, en donde al mismo tiempo pueden verse sus tres pórticos ojivales, el friso bor- dado y calado con los veintiocho nichos reales y el inmenso rosetón central, flanqueado por sus dos ventanales laterales, cual un sacerdote por el diácono y el subdiácono; la grácil y elevada galería de arcos trilobulados sobre la que descansa, apoyada en sus finas columnas, una pesada plataforma de donde surgen las dos torres negras y robustas con sus tejadillos de pizarra. Conjunto maravilloso y armónico formado por cinco plantas gigantescas, que ofrecen para recreo de la vista, sin amontonamiento y con calma, innumerables detalles esculpidos, cincelados y tallados conjuntados fuertemente y armonizados en la grandeza serena del monumento. Es, por así decirlo, una vasta sinfonía de piedra; obra colosal de un hombre y de un pueblo; una y varia a la vez, como las Ilíadas y los Romanceros de los que es hermana; realización prodigiosa de la colaboración de todas las fuerzas de una época en donde se perciben en cada piedra, de cien formas distintas, la fantasía del obrero, dirigida por el genio del artista; una especie de creación humana, poderosa y profunda como la creación divina, a la que, se diría, ha robado el doble carácter de múltiple y de eterno. Y lo que decimos de su fachada conviene a la iglesia entera; y lo que decimos aquí de la iglesia catedral de París conviene a todas las iglesias de la cristiandad en la Edad Media, pues todo se armoniza en este arte, originado en sí mismo, lógico y equilibrado. Medir el dedo de un pie es medir al gigante entero. Pero volvamos a la fachada de Nuestra Señora tal como se nos aparece hoy, cuando acudimos piadosamente a admirar la belleza serena y poderosa de la catedral que aterroriza, al decir de los cronistas: quae mole .sua terrorem inquit spectantibus (3). Tres cosas importantes se echan en falta hoy en la fachada: primero, la escalinata de once peldaños que la elevaban antiguamente sobre el suelo; después la serie inferior de estatutas que ocupaban los nichos de los tres pórticos y la serie superior de los veintiocho reyes más antiguos de Francia, que guarnecían la galería del primer piso desde Childeberto hasta Felipe Augusto, que sostenía en su mano «la manzana imperial». La escalinata ha desaparecido con el tiempo al irse elevando lenta pero progresivamente el nivel del suelo de la Cité. Pero aun devorando uno a uno esos once peldaños que conferían al monumento una altura majestuosa, el tiempo ha dado a la iglesia más quizás de lo que le ha quitado, pues ha sido precisamente el tiempo el que ha extendido por su fachada esta pátina de siglos que hace de la vejez de los monumentos la edad de su belleza. Pero ¿quién ha echado abajo las dos hileras de estatuas? ¿Quién ha vaciado los nichos? ¿Quién ha tallado en medio del pórtico central esa ojiva nueva y bastarda? ¿Quién se ha atrevido a colocar esa pesada a insípida puerta de madera esculpida en estilo Luis XV junto a los arabescos de Biscornette?' Los hombres, los arquitectos, los artistas de nuestros días. 3 Pues su mole inspira terror a los espectadores (Du Breul). 4 Forjador famoso. 5 Colocada en 1413, tenía una altura de 9 metros. En 1785 fue retirada sin saber por qué ni por quién. Y dentro del edificio, ¿quién ha derribado la colosal estatua de San Cristóbal(5), conocida entre las estatuas como lo es entre las salas la del gran palacio o la flecha de Estrasburgo entre los campanarios? ¿Y los miles de estatuas que existían entre las colum- nas de la nave central del coro, en las más variadas posturas; de rodillas, de pie, a caballo; hombres, mujeres, niños, reyes, obispos, gendarmes; unas de madera, otras de piedra, de mármol, de oro, de plata, de cobre a incluso de cera? ¿Quién las ha barrido brutalmente? Seguro que no ha sido el tiempo. ¿Y quién ha reemplazado el viejo altar gótico, espléndidamente recargado de relicarios y de urnas, por ese pesado sarcófago de mármol con nubes y cabezas de ángeles, que se asemeja a un ejemplar desaparecido del Val-de-Grace o de los Inválidos? ¿Quién ha sellado tan absurdamente ese pesadísimo anacronismo de piedra al pavimento carolingio de Hercandus?(6) ¿No fue acaso Luis XIV, en cumplimiento del voto de Luis XIII?(7) ¿Y quién ha puesto esas frías cristaleras blancas en lugar de aquellos vitrales de «color fuerte» que hacían que los ojos maravillados de nuestros antepasados no supieran decidirse entre el gran rosetón del pórtico y las ojivas del ábside? ¿Y qué diría un sochantre al ver ese embadurnamiento amarillo con el que nuestros vandálicos arzobispos han enjabelgado su catedral? Recordaría que ése era el color con el que el verdugo pintaba los edificios «infames»; se acordaría del hotel del Petit-Bourbon, también embadurnado totalmente de amarillo por la traición del condestable; pero de un amarillo después de todo, dice Sauval, de tan buena calidad y pintado tan a conciencia que en más de un siglo no se le ha podido quitar la pintura. Creería que aquel lugar sagrado era un lugar infame y huiría de a11í. Y si subimos a las torres, sin detenernos en las mil barbaries de todo género, ¿qué ha sido de aquel pequeño y encantador campanario que descansaba en la intersección del crucero y que con la misma elegancia y la misma arrogancia que su vecina la flecha -también destruida- de la Santa Capilla, se clavaba en el cielo más alto que las torres, decidido, agudo, sonoro, calado como un encaje? Un arquitecto de buen gusto (1787) to cercenó y creyó que bastaría cubrir la llaga con ese enorme emplaste de plomo que parece la tapa de una cacerola(8). 6. Cuadragésimo segundo obispo de París en la época de Carlomagno. 7. Hace referencia a la época de Luis XIII que consagró Francia a la Virgen a hizo la promesa de renovar la decoración del coro a causa de su desesperación por no haber tenido hijos tras veintitrés años de matrimonio. Luis XIV inauguró los trabajos en 1699. La piedad de Coustou data de 1723. Posteriormente, salvo la piedad, Viollet-le-Duc restableció en to que pudo el primitivo estado (véase nota 1 de este libro). 8. La flecha, originaria de 1220,fue posteriormente repuesta por Viollet-le-Duc en 1859. Así ha sido tratado en todas partes este maravilloso arte de la Edad Media, sobre todo en Francia. Tres clases de lesiones pueden distinguirse en sus ruinas y cualquiera de ellas le afecta con distinta gravedad: primeramente el tiempo que to ha dañado insensiblemente por muchas partes y ha enmohecido su superficie; después las revoluciones políticas y religiosas que, ciegas y encolerizadas por naturaleza, se han lanzado tumultuosamente sobre él y han desgarrado su riquísimo revestimiento de esculturas, de tallas, agujereado sus rosetones, quebrado sus collares de arabescos y estatuillas y arrancando sus estatuas, por causa, a veces, de sus coronas y a veces de sus mitras; y, en fin, las modas cada vez más grotescas y estúpidas que, a partir de las anárquicas desviaciones del Renacimiento, se han venido sucediendo en la inevitable decadencia de la arquitectura. Las modas han causado mayores males que las revoluciones, pues han cortado por to sano, han atacado al esqueleto mismo del arte, han cortado, segado, desorganizado, anulado el edificio, tanto en la forma como en su simbolismo, tanto en su organización lógicz como en su belleza y además han reconstruido, pretensión esta que, al menos, no habían tenido ni el tiempo, ni las revoluciones. En aras del buen gusto, ellas han organizado descaradamente, en las heridas de la arquitectura gótica, sus miserables adornos de un día, sus cintas de mármol, sus pompones de metal; una verdadera lepra ornamental, de volutas, de vueltas, de encajes, de guirnaldas, de franjas, de llamas, de piedra, de nubes de bronce, de amorcillos regordetes, de querubines mofletudos, que empiezan a devorar el rostro del arte en el oratorio de Catalina de Médicis y to hacen expirar dos siglos más tarde, atormentado y gesticulante en el gabinete de la Dubarry. Para resumir, pues, los aspectos que acabamos de indicar, tres clases de estragos desfiguran hoy la arquitectura gótica(9): arrugas y verrugas en la epidermis constituyen la obra del tiempo; brutalidades, contusiones y fracturas son los efectos de las revoluciones, desde Lutero hasta Mirabeau; pero las mutilaciones, amputaciones, dislocaciones del armazón, rertauracionet, todo esto to ha causado el trabajo griego, romano, y bárbaro de los profesores, según Vitrubio y Vignole. 9 Como estudioso y descubridor de la Edad Media, Víctor Hugo cvestiona el arte renacentista. En una ocasión dijo «es el anochecer to que confundimos con el amanecer» refiriéndose al Renacimiento. Todo este arte magníficamente creado por los vándalos ha sido asesinado por los académicos. A los daños causados por el correr de los siglos o por las revoluciones que devastan al menos con imparcialidad y grandeza, ha venido a unírseles una caterva de ar- quitectos colegiados, patentados, jurados y juramentados que degradan a conciencia y con mal gusto el arte sustituyendo, a la mayor gloria del Partenón, los encajes góticos de la Edad Media, por las escarolas de Luis XIV. Es la coz del aslio al león que agoniza; es el viejo roble que no sólo es podado sino que además es picado, mordido y deshecho por las orugas. ¡Qué lejos de nuestra época la de Robert Cenalis cuando comparando Nuestra Señora de París con el famoso templo de Diana de Éfeso, tan alabado por lo.r antiguor paganos, inmotalizado por Erostrato, encontraba la catedral gala «más sobresaliente en longitud, anchura, altura y estructuraa! Nuestra Señora de París no es, por to demás, to que pudiera llamarse un monumento completo, definitivo, catalogado; tampoco es una iglesia románica ni mucho menos una iglesia gótica ni un edificio prototipo. Nuestra Señora de París no tiene, como la abadía de Tournus, esa fortaleza maciza y grave, ni la redonda y amplia bóveda, ni la desnudez fría, ni la sencillez majestuosa de los edificios que tienen su origen en el arco de medio punto. No es tampoco, como la catedral de Bourges, el resultado magnífico, ligero, multiforme, denso, erizado y eflorescente de la ojiva. Es imposible clasificarla entre esa antigua familia de iglesias sombrías, misteriosas, bajas, como aplastadas por el medio punto, casi egipcias, si no fuera por la techumbre; jeroglíficas, sacerdotales, simbólicas, más cargadas en sus adornos de rombos y de zigzás que de fiores, con más flores por adorno que animales y con mayor preferencia hacia los animales que hacia los hombres; es más la obra del arquitecto que la del obispo; representa la primera transformación del arte, cargado aún de disciplina teocrática y militar, que tiene su raíz en el bajo imperio y se detiene en Guillermo el Conquistador (10). 10 Guillermo el Conquistador, siglo xt. Hijo de Roberto el Diablo, duque de Normandía y que llegó a ser Rey de Inglaterra. Personaje de gran relieve en la historia francesa. No es posible tampoco colocar a nuestra catedral entre la otra familia de iglesias altas, estilizadas, aéreas, ricas en vitrales y en esculturas, de formas agudas y atrevidas, comunales y burguesas cual símbolos políticos, o libres y caprichosas y desenfrenadas cual obras de arte. A este grupo pertenece la segunda transformación de la arquitectura; es decir: la que no participa ya de to jeroglífico ni de to inmutable ni sacerdotal sino de ese concepto artístico, progresista y popular, que se origina con la vuelta de las cruzadas y termina con Luis XI(11). Nuestra Señora de París no es de pura raza románica como las primeras ni de pura raza árabe como las segundas(12). Es un edificio de transición. Cuando el arquitecto sajón acababa de levantar los primeros pilares de la nave, la ojiva, que venía de las cruzadas, surge conquistadora y triunfante sobre los amplios capiteles románicos, que estaban preparados para soportar únicamente arcos de medio punto y dueña ya desde entonces, campeó por el resto de la iglesia. Poco experta y tímida en sus inicios, se ensancha, se contiene y no se atreve aún a manifestarse lanzándose y elevándose en flechas y en lancetas como to harán más adelante tantas y tan maravillosas catedrales. Se diría que no puede olvidar la existencia de sus pesados pilares románicos. 11 La muerte de San Luis IX (1270) marca el fin de las cruzadas. Fue rey de Francia desde 1461 hasta 1483. Nuestra Señora de París se levanta en el lugar de una basílica cristiana que ocupaba, a su vez, el lugar de un templo romano, en la mayor de las tres islas que hay sobre el Sena. Maurice Sully inició la construcción del coro en 1163; otras naves y la fachada se terminaron en el año de 1200 por el obispo Eudes de Sully y las torres estaban ya acabadas en el 1245. las capillas de las naves y las del coro se hacen a continuación, dirigidas por el arquitetto Jean de Chelles. La fachada norte y la sur se terminan hacia 1260 y la catedral puede considerarse como terminada en 1345. 12. La arquitectura que llamamos gótica y que es, según dicen, de los árabes (Fénélon en su carta a la academia). El propio Víttor Hugo hace alusión a este mismo concepto del origen árabe del arte gótico en sus Odat y baladar...: «c...La ojiva nos ha venido de Oriente... se nos ha dicho siempre.» Por otra parte, los edificios de transición del románico al gótico no son menos preciosos para el estudio que los tipos puros, pues sin ellos se habría perdido el matiz del arte que ellos expresan y que es como el injerto de la ojiva en el medio punto. Nuestra Señora de París es particularmente una curiosa muestra de esa variedad. Cada cara, cada piedra del venerable monumento es no sólo una página de la historia de su país sino también una página de la historia de la ciencia del arte. Para no precisar aquí más que algunos detalles importantes diremos, como ejemplo, que la pequeña Puerta Roja llega casi a los límites de las delicadezas góticas del siglo xv, mientras que los pilares de la nave, por su yolumen y su peso, se retrotraen hasta los tiempos de la abadía carolingia de Saint-Germain-des-Prés. Podría creerse que seis siglos separan la puerta de los pilares y hay, entre los herméticos, quienes creen encontrar en los símbolos del gran pórtico un compendio satisfactorio de su ciencia y que la iglesia de Saint jacques-de-la-Boucherie era un jeroglífico completo; y así, la abadía románica, la iglesia filosofal, el arte gótico y el sajón, el macizo pilar redondo que recuerda a Gregorio VII, el simbolismo hermético mediante el cual Nicolás Flamel preludiaba ya a Lutero, la unidad papal, el cisma, Saint-Germain-des-Prés, Saint Jacques-de-la-Boucherie, todo ello estaría fundido, combinado y amalgamado en la catedral de Nuestra Señora, esta iglesia central y generadora entre las viejas iglesias de París de una especie de quimera, por hallarse compuesta con la cabeza de una, con los miembros de otra, con la grupa de otra más y con un porn de todas ellas al fin. Debemos repetir otra vez que estas construcciones híbridas son muy interesantes tanto para el artista como para el historiador o para el amante del arte. Hacen sentir hasta qué punto la arquitectura es algo primitivo, al demostrar, como también to demuestran los vestigios ciclópeos, las pirámides de Egipto, las gigantescas pagodas hindúes, que las más grandes construcciones arquitectónicas no son tanto productos individuales como auténticas obras sociales; que son más bien la creación del pueblo con su trabajo que el genio de un solo hombre; el sedimento que deja un país, la acumulación que van formando los siglos, el poso de las evaporaciones sucesivas de la sociedad humana; en una palabra: especies en formación. Cada oleada en el tiempo deposita su aluvión, cada raza superpone una capa en el monumepto, cada individuo aporta su grano de arena. Así to hacen los castores, así las abejas y así to hace el hombre. Babel, el gran símbolo de la arquitectura, es una gran colmena. Los grandes edificios como las grandes montañas son obra de los siglos. Con frecuencia el arte se transforma cuando ellos están en plena construcción: Pendent opera interrupta(13), y continúan tranquilamente siguiendo las normas de la nueva moda. El nuevo arte coma el monumento como to encuentra, se incrusta en él, to asimila, to desarrolla según su fanrasía y to termina si puede hacerlo; pero todo ello sin molestias, sin esfuerzos, sin reacciones, siguiendo una ley natural y tranquila; es como un injerto que se hace, una savia nueva que circula, una vegetación que renace. Es verdad que, en las sucesivas soldaduras de dos artes, en las diferentes plantas de un mismo edificio, existe materia suficiente para buen número de gruesos volúmenes a incluso para una historia natural de la humanidad. El hombre, el artista, el individuo desaparecen por completo ante esas grandes masas sin nombre de autor en las que la inteligencia humana toda queda resumida y simplificada; es como si el tiempo fuese el arquitecto y el pueblo el albañil. 13. Los trabajos interrumpidos quedan en suspenso (Virgilio, Eneida, IV-88.) Como aquí no consideramos más que la arquitectura europea cristiana, esta hermana menor de las grandes obras del Oriente, se nos aparece como una inmensa formación dividida en tres zonas bien delimitadas que se superponen: la zona románica(14), la zona gótica y la zona renacentista que podríamos definir como grecorromana. La capa románica, la más antigua y profunda, está ocupada por el arco de medio punto, que reaparece traído por la columna griega hacia la capa moderna y más elevada que es el Renacimiento. La ojiva se encuentra entre las dos. Los edificios que pertenecen exclusivamente a una de estas tres capas son perfectamente diferentes; unos y completos en sí mismos. Es la abadla de Jumièges, es la catedral de Reims y es la Santa Cruz de Orleáns. Pero las tres zonas se amalgaman y se mezclan por los bordes como los colores en el espectro solar. De ahí los monumentos complejos, los edificios de matices y de transición. El uno es románico por los pies, gótico en el cuerpo y grecorromano en la cabeza; es porque se ha tardado seiscientos años en construirlo. Esta variedad es poco frecuente. El torreón de Etampes es una buena muestra de ello. Los monumentos de dos estilos son más repetidos, como Nuestra Señora de Paris, edificio ojival que se entronca por sus primeros pilares en el período románico de donde proceden también el pórtico de Saint-Denis y la nave de Saint-Germain-desPrés. También to son la encantadora sala capitular, semigótica, de Boscherville, en donde la capa románica le llega hasta la cintura y la catedral de Rouen que sería totalmente gótica si no bañara la extremidad de su flecha central en la zona del Renacimiento(15). En cualquier caso todos estos matices y diferencias sólo afectan al exterior de los edificios; es como si el arte cambiara de piel pues siempre queda respetada totalmente la constitución de la iglesia cristiana; se mantiene siempre la misma armazón interna, la misma disposición lógica de sus partes. Sea cual sea el envoltorio de esculturas y los trabajos de talla de una catedral, siempre se encuentra debajo de él, al menos en una fase de germen y de rudimento, la basílica romana que repite ya eternamen:e su planta, según un mismo sistema. Siempre indefectiblemente vemos dos naves que se cortan en cruz, y cuya extremidad superior redondeada en ábside, forma el coro. Siempre tienen dos naves laterales, para las procesiones por el interior y para las capillas, que sirven de ambulatorios laterales, a los dos lados de la nave central, con la que tienen comunicación por medio de los intercolumnios. 14. También llamada, según los lugares y los climas, lombarda, sajona y bizantina que representan cuatro arquitecturas hermanas y paralelas, teniendo cada una sus caracteres particulares, pero derivando todas ellas de la bóveda de medio punto. (Nota de Victor Hugo.) 15 Esta parte de la flecha, de madera, fue consumida por el fuego en 1823. (Nota de Victor Hugo.) Partiendo de ahí, el número de capillas, de pórticos, de campanarios y de agujas se modifica hasta el infinito según la fantasía del siglo del pueblo mismo o del arte en sí, puesto que, una vez asegurada la prestación del culto, la arquitectura obra como mejor le place, combinando, según el logaritmo que le convenga, estatuas, vidrieras, rosetones, arabescos, encajes, capiteles o bajorrelieves; y de ahí la variedad tan prodigiosa de exteriores en estos edificios cuyo fondo está presidido por el orden y por la unidad. El tronco del árbol es inmutable aunque la vegetación sea caprichosa. II PARES A VISTA DE PÁJARO(6) HEMOS intentado reparar para el lector esta admirable iglesia de Nuestra Señora de París y hemos expuesto someramente la mayor parte de las bellezas que tenía en el siglo XV y que hoy le faltan: pero hemos omitido la principal; el panorama que sobre París se tenía entonces desde to alto de sus torres. 6. Este capítulo fue escrito del 18 de enero al 2 de febrero de 1831 después de terminada la novela el 15 de enero de 1831. Cuando, después de haber subido a tientas durante mucho tiempo por la tenebrosa espiral que atraviesa perpendicularmente la espesa muralla de campanarios, se desembocaba por fin en una de las dos plataformas inundadas de luz y de aire, el cuadro que por codas partes se extendía bajo los ojos era bellísimo; era un espectáculo rui generis del que sólo pueden hacerse una idea aquellos lectores que hayan tenido la fortuna de ver una villa gótica entera, completa, homogénea como todavía existen algunas en Nuremberg, en Baviera, Vitoria, en España, o incluso algunas muestras más reducidas, siempre que estén bien conservadas, como Vitré en Bretaña o Nordhausen en Prusia. Aquel París de hace trescientos cincuenta años, el París del siglo Xv, era ya una ciudad gigante. Generalmente, los parisinos nos equivocamos con frecuencia acerca del terreno que desde entonces creemos haber ganado. París, desde Luis XI, apenas si ha crecido en poco más de una tercera parte; claro que también ha perdido en belleza to que ha ganado en amplitud. París ha nacido, como se sabe, en esa vieja isla de la Cité, que tiene forma de cuna, siendo sus orillas su primera muralla y el Sena su primer foso. Durante varios siglos siguió existiendo como isla, con dos puentes, al norte el uno y al sur el otro, y dos cabezas de puente que eran al mismo tiempo sus puertas y sus defensas: el Grand Châtelet en la orilla derecha y el Petit Châtelet en la orilla izquierda. Más tarde, a partir de los reyes de la tercera dinastía, encontrándose demasiado estrecho en su isla, y no pudiendo casi revolverse, París cruzó el río y entonces, más allá del Grand Châtelet y más a11á también del Petit Chátelet, empezó a cercar el campo por ambos lados del Sena un primer recinto amurallado y con torres; aún quedaban en el siglo pasado algunos vestigios de aquel primitivo cierre, pero hoy no nos queda sino el recuerdo y, acá o a11á, alguna tradición, como la Porte Baudets o Baudoyer, Porta Bagauda. Poco a poco la ola de nuevas construcciones, empujada siempre desde el corazón de la villa hacia afuera, desborda, desgasta, roe y borra aquel primitivo recinto. Felipe Augusto le hace un nuevo dique encerrando a París en una cadena circular de torreones altos y sólidos. Durante más de un siglo las casas se arraciman, se amontonan y van elevando su altura dentro de aquel reducto como se eleva el agua de un embalse. Empiezan a hacerse profundas, piso sobre piso, unas sobre otras, y surgen cada vez más altas como la savia comprimida y quieren todas asomar la cabeza por encima de sus vecinas para respirar un poco de aire. Las calles se hacen más profundas y estrechas y las plazas se van Ilenando hasta desaparecer, hasta que, imposibilitadas de contenerse, saltan por encima de las murallas de Felipe Augusto(17) y se esparcen alegremente por la llanura sin orden alguno, como unas fugitivas, y una vez a11í van organizándose, se acondicionan y se crean jardines en el llano. A partir de 1367 la villa se extiende con tal fuerza por los suburbios que se hace necesaria una nueva muralla, principalmente por la orilla derecha. Carlos V construye esa muralla(18). Pero una ciudad como París está sometida a un crecimiento continuo y es precisamente este tipo de ciudades el que se convierte en capital del país pues son como embudos en donde convergen todas las vertientes geográficas, políticas morales a intelectuales de un país; en ellas desembocan todas las pendientes naturales de un pueblo; son como pozos de civilización, por decirlo de algún modo, o sumideros en donde el comercio, la industria, la inteligencia, la población y en fin, todo to que es savia, todo to que es vida y alma en una nación se va filtrando y amasando sin cesar, gota a gota, siglo a siglo. Este recinto que mandó hacer Carlos V corre, pues, la misma suerte que el de Felipe Augusto ya que a finales del siglo Xv empieza a ser superado y queda desbordado, y el arrabal se extiende más a11á y así hasta el XVI en el que existe una impresión de retroceso. Así, a simple vista, parece que se reduce cada vez más hacia la vieja ciudad, pero resulta sólo una impresión debida al enorme crecimiento exterior que ha sufrido la ciudad nueva. Así pues, a partir del siglo Xv, para no it más lejos, París había superado los tres círculos concéntricos de murallas, que, en tiempos de Juliano el Apóstata, se encontraban, es un decir en germen entre el Grand Châtelet y el Petit Chátelet. La desbordante ciudad había hecho sucesivamente sus cuatro cinturones, como un niño que crece y hace pequeñas y estalla sus ropas del año anterior. En la época de Luis XI todavía podían verse en algunos lugares restos de torreones, restos de antiguas murallas, que surgían por entre aquel mar de casas, como las cimas de algunas colinas en épocas de gran inundación o como archipiélagos del viejo París sumergido bajo el nuevo. 17. Esta muralla fue construida entre 1180 y 1210. Desde entonces, desgraciadamente, París ha seguido transformándose a nuestra vista, pero sólo ha superado un recinto más, el de Luis XV; muralla miserable de barro y de adobe, digna del rey que ordenó construirla y del poeta que la ha cantado. Le mur murant Paris, rend Paris murmurant(19). 18 En aquella época, finales del siglo xtv (1370), París se extendía sobre 440 Ha y contaba con 150.000 habitantes; hoy tiene más de 11.000 Ha y más de tres millones de habitantes. 19. Juego de palabras que, al no producirse en español, pierde gran parte de su sentido epigramático. Su traducción podría ser: eEl muro que mura (amuralla) París, hace murmurar a París.» En el siglo XV, París se hallaba aún dividida en tres villas claramente separadas, teniendo cada una su fisonomía propia, su especialidad, sus costumbres y hábitos, sus privilegios y su propia historia: La Cité, la Universidad y la Ville. La Cité, que ocupaba la isla, era la más antigua, la menos importante y a la vez madre de las otras dos, apretujada entre ellas y, que se nos perdone la comparación, como una viejecita entre dos mozas jóvenes y hermosas. La Universidad se extendía por la orilla izquierda del Sena, desde la Tournelle hasta la Tour de Nesle, puntos que, en el París de hoy, corresponden, uno al Mercado de Vinos y otro a la Casa de la Moneda. Su recinto abarcaba ampliamente la zona en donde Juliano había construido sus termas así como la montaña de Santa Genoveva(20). El punto culminante de esta curva de murallas era la Porte Papale, que corresponde hoy, más o menos, al actual emplazamiento del Panteón. La Ville, que era la mayor de estas tres partes de París, ocupaba la orilla derecha. El muelle sobre el Sena, interrumpido a veces y cortado en varios lugares, corría a lo largo del río desde la Tour de Billy hasta la Tour du Bois, aproximadamente lo que hoy se extiende entre el Grenier d'Abondance y las Tullerías. A esos cuatro puntos en que el Sena cortaba los muros de la capital, la Tournelle y la Tour de Nesle, en la orilla izquierda, y la Tour de Billy y la Tour de Bois, en la orilla derecha, se les conocía preferentemente con el nombre de las cuatro torres de París. La Ville se introducía en las tierras de labranza más profundamente que la Universidad. El punto en donde acababa el recinto de la Ville (el de Carlos V) se encontraba en las puertas de Saint-Denis y de Saint-Martin, cuyo em- plazamiento aún se mantiene en nuestros días. 20. Santa Genoveva es la patrona de París. Véase nota 12 del libro segundo. Como hemos dicho, cada una de estas tres grandes divisiones de París era una ciudad en sí misma, pero una ciudad demasiado especial para ser completa; una ciudad que no podría existis sin las otras dos y con tres aspectos bien diferenciados en cada una: en la Cité abundaban las iglesias, en la Ville los palacios y los colegios en la Universidad. Pasando por alto las originalidades de menor relieve del viejo París y los caprichos del derecho de servidumbre y no tomando más que, desde un punto de vista muy general, el conjunto de jurisdicciones comunales, debemos decir que la isla pertenecía al obispo, la orilla derecha al preboste de los mercaderes y la orilla izquierda al rector; y que el preboste de París, oficial real y no municipal, mandaba en todo aquel conjunto. La Cité tenía Nuestra Señora, la Ville el Louvre y el ayuntamiento y la Universidad la Sorbona. A la Ville pertenecían también los mercados como a la Cité el hospital y a la Universidad el Pré-aux-Clercs. Los delitos cometidos por los estudiantes en la orilla izquierda, en el Pré- aux-Clercs, eran juzgados en la isla, en el Palacio de justicia, y eran castigados en la orilla derecha, en Montfaucon; a menos que el rector interviniera, sintiéndose suficientemente fuerte, en épocas de debilidad real, pues se consideraba privilegio entre los estudiantes el ser ahorcados en su propio «feudo». La mayoría de estos privilegios, dicho sea de paso, y los había mucho mejores que el que acabamos de citar, habían sido arrancados a los reyes mediante revueltas y motines -siempre ha sido así-, pues es sabido que los reyes nunca han concedido nada que no les haya sido previamente arrancado por el pueblo. Existe un viejo documento que, a propósito de la fidelidad, dice esto mismo de una manera bien candorosa: Civibur fidelitat in reger, quae tamen aliquoties reditionibur interrupta, multa peperit privilegia. . (La lealtad de los ciudadanos para con los reyes, aunque interrumpida a veces por las revueltas, les ha proporcionado muchos privilegios.) En el siglo XV el Sena bañaba cinco islas en el recinto de París: la isla de Louviers en donde había entonces árboles y en donde ya no hay más que madera, la isla de las vacas y la isla de Nuestra Señora las dos deshabitadas, salvo alguna vieja casucha, y ambas feudo del obispo (en el siglo XVII, de las dos islas se hizo una sola que hoy conocemos con el nombre de isla de San Luis) y finalmente la Cité con el islote del barquero de las vacas, en su punta, cubierto más tarde por el terraplén del Pont-Neuf. Cinco puentes contaba entonces la Cité; tres a la derecha, el Pont Notre-Dame y el Pont-au-Change, de piedra los dos, y el Pont-aux-Meuniers, éste de madera; otros dos a la izquierda; le Petit-Pont, de piedra, y el Pont Saint-Michel, de madera. Todos ellos con casas. La Universidad tenía seis puertas, construidas por Felipe Augusto, y eran, a partir de la Tournelle, la Porte Saint-Victor, la Porte Bordelle, la Porte Papale la de Saint-Jacques, la de Saint-Michel y la de Saint-Germain. La Ville, por su parte, contaba con otras seis, construidas éstas por Carlos V y eran, a partir de la Tour de Billy, la Porte Saint-Antoine, la Porte du Temple, la de Saint-Martin, la de Saint-Denis, la de Montmartre y la Porte de Saint-Honoré. Todas ellas eran sólidas y hermosas pues su belleza no las hacía menos fuertes. Un foso ancho y profundo, de rápidas corrientes en época de crecidas y procedente del Sena, bañaba los muros en torno a París. Por la noche eran cerradas todas sus puertas y cortado el río en los dos extremos de la ciudad mediante gruesas cadenas. París dormía tranquilo. A vista de pájaro, esas tres partes, la Cité, la Universidad y la Ville, presentaban cada una, una maraña inextricable de calles curiosamente entremezcladas; sin embargo, a primera vista, podía descubrirse que entre las tres formaban un solo cuerpo, cruzado por dos largas calles paralelas sin interrupción, y casi en línea recta, que atravesaba a la vez los tres burgos de un extremo a otro y de sur a norte, perpendicularmente al Sena, uniéndolos, mezclándolos y que servían para comunicar y para trasvasar continuamente a las gentes de unos con las gentes de los otros; haciendo, en fin, una sola ciudad con los tres barrios. La primera de estas calles iba desde la puerta de Saint-Jacques hasta la de Saint-Martin. La llamaban calle de Saint Jacques en la Universidad, calle de la judería en la Cité y calle de Saint-Martin en la Ville. Cruzaba dos veces el agua por le Petit Pont y por el Pont de Notre Dame. La segunda, llamada calle de la Harpe en la orilla izquierda, calle de la Barillerie en la Isla, calle de Saint Denis en la orilla derecha y que en uno de los brazos del Sena era Pont Saint-Michel y en el otro Pont-au-Change, iba desde la Porte de Saint-Michel, en la Universidad, hasta la Porte de Saint-Denis en la Ville. En una palabra: denominadas de cien maneras diferentes, eran siempre las dos calles madres, las dos arterias de París. Todas las demás venas de la triple ciudad venían a ellas bien a alimentarse o bien a vaciarse. Independientemente de estas dos arterias diametrales que atravesaban París de parte a parte, a to ancho, y que eran comunes a la Cité, la Ville y la Universidad, tenían cada una su calle mayor particular, que se extendía en la dirección Norte-Sur, paralela al Sena y que cruzaba en ángulo recto las dos arterias. Así, en la ViIle, se bajaba en línea recta desde la Porte de Saint-Antoine a la Porte de Saint-Honoré y en la Universidad desde la Porte SaintVictor a la Porte Saint-Germain. Esas dos grandes vías, al cruzarse con las dos primeras, formaban el nudo sobre el que descansaba, entrecruzado y apretado en todos los sentidos la red, el dédalo de las calles de París. En el dibujo indescifrable de esa red podían distinguirse además, observando atentamente, corno dos ramos, alargado uno hacia la Universidad y el otro hacia la Ville, dos manojos de calles más anchas que se extendían entre los puentes y las puertas. Todavía hoy se conserva algo de aquel plan geométrico. Pero, ¿bajo qué aspecto se presentaba este conjunto visto desde las torres de Nuestra Señora en 1482? Vamos a intentar describirlo. Para el espectador que llegaba jadeante a aquellas alturas, representaba, de entrada, una deslumbrante impresión de tejados, de chimeneas, de calles, de puentes, de plazoletas, de flechas y de campanarios. Todo se agolpaba ante los ojos al mismo tiempo; el aguilón tallado, los tejadillos puntiagudos, la torrecilla colgada entre dos esquinas de los muros, la pirámide de piedra del siglo xI, el obelisco de pizarra del xv, un torreón desnudo y redondo, la torre cuadrada y calada de una iglesia; todo to grande y to pequeño y to aéreo y to macizo. La mirada se perdía durante mucho tiempo en la profundidad de aquel laberinto, en donde todo tenía su originalidad, su razón, su genio, su gracia, su belleza; en donde todo tenía contactos con el arte, desde la más pequeña casita encalada y esculpida con vigas exteriores, puerta rebajada y pisos salientes, hasta el Louvre real que tenía por entonces toda una hilera de torres. Pero las principales masas que se distinguían cuando la vista comenzaba a adaptarse a aquel aímulo de edificios eran, comenzando por la Cité: la isla que, como dice Sauval aprovechando algún acierto de estilo entre el fárrago de expresiones que utiliza «está hecha como un gran navío encallado en el cieno y varado río abajo hacia el centro del Sena.H Acabamos de decir que en el siglo xv este navío estaba agarrado a las dos orillas del río por cinco puentes. Este perfil de barco había ya sorprendido a los escribas heráldicos, pues de ahí procede y no del asedio de los normandos, según Favyn y Pasquier, el bajel que blasona el viejo escudo de armas de París. Para quien sabe descifrarlo, un blasón es como un enigma; es un lenguaje. Toda la historia de la segunda mitad de la Edad Media figura en los blasones así como en el simbolismo de las iglesias románicas figura toda la historia de su primera mitad. Los blasones son los jeroglíficos del feudalismo después de los de la teocracia. La Cité se ofrecía, pues, a sus ojos con la popa hacia levante y la proa hacia el poniente. Vuelto hacia la proa, se veía un numerosísimo rebaño de viejos tejados sobre los que sobresalía arqueado el ábside emplomado de la Santa Capilla, semejando la grupa de un elefante cargando con su torre; sólo que en esta ocasión, la torre era la flecha más audaz, la más elaborada, la más labrada, la más calada que nunca se haya visto en el cielo a través de su cono de encaje. En la plaza que hay delante de Nuestra Señora, una hermosa plaza con casas antiguas, venían a desembocar tres calles. La fachada arrugada y ceñuda del Hótel-Dieu y su tejado, que se diría cubierto de postillas y de verrugas, se asomaba al lado sur de la plaza; y a la derecha, a la izquierda, a oriente y a occidente, en ese estrecho recinto de la Cité, se elevaban los campanarios de sus veintiuna iglesias, de todas las épocas, de todos los estilos, de todos los tamaños, desde la baja y carcomida campánula románica de Saint-Denys-du-Pas, carcer Glaucini, hasta las finas agujas de Saint-Pierre-aux-Boeufs y de Saint Landry. Detrás de Nuestra Señora se extendían hacia el norte el claustro con sus galerías góticas; hacia el sur el palacio semirrománico del obispo y hacia levante la punta desierta del Terrain. Entre aquel amontonamiento de casas, la vista distinguía por sus altas mitras de piedra calada que coronaban entonces, a nivel del tejado, las ventanas más altas del palacio, el hotel que la ciudad ofreció, bajo el rey Carlos VI, a Juvenal de los Ursinos, y un poco más allá los barracones alquitranados del Marché-Palus; más alejos aún el ábside nuevo de Saint-Germain-le-Vieux, agrandado en 1458 con un trozo de la calle de los Febues; y se veía también, de vez en cuando, un cruce de calles, Ileno de gente, una picota, erguida en una esquina, un hermoso trozo de pavimento de la época de Felipe Augusto, un enlosado rayado ya por los cascos de los caballos en medio de la calle y mal reemplazado en el siglo xvi por un pobre empedrado, llamado pavimento de la liga; un patio trasero abandonado con una torrecilla calada como se hacían en el siglo Xv y como todavía puede verse una en la calle de los Bourdonnais. A la derecha de la Santa Capilla se veía, en fin, hacia poniente, y bien asentado con su grupo de torres al borde del agua, el Palacio de justicia. Las arboledas de los jardines del rey, que cvbrían la punta occidental de la Cité, octiltaban el islote del barquero. En cuanto al agua, apenas si se la podía ver a ambos lados de la Cité pues el Sena se ocultaba bajo los puentes y éstos se escondían bajo las casas. Y cuando la mirada se perdía más a11á de los puentes, cuyos tejados enmohecidos antes de tiempo por la humedad del río aparecían verdosos, si se dirigía a la izquierda, hacia la Universidad, el primer edificio que saltaba a la vista era un sólido grupo de torres, el Petit-Châtelet cuya gran puerta, totalmente abierta, devoraba el extremo del Petit-Pont, y más tarde, recorriendo aún con la mirada de levante a poniente, de la Tournelle a la Tour de Nesle, se descubría un largo cordón de casas con vigas esculpidas, con ventanas de vidrios coloreados. Sobresaliendo en cada planta el interminable zigzag de los piñones burgueses, cortados con frecuencia por la boca de una calle o, a veces, por el frente o por el codo de algún palacete de piedra que, como un gran señor entre un grupo de villanos, se extendía gustoso en patios y jardines, en alas y en estancias por entre aquellos grupos de casas apiñadas y encogidas. Cinco o seis de aquellas mansiones daban al muelle del Sena, desde la residencia de Lorraine que compartía con los Bernardinos el gran recinto contiguo a la Tournelle, hasta la mansión de Nesle cuya torre principal era uno de los mojones límite de París, y cuyos tejados puntiagudos recogían durante tres meses al año, entre los triángulos negros de sus pizarras, el reflejo escarlata del sol poniente. Este lado del Sena era, por to demás, el menos comercial de los dos pues los estudiantes to ocupaban bulliciosamente en número muy superior a los artesanos y no puede decirse que existiera malecón, propiamente hablando, más que desde Pont-Saint-Michel hasta la Tour de Nesle. El resto de las orillas del Sena era o bien terreno perdido, como más allá de los Bernardinos, o bien un conglomerado de casas tocando casi el agua, igual que pasaba entre los dos puentes. Había gran algazara de lavanderas que chillaban, hablaban y cantaban durante todo el día a to largo de la orilla y que golpeaban fuertemente la ropa como en nuestros días. No es ésta una de las menores alegrías de París. La Universidad formaba un bloque a simple vista, constituyendo de un extremo a otro un conjunto homogéneo y compacto. Sus mil tejados juntos, angulosos, unidos entre sí, casi todos iguales geométricamente, ofrecían desde to alto el aspecto de una cristalización de la misma sustancia. El caprichoso cauce de calles no cortaba muy desproporcionadamente todo este conjunto de casas y los cuarenta y dos colegios estaban diseminados por a11í de forma bastante equilibrada y se encontraban un porn por codas partes. Las techumbres variadas y graciosas de estos bellos edificios eran del mismo gusto artístico que los tejados normales que por a11í se veían sobresaliendo, eso sí, sobre ellos pero, en definitiva, eran variaciones al cuadrado o al cubo del mismo conjunto geo- métrico. Hacían más complicado el conjunto, pero sin modificarlo; to completaban sin cambiarlo, pues la geometría es armonía. Algunos hermosos hoteles sobresalían por aquí y por a11í entre las pintorescas buhardillas de la orilla izquierda, como la residencia de Nevers la de Roma o la de Reims, todas desaparecidas ya. La residencia de Cluny subsiste aún para consuelo del artista, aunque hace algunos años han recortado estúpidamente su torre. Cerca de Cluny, se encontraban las termas de Juliano, un palacio romano con bonitos arcos cimbrados. Había también numerosas abadías, de belleza más piadosa, y de una grandeza más grave y serena que las residencias pero no menos bellas ni majestuosas. Las primeras que chocaban a la vista eran las de los Bernardinos con sus tres campanarios, la de Santa Genoveva(22), cuya torre cuadrada aún existente hace echar de menos el conjunto que falta; la Sorbona, mitad colegio, mitad monasterio de la que aún sobrevive una admirable nave, el bello claustro cuadrado de los Maturinos; su vecino, el claustro de San Benito entre cuyos muros se han dado prisa en la chapuza de construir un teatro entre la séptima y la octava edición de este libro(23); los Franciscanos con sus tres fachadas en piñón, yuxtapuestas; los Agustinos, cuya graciosa aguja formaba después en la Tour de Nesle la segunda crestería de este lado de París por la parte occidental. Los colegios, que constituyen en efecto el eslabón intermedio entre el claustro y el mundo, se encontraban un poco a mitad de camino entre las residencias y las abadías, dentro de este aspecto monumental del que venimos hablando, exhibiendo una severidad plena de ele- gancia, una escultura menos evaporada que la de los palacios y una arquitectura menos seria que la de los conventos. Desgraciadamente ya no queda casi nada de estos monumentos en donde el arte gótico entremezclaba con tanta precisión la riqueza y la economía. Las iglesias, por ejemplo (y eran numerosísimas y espléndidas en la Universidad y se escalonaban por esa zona pertenecientes a todos los estilos, desde las románicas de San Julián hasta las ojivales de San Severino), to dominaban todo y como un nuevo elemento armonizador dentro de la armonía a11í existente, surgían atravesando por doquier la gran variedad de artísticos piñones, con sus campanarios calados, con sus flechas cinceladas, sus agujas sutiles y esbeltas, cuyas líneas no representaban sino una variación en el conjunto de los agudos perfiles de los tejados. El terreno que ocupaba la Universidad era monstruoso. La montaña de Santa Genoveva presentaba hacia el sureste una enorme ampolla. Era todo un espectáculo para la vista, desde to alto de Nuestra Señora, aquel entramado de callejuelas estrechas y tor- tuosas (hoy llamado el barrio latino), aquellos racimos de casas que esparcidos por todas las direcciones desde la cima de aquella elevación, se precipitaban en completo desorden y casi a pico por sus flancos hasta la orilla del río, dando la impresión de que unas bajaban, otras tepaban, sosteniéndose todas unas contra otras. Se distinguía a11á abajo un flujo continuo de miles de puntos negros cruzándose en el pavimento, y que no eran sino las gentes vistas desde arriba y desde lejos. 22. La actual Tour Clovis. 23. La primera edición data de 1831 y la octava de 1832. Finalmente, entre todos aquellos tejados, entre todas aquellas flechas y entre todo el montón de edificios que se plegaban, se torcían y recortaban de manera tan curiosa los últimos límites de la Universidad, se descubría de vez en cuando un gran trozo de muralla enmohecido, una maciza torre redonda, una puerta de muralla almenada, semejando una fortaleza: era el cierre, el recinto cie Felipe Augusto. A1 otro lado se veían verdes prados y más a11á aún se alejaban las carreteras a cuyos lados se levantaban todavía algunas casas de los arrabales tanto más escasas cuanto más distances estaban de la ciudad. Algunos de aquellos suburbios tenían su importancia. Se escalonaban, a partir de la Tournelle, en primer lugar el burgo de San Víctor con su puente de un ojo sobre el Bièvre, con su abadía en donde podía leerse el epitafio de Luis el Gordo, epitaphium Ludovici Grorti, y su iglesia de flecha octogonal, flanqueada por cuatro campaniles del siglo xi (aún puede verse una semejante en Etampes que todavía no ha sido derrumbada). Más a11á, el burgo de Saint-Marceau, que tenía ya tres iglesias y un convento y luego, dejando a la izquierda el molino de los Gobelinos y sus cuatro muros blanqueados, se encontraba el burgo de Saint Jacques con un hermoso crucero esculpido y la iglesia de Saint Jacques du Haut-Pas, gótica por entonces, puntiaguda y encantadora; Saint Magloire, bella nave del siglo xiv que Napoleón transformó en pajar; Notre-Dame-des-Champs con sus mosaicos bizantinos. Después de dejar, en pleno campo ya, el monasterio de los cartujos, rico edificio, contemporáneo del palacio de justicia, con sus jardincillos geométricos, y las ruinas embrujadas de Vauvert, la mirada se centraba, hacia occidente, en las tres agujas románicas de Saint-Germain-des-Prés. El burgo de Saint-Germain era por entonces un rnunicipio bastante grande con quince o veinte calles. El campanario agudo de San Sulpicio marcaba uno de los límites del burgo. Justo al lado se distinguía el recinto cuadrangular de la feria de Saint-Germain, en donde hoy mismo está el mercado; luego la picota del obispo, bonita torrecilla redonda con un cono de plomo a guisa de gorro. La tejera se hallaba un poco más alejada, en la calle del Four, que conducía al horno comunal; el molino estaba en el altozano. Había también una casita aislada y mal vista; pero to que atraía sobre todo las miradas y las mantenía fijas durante más tiempo era la misma abadía. Es verdad que el monasterio tenía un aspecto impecable, tanto por su iglesia como por su empaque. Era un palacio abacial donde los obispos de París se consideraban felices de pasar una noche; tenía un refectorio al que su arquitecto había imprimido un aspecto y una belleza tan espléndidos como el rosetón gótico de una catedral; una capilla elegantísima de la Virgen, un dormitorio monumental, unos inmensos jardines, su puente levadizo, su muralla almenada, que destacaba por el verdor de los prados que la rodeaban; unos patios en donde relucían al sol las armaduras al lado de las capas doradas y todo ello agrupado en torno a tres altas agujas románicas, bien asentadas en un ábside gótico, recortándose majestuosas en el hofizonte. Cuando, después de haber contemplado durante mucho tiempo la Universidad, girabais la vista hacia la orilla derecha, hacia la Ville, el carácter del espectáculo cambiaba por completo. La Ville era en efecto mucho más grande que la Universidad y mucho menos compacta. En una primera impresión se la veía dividida en varias partes individualmente bien definidas. Hacia levante, en la parte de la Ville que todavía hoy recibe el nombre de Marais (marisma), en donde el galo Camulógeno atascó a César entre el barro, había un amontonamiento de palacios que llegaba hasta la orilla del río. Se destacaban casi juntas cuatro de esas residencias: Jovy, Sens, Barbeau y la residencia de la reina asomaban al Sena sus desvanes de pizarra, adornados con esbeltas torrecillas. Entre las cuatro ocupaban el trecho que se extiende entre la calle de Nonaindières y la abadía de los Celestinos cuya aguja se destacaba por entre los piñones de las casas y las, almenas. Algunas casas viejas y verdosas muy próximas al agua, construidas delante de aquellas suntuosas residencias, no impedían contemplar los hellos ángulos de sus fachadas con amplias ventanas cuadradas enmarcadas con piedra, ni sus porches ojivales recargados de estatuas, ni las vivas aristas de sus muros perfectamente cortadas, ni todos esos encantadores hallazgos de la arquitectura que hacen que el arte gótico parezca renovar sus combinaciones en cada monumento. Detrás de aquellas residencias se extendía en todos los sentidos, a veces abierto con una empalizada, otras enmarcado con grandes árboles, como una cartuja, o almenado como una ciudadela, el recinto inmenso y multiforme de aquella maravillosa mansión de Saint-Pol en donde el rey de Francia tenía espacio para alojar soberbiamente a veintidós príncipes de la calidad de un Delfín, o de un duque de Borgoña con sus servidores y todo su séquito, sin contar a los grandes señores ni al emperador cuando venía a ver París, y sin contar tampoco a sus leones que tenían su lugar aparte en el hotel real. Conviene precisar que sólo el apartamento de un príncipe estaba compuesto por aquel entonces de no menos de once estancias, desde la sala de recepción hasta el oratorio, sin contar, claro, las galerías, los baños, los baños de vapor y otros «lugares superfluos» que componían cada apartamento; sin contar, claro está, los jardines privados de cada huésped real; sin mencionar las cocinas, las bodegas, los refectories generales de la casa, los corrales en donde podían contarse veintidós dependencias propias del palacio, desde el horno hasta las cavas, pasando per toda clase de juegos como el mallo, el frontón, las anillas, y luego las pajarerías, los acuarios,las casas de fieras, las cuadras, los establos,las bibliotecas, los arsenales y las herrerías. Esto era entonces un palacio de rey, un Louvre, una mansión Saint-Pol; una ciudad dentro de la ciudad. Desde la torre en donde estamos colocados, la mansión SaintPol, aunque medio oculta per las cuatro grandes residencias a las que hemos aludido, era aún maravillosa y muy digna de contemplarse. Podían distinguirse perfectamente, hábilmente unidas al cuerpo principal mediante galerías con vidrieras y columnatas, los tres hoteles que Carlos V había amalgamado a su palacio; el hotel del Petit-Muce, con una balaustrada de encaje que orlaba graciosamente su tejado; el hotel del abad de Saint-Maur, con aspecto de fortaleza y una poderosa torre con matacanes, aspilleras y caponeras; y en la amplísima puerta sajona, tallado el escudo del obispo entre los dos cuerpos del puente levadizo; el hotel del conde de Etampes cuyo torreón, un tanto arrumbado en la parte más elevada, se asemejaba a la cresta almenada de un gallo; y aquí y allá tres o cuatro bien poblados robles parecían como inmensas coliflores, y los retozos de los cisnes en las aguas claras de los estanques con pliegues de sombra y de luz; y muchos más patios de los que se veían trozos magníficos; el hotel de los leones con sus ojivas bajas apoyadas en pequeños pilares sajones, sus rastrillos de hierro y sus perpetuos rugidos. Y per encima de todo este conjunto se destacaba la flechà desconchada del Ave María y a su izquierda la residencia del preboste de París, flanqueada por cuatro torrecillas, primorosamente caladas. En el centre, al fondo, el hotel Saint Poi propiamente dicho, con sus variadísimas fachadas y sus enriquecimientos continuos desde Carlos V, con sus excrecencias híbridas con que la fantasía de los arquitectos to habían recargado hacía ya dos siglos, con todos los ábsides de sus capiIlas, con todos los piñones de sus galerías, con sus mil veletas a los cuatro vientos y sus dos altas torres contiguas, cuyo tejado cónico, rodeado de almenas en su base, asemejaba a uno de esos sombreros puntiagudos con el ala levantada. Prosiguiendo la ascensión de los escalones de lo que desde lejos parecía un anfiteatro después de salvar un profundo paso en los tejados de la Ville que no era sino la huella de la calle SaintAntoine, la vista, limitándonos siempre a los monumentos más importantes, se detenía en la mansión de Angulema, vasta construcción de varias épocas en donde se veían partes nuevas, muy blancas, que no casaban mejor en el conjunto que un remiendo rojo sobre un jubón azul. Sin embargo, el tejado, singularmente puntiagudo y elevado del palacio moderno, erizado de gárgolas cinceladas y rematado con planchas de plomo, en donde se revolvían en mil arabescos, fantásticas y deslumbrantes incrustaciones de cobre dorado; este tejado curiosamente damasquinado, surgía elevándose con gracia por entre las oscuras ruinas del antiguo edificio cuyos vetustos torreones, abombados por el tiempo cual barricas viejas hundiéndose sobre sí mismas y abriéndose de arriba a abajo, parecían gruesos vientres desabrochados. Por detrás aparecía aún, alzándose majestuoso, el bosque de torres del palacio de Tournelles. No existe un golpe de vista en todo el mundo, ni en la Alhambra ni en Chambord, más fantástico, más aéreo ni más prodigioso que esta arboleda de torres, campanarios, chimeneas, veletas; de espirales, de linternas caladas que parecían talladas a cincel; de torrecillas en forma de huso, y diferentes todas en altura; algo así como un gigantesco ajedrez de piedra. A la derecha de las Tournelles, el manojo de enormes torres, negras como la tinta, mezclándose unas con otras y atadas, por decirlo de algún modo, por un foso circular; el gran torreón con muchas más aspilleras que ventanas; ese puente levadizo siempre levantado y ese rastrillo siempre echado es la Bastilla y una especie de picos negros que sobresalen por las almenas y que, de lejos, podrían confundirse con gárgolas, son sus cañones. Bajo sus balas de hierro, al pie del formidable edificio, se ve la Porte Saint- Antoine como escondida entre sus dos torres. Más a11á de las Tournelles, hasta la muralla de Carlos V, se extendía con ricas parcelas de hierba y de flores una alfombra de cultivos y de parques reales, en medio de los cuales podía reconocerse, por su laberinto de árboles y de avenidas, el famoso jardín Dedalus que Luis XI había ofrecido a Coictier. El observatorio del doctor estaba emplazado encima del Dedalus como una gruesa columna que tuviera una casita por capital. En ese lugar se han hecho horóscopos terribles. A11í se encuentra hoy la plaza Royale(24). 24. Hoy Plaza de los Vosgos. Víctor Hugo vivió a11í en 1832. Como ya hemos dicho la zona de los palacios de la que estamos intentando dar una idea al lector, no insistiendo más que en cosas someras, ocupaba el ángulo que la muralla de Carlos V formaba con el Sena hacia el oriente. El centro de la Ville, en la orilla derecha, to formaban un conglomerado de casas populares a donde iban a desembocar los tres puentes y sabido es que sobre los puentes no se construyen palacios sino más bien casas. Sin embargo, aquel conglomerado de viviendas burguesas, apretujadas como los alveolos de una colmena, tenía su belleza, pues a veces existen en las ciudades tejados tan bellos como las olas en el mar. Las calles entrecruzadas y confusas se organizaban en manzanas de formas divertidas, sobre todo en torno a Les Halles, en donde formaban una especie de estrella de mil puntas. Las caIles de Saint-Denis y de Saint-Martin con sus innumerables ramificaciones subían una tras otra como si se tratara de dos grandes árboles con sus ramas entremezcladas, y con sus líneas tortuosas iban serpeando por todas partes las calles de la Plâtrerie, de la Verrerie, de la Tixeranderie..., pero también podían verse bonitos edificios que rompíán la ondulación de piedra de aquel mar de casas con piñón, como por ejemplo a la entrada del Pontaux-Changeurs, detrás del cual se veía el Sena lleno de espuma por las ruedas del Pont-aux-Meuniers. Allí aparecía el Châtelet, no ya torre romana como bajo Juliano el Apóstata sino torre feudal del siglo XIII y hecho de piedra tan dura que el pico no lograba arrancar en tres horas el espesor de un puño: aparecía también la rica torre cuadrada de Saint jacques-de-la-Boucherie con sus ángulos salpicados de esculturas. Magnífica ya aunque no estuviera acabada en el siglo xv. Le faltaban primordialmente esos cuatro monstruos que, aún hoy asomados a las cuatro esquinas del tejado, parecen otras tantas esfinges que plantean al nuevo París los enigmas del pasado. Rault, su escultor, no las colocó hasta 1526 y le dieron veinte francos por su trabajo; se veía también la Maison-aux-Piliers que daba a aquella plaza de Gréve, de la que ya hemos informado al lector; o Saint Gervais, echada a perder más tarde por un pórtico de buen gusto; o Saint Méry cuyas viejas ojivas eran casi arcos de medio punto; Saint Jean, proverbial por su espléndida aguja; había aún otra veintena de monumentos que no desdeñaban mezclar sus maravillas en aquel caos de calles oscuras, estrechas y profundas; agregad aún los cruceros esculpidos en piedra, que se prodigaban en las encrucijadas en mayor número que los cadalsos, y el cementerio de los Inocentes del que destacaba a to lejos por encima de los tejados su vallado arquitectural, o el rollo de les Halles cuya cúspide asomaba entre dos chimeneas de la calle de la Cossonnerie, o la escalinata de la Croix-du-Trahoir en el cruce de su calle, siempre llena de gente, o los viejos edificios circulares del mercado del trigo; o tramos de la antigua muralla de Felipe Augusto, que asomaban aquí y a11á, ahogados entre las casas; torres comidas por la hiedra, puertas desvencijadas, trozos de muro derrumbados y deformados; el muelle del Sena con sus mil tiendas y sus desolladeros sucios de sangre; el Sena, cargado de barcos desde el Port-au-Foin hasta Forl'Evéque y aún os quedáis con una imagen harto confusa de to que en 1482 era el trapecio de la Ville. Con estos dos barrios, uno de residencias y otro de casas, la tercera parte que ofrecía la Ville en su aspecto general era una larga zona de abadías que la iba bordeando en casi todo su entorno, de levante a poniente, y que por detrás del cinturón de fortificaciones que cerraba París le hacía un segundo cinturón interior de conventos y capillas. Así, al lado mismo del parque de Tournelles, entre la calle Saint-Antoine y la antigua calle del Temple, se hallaba Santa Catalina, que extendía su inmensa huerta hasta las murallas de París. Entre la antigua y la nueva calle del Temple, estaba el Temple, siniestro haz de torres, alto, plantado y aislado en medio de un vasto cerco amurallado. Entre la calle Neuve-duTemple y la calle de Saint-Martin, se encontraba la abadía de Saint-Martin, en medio de sus jardines; soberbia iglesia fortificada que, con su recinto de torres y su tiara de campanarios, sólo se veía superada en fuerza y esplendor por Saint-Germain-desPrés. El recinto de la Trinidad se extendía entre las dos calles de Saint-Martin y Saint-Denis y, finalmente, les Filles-Dieu, entre la calle Saint-Denis y la calle de Montorgueil. A11í mismo, al lado, se distinguían los tejados mugrientos y el recinto, sin pavimentar, de la corte de los milagros,. que representaba el único círculo profano entre aquella piadosa cadena de conventos. Finalmente, la cuarta parte que se destacaba por sí misma en la aglomeración de tejados de la orilla derecha y que limitaban el ángulo occidental del recinto y el borde del agua, río abajo, era un nuevo grupo de residencias y palacetes muy juntos, a los pies del Louvre. El viejo Louvre de Felipe Augusto, inmensa edificación con su gran torre central, rodeada de otras veintitrés torres importantes sin contar las torrecillas, se divisaba, a to lejos, engarzado entre los tejados góticos de la residencia de Alençon y el palacio del Petit-Bourbon. Esta hidra de torres, guardiana gigantesca de París, con sus veinticuatro cabezas siempre erguidas, con sus grupas monstruosas cubiertas de plomo o de pizarra, resplandecientes de reflejos metálicos, limitaba de forma sorprendente la configuración de la Ville hacia el poniente. Todo aquello era un conglomerado inmenso (insula to llamaban los romanos) de casas burguesas flanqueado a derecha y a izquierda por dos bloques de palacios, coronados por el Louvre el uno, y el otro por las Tournelles, bordeado al norte por un largo cinturón de abadías y tierras cultivadas que la vista amalgamaba y confundía en un solo bloque; mil edificios con los tejados de pizarra o de tejas, destacándose unos sobre otros y mostrando curiosas cresterías, con los campanarios tatuados, repujados y orna- mentados de las cuarenta y cuatro iglesias de la orilla derecha y con miles de calles transversales. Así era la Ville que limitaba de un lado por un recinto de altas murallas con torres cuadradas (las de la Universidad eran redondas) y del otro por el Sena con sus puentes y sus numerosos barcos; eso era, debemos repetir, la Ville en el siglo xv. Algunos arrabales se agolpaban junto a sus puertas al otro lado de las murallas, pero eran menos numerosos y más distanciados que los de la Universidad. Estaban formados, detrás de la BastiIla, por una veintena de viejas casas, amontonadas en torno a las curiosas esculturas de la Croix-Faubin y de los arbotantes de la abadía de Saint-Antoine-des-Champs; más a11á Popincourt, perdido entre trigales y más lejos aún la Courtille, animado pueblecito con varias tabernas, y el burgo de Saint-Laurent con su iglesia cuyo campanario, a11á lejos, parecía unido a la torre de SaintMartin; y también el burgo de Saint-Denis con su enorme recinto de Saint-Ladre; y la Grange-Batelière, al otro lado de la puerta de Montmartre, rodeada de murallas blancas y casi con tantas iglesias como molinos, aunque sólo éstos se han conservado pues la sociedad no pide ya más que el alimento del cuerpo. Finalmente, más a11á del Louvre, se veía estirarse entre prados, el burgo de Saint-Honoré, bastante importante ya, y se veía también verdear la Petite-Bretagne y extenderse el Marché-aux-Pourceaux en cuyo centro se dibujaba redondo el horrible horno en donde se quemaba a los falsificadores de moneda. Entre la Courtille y Saint-Laurent la vista había ya observado, en la cima de un otero, reposando sobre llanos desiertos, una especie de edificio que semejaba a to lejos una columnata ruinosa, erguida sobre una base socavada. No era ningún Partenón ni siquiera un templo de Júpiter Olímpico; era Montfaucon. Y ahora, si la enumeración de tantos edificios, por elemental que hayamos pretendido hacerla, no ha pulverizado en el espíritu del lector la imagen general del viejo París, intentaremos resumirla en unas pocas palabras. En el centro, la isla de la Cité, semejante por su forma a una enorme tortuga, haciendo resaltar sus puentes escamados de tejas, como patas bajo su gris caparazón de tejados. A la izquierda, el trapecio monolítico., firme, denso, apretado y erizado de la Universidad. A la derecha, el amplio semicírculo de la Ville con muchos más jardines y monumentos. Los tres bloques, Cité, Universidad, Ville, jaspeados de innumerables calles y, cruzándolo todo, el Sena, el nutricio Sena, como le llama Du Breul, abarrotado de puentes y de barcos. Todo alrededor una llanura inmensa con mil diferentes remiendos de cultivos, sembrada de bellas aldeas y a la izquierda Issy, Vauvres, Vaugirad, Montrouges, Gentilly con su torre redonda y su torre cuadrada..., etc., y otras tantas a la derecha, desde Conflans hasta Ville-L'Evêque. A1 horizonte una orla de colinas dispuestas en círculo como los bordes de un estanque... y finalmente, ya lejos también, hacia oriente, Vincennes y sus siete torres cuadrangulares... con Bicétre y sus torrecillas puntiagudas hacia el sur; Saint-Denis y su aguja hacia el Norse y Saint-Cloud y su torreón hacia el oc- cidente. Este era el París que, desde to alto de las torres de Nuestra Señora, veían los cuervos que a11í moraban, en 1482. Es, sin embargo, de esta misma ciudad de París de la que Voltaire dijo que antes de Luis XIV no poseía mát que cuatro bellor monumentos: la cúpula de la Sorbona, el Val-de-Gráce, el Louvre moderno y ya no recuerdo el cuarto; el Luxemburgo quizás. Afortunadamente no por ello Voltaire dejó de escribir Cándido y no por ello dejó de tener la sonrisa más diabólica de entre todos los hombres que se han sucedido en la larga serie de la humanidad. Todo esto prueba que se puede ser un genio y no comprender nada de un arte al que no se pertenece. ¿No creía Moliére hacer gran honor a Rafael y a Miguel Ángel llamándoles «esos remilgador de su siglo»? Pero volvamos al París del siglo XV, que no era únicamente una bella ciudad; era una ciudad homogénea, un producto arquitectónico a histórico de la Edad Media, una crónica escrita en piedra. Era una ciudad no formada más que por dos capas: la capa románica y la capa gótica, pues la capa romana hacía mucho tiempo que había desaparecido, con excepción de las termas de juliano, por donde atravesaba la espesa corteza de la Edad Media. En cuanto a la capa céltica, no se encontraba el menor vestigio ni haciendo excavaciones. Cincuenta años después, cuando el Renacimiento vino a mezclar a esta unidad tan severa y sin embargo tan variada el lujo deslumbrante de sus fantasías y de sus sistemas, sus abusos de medios puntos romanos, de columnas griegas y de sus arcos rebajados góticos, su escultura tan delicada y tan ideal, su gusto particular por los arabescos y las hojas de acanto, su paganismo arquitectónico contemporáneo de Lutero, entonces puede que París fuera más bello pero menos armonioso a la vista y al pensamiento. Pero aquel momento espléndido duró poco. El Renacimiento no fue impartial; no se contentó sólo con edificar sino que quiso también derribar, aunque también es verdad que el Renacimiento necesitaba espacio. Por eso, el París gótico sólo estuvo completo durante un brevísimo espacio de tiempo, pues apenas si se estaba terminando Saint jacques-de-la-Boucherie cuando se comenzaba ya la demolición del viejo Louvre. Desde entonces la ciudad ha continuado deformándose día a día y el París gótico bajo el que se hundía el París románico ha desaparecido también pero, en este caso, ¿se puede decir qué París le ha sustituido? Existe el París de Catalina de Médicis en las Tullerías(25); el de Enrique II en el Ayuntamiento dos edificios de gran gusto;el París de Enrique IV en la plaza Royale, fachadas de ladrillo con esquinas de piedra y tejados de pizarra; casas tricolores; el París de Luis XIII en el Val-de-Grâce con una arquitectura aplastada y rechoncha, con bóvedas en forma de asas de cesto con un no sé qué de abultamiento en las columnas y de joroba en la cúpula; el París de Luis XIV en los Inválidos, grandioso, rico y dorado, pero frío; el de Luis XV en San Sulpicio, con volutas, lazos y cintas y nubes y fideos y escarolas; todo ello cincelado en piedra; el París de Luis XVI en el Panteón, un San pedro de Roma mal copiado (el edificio ha sido reducido torpemente y esto ha afeado sus líneas); el París de la República en la escuela de medicina26, de un dudoso gusto grecorromano, que quiere imitar al Coliseo o al Partenón, como la constitución del año 111 a las leyes de Minos y que en arquitectura se llama gusto mersidor27; el París de Napoleón en la plaza Vendôme, sublime en este caso, con una columna de bronce, hecha de cañones28; el París de la Restauración en la Bolsa, con una columnata blanquísima que sustenta un friso muy alisado; el conjunto es cuadrado y costó veinte millones aproximadamente. 25 Hemos visto con dolor a indignación que se tenía el proyecto de agrandar, de refundir, de retocar; en una palabra: de destruir este palacio admirable. Los arquitectos de hoy tienen manos demasiado burdas para tocar estas delicadas obras renacentistas. Esperamos que no se atrevan. Además esta demolición de las Tullerías no representaría solamente un hecho brutal del que hasta un vándalo ebrio se sonrojaría sería además una traición, pues las Tullerías no son simplemente una obra de arte del siglo xvt; son también una página de la historia del siglo xtx. Este palacio ya no pertenece al rey sino al pueblo, así que conviene dejarlo como está. Nuestra revolución le ha marcado el rostro en dos ocasiones; en una de sus dos fachadas se ven los bombazos del 10 de agosto y en la otra los del 29 de julio; es un edificio sagrado. París, 7 de abril de 1831. INota de Víctor Hugo, en la quinta edición.) A cada uno de estos monumentos característicos va unido por similitud de gustos, de formas o de actitudes, una determinada cantidad de casas, diseminadas por diferentes barrios y que un ojo experto sabe distinguir y fechar fácilmente. Cuando se sabe mirar, no es difícil encontrar el espíritu de un siglo y la fisionomía de un rey incluso hasta en los llamadores de las puertas. El París actual carece, pues, de fisonomía general; no es más que una colección de ejemplares de varios siglos de la que han desaparecido los más bellos. La capital sólo crece en casas; ¡y qué casas! A1 paso que vamos, París se renovará cada cincuenta años; por eso el sentido histórico de su arquitectura se va borrando un poco cada día. Los monumentos son cada día más raros y parece como si se fueran hundiendo poco a poco absorbidos por las casas. El París de nuestros padres era de piedra, pero nuestros hijos tendrán un París de yeso. En cuanto a los monumentos modernos del París nuevo, preferiríamos no hablar y no es porque no los admiremos como se merecen, puesto que Santa Genoveva de M. Soufflot es en realidad la más bella tarta de Saboya hecha en piedra y el palacio de la Legión de Honor es también una muestra y muy distinguida de repostería. La cúpula del mercado del trigo es un gorro de jockey inglés a gran escala y las torres de San Sulpicio son dos enormes clarinetes, y es sólo una manera de hablar, y la torre del telégrafo(29) retorcida y gesticulante parece un gracioso añadido a su tejado; Saint-Roche tiene un pórtico sólo comparable por su magnificencia al de Santo Tomás de Aquino, así como un calvario en relieve, en los sótanos, y un sol de madera dorada. Son cosas verdaderamente maravillosas. No hay que oividar la linterna del laberinto del jardín de plantas, realmente ingeniosa. En to que al Palacio de la Bolsa se refiere, griego por su columnata, románico por el medio punto de sus puertas y ventanas y renacentista por su gran bóveda rebajada, se trata, sin duda alguna, de un monumento correctísimo y muy puro, como to prueba el estar coronado por un ático, como no se veían en Atenas; de bella línea recta y graciosamente cortado, aquí y a11á, por tubos de estufa. Agreguemos que si, por regla general, la arquitectura de un edificio se adapta a su función de tal manera que su función pueda deducirse del simple aspecto del edificio, nunca nos cansaríamos de admirar un edificio que podría ser indistintamente un palacio real, una cámara de diputados, un ayuntamiento, un colegio, un picadero, una academia, un depósito de mercancías, un tribunal, un museo, un cuartel, un sepulcro, un templo o un teatro. Mientras tanto es una Bolsa. Un monumento debería además adaptarse al clima y éste está hecho expresamente para nuestro cielo frío y lluvioso, pues tiene un tejado casi de azotea, como en oriente, to que hace que en invierno, cuando nieva, haya que barrer el tejado; bien es verdad que los tejados se hacen para ser barridos; y en to que respecta a su destino, del que acabamos de hablar, to cumple a las mil maravillas y es Bolsa en Francia como hubiera sido templo en Grecia aunque buena maña se ha dado el arquitecto en ocultar la esfera del reloj que habría destruido si no la pureza de líneas de su bella fachada, pero dispone, en cambio, de esa hermosa columnata que rodea el monumento y bajo la que, en días de gran solemnidad religiosa, pueda circular majestuosamente la procesión de los agentes de bolsa y corredores de comercio. 26 Debe tratarse de un error de Víctor Hugo, pues este edificio se construyó bajo Luis XV. Una estatua de este rey fue reemplazada por la de la Beneficencia durante la Revolución. 27. Décimo mes del calendario republicano francés. 28. La columna tiene 44 metros de altura y está rodeada por una espiral de bronce, fundida con los 1.200 catfiones tomados en la batalla de Austerlitz, con representación de escenas militares. La primera estatua que figuró arriba de la columna fue la de Napoleón I, en César. En 1871, la Comuna derriba el monumento y es erigida nuevamente durante la tercera república. 29. Se trata del telégrafo de Chappe que enviaba mensajes ópticos mediante posiciones difere.nes de sus brazos articulados. En su juventud, Víctor Hugo tenía ocasión de verlo desde la ventana de su pensión a incluso escribió de él una sátira en el año 1819, titulada precisamente El telégrafo. Todos éstos son, sin duda, soberbios monumentos. Añádase un montón de bellas calles, graciosas y variadas como la calle de Rivofi y no me cabe la menor duda de que París, visto desde un globo, pueda presentar un día esa riqueza de líneas o esa opulencia de detalles y esa diversidad de aspectos o ese no sé qué de grandiosidad en la sencillez y de inesperado en to bello que caracteriza a un damero. Pero por muy admirable que os parezca el París de hoy, rehaced el París del siglo XV, reconstruidlo en vuestro pensamiento, mirad la luz a través de esta sorprendente hilera de agujas, de torres y de campanarios, extended la mirada en medio de la inmensa ciudad, rompedla en la extremidad de las islas; doblegad al Sena bajo sus puentes, con sus aguas verdes y amarillas más cambiantes que la piel de una serpiente; recortad claramente en el azul del horizonte el perfil gótico de este viejo París a imaginad su entorno flotando entre la bruma invernal, agarrada a sus innumerables chimeneas; sumergidlo en una noche cerrada y observad el juego fantástico de las luces y las sombras en aquel oscuro laberinto de edificios; iluminadlo con un rayo de luna para que to perfile vagamente y para hacer surgir de entre la niebla las grandes cabezas de sus torres; o bien tomad de nuevo esa negra silueta, ensombreced los mil ángulos agudos de sus flechas y de los piñones de su casas, y hacedla surgir más dentada que la mandíbula de un tiburón sobre el cielo de cobre del ocaso... y luego comparad. Y si queréis recibir de la vieja ciudad una impresión que la ciudad moderna no podría daros, subid una mañana de fiesta solemne, al amanecer en la fiesta de pascua o en Pentecostés, subid a cualquier punto elevado de donde podáis dominar la capital entera y asistid al despertar de todos los carillones y ved, a una señal venida del cielo -pues el es sol quien la da- cómo sus mil iglesias se estremecen al tiempo; primero son tintineos aislados que van de una iglesia a otra, como cuando los músicos advierten que se va a comenzar y después, de pronto, contemplad, pues parece que en algunos momentos los oídos tengan ojos también, contemplad cómo se eleva al mismo tiempo de cada campanario algo así como una columna de ruido o como una humareda de armonía. Primero la vibración de cada columna sube recta, pura y, por así decirlo, aislada de las demás, hacia el cielo esplendoroso de la mañana y después, poco a poco, se funden acrecentándose, mezclándose y borrándose unas en otras; se amalgaman en un magnífico concierto. Ya es únicamente una masa de vibraciones sonoras, desprendida sin cesar de los innumerables campanarios, que va flotando, que se ondula, que salta y que gira sobre la ciudad conduciendo hasta más a11á del horizonte el círculo ensordecedor de sus oscilaciones. Pero este mar de armonía no es un caos. Por grande y profundo que sea no ha perdido su transparencia y veréis serpear por él, independiente, cada grupo de notas que se escapa de cada carillón; podéis seguir en él el diálogo, a veces chillón y a veces grave, de la carraca o del bordón y podéis ver saltar las octavas de un campanario a otro y verlas lanzarse aladas, ligeras y silbantes desde la campana de plata, o caer rotas y cojas de la campana de madera; podréis admirar entre ellas la riquísima gama que se descuelga y remonta incesantemente de las siete campanas de San Eustaquio; veréis correr en todas direcciones notas rápidas y claras, zigzagueando luminosamente para desvanecerse cual relámpagos. A to lejos se percibe la voz agria y quebrada de la abadía de San Martín; aquí la voz siniestra y gruñona de la Bastilla; en el otro extremo la sólida torre del Louvre, con su bajo profundo. El real carillón del palacio lanza sin cesar en todas las direcciones trinos resplandecientes sobre los que caen, con idéntica cadencia, los graves redobles de la torre de Nuestra Señora que les hacen sacar chispas, como el yunque bajo el martillo. A veces podéis ver pasar sonidos de todas las formas, procedentes del triple campanario de Saint-Germain-des-Prés, y además de vez en cuando este conglomerado de ruidos sublimes se entreabre para dar paso a la fuga del Ave María que estalla y burbujea como un penacho de estrellas. Por debajo, en to más profundo del concierto, se puede distinguir confusamente el canto interior de las iglesias que transpira a través de los poros vibrantes de sus bóvedas. Todo esto es, de verdad, una ópera que merece la pena ser oída. Normalmente los ruidos que de París se oyen durante el día, son como el habla de la ciudad y por la noche son su respiración, pero, en este caso, es la ciudad que canta. Aprestad el oído a ese tutti de campanarios, desparramad por el conjunto el murmullo de medio millón de hombres, la queja eterna del río, el aliento infinito del viento, el cuarteto grave y lejano de los cuatro bosques, emplazados en las colinas del horizonte cual inmensas cajas de órgano; eliminad como en una media tinta todo to que el carillón tenga de excesivamente agudo y bajo y decid si habéis visto a oído en el mundo algo tan rico, tan alegre, tan dorado, tan deslumbrante como este tumultuoso repique de campanas, como ese ardiente brasero de música, como esas diez mil voces de bronce cantando juntas en flautas de piedra de trescientos pies de altura, como esa ciudad que es una orquesta toda ella, o como esa sinfonía comparable al ruido de la tempestad. LIBRO CUARTO I LAS ALMAS PIADOSAS DIECISÉIS años antes del tiempo en que transcurre esta historia y en una hermosa mañana de domingo de Quasimodo, una criaturita había sido abandonada, después de la misa, en la iglesia de Nuestra Señora, en una tarima, junto al pórtico, a mano izquierda, frente a la gran imagen de San Cristóbal, a quien la estatua esculpida en piedra del caballero Antonio des Essarts contemplaba, arrodillado desde 1413, hasta que alguien se decidió a derribar al santo y al caballero. Era costumbre colocar en esa tarima a los niños abandonados y a11í quedaban expuestos a la caridad pública. Aquella especie de ser vivo echado sobre aquella tarima en la mañana de Quasimodo del año de gracia de 1467 parecía excitar en muy alto grado la curiosidad de un grupo considerable de gente, agolpado alrededor. El grupo estaba formado en buena parte por personas del bello sexo, aunque todas eran, más bien, mujeres mayores. En primera fila, y más inclinadas sobre la tarima, se distinguían cuatro, con una especie de sotana y capuchón gris, que podían muy bien pertenecer a alguna piadosa cofradía; no veo por qué la historia no ha de transmitir a la posteridad los nombres de es- tas cuatro discretas y venerables señoras; eran Agnès la Herme, Jehanne de la Tarme, Henriette la Gaultière y Gauchére la Violette, viudas todas ellas y cofrades de la capilla Ptienne-Haudry, salidas de la casa con permiso de la superiora, según los estatutos de Pierre d'Ailly para oír el sermón. Pero, si bien estas hospitalarias mujeres de Étienne-Haudry observaban de momento las normas de Pierre d'Ailly, violaban alegremente las de Michel de Brache y del Cardenal de Pisa que prescribían un inhumano silencio. -¿Qué es eso, hermana? -decía Agnès a Gauchére, observando a la criaturita a11í expuesta que lloraba y se retorcía asustada de tantas miradas. -Pero, ¿adónde vamos a llegar -decía Johanne- si es así como hacen a los niños de ahora? -Entiendo poco de niños -añadía Agnès-, pero creo que debe ser pecado el mirar a éste. -Pero es que no es un niño, Agnès. -Es un mono fallido -observaba Gauchère. -Es un milagro -comentó Henriette la Gaultilre. -Pero es que es el tercero -insistía Agnès-, desde el domingo de laetare(1), pues hace tan sólo ocho días que tuvimos el milagro del que se burlaba de los peregrinos y que fue castigado por Nuestra Señora de Aubervilliers y era ya el segundo del mes. 1. El cuarto domingo de Cuaresma. -Es un verdadero monstruo abominable este supuesto niño abandonado -añadió Jehanne. -Se desgañita como para dejar sordo a un chancre -decía Gauchére-. ¡Cállate ya, chillón! -¡Y pensar que es el señor de Reims quien envía esta monstruosidad al señor de París! -añadió la Gaultiére juntando las manos. -Debe ser una bestia, un animal -decía Agnès la Herme-, el producto de un judío con una cerda. Algo que no es cristiano y que por to tanto hay que arrojar al agua o al fuego. -Supongo que nadie querrá adoptarle -opinaba la Gaultière. -¡Ah no, Dios mío! -exclamó Agnès-. ¡Pobres nodrizas de niños abandonados; esas que viven en la calle que da al río, junto a la residencia del obispo! ¡Tener que amamantar a este pequeño monstruo! ¡Preferiría dar de mamar a un vampiro! -¡Qué ingenua es esta pobre la Herme! -añadía Jehanne-. ¿No os dais cuenta, hermana, que este monstruito no tiene menos de cuatro años y que le apetecería más un asado que vuestro pecho? En efecto, no era ya un recién nacido aquel monstruito (nos costaría mucho encontrar otro nombre para él). Era una masa angulosa y en movimiento envuelto en un saco de tela con la marca de micer Guillaume Chartier, obispo de París por entonces, y del que nada más asomaba la cabeza; una cabeza deforme en la que únicamente se veía un bosque de cabellos rojos, un ojo, la boca y los dientes. El ojo lloraba, la boca chillaba y se diría que los dientes estaban prestos para moder. Aquel conjunto se debatía en el saco, ante el asombro del gentío cada vez más numeroso que se iba renovando continuamente. Doña Aloïse de Gondelaurier, señora noble y rica que llevaba de la mano a una preciosa niña de unos seis años y que llevaba un largo velo prendido del cucurucho dorado de su tocado, se detuvo al pasar ante la tarima para observar un momento a la des- graciada criatura mientras su linda niña Flor de Lys de Gondelaurier, vestida de seda y terciopelo, deletreaba, indicándolo con su dedito, el letrero clavado en la made ra de la tarima: Niños Expósitos. -Realmente -dijo la dama, retirándose disgustada--, yo creí que aquí sólo se exponían niños -y dio media vuelta a la vez que echaba en el plato un florín de plata que tintineó entre las demás monedas atrayendo todas las miradas de las pobres beatas de la capilla Étienne-Audry. Momentos más tarde el grave y letrado Robert Mistricolle, protonotario del rey, pasó por a11í con un enorme misal bajo un brazo y apoyada en el otro su mujer (Doña Guillemette la Mainesse), Ilevando así, a ambos lados, sus dos reguladores, el espiritual y el temporal. -¡Un niño expósito! -dijo después de examinar el objeto-; seguro que to han encontrado junto al muro del río Flageto(2.) 2. Río del infierno en la mitología griega. -Sólo se le ve un ojo -observó la señora Guillemette-; en el otro tiene una verruga. -No es una verruga -contestó maese Robert Mistricolle-; se trata de un huevo que encierra dentro otro demonio como él, que, a su vez tiene otro huevo más pequeño, que contiene, a su vez, otro diablo y así sucesivamente. -¿Y cómo sabéis eso? -le preguntó Guillemette. -Lo sé pertinentemente -afirmó el protonotario. -Señor protonotario -preguntó Gauchère-, ¿qué pronóstico hacéis de este niño abandonado? -El más desgraciado de todos -respondió Mistricolle. -¡Ay, Dios mío! -dijo una vieja de entre el auditorio= ¡Con la terrible peste que hemos padecido el año pasado y que además se dice que los ingleses van a desembarcar en Harefleu! -Y, a lo mejor, va a impedir que la reina venga a París en el mes de septiembre -dijo otra-. ¡El comercio marcha ya tan mal! -Soy de la opinión -intervino Jehanne de la Tarme- que sería mejor colocar a este brujo en un haz de leña que en esta tarima. -¡Eso, eso! En un haz de leña ardiendo -añadió la vieja. -Eso sería to más prudente -sentenció Mistricolle. Hacía cierto tiempo que un joven sacerdote escuchaba los comentarios de aquellas mujeres y las sentencias del protonotario. Tenía un aspecto grave, frente ancha y mirada profunda; apartó silenciosamente a los curiosos y, examinando al pequeño brujo, extendió su mano sobre él. Ya era hora, pues todas aquellas beatas se relamían imaginando aquel bonito haz de leña ardiendo. -Adopto a este niño -dijo el sacerdote y arropándole con su sotana se to llevó, ante la mirada asombrada de la gente, y desapareció instantes más tarde por la Porte-Rouge que daba acceso al claustro desde la iglesia. Pasada la primera sorpresa, Jehanne de la Tarme dijo al oído de la Gaultiére: -Ya os había dicho, hermana, que este joven cura, Claude Frollo, es un brujo. II CLAUDE FROLLO CLAUDE Frollo no era, en efecto, un personaje vulgar; pertenecía a una de esas familias que en el lenguaje impertinente del siglo pasado se llamaban indistintamente alta burguesía o pequeña nobleza. Su familia había heredado de los hermanos Paclet el feudo de Tirechappe, que dependía del obispo de París; veintiuna de las casas de esta heredad habían sido objeto en el siglo xui de muchos pleitos. Como poseedor del mismo, Claude Frollo era uno de los siete veintiún señores con pretensiones a ese feudo sobre París y sus arrabales y durante mucho tiempo ha podido verse su nombre, inscrito en calidad de tal, entre el hotel de Tancarville, perteneciente al señor François le Rez, y el Colegio de Tours, en el cartulario de Saint-Martin-des-Champs. Sus padres le habían ya destinado desde niño al estado eclesiástico y a tal fin se le había enseñado a leer en latín y a bajar los ojos y a hablar en voz baja siendo aún muy niño; su padre le había internado en el colegio de Torchi, en la Universidad y allí había crecido entre misales y lexicones. Era, por to demás, un niño triste, grave y serio que estudiaba con gran entusiasmo y que aprendía muy rápido; no alborotaba excesivamente en los recreos y participaba rara vez en los jaleos de la calle Fouarre; no sabía, pues, lo que era dare alapar et capillor laniare(3) y no había tenido la más mínima relación con las revueltas y manifestaciones de 1463 que se mencionan en los anales bajo el epígrafe de: «Sexto disturbio de la Universidad». No se burlaba casi nunca de los pobres estudiantes de Montagu, por sus cappetes,(4) de donde les venía el nombre, ni de los becados del colegio de Dormans, por su tonsura rapada y su sobretodo de tres piezas de paño azul, verde y morado, azurini color¡ et bruni como reza el documento del cardenal de las Cuatro Coronas. Era asiduo visitante, en cambio, de las grandes y pequeñas escuelas de la calle Jean-de-Beauvais. El primer estudiante que el abad de SaintPierre de Val veía siempre al comenzar la lectura del derecho canónico era Claude Frollo; siempre estaba a11í, frente a la cátedra, junto a un pilar de la escuela Saint-Vendregesile, con su tintero de cuerno, mordisqueando su pluma, escribiendo en sus rodilleras gastadas y soplándose los dedos en invierno. El primer alumno que el doctor en decretales, micer Miles d'Isliers, veía llegar cada lunes por la mañana, sofocado, al abrirse las puertas de la escuela del Chef-Saint-Denis, era Claude Frollo. Por todo ello, a sus dieciséis años, el joven estudiante habría podido enfrentarse en teología mística a un padre de la Iglesia, a un padre de los concilios en teología canónica y en teología escolástica a un doctor de la Sorbona. 3. Dar bofetadas y arrancarse el pelo. Superada la teología, se había dedicado con gran ímpetu al estudio de las decretales y así del Maitre de.r Sentences había pasado a Las capitularer de Carlomagno y sucesivamente, en su apetito de saber, había ido devorando decretales tras decretales, las de Teodoro, obispo de Hispalia; las de Bouchard, obispo de Worms; las de Yves, obispo de Chartres y, más tarde, el decreto de Graciano que siguió a las Capitulares de Carlomagno y la compilación de Gregorio IX y así hasta la epístola Super specula de Honorio III. Llegó a ver claro y se familiarizó con los estudios largos y profundos del derecho civil y del derecho canónico enfrentados en el caos de la Edad Media, período que abre el obispo Teodoro en el 618 y cierra, en 1227, el papa Gregorio. Digeridas las decretales, se lanzó a los estudios de medicina y de las artes liberales; estudió la ciencia de las hierbas y de los ungüentos y se hizo experto en fiebres y en contusiones, en heridas y en abscesos. El mismo Jacques d'Espars to habría aceptado como médico físico y Richard Hellain(5) como médico cirujano. 4 Capa corta, especie de hábito o uniforme con el que se vestían. 5 Prestigiosos doctores de la Facultad de Medicina de mediados y finales del siglo xv, respectivamente. Superó igualmente todos los grados de licenciatura tesis y doctorado en artes. Estudió latín, griego, hebreo y triple santuario, muy raro en aquella época; le dominaba una auténtica fiebre de conocimientos y tenía un enorme empeño en atesorar ciencia. A los dieciocho años había ya pasado las cuatro facultades y estaba convencido de que el único objetivo de esta vida era el saber. Fue por aquel entonces cuando los excesivos calores del verano de 1466 provocaron aquella gran peste que se llevó a más de cuarenta mil criaturas en el vizcondado de París, entre los que hay que contar, dice Jean de Troyes, a «maese Arnoul, astrólogo del rey, que era un hombre de bien, conocedor y muy agradable». Había corrido el rumor por la Universidad de que la calle Tirechappe había sido particularmente devastada por la enfermedad, y era a11í precisamente en donde residían, en su feudo, los padres de Claude. Acudió alarmado el joven estudiante a la casa paterna y se encontró con que los dos habían muerto la víspera. Un hermanito que tenía, todavía de pañales, vivía aún y estaba llorando abandonado en su cuna. Era la única familia que le quedaba, así que cogió al niño en brazos y salió cabizbajo y pensativo pues hata entonces sólo había vivido inmerso en la ciencia y en adelante tendría que ocuparse de la vida. Esta catástrofe provocó una profunda crisis en la existencia de Claude; huérfano, hermano mayor, cabeza de familia a los diecinueve años, se sintió muy bruscamente arrancado de sus fantasías de estudiante a la realidad de la vida. Entonces, lleno de piedad, se consagró apasionadamente a su hermano; circunstancia extraña y dulce esta de los afectos humanitarios en alguien que, como él, sólo se había hasta entonces preocupado por los libros. Aquel afecto se desarrolló de una manera singular y, por tratarse de un alma nueva, fue casi como un primer amor. Separado desde la infancia de sus padres, a quienes apenas si había conocido, enclaustrado, emparedado casi entre sus libros, ávido sobre todo de estudiar y de aprender, pendiente hasta entonces de su inteligencia, que se dilataba con los conocimientos y atento a su imaginación que crecía con las lecturas, el pobre estudiante no había tenido tiempo de sentir su corazón y así, ese hermanito sin padre ni madre, ese niño caído bruscamente del cielo en sus brazos, hizo de él un hombre nuevo. Se dio cuenta de que existía en el mundo algo más que las especulaciones de la Sorbona y los poemas de Homero; de que el hombre necesita afectos, de que la vida sin ternura y sin amor es un engranaje seco y chirriante y llegó a figurarse, sólo a figurarse, pues estaba aún en esa edad en la que las ilusiones sólo son reemplazadas por otras ilusiones, que los vínculos de la sangre y de la familia eran los únicos indispensables y que un hermanito bastaba para colmar toda una vida. Se entregó, pues, al amor de su pequeño Jehan con la pasión de un carácter maduro ya, ardiente y concentrado; aquella frágil criatura, bonita, rubia, sonrosada y de cabellos rizados, aquel huerfanito sin más apoyo que el de otro huérfano le conmovió hasta el fondo de sus entrañas y, acostumbrado como estaba a pensar, reflexionó mucho acerca de Jehan y con un cariño infinito. Se ocupó de él como de algo muy frágil y de gran valor; fue, en fin, para el niño mucho más que un hermano; se convirtió en una madre para él. Como Jehan era aún niño de pecho cuando perdió a su madre, Claude tuvo que buscarle una nodriza. Además de la heredad de Tirechappe, había recibido también de su padre la del Molino, que dependía de la torre cuadrada de Gentilly; se trataba de un molino sobre un altozano, próximo al castillo de Winchestre (Bicétre) del que se ocupaba una molinera que amamantaba a un hermoso niño; no estaba demasiado alejado de la Universidad y el mismo Claude le llevó al pequeño Jehan. Desde entonces, comprendiendo que se había echado una pesada carga, tomó la vida muy en serio; el pensamiento de su hermanito se convirtió para él no sólo en distracción sino en el objetivo de sus estudios y decidió consagrarse por entero a un futuro del que tendría que responder ante Dios y resolvió no tener más esposa ni más hijo que la felicidad y la fortuna de su hermano y se afirmó, pues, más que nunca en su vocación religiosa. Sus méritos, su ciencia, su cualidad de vasallo inmediato del obispo de París, le abrían de par en par las puertas de la Iglesia. A los veinte años, por dispensa especial de la Santa Sede, ya era cura y tenía a su cargo, como el más joven de los capellanes de Nuestra Señora el altar, llamado en razón de la misa tardía que en él se decía, altare pigrorum(6). 6 Altar de los perezosos. A11í, sumido más que nunca en sus queridos libros que solamente dejaba para acercarse durante una hora a la heredad del Molino, aquella mezcla de sabiduría y de austeridad, tan rara a su edad, le había granjeado muy pronto el respeto y la admiración del claustro. Desde el claustro, su fama de sabio había trascendido al pueblo, que empezaba ya a considerarle un poco, cosa harto frecuente entonces, como brujo. Fue el día de Quasimodo, en el momento en que volvía de decir la misa de perezosos en su altar, situado al lado de la puerta del coro que daba a la nave, a la derecha, y muy próximo a la Virgen, cuando se fijó en el grupo de viejas, que murmuraban en torno a la tarima de los niños abandonados. Fue entonces cuando se aproximó a la desgraciada criatura tan odiada y tan amenazada. Su desamparo, su deformidad, su abandono, el recuerdo de su hermano, la idea que le vino repentinamente a su espíritu de que, si él moría, su querido Jehan podría también encontrarse miserablemente en aquella tarima de los niños abandonados; todo ello, agolpado a la vez en el corazón, le provocó una gran compasión y fue entonces cuando cogió al niño y se lo llevó. Cuando sacó al niño de su envoltorio to encontró muy deforme, en efecto; el pobre diablejo tenía una verruga en el ojo izquierdo, la cabeza casi unida directamente a los hombros, la columna vertebral combada, saliente el esternón y las piernas arqueadas. Así y todo traslucía vitalidad y, aunque resultara imposible el saber en qué lengua balbucía, sus gritos demostraban fuerza y salud. La compasión de Claude se acrecentó al comprobar aquellas deformidades y prometió en to íntimo de su corazón educar a aquel niño por amor a su hermano a fin de que, cualesquiera que fueran las faltas que su hermano Jehan pudiera cometer, tuviera en su favor aquella obra de caridad hecha a su intención. Era como una inversión de buenas obras realizada a nombre de su joven hermano; era un pequeño caudal de buenos actos que deseaba reunirle por adelantado para el caso en que un día aquel muchachete careciera de esa moneda, que es la única admitida para el pago del viaje al paraíso. Bautizó a su hijo adoptivo y le llamó Quarimodo, bien por coincidir con el día en que to encontró o bien para definir con ese nombre hasta qué punto la pobre criatura aparecía incompleta y apenas esbozada pues, en efecto, Quasimodo, tuerto, jorobado y pa= tizambo apenas si era un más o menos.(7) 7. Traducción libre de Quasimodo. En el oficio del primer domingo después de pascua, una de las plegarias de la misa comienza con las palabras KQuarimodo geniti infanter.v... más o menos como niños recién nacidos de ahí el nombre de domingo de Quasimodo dado a ese día. Quasimodo, en latín, significa: más o menos, aproximadamente... III IMMANIS PECORIS CUSTOS IMMANIOR IPSE(8) ERA el año 1482 y para entonces Quasimodo había crecido y desde hacía ya varios años era el campanero de Nuestra Señora, gracias a su padre adoptivo, Claude Frollo, que, a su vez, había llegado a archidiácono de Josas, gracias a su superior micer Luis de Beaumocit, arzobispo de París en 1472, a la muerte de GuiIlaume Chartier, gracias a su patrón, Olivier le Daim, barbero del rey Luis XI, por la gracia de Dios. 8. Guardián de un rebaño monstruoso y más monstruo él mismo. Alejandrino de Víctor Hugo en el manuscrito de su obra de teatro Hernani, parodiando un verso de Virgilio, de la quinta égloga. El título primitivo de este capítulo, según el manuscrito era «le ronneur de clochet.v, el campanero. Quasimodo era, pues, carillonero de Nuestra Señora. Con el tiempo se había formado una especie de intimidad entre el campanero y la iglesia. Separado para siempre del mundo por la doble fatalidad de su nacimiento desconocido y de su naturaleza deforme, aprisionado desde la infancia en aquel doble cerco infranqueable, el pobre desgraciado se había acostumbrado a no ver nada en este mundo más allá de aquellos muros religiosos que le habían acogido bajo su sombra. Nuestra Señora había sido sucesivamente para él, a medida que iba creciendo y desarrollándose, el huevo, el nido, la casa, la patria, el universo. Es verdad que existía una especie de armonía misteriosa preexistente ya entre Quasimodo y aquel edificio. Cuando, desde muy niño aún, se arrastraba torpemente y con mucho miedo bajo las tinieblas de sus bóvedas, se asemejaba, con su cara humana y su constitución animal, al reptil natural de aquellas losas húmedas y oscuras sobre las que la sombra de los capiteles románicos proyectaba formas extrañas. Más tarde, cuando maquinalmente se colgó por primera vez de la cuerda de las torres y quedó suspendido de ella haciendo sonar la campana, le pareció a Claude, su padre adoptivo, que aquello provocaba en Quasimodo las reacciones de un niño cuando se suel- ta a hablar. Y así fue como, poco a poco, desarrollándose siempre en el sentido de la catedral y viviendo y durmiendo en ella y no saliendo casi nunca de allí y aguantando noche y día su presión misteriosa, llegó a parecérsele tanto, a incrustarse de tal forma en ella que casi formaba ya parte integrante del edificio. Sus ángulos salientes se empotraban, si se nos permite la imagen, en los ángulos entrantes del edificio y así parecía no sólo su habitante sino su contenido más natural; hasta podría decirse que había tomado su misma forma, como un caracol toma la forma de la concha que to envuelve; era su morada, su agujero, su envoltura. Existía entre él y su vieja iglesia una simpatía instintiva muy honda; exis- tían tantas afinidades magnéticas, tantas afinidades materiales, que, en cierto modo, estaba tan unido a ella como una tortuga a su concha, y la rugosa catedral era su caparazón. Claro que no es necesario prevenir al lector para que no tome al pie de la letra las figuras literarias que nos vemos obligados a emplear aquí para poder expresar el acoplamiento singular, simétrico, inmediato, consustancial, casi de un hombre y un edifi- cio. Igualmente, inútil es decir hasta qué punto se había familiarizado con la catedral en una cohabitación tan íntima y tan prolongada; aquella morada le era propia; no había recoveco que Quasimodo no conociera, ni altura que no hubiera escalado y más de una vez había trepado por varios pisos de la fachada agarrándose tan sólo a las asperezas, a los salientes de las esculturas. Las torres, por cuya superficie exterior se le veía trepar corno un lagarto que se desliza por un muro, aquellas dos gigantes gemelas, tan altas, tan amenazadoras, tan temibles, no le provocaban ni vértigo, ni aturdimiento, ni estremecimiento alguno; se diría incluso, al ver la facilidad con la que escalaba, al ver la suavidad con la que a ellas se agarraba, que las tenía amaestradas. A fuerza de trepar, de saltar, de lanzarse por entre los huecos abismales de la gigantesca catedral, se había convertido en cierto modo en mono o en gacela como los niños calabreses que aprenden a nadar antes de andar y que juegan ya, desde muy niños, con el mar. Además daba la impresión de que no sólo era su cuerpo el que se había amoldado a la catedral, sino también su espíritu, pero resultaría muy difícil determinar en qué estado se encontraba aquel alma, qué pliegues había adquirido, qué forma había adoptado bajo aquella envoltura nudosa, en aquella vida salvaje, pues Quasimodo había nacido ya tuerto, jorobado y cojo y fue, gracias a una gran dedicación y a una inmensa paciencia, como Claude Frollo consiguió enseñarle a hablar. Pero una grave fatalidad iba unida al pobre niño abandonado: campanero de Nuestra Señora a los catorce años, un nuevo defecto vino a completar su perfección; las campanas le habían roto el tímpano y se había quedado sordo y así la única puerta de comunicación con el mundo que le había sido concedida por la naturaleza se le había cerrado bruscamente para siempre; y al cerrarse, se interceptó el único rayo de luz y de alegría que habría podido aún iluminar el alma de Quasimodo. Su alma se abismó en una noche profunda y la melancolía de aquel desgraciado se hizo incurable y total como su deformidad. Hay que decir también que su sordera le hizo, de alguna manera, mudo, pues, para no ser causa de burla en los demás, tan pronto como se vio sordo se sumió decididamente en un silencio que no rompía apenas, salvo alguna vez, cuando se encontraba solo. Ató voluntariamente aquella lengua que cantos esfuerzos había supuesto a Claude Frollo el desatar. Esto suponía que, cuando la necesidad le obligaba a hablar, su lengua se encontrara entumecida, torpe, como una puerta con los goznes oxidados. Si ahora intentásemos penetrar en el alma de Quasimodo a través de esa corteza espesa y dura; si pudiésemos sondar las profundidades de aquel organismo contrahecho, si nos fuese dado mirar con una antorcha tras esos órganos sin transparencia, explorar el interior tenebroso de aquella criatura opaca, iluminar sus rincones oscuros, sus callejones absurdos y lanzar un fulgurante rayo de luz sobre su psique, encadenada en el fondo de aquel antro, la hallaríamos sin duda en alguna actitud desgraciada, empobrecida, encogida y raquítica como a aquellos prisioneros de los plomos de Venecia que envejecían totalmente encorvados en un cuchitril de piedra demasiado bajo y demasiado estrecho. Es cierto que el espíritu se atrofia en un cuerpo deforme y así Quasimodo apenas si sentía moverse ciegamente dentro de él un alma creada a imagen suya. Las impresiones de los objetos sufrían una refracción considerable antes de llegar hasta su pensamiento. Su cerebro era un medio muy especial: las ideas que to atravesaban salían de él muy tergiversadas, pues la reflexión que procedía de esta refracción era necesariamente divergente y desviada. De ahí las mil ilusiones ópticas, las mil aberraciones de juicio, las mil desviaciones por donde divagaba su pensamiento, unas veces alocado y otras idiotizado. El primer efecto de esa fatal organización consistía en la deformación de las imágenes a través de su vista pues sus percepciones inmediatas eran escasas; el mundo exterior se le presentaba mucho más alejado que a nosotros. El segundo efecto de su desgracia era el hacerle malo. Era malo en efecto porque era salvaje y era salvaje porque era repulsivo. Existía una lógica en su naturaleza, como en la nuestra. Su fuerza, desarrollada extraordinariamente añadía un punto más a su maldad. Malus puer robustus(9), dice Hobbes. Sin embargo, hay que hacerle justicia en algún aspecto ya que su maldad no era seguramente innata en él. Ya desde sus primeros contactos con los hombres, se había sentido y luego visto abucheado, insultado, rechazado. Las palabras humanas siempre eran para él crítica o burla y, al crecer, sólo odio había visto hacia él. Y también él to cogió; había contraído el mal general; había recogido el arma con que le habían herido. 9 Un niño vigoroso es un niño malo. Después de todo, sólo de mala gana volvía su rostro hacia los hombres; con su catedral tenía bastante. Estaba poblada de figuras de mármol, reyes, santos, obispos que al menos no se reían de él en sus narices y sólo tenían para él una mirada tranquila y benévola. Las demás estatuas, las de los monstruos y demonios, no sentían odio hacia él, hacia Quasimodo. Se les parecía demasiado para ello. Era más bien de los otros hombres de quien se burlaban. Los santos eran sus amigos y le bendecían y también eran amigos suyos los monstruos y le guardaban; por eso se desahogaba largos ratos con ellos; por eso, a veces pasaba horas enteras, en cuclillas, ante una de esas estatuas, charlando solitariamente con ella y, si alguien aparecía entonces, se escapaba como un amante sorprendido dando una serenata. La catedral era para él no solamente su compañía sino su mundo, el universo entero, la naturaleza toda. No soñaba con más árboles que las vidrieras siempre en flor, ni con más sombra que la de los follajes de piedra que surgían llenos de pájaros en la enramada de los capiteles sajones, ni con más montañas que las colosales torres de la iglesia, ni con más océanos que el de París susurrando a sus pies. Lo que amaba sobre todo.en su edificio materno, to que despertaba su alma y le hacía abrir sus débiles alas, replegadas míseramente en su caverna, to que a veces le hacía feliz eran las campanas. Las quería, las acariciaba, las hablaba, las comprendía. Desde el carillón de la aguja del crucero hasta la gran campana del pórtico a todas las quería con gran ternura. El campanario del crucero, las dos torres eran para él como tres enormes jaulas, cuyos pájaros, criados por él, sólo para él cantaban. Sin embargo, eran las que le habían vuelto sordo, pero las madres quieren con frecuencia más a aquel hijo que mas les hace sufrir. También es cierto que su voz era la única que él podía oír y en este aspecto la gran campana era su predilecta; era la que prefería de entre aquella familia de jóvenes ruidosas que se zarandeaban en torno a él los días de fiesta. Él la llamaba María y estaba sola en la torre meridional con su hermana Jacqueline, más pequeña que ella y encerrada en una jaula menos grande al lado de la suya. La llamaban Jacqueline por el nombre de la mujer de Jean de Montagu, que la donó a la iglesia, hecho este que no le impidió figurar, descabezado, en Montfaucon. En la segunda torre había otras seis campanas y finalmente las seis más pequeñas vivían en el campanario, sobre el crucero, con la campana de ma- dera que únicamente se tocaba desde la tarde del jueves Santo hasta la mañana de la vigilia de Pascua. Quasimodo disponía, pues, de quince campanas en su harén, pero su favorita era la gran María. Sería difícil hacerse una idea de su alegría en los días de gran repique; tan pronto como el archidiácono le soltaba diciéndole: «¡Anda!», él subía por la escalera de caracol del campanario con mayor rapidez que la que otros tienen bajando. Entraba jadeante en la cámara aérea de la gran campana y la miraba unos momentos con recogimiento y amor y luego, dirigiéndole dulcemente la palabra, la acariciaba con la mano como a un buen caballo antes de una carrera y la compadecía por el trabajo que iba a llevar a cabo. Luego de estas primeras caricias, gritaba a sus ayudantes, situados en el piso inferior de la torre, para que comenzaran. Éstos se colgaban de los cables; el cabrestante rechinaba y la enorme cápsula de metal empezaba a moverse lentamente. Quasimodo, palpitante, la iba siguiendo con la mirada. El primer golpe del badajo contra la pared de bronce hacía temblar todo el andamiaje al que Quasimodo estaba subido y él vibraba con la campana. «¡Venga!», gritaba entre enormes carcajadas. El movimiento del bordón se aceleraba y a medida que alcanzaba un ángulo más abierto, el ojo de Quasimodo se abría también cada vez más fosforescente y llameante. Empezaba por fin el gran repiqueteo y toda la torre se ponía a temblar, con sus andamiajes, plomos, siIlares, rugiendo todo a la vez desde la base de los cimientos hasta los adornos de las cresterías. Quasimodo entonces hervía hasta echar espuma; iba y venía y temblaba con la torre de pies a cabeza. La campana, lanzada ya y furiosa, mostraba alternativamente a las dos fachadas de la torre sus fauces de bronce, de donde surgía aquel trueno de tempestad que podía oírse a cuatro leguas. Quasimodo se colocaba ante aquellas fauces abiertas, se agachaba y se levantaba según el ritmo de la campana, respiraba su aliento poderoso, mirando alternativamente a la plaza que se movía allá abajo, a doscientos metros bajo sus pies, y a la enorme lengua de cobre que de segundo en segundo venía a rugir en sus oídos. Era la única palabra que él podía oír, el único sonido capaz de turbar en él el silencio universal; y se esponjaba como un pájaro al sol. De pronto el frenesí de la campana se apoderaba de él y su mirada se transformaba; esperaba el paso del bordón, como una araña espera a la mosca y se lanzaba bruscamente contra él a cuerpo descubierto y entonces, colgado sobre el abismo, lanzado con el balanceo formidable de la campana, se agarraba al monstruo de bronce por las orejuelas, to oprimía con sus dos rodillas, to espoleaba con sus dos talones y redoblaba, con todo el choque y todo el peso de su cuerpo, la furia del volteo. La torre se estremecía y entonces él chillaba y hacía rechinar los dientes; sus cabellos rojizos se erizaban, su pecho hacía el ruido del fuelle de una fragua, su ojo se inflamaba y la campana monstruosa relinchaba jadeante bajo su peso y entonces ya no era el bordón de Nuestra Señora ni Quasimodo, sino más bien un sueño, un turbillón o una tempestad; el vértigo cabalgando sobre el ruido; un espíritu sobre una grupa voladora; un extraño centauro, mitad hombre, mitad campana; una especie de Astolfo horrible, llevado en un prodigioso hipogrifo de bronce(10). La presencia de este ser extraordinario hacía circular por la catedral como un soplo de vida. Parecía como si se desprendiese de él en opinión al menos de las supersticiones siempre exageradas de la gente, una emanación misteriosa que vitalizara las piedras de Nuestra Señora y que hiciera palpitar las entrañas profundas de la vieja iglesia. 10 Personaje y episodio de Orlando furioso de Ariosto; en él aparece Astolfo llevado hasta la luna por un caballo alado. Bastaba con saber que se encontraba en ella para imaginarse cómo cobraban vida y se movían las mil estatuas de los pórticos y de las galerías. En realidad la catedral parecía una criatura que, dócil y obediente bajo su mano, esperara sus deseos para elevar su gruesa voz, o que estuviese poseída a insuflada de Quasimodo como de un genio familiar y hasta se habría podido creer que él hacía respirar el inmenso edificio, pues, en efecto, estaba en Codas sus partes, se multiplicaba por todos los puntos del monumento. A veces se veía con espanto, en to más elevado de una de sus torres, a un curioso enano trepando, serpeando, avanzando a cuatro patas, descolgándose sobre el abismo, saltando de saliente en saliente y urgando en el vientre de alguna gargona esculpida; todos sabían que se trataba de Quasimodo echando a los cuervos de sus nidos; otras veces uno podía tropezarse, por algún rincón oscuro de la iglesia con una especie de quimera viva, agachada y hosca; era Quasimodo meditando. O bien se podía divisar bajo un campanario una cabeza enorme y un paquete de miembros desordenados balanceándose con furia de una cuerda; era Quasimodo que tocaba a vísperas o al ángelus. Con frecuencia, por la noche, se veía vagar una forma horrible por la frágil balaustrada, como de encaje, que corona las torres y bordea el contorno del ábside; era otra vez el jorobado de Nuestra Señora. Entonces, decían los vecinos, toda la iglesia adquiría un aspecto horrible, fantástico, sobrenatural; ojos y bocas se abrían por codas partes; se oía ladrar a los perros, aullar a las tarascas de piedra, a las sierpes que vigilan día y noche con los cuellos estirados y las fauces abiertas, en torno a la monstruosa catedral y si era durante la Nochebuena mientras la gran campana, que parecía agonizar, llamaba a los fieles a la misa del gallo, se extendía por la sombría fachada un aire tan extraño que se habría dicho que el gran pórtico devoraba a la multitud y que el rosetón to contemplaba impasible. Y todo esto procedía de Quasimodo. Egipto le habría tomado por el dios de aquel templo; la Edad Media le creía el demonio; él era su alma, en realidad. Hasta tal extremo era así que, para quienes saben que Quasimodo ha existido, la catedral se encuentra hoy desierta, inanimada, muerta. Se percibe que algo ha desaparecido. Ese enorme cuerpo está vacío, es un esqueleto; su espíritu to ha abandonado y to que vemos es el hueco y nada más. Es como una calavera en donde se ven las cuencas de los ojos pero sin mirada. IV EL PERRO Y EL DUEÑO EXISTÍA sin embargo un ser humano hacia el que Quasimodo no manifestaba el odio y la maldad que sentía para con los otros y a quien amaba, quizás tanto, como a su catedral; era Claude Frollo. La razón era muy sencilla; Claude Frollo le había recogido, le había adoptado, le había alimentado y le había criado. De pequeñito venía a refugiarse entre las piernas de Claude Frollo cuando los perros y los niños le perseguían ladrando. Claude Frollo le ha- bía enseñado a hablar, a leer y a escribir y haberle dado, en fin, la gran campana en matrimonio era como entregar Julieta a Romeo. Por todo ello el agradecimiento de Quasimodo era profundo, apasionado, sin límites y aunque el rostro de su padre adoptivo fuese con demasiada frecuencia hosco y severo, aunque sus palabras fuesen habitualmente escasas, duras a imperativas, nunca aquella gratitud se había desmentido y el archidiácono tenía en Quasimodo al esclavo más sumiso, al criado más dócil y al guardián más vigilante. Cuando el desdichado campanero se quedó sordo se había establecido entre él y Claude Frollo un misterioso lenguaje de signos que sólo ellos dos comprendían, así que el archidiácono era el único ser humano con quien Quasimodo podía comunicarse. Sólo dos cosas había en este mundo con las que Quasimodo tuviera relación: Nuestra Señora y Claude Frollo. Nada se podía comparar a la autoridad del archidiácono para con el campanero si no eran la dependencia del campanero para con el archidiácono. No habría sido necesaria más que una señal de Claude y la convicción de que aquello iba a agradarle para que Quasimodo se precipitara desde to más alto de las torres de Nuestra Señora. Era algo admirable el ver que coda aquella fuerza física, tan extraordinariamente desarrollada en Quasimodo, se sometiera ciegamente a la disposición de otra persona; había en aquel hecho una devoción filial y una sumisión servil y también la fascinación de un espíritu para con otro. Se trataba de un torpe, pobre y burdo organismo que se mantenía con la cabeza baja y los ojos suplicantes, sometido a una inteligencia elevada y profunda, dominante y muy superior; existía agradecimiento por encima de todo. Agradecimiento llevado a límites tan extremos que no sabríamos con qué compararlo pues esta virtud no es de las que cuenten con muchos ejemplos entre los hombres, así que diremos que Quasimodo amaba al archidiácono como jamás perro alguno o elefante o caballo haya amado a su dueño. V CONTINUACIÓN DE CLAUDE FROLLO EN 1482, Quasimodo tendría unos veinte años y Claude Frollo unos treinta y seis: el primero había crecido mientras el otro había envejecido. Claude Frollo no era ya el sencillo estudiante del colegio Torchi, el tierno protector de un niño, el joven y soñador filósofo que tantas cosas sabía y que todavía ignoraba muchas más. Era un cura austero, grave y taciturno, pastor de almas; señor archidiácono de Josas, segundo acólito del obispo, encargado de los dos decanatos de Montlhery y de Châteaufort y de ciento sesenta y cuatro curatos rurales. Era un personaje imponente y sombrío ante quien temblaban los monaguillos de alba y roquete, los sacristanes, los cofrades de San Agustín, los clérigos de maitines de Nuestra Señora cuando pasaba lentamente bajo las altas ojivas del coro, majestuoso, pensativo, con los brazos cruzados y con la cabeza tan inclinada sobre el pecho que sólo se veía de su rostro su despejada frente. Pero dom Claude Frollo no había abandonado la ciencia ni tampoco la educación de su hermano pequeño -esas dos tareas de su vida-, aunque con el tiempo habían surgido algunas contrariedades en esas dos agradables ocupaciones. A la larga, dice Paul Diacre, el mejor tocino se vuelve rancio y así el pequeño Jehan Frollo, Ilamado du Moutin, por el lugar en donde se había criado, no había crecido siguiendo el camino que su hermano Claude había pretendido imprimirle. El hermano mayor querría haber contado con un alumno dócil, piadoso, docto y honrado pero el pequeño, como esos arbolitos que echan a perder el esfuerzo del jardinero y se vuelven testarudamente hacia el lado de donde les viene el aire y el sol, el hermano pequeño no crecía ni echaba ramas bellas y frondosas más que del lado de la pereza, de la ignorancia y de la buena vida. Era un verdadero demonio, muy desordenado, to que hacía fruncir el ceño a dom Claude, pero también simpático y sutil, circunstancias estas que celebraba alegremente el hermano mayor. Claude le había confiado al mismo colegio de Torchi en donde él mismo había pasado sus primeros años dedicado al estudio y al recogimiento y no dejaba de suponerle una gran pena el ver que, en aquel santuario en el que el nombre de Frollo había sido edificante, hoy fuera motivo de escándalo; por todo ello a veces hacía a Jehan reproches muy serios que éste se sacudía intrépidamente. Después de todo, como ocurre en todas las comedias, el golfillo tenía buen corazón, pero acabado el efecto del sermón, seguía haciendo tan tranquilamente las mismas trapisondas y golferfas. Tan pronto se trataba de algún novato, al que había maltratado y zarandeado a guisa de bienvenida -alegre tradición cuidadosamente perpetuada hasta nuestros días-, como de provocar a una banda de estudiantes que se habían, como era clásico, metido en una taberna, quasi clarsico excitati para acabar después apaleando al tabernero con «bastones ofensivos» y saqueando ale- gremente la taberna hasta destrozar los toneles de vino de la bodega. Otras veces era un bonito informe en latín que el submonitor del colegio de Torchi llevaba, apenado, a don Claude con una dolorosa indicación en el margen: Rixa; prima causa vinum optimum potatum(11). Finalmente, se decía también, cosa horrible en joven de dieciséis años, que sus correrías llegaban muy frecuentemente hasta la calle de Glatigny. A causa de todo esto, Claude, contristado y desanimado en sus afectos humanos, se había lanzado, con más ardor aún, en los brazos de la ciencia, esa hermana que, al menos, no se to ríe en tus narices, que paga siempre, aunque en moneda poco consistente, las atenciones que se han tenido con ella. Así que se hizo más sabio y, al mismo tiempo y como consecuencia lógica, más rígido come sacerdote y cada vez más triste como hombre. Existen para cada uno de nosotros paralelismos entre nuestra inteligencia, nuestras costumbres y nuestro carácter que se desarrollan sin interrupción y no se rompen más que en las grandes perturbaciones de la vida. Como Claude Frollo había recorrido desde su juventud prácticamente todo el círculo de conocimientos humanos positivos, exteriores y lícitos, se vio obligado, a menos de detenerse ubi defuit orbis(12), a it más allá; a buscar otros alimentos a la actividad insaciable de su inteligencia. El símbolo antiguo de la serpiente mordiéndose la cola conviene sobre todo a la ciencia y hasta parece que Claude Frollo to había experimentado pues, al decir de algunas personas muy serias, después de haber agotado el far del saber humano, había intentado penetrar en el nefas(13). Se dice que había probado sucesivamente todos los frutos del árbol de la ciencia y, bien por hambre o por hastío, había acabado por probar el fruto prohibido. Como nuestros lectores saben ya muy bien, había participado en todas las conferencias de teólogos, en la Sorbona, había acudido a todas las asambleas de los conocedores del arte bajo la enseña de Saint-Hilaire, a las discusiones de los decretistas, bajo la enseña de Saint-Martin, a los congresos de médicos bajo la advocación de Nuestra Señora ad cupam nortrae Dominae; había degustado todos los manjares perrnitidos y aprobados que aquellas cuatro inmensas cocinas, Ilamadas las cuatro facultades, podían elaborar y ofrecer a la inteligencia; pues bien, las había devorado todas, a incluso se había saciado pero sin llegar a calmar su hambre, entonces había excavado más adentro, más profundamente, más por debajo de toda ciencia conocida, material y limitada; se había aventurado hasta poner, quizás, su alma en peligro y se había sentado, en su misma cueva, a la mesa misteriosa de los alquimistas, de los astrólogos, de los herméticos, a cuyos extremos se sientan Averroes, Guillaume de París y Nicolás Flamel, en la Edad Media, y que se prolonga hasta Oriente, a la luz del candelabro de los siete brazos, hasta Salomón, Pitágoras y Zoroastro(14). Eso era, al menos, to que, con razón o sin ella, suponía la gente. 11. Disputa; causa primera: haber bebido buen vino. 12. En donde termina el círculo. 13 Fas, nefas; lo lícito y lo ilícito. 14. Los recuerdos de la antigüedad y el ocultismo constituyen una carac:erística de la Edad Media. También es cierto que el archidiácono visitaba con bastante frecuencia el cementerio de los Santos Inocentes, en donde se hallaban enterrados su padre y su madre con otras tantas víctimas de la peste de 1466; es verdad, pero también es cierto que parecía mucho menos devoto de la cruz de su fosa que de las figuras cabalísticas con las que estaban recargadas la tumba de Nicolás Flame] y la de Claude Pernelle, construida justo al lado. Es verdad también que con cierta asiduidad se le había visto recorrer la calle de los lombardos y entrar furtivamente en una casita que hacía esquina con la calle de los Ecrivains y la de Marivaulx, la misma que Nicolás Flamel había mandado construir y en la que murió hacia 1417 y que, deshabitada desde entonces, comenzaba a derrumbarse por canto como los herméticos y los alquimistas, buscadores de la piedra filosofal, de todos los países habían desgastado sus paredes grabando en ellas sus nombres. Algunos vecinos afirmaban incluso haber visto, por un tragaluz, al archidiácono Claude Frollo removiendo y excavando la sierra en sus dos sótanos cuyas jambas estaban atiborradas de versos y de jeroglíficos innumerables, escritos por el mismo Nicolás Fla- mel. Se suponía que Flamel había enterrado la piedra filosofal en aquellos sótanos y durante dos siglos, los alquimistas, desde Magistri hasta el padre Pacifique, no se han cansado de remover aquel suelo hasta que la casa, tan cruelmente registrada y revuelta de arriba abajo, había acabado casi desapareciendo, reducida a polvo. Es cierto también que el archidiácono se había apasionado singularmente por el simbolismo del pórtico de la catedral de Nuestra Señora, esa página del libro indescifrable de los magos y alquimistas, escrita en piedra por el obispo de París, Guillaume, que debe de estar seguramente condenado, por haber implantado un frontispicio tan infernal a un poema tan santo como el que representa eternamente el resto del monumento. Pasaba también el archidiácono Claude por haber vaciado el coloso de San Cristóbal y aquella otra estatua alargada y enigmática, erigida por entonces en la entrada del pórtico y a la que el pueblo, burlándose, llamaba el señor Legrit. Pero to que todos habían podido observar eran las horas interminables que pasaba sentado en el parapeto que existía ante los pórticos, contemplando las esculturas de los mismos, fijándose unas veces en las vírgenes locas con sus lámparas hacia abajo y otras en las vírgenes prudentes con sus lámparas hacia arriba, y muchas otras calculando el ángulo de la mirada de aquel cuervo, esculpido en el pórtico de la izquierda que fija su mirada en un punto misterioso de la iglesia, en donde podría seguramente estar oculta la piedra filosofal si no apareciese en los sótanos de la casa de Nicolás Flamel. Era, digámoslo de paso, un destino singular para la iglesia de Nuestra Señora en aquella época, el ser amada de cal manera con intensidad y finalidad diferentes, pero con tanta devoción, por aquellos dos seres tan dispares como Quasimodo y Claude. Amada por uno de ellos -aquella especie de semihombre instintivo y salvaje- a causa de su belleza, por su grandiosidad, por la armonía que se desprende del magnífico conjunto y por el segundo -imaginativo, culto y apasionado- a causa de su significado, por su mito, por el sentido que encierra, por el simbolismo que se desprende de las esculturas de su fachada, como un texto sobre el que se ha escrito otro en un palimpsesto; en una palabra: por el enigma que propone eternamente a la inteligencia humana. Y es cierto también, para acabar ya, que el archidiácono se había habilitado en la torre que da a la plaza de Gréve, al lado del hueco de las campanas, una pequeña y secreta celda, en la que decían que nadie podía entrar, ni siquiera el obispo, sin su permiso. Hacía ya mucho tiempo que dicha celda había sido abierta, en to más alto de la torre, entre los nidos de los cuervos, por el obispo Hugo de Besançon, personaje muy dado en su tiempo a toda clase de hechicerías(15). 15 Víctor Hugo había nacido en Besançon en 1802; de ahí la citación de este personaje de quien habla Du Breul. Nadie sabía qué podía ocultarse en aquella celda pero con alguna frecuencia se había visto por las noches, desde los arenales del Terrain, a través de una pequeña claraboya existente en la parse posterior de la torre, aparecer, desaparecer y reaparecer de nuevo a intervalos cortos a iguales, una claridad roja, intermitente, muy rara, que parecía seguir los impulsos de un fuelle, por la gradación de su intensidad, y cuyo origen debía set más el de una llama que el de una luz. En la oscuridad de la noche y a aquella altura, producía un efecto muy especial que hacía murmurar a las comadres: «Ya está soplando el archidiácono y encendiendo el infierno a11á arriba.» Y no es que hubiese en todo aquello pruebas palpables de brujería pero era como el humo, que nos dice que hay un fuego cerca y como, además, la reputación que tenía el archidiácono era harto sospechosa... Hay que decir sin embargo que las ciencias de Egipto, la nigromanria, la magia, incluso la más blanca y la más inocente, tenían en él al enemigo más encarnizado y al acusador más implacable ante los tribunales oficiales de Nuestra Señora; ahora bien, que todo ello fuera una aversión sincera o una astucia de ladrón, como esos que gritan: ¡socorro!, ¡ladrones!, no era óbice para que las más doctas cabezas del capítulo consideraran al archidiácono como un alma aventurada hasta los vestíbulos del infierno y perdida en los antros de la cábala; que andaba a tientas pot entre las tinieblas de las ciencias ocultas. Tampoco el pueblo se dejaba engañar y así, para cualquiera que tuviera un poco de sagacidad, Quasimodo pasaba pot set el demonio y Claude Frollo el brujo, y parecía evidente que el campanero tenía que servir al archidiácono durante un cierto tiempo, pasado el cual, le llevaría su alma, como en pago pot sus servicios. Por eso, el archidiácono, a pesar de la vida excesivamente austera que llevaba, gozaba de mala reputación entre las gentes sencillas y no existía nariz beata, pot inexperta que fuera, que no olfateara en él al brujo. Y si con los años se le habían ido formando abismos en su ciencia, también se le habían igualmente formado en su corazón. Eso era al menos to que podía creerse al examinar su rostro en el que no se traslucía su alma más que velada pot una nube sombría. ¿De dónde le venía si no su frente calva, su cabeza siempre inclinada y su pecho prominente de tanto suspirar? ¿Qué pensamientos siniestros le hacían sonreír con su deje de amargura mientras sus cejas fruncidas se juntaban como dos toros prestos a luchar entre sí? ¿Pot qué eran grises los escasos cabellos que aún le quedaban? ¿Qué era aquel fuego interior que centelleaba a veces en su mirada hasta el punto de parecer sus ojos agujeros perforados en las paredes de un horno? Aquellos síntomas de violenta preocupación moral habían alcanzado su grado más alto de intensidad en la época en que tiene lugar esta historia y en más de una ocasión algún monaguillo había huido aterrorizado al encontrarle solo en la iglesia; hasta cal punto su mirada era extraña a hiriente; y en más de una ocasión igualmente, estando en el coro, a la hora de los oficios, su vecino de asiento le había oído mezclar al gregoriano ad omnen tonum(16) algunos paréntesis ininteligibles, y más de una vez la lavandera del Terrain, encargada de la «colada del capítulo», había llegado a observar, con enorme temor, marcas de uñas y de dedos crispados en la sobrepelliz del señor archidiácono de Josas. Por otra parte, su severidad era cada vez mayor y él mismo jamás había llevado una vida tan ejemplar. Tanto pot su estado como pot su carácter se había mantenido siempre alejado de las mujeres y ahora parecía odiarlas más que nunca y su capucha caía sobre los ojos al menor ruido de unas faldas de seda. Hasta cal punto su austeridad y su reserva eran estrictas en este aspecto, que cuando madame de Reaujeu, hija del rey, vino en diciembre de 1481 a visitar el claustro de Nuestra Señora, se opuso obstinadamente a su entrada, recordando al obispo el estatuto del Libro Negro, fechado la víspera de San Bartolomé en 1334, que prohibía el acceso al claustro a toda mujer «fuese quien fuese, vieja o joven, dama o sirvienta». A lo que el obispo se vio en la obligación de citarle la ordenanza del legado Odo, que exceptúa a algunas grandes señoras, aliquae grander mulieres, quae sine scandalo evitari non porssunt(17). Pero aún así el archidiácono protestó objetando que la ordenanza del legadu, que se remontaba a 1207, era anterior en 120 años al Libro Negro y pot consiguiente abolida pot él y se había negado a presentarse ante la princesa. También había podido observarse que su horror hacia las egipcias y zíngaras se había multiplicado desde hacía algún tiempo y que había incluso solicitado del obispo un edicto con prohibición expresa para las gitanas de bailar y de tocar el pandero en la plaza de entrada a la iglesia de Nuestra Señora. Y al mismo tiempo estaba consultando en los mohosos archivos del provisorato para reunir los casos de brujos y de brujas condenados a la hoguera o a la horca pot complicidad de maleficios con machos cabríos, con cerdas o con cabras. 16. En todos los tonos. 17. Algunas grandes damas que no puedan set rechazadas sin escándalo. VI IMPOPULARIDAD EL archidiácono y el campanero, ya to hemos dicho, eran muy poco apreciados por la mayoría de las gentes de las cercanías de la catedral. Cuando Claude y Quasimodo salían juntos, cosa harto frecuente, y se les veía cruzar -el criado marchando detrás del amo- las calles húmedas, estrechas y sombrías de las manzanas de casas que rodean a Nuestra Señora, más de una palabra injuriosa, más de un canturreo irónico, más de una pulla in- sultante les acosaba al páso, a menos que Claude Frollo, cosa muy poco frecuente, caminase con la cabeza alta y erguida, mostrando su frente severa y casi augusta a los burlones desconcertados. Toutes sortes de gens vont après ler poètes. Comme après les hiboux vont criant les fauvettes(18). A veces era un chiquillo burlón que se jugaba la piel y los huesos por disfrutar del inefable placer de clavar un alfiler en la joroba de Quasimodo; otras una mocita gallarda, más atrevida de to necesario, rozaba el hábito negro del cura a la vez que le cantaba en sus barbas la tonadilla burlona: niche, niche, le diable est pris(19). A veces un grupo de viejas escuálidas sentadas a la sombra en los escalones de unos soportales rezongaba ruidosamente al paso del archidiácono y del campanero y les lanzaba entre maldiciones bienvenidas optimistas como: K¡Mira, mira; por ahí pasa uno que tiene su alma igual que el cuerpo del otro!» Otras era un grupo de estudiantes o de soldados, jugando a tres en raya, quienes levantándose todos a su paso les saludaban en latín con algún clásico abucheo como: ; ¡Eia, eia ; Claudius cum claudo(20.) Lo normal era que estos insultos pasaran desapercibidos para el cura y para el campanero pues Quasimodo estaba demasiado sordo para poder oír cosas tan graciosas y Claude demasiado ensimismado. 18. Toda clase de gentes corren tras los poetas como tras los búhos corren chillonas las currucas. Regnier, Sátiras, 49-50. 19. Chincha, chincha: cogieron al diablo. 20. Juego de palabras entre Claudius y Claudo que, al alejarse de la fonética española, pierde su sentido. Su traducción es: Mira, mira: Claudio con el cojo. LIBRO QUINTO I ABBAS BEATI MARTINI (1) LA fama de dom Claude había llegado muy lejos y le había valido, hacia la misma época en que se negó a ver a madame de Beaujeu, una visita cuyo recuerdo conservó durante mucho tiempo. Era de noche y se había recogido, después de los oficios, en su celda canónica del claustro de Nuestra Señora. Ésta, exceptuando algunas redomas de vidrio colocadas en un rincón y llenas de unos polvos bastante sospechosos, muy parecidos al polvo de proyec- ción(2), nada tenía de extraño ni de misterioso. Había también, aquí y allá, algunas inscripciones en las paredes pero eran sólo simples sentencias científicas o piadosas extraídas de buenos autores. Acababa de sentarse el archidiácono a la luz de un candelabro de cobre, con tres bocas, ante un enorme arcón lleno de manuscritos y tenía el codo apoyado en el libro, abierto, de Honorio de Autun, De praedeatinatione et libero arbitrio(3); estaba hojeando con reflexión profunda un infolio impreso que acababa de traer y que era el único producto de imprenta que podía encontrarse en aquella celda, cuando, de pronto, interrumpiendo su reflexión, llamaron a la puerta. 1. El abad de San Martín. 2. Polvos a los que se atribuían por los alquimistas la facultad de transmutar en oro los demás metales. 3. De la predestinación y del libre arbitrio. Honorio de Autun, comienzos del siglo xii, escribió Inevitabile, teu de libero arbitrio. -¿Quién va? -contestó el sabio con el mismo tono amable de un dogo hambriento al que distraen mientras roe unos huesos, y una voz respondió desde fuera: -Soy yo, vuestro amigo Jacques Coictier. Frollo le abrió la puerta. Era efectivamente el médico del rey; un personaje de unos cincuenta años, de fisonomía dura aunque suavizada por una mirada astuta, acompañado de otro hombre. Los dos llevaban ropajes de color pizarra, forrados de piel de ardilla, bien ceñidos con cinturones y con un gorro de igual tejido y del mismo color. Tenían las manos ocultas entre las mangas, los pies entre sus hábitos y los ojos bajo sus sombreros. -¡Que Dios me valga, señores! -dijo el archidiácono como mandándoles pasar-. No esperaba v isita tan honrosa a estas horas -a la vez que les hablaba de manera tan cortés, paseaba su mirada del médico al compañero de manera inquieta y escrutadora. -Nunca es demasiado tarde para visitar a un sabio de tanta consideración como dom Claude Frollo de Tirechappe -respondió el doctor Coictier con un acento de la región del francocondado que arrastraba las frases con la majestad de un vestido de cola. Entonces se inició entre el médico y el archidiácono uno de esos prólogos ampulosos que, según la costumbre de aquella época, eran casi obligatorios en cualquier conversación entre sabios y que no les impedía detestarse cordialmente aunque, bien mirado, cal situación se repite hoy en día, pues los cumplidos que de la boca de un sabio se dirigen hacia otro sabio no son sino un vaso de hiel endulzada. Las alabanzas de Claude Frollo hacia Jacques Coictier aludían principalmente a las grandes ventajas personales que el muy digno médico había sabido obtener, a to largo de su brillante carrera, de cada una de las enfermedades del rey, que constituían una ope- ración alquimista mucho más rentable que la búsqueda de la piedra filosofal. -¡En verdad mi señor doctor Coictier, me he alegrado mucho al enterarme del obispado obtenido por vuestro sobrino, el reverendo Pierre Versé! ¿No es ahora obispo de Amiens? -Sí, señor archidiácono; es una gracia especial sin duda de la misericordia divina. -¿Sabéis que teníais un magnífico aspecto el día de Navidad, al frente de vuestra compañía de la eámara de cuentas, señor presidente? -Vicepresidente, dom Claude; nada más que vicepresidente. -¿Cómo va vuestra magnífica residencia de la calle Saint-André-des-Arcs? Es un Louvre, ¿sabéis?, me gusta particularmente el albaricoquero que tenéis esculpido en la puerta con ese juego de palabras tan curioso: A l'abri-cozier. -¡Ay, dom Claude! No sabéis bien to que me están costando esas obras. Me estoy arruinando a medida que la construcción progresa. -¡Bueno! ¿No percibís las rentas de la cárcel y de los juzgados dependientes del palacio y las de las casas, tornos, cabañas y barracas de la Clôture? Es como ordeñar a una buena vaca. -Mi señorío de Poissy no me ha proporcionado nada este año. -Pero vuestros derechos de Triel de Saint James, de SaintGermain-en-Laye, siguen siendo muy buenos, ¿no? -Veintiséis libras y ni siquiera libras parisinas. -Tenéis también, como cosa fija, el cargo de consejero del rey. -Sí, mi querido colega, pero ese maldito señorío de Poligny, que canto da que hablar, no me reporta, un año con otro, más de sesenta escudos de oro. En los cumplidos que dom Claude dirigía a Jacques Coictier se desprendía un tono irónico, agrio y sordamente burlón, como la sonrisa triste y cruel de un hombre superior y desgraciado que juega a ratos para distraerse con la sólida prosperidad de un hombre vulgar; pero el otro no era capaz de advertirlo. -Por vida mía que me alegra encontraros con tan buena salud -le dijo ya finalmente don Claude estrechándole la mano. --Gracias, maestro. -¡Ah!, a propósito, ¿cómo se encuentra vuesrro real enfermo? -preguntó Claude. -No paga to suficiente a su médico -le respondió el doctor, mirando de reojo a su compañero. -¿Lo creéis así, compañero Coictier? -dijo éste. Estas palabras pronunciadas con un cierto tono de sorpresa e incluso de reproche, atrajo sobre este personaje la atención del archidiácono que, a decir verdad, no había decaído ni un solo momento desde que había franqueado el umbral de su celda. Habían sido precisas las mil razones que tenía para tratar con consideración al doctor Jacques Coictier, el todopoderoso médico del rey Luis XI, para haberle recibido con aquella compañía, y por eso no puso buena cara cuando Jacques Coictier le aclaró: -Por cierto, dom Claude, os traigo a un colega muy interesado en veros a causa de vuestra gran reputación. -¡Vaya!: ¿el señor es también de la medicinal -preguntó el archidiácono, fijando en el compañero de Coictier su mirada penetrante. Pero se encontró, bajo las cejas del desconocido, con otra mirada no menos penetrante y desafiante que la suya. Por to que la débil claridad de la lámpara permitía juzgar, se trataba de un viejo de unos sesenta años y de estatura media que parecía un canto enfermo y achacoso. Su perfil, aunque de líneas burguesas, tenía algo de poderoso y de severo; sus pupilas brilla- ban bajo el arco de las cejas tan profundamente como una luz en el fondo de un antro; y bajo su gorro avanzado que le caía sobre la nariz, se adivinaba la anchura de la frente de un genio. Él mismo contestó directamente a la pregunta del archidiácono. -Reverendo maestro -dijo con una voz grave-, vuestra reputación ha llegado hasta mí y he querido consultaros. Soy tan solo un gentilhombre de provincias que se descalza antes de entrar en. la morada de los sabios y me gustaría que conociérais mi nombre: me llamo Tourangeau. ¡Singular para un gentilhombre! -pensó el archidiácono que se notaba sin embargo ante algo fuerte y serio. Su clarividencia le permitía descubrir una gran inteligencia bajo el gorro forrado de piel del compadre Tourangeau. Mientras consideraba aquel rostro serio el rictus de ironía, que la presencia de Jacques Coictier había esbozado en su rostro taciturno, se fue poco a poco desvaneciendo como el crepúsculo en el horizonte nocturno. Se había vuelto a sentar, triste y preocupado, en su gran sillón con su codo apoyado en la mesa, como de costumbre, y la frente apoyada en la mano. Después de unos segundos de reflexión, invttó a sentarse a los dos visitantes y se dirigió al compadre Tourangeau. -¿Sobre qué ciencia venís a consultarme, maestro? -Reverendo -le contestó Tourangeau-, estoy enfermo, muy enfermo. Se dice de vos que sois un gran Esculapio y he venido a pediros algunos consejos de medicina. -¡De medicinal -dijo el archidiácono moviendo la cabeza. Pareció concentrarse durante unos instantes y luego prosiguió: -Compadre Tourangeau, puesto que así os llamáis; volved la cabeza y encontraréis mi respuesta escrita en la pared. El compadre Tourangeau obedeció y leyó por encima de su cabeza esta inscripción grabada en el muro: Ia medicina er hija de for tueñot-Jamblique(4). 4. El neoplatónico Jamblique -siglos III y IV de nuestra era- se sintió siempre muy atraído por el ocultismo y por los cultos esotéricos. Pero el doctor Jacques Coictier había oído la pregunta de su compañero con un despecho que se acrecentó ante la respuesta de dom Claude; se acercó al compadre Tourangeau y le dijo al oído en voz to bastante baja para que no pudiera escucharla el archidiácono: -Ya os había advertido de su locura, pero vos habéis insistido en verle. -Es que podría ocurrir que este loco tuviera razón, doctor Jacques -le respondió Tourangeau en el mismo tono y con una sonrisa amarga. -¡Como queráis! -replicó Coictier secamente. Luego se volvió hacia el archidiácono: -Sois rápido en vuestro trabajo, dom Claude, y veo que os importa menos Hipócrates que una avellana a un mono. ¡Un sueño la medicina! Estoy seguro que farmacólogos y médicos os lapidarían si estuvieran aquí. ¡Así que negáis la influencia de los filtros en la sangre y de los ungüentos en el cuerpo! ¿Negáis la eterna farmacia de flores y de metales que se llama mundo, hecha expresamente para ese eterno enfermo que se llama hombre? -Yo niego al médico, no a la medicina ni al enfermo -respondió fríamente dom Claude. -Así, pues, no es verdad -prosiguió Coictier acalorado- que la gota sea un herpes interno, que pueda curarse una herida de artillería mediante la aplicación de un ratón asado o que una sangre joven pueda devolver la juventud a unas venas viejas ya, me- diante una trasfusión sabiamente realizada. No es verdad que dos y dos son cuatro o que el emprostotonos sucede al opistotonos(5). 5. Opistotonos es una forma avanzada del tétanos; se manifiesta por echar la cabeza y el cuerpo hacia atrás. El emprostotonos es una contracción muscular que hace inclinar el cuerpo hacia adelante. El archidiácono respondió sin inmutarse: -Hay cosas sobre las que opino de forma muy particular. Coictier se puso rojo de cólera. -¡Eh, eh! No hay que enfadarse -dijo el compadre Tourangeau-; el señor archidiácono es nuestro amigo. Coictier se cal-mó susurrando en voz baja. -¡Después de todo se trata de un loco! -Demonios, maestro Claude -continuó Tourangeau después de un breve silencio-; me siento muy violento; quería haberos hecho dos consultas, una reference a mi salud y otra referente a mi estrella. -Señor -le replicó el archidiácono-, si pensáis así, mejor habríais hecho no cansándoos en subir la escalera hasta mi celda, pues ni creo en la medicina ni creo en la astrología. -¿Es verdad? -dijo el compadre sorprendido. Coictier se reía forzadamente. -Ya os dije que estaba loco -dijo muy bajo a Tourangeau-. ¡No cree en la astrología! -¡Cómo comprender -prosiguió dom Claude- que cada rayo de estrella sea como un hilo que sujete la cabeza de un hombre! -¿Y en qué creéis entonces? -exclamó el compadre Tourangeau. El archidiácono permaneció indeciso unos instantes y, dejando escapar una sombría sonrisa que parecía contradecir a su respuesta, les dijo: -Credo in Deum. -Dominum nostrum -completó Tourangeau, haciendo la señal de la Cruz. -Amén -terminó Coictier. -Reverendo maestro -continuó el compadre-, me alegro en el alma de veros en tan buena religión pero, ¿siendo tan sabio como sois, to sois hasta el punto de no creer ya en la ciencia? -No -contestó el archidiácono tomando al compadre Tourangeau por el brazo, al mismo tiempo que un destello de entusiasmo brilló en sus pupilas sin brillo-; no, yo no niego la ciencia. No me he arrastrado durante tanto tiempo ni he clavado las uñas en la tierra a través de las interminables ramificaciones de la caverna, sin percibir, delante de mí, a11á lejos, al fondo mismo de la oscura galería una luz, una llama, algo, sin duda el reflejo del deslumbrante laboratorio central en donde los pacientes y los sabios han encontrado a Dïos. -Y entonces -le interrumpió Tourangeau-, ¿qué es to que consideráis como cierto y verdadero? -La alquimia. -Pardiez, dom Claude, la alquimia tiene sin duda su razón de exitir pero, ¿por qué blasfemar de la medicina y de la astrología? -Nada; vuestra ciencia del hombre no es nada, y nada es tampoco vuestra ciencia del cielo -les respondiá con autoridad el archidiácono. --Pero eso es olvidarse de Epidauro y de Caldea -le replicó el médico con sarcasmo. -Escuchad maese Jacques; estoy hablando de buena fe, pues yo no soy médico del rey y su majestad no me ha dado el jardín Dédalo paca observar las constelaciones. No os enfadéis y escuchadme. ¿Qué verdad habéis sacado, no digo ya de la medicina, que es algu demencial por demás, sino de la astrología? Citadme las virtudes del bustrofedón(6) vertical, los hallazgos del número ziruph y del número zefirod (7). 6. Antiguos sistemas griegos de escritura. 7. Nombre cabalístico de las diez perfecciones divinas. -Negaréis -dijo Coictier- la fuerza simpática de la clavícula(8) de la que procede la cabalística. 8. La clavícula o pequeña llave era un libro que se decía escrito por Salomón. -Grave error, maese Jacques, pues ninguna de vuestras fórmulas desemboca en la realidad y por el contrario la alquímia cuenta con muchos descubrimientos que no podréis negar; por ejemplo: el hielo aprisionado bajo tierra durante miles de años se transforma en cristal de roca; el plomo es el padre antepasado de todos los metales (ya que el oro no es un metal; el oro es la luz). A1 plomo sólo le faltan cuatro períodos, de doscientos años cada uno, para que pueda pasar sucesivamente al estado de arsénico rojo, del arsénico rojo al estaño y de éste a la plata. Éstos son hechos probados, pero el creer en la clavícula, en la línea plena y en las estrellas es tan ridículo como creer, como los habi- tantes del Gran Catay, que la oropéndola se transforma en topo y los granos de trigo en peces del género ciprino. -He estudiado la hermética -exclamó Coictier- y os aseguro... El fogoso archidiácono no le dejó terminar: -Y yo he estudiado la medicina, la astrología y la hermética y os aseguro que únicamente aquí se encuentra la verdad -y al decir esto, abrió el arcón y tomó una redoma llena de aquellos polvos de los que ya hemos bablado-. ¡Solamente aquí se encuentra la luz! Hipócrates es un sueño, Urania es un sueño; Hermes es un pensamiento. El oro es el sol y hacer oro es ser Dios; ésa es la única ciencia. Os digo que he profundizado en la medicina y en la astrología y no es nada. ¡Nada! ¿EI cuerpo humano? ¡Tinieblas! ¿Los astros? ¡Tinieblas! -y se dejó caer de nuevo en su sillón en actitud dominadora a inspirada, mientras el compadre Tourangeau le observaba silencioso y Coictier sonreía burlón, alzando imperceptiblemente los hombros y repitiendo en voz baja: -¡Está loco! Entonces intervino de pronto Tourangeau: -¿Y habéis conseguido ya el objet.ivo maravilloso? ¿Habéis conseguido hacer oro? -Si to hubiera conseguido --tespondió el archidiácono, articulando lentamente sus palabras como alguien que está reflexionando- el rey de Francia se llamaría Claude y no Luis. Ante esta respuesta, Tourangeau frunció el ceño. -Pero, ¿qué estoy diciendo? -prosiguió dom Claude con una sonrisa un canto desdeñosa-: ¿Qué me importaría el trono de Francia pudiendo levantar el imperio de Oriente? -¡Magnífico! -añadió el compadre. -¡Ah!, ¡pobre loco, pobre loco! -murmuró Coictier. Pero el archidiácono proseguía, dando la impresión de responder sólo a sus pensamientos. -No, no; todavía sigo a gatas; aún sigo despellejándome la cara y las rodillas entre las piedras del camino subterráneo. Logro percibir algo pero no puedo verlo aún; no hago sino deletrear, no puedo leer aún. -Y si supieseis leer -le preguntó el compadre-, ¿seríais capaz de fabricar oro? -¡Sin duda alguna! -le respondió el archidiácono. -En ese caso, Nuestra Señora sabe cómo necesito el dinero, y me gustaría mucho aprender a leer en vuestros libros. Decidme, reverendo maestro, ¿vuestra ciencia es acaso enemiga o desagrada a Nuestra Señora? A esta pregunta del compadre, dom Claude respondió serenamente y con altivez. -¿De quién soy entonces archidiácono? -Es verdad, maestro; os voy a pedir algo: ¿consentiríais en iniciarme? Hacedme deletrear con vos. Claude tomó entonces la actitud majestuosa y pontifical de un Samuel. -Sois ya un tanto viejo y se necesitarían más años de los que os quedan para emprender un viaje como éste a través del misterio. ¡Vuestros cabellos son ya grises! Se sale de la caverna con el pelo blanco, es verdad, pero hay que entrar con los cabellos ne- gros. La ciencia sabe muy bien, ella sola, socavar, marchitar y secar los rostros humanos; no necesita que la vejez se los preste, pero si el deseo de entrar en su disciplina os domina a pesar de todo y si a vuestra edad deseáis descifrar el temible alfabeto de los sabios, está bien, venid conmigo y yo intentaré enseñaros. No os pediré, pues ya sois muy anciano para ello, que visitéis las cámaras mortuorias de las pirámides, de las que habla el antiguo Herodoto, ni la torre de ladrillos de Babilonia, ni el inmenso santuario de mármol blanco del templo indio de Eklinga. Tampoco he visto, como os pasa a vos, las construcciones caldeas edificadas según la técnica sagrada de Sikra, ni el templo de Salomón, ya des- truido, ni las lápidas del sepulcro de los reyes de Israel que están rotas; nos limitaremos a algunos fragmentos del libro de Hermes de los que disponemos aquí. Os podría explicar la estatua de San Cristóbal, el símbolo de Semeur y el de los dos ángeles del pórtico de la Santa Capilla, uno de los cuales tiene en sus manos un jarrón y el otro una nube... A1 llegar aquí, Jacques Coictier, desarmado por las réplicas fogosas del archidiácono, reaccionó interrumpiéndole con el tono condescendiente con el que un sabio corrige a otro: -Erras, amici Claudi(9). El símbolo no es el número. Tomáis a Orfeo por Hermes. 9. Te equivocas, mi querido Claudio. -Sois vos el que yerra -le replicó gravemente el archidiácono-. Dédalo es la base; Orfeo es la muralla y Hermes es el edificio; es el todo. Venid cuando os plazca -prosiguió volviéndose hacia Tourangeau-, que yo os mostraré las laminillas de oro depositadas en el fondo del crisol de Nicolás Flamel, y podréis compararlas con el oro de Guillermo de París. Os enseñaré también las secretas virtudes del término griego peristera (10), pero ante todo, os haré leer una tras otra las letras de mármol del alfabeto, las páginas de granito del libro. Iremos del pórtico del obispo GuiIlautne y de Saint Jean-le-Rond hasta la Santa Capilla y luego a la casa de Nicolás Flamel, en la calle de Marivaulx, a su tumba, que se encuentra en los Santos Inocentes, a sus dos hospitales de la calle Montmorency. Os haré leer también los jeroglíficos que recubren los cuatro salientes de hierro del pórtico del hospital Saint-Gervais y de la calle de la Ferronnerie. Deletrearemos juntos las fachadas de Saint-Côme, de Sainte-Geneviéve-des-Ardents, de Saint-Martin y de Saint-Jacques-de-la-Boucherie... 10. En griego antiguo, significaría, primero, palorna; luego, verbena Hacía ya mucho tiempo que el Tourangeau, por inteligente que pareciera su miiada, daba la impresión de no poder seguir a dom Claude así que le interrumpió. -¡Pardiez! ¿Qué libros son los vuestros? -Aquí tenéis uno -dijo el archidiácono. Y abriendo la ventana de la celda, señaló con el dedo la inmensa iglesia de Nuestra Señora, que perfilando contra el cielo estrellado la negra silueta de sus dos torres, de sus costillas de piedra y de su monstruosa grupa, parecía una enorme esfinge de dos cabezas sentada en medio de la ciudad. El archidiácono contempló silencioso durante unos momentos el gigantesco edificio, y extendiendo con un suspiro su mano derecha en dirección del libro impreso, abierto encima de la mesa, y su mano izquierda hacia Nuestra Señora, y paseando con pena la mirada del libro a la iglesia, dijo: -¡Ay! Esto matará a aquello. Coictier, que apresuradamente se había aproximado al libro, no pudo por menos de exclamar: -¡Qué pasa! ¿Qué hay de temible en esto: Glossa in epistolas D. Pauli. Norimbergae, Antonius Koburguer, 1474?(11) No es nada nuevo; es un libro de Pierre Lombard, el maestro de las sentencias. ¿Es acaso por estar impreso? -Vos lo habéis dicho -respondió Claude, que parecía absorto en una profunda meditación y permanecía de pie con el índice doblado y apoyado en el infolio, salido de las famosas prensas de Nuremberg. Después añadió estas misteriosas palabras-: ¡Ay, ay, ay! ¡Las cosas pequeñas acaban con las grandes; un diente triunfa sobre una masa. La rata del Nilo mata al cocodrilo; el pez espada mata a la ballena; el libro matará al edificio! La llamada a silencio en el claustro sonó en el momento en que el doctor Jacques repetía muy bajo a su compañero su eterna canción: -¡Está loco! A to que su compañero añadió esta vez: -Creo que sí. A aquellas horas ningún extraño podía ya permanecer en el claustro. Los dos visitantes se retiraron. -Maestro -dijo el Tourangeau despidiéndose del archidiácono-,estimo en mucho a los sabios y a los grandes espíritus y os tengo a vos en gran estima. Venid mañana al palacio de las Tournelles y preguntad por el abad de Saint-Martin de Tours. El archidiácono volvió a su celda estupefacto, comprendiendo por fin qué clase de personaje era el compadre Tourangeau y recordando este pasaje del cartulario de Saint-Martin de Tours: Abbas beati Martini, scilicet rex Franciae, est canonicus de consuetudine et habet parvam praebendam quam habet sanctus Venantius et debet sedere in sede thesaurarii(12). Se aseguraba que desde entonces el archidiácono tenía frecuentes charlas con Luis XI cuando su majestad venía a París, y que el crédito de dom Claude hacía sombra a Olivier le Daim y a Jacques Coictier, que, según su costumbre, reprendía mucho al rey por ello. 11. Glosa a las epístolas de San pablo. Nuremberg. A. Koburguer, 1474. 12. El abad de San Martín, es decir, el rey de Francia, es canónigo según la costumbre y tiene la pequeña prebenda de San Venancio y debe sentarse en el asiento del tesorero. II ESTO MATARÁ A AQUELLO QUE nuestros lectores nos perdonen si nos detenemos un momento para analizar el sentido que se ocultaba tras aquellas palabras enigmáticas dichas un poco antes por el archidiácono: Esto matará a aquello. El libro matará al edificio. Creemos que este pensamiento tenía dos sentidos; era primeramente el pensamiento de un cura; el espanto de un cura ante una circunstancia nueva cual era la imprenta. Era el miedo y el deslumbramiento del hombre del santuario ante la prensa luminosa de Gutenberg; eran el púlpito y el manuscrito; la palabra hablada y la palabra escrita, alarmadas ante la palabra impresa; algo así como el estupor de un pajarillo contemplando al ángel de is Legión desplegando sus seis millones de alas. Era como la voz del profeta que oye susurrar y afanarse a la humanidad ya emancipada, que lee en el futuro y ve cómo la inteligencia socava la fe y cómo las opiniones van acabando con las creencias, cómo el mundo zarandea a Roma. Pronóstico del filósofo que ve cómo el pensamiento humano volatilizado por la imprenta, se va evaporando del frasco teocrático. Terror del soldado que al ver el ariete de bronce, dice que su fortaleza será fatalmente abatida. Aquello significaba que un poder iba a suceder a otro poder; quería, en fin, significar: la imprenta hará sucumbir a la Iglesia. Pero bajo este pensamiento, el primero y el más elemental sin duda, creemos que había otro más avanzado; un corolario del primero, más difícil de deducir y más fácil de contradecir; una visión filosófica no sólo para el cura, sino para el sabio y para el artista. Era el presentimiento de que el pensamiento humano, al cambiar de forma, cambiaria también en la expresión, que las ideas capitales de cada generación no iban a tratarse ya del mismo modo ni a escribirse de la misma manera; que el libro de piedra, tan duro y perdurable, iba a ceder la plaza al libro de papel, más sólido y más perdurable aún. Bajo este aspecto la vaga fórmula del archidiácono encerraba un segundo sentido: significaba que un arte iba a destronar a otro arte. Quería decir: la imprenta matará a la arquitectura. En efecto, desde el origen de las cosas hasta el siglo XV de la era cristiana inclusive, la arquitectura ha sido el gran libro de la humanidad, la expresión principal del hombre en sus diferentes estadios del desarrollo, sea éste bajo la forma de la fuerza o de la inteligencia. Cuando la memoria de las primeras razas se sintió demasiado llena de cosas, cuando el bagaje de recuerdos del género humano se hizo tan pesado y confuso que la palabra, desnuda y volátil, corría el riesgo de perderse en el camino, fueron transcritos en el suelo de la forma más visible, más duradera y más natural a la vez. Se selló cada tradición bajo un monumento. Los primeros monumentos fueron simples trozos de roca, que el hierro no había tocado, dice Moisés. La arquitectura comenzó como toda escritura; primero fue alfabeto. Se plantaba una piedra en el suelo y era una letra y cada letra era un jeroglífico y sobre cada jeroglífico descansaba un grupo de ideas igual que hace el capitel sobre la columnar fue así como actuaron las primeras razas en todas partes, en todo instante y en toda la superficie de la tierra. Así encontramos la piedra erguida de los celtas, en la Siberia asiática y en las pampas americanas. Más adelante se hicieron palabras y colocando una piedra sobre otra se fueron acoplando las sílabas y el verbo intentó algunas combinaciones. Palabras son el dolmen y el cromlech de los celtas y los túmulos etruscos y el galgal(13) hebrero. Algunas de estas palabras, el túmulo básicamente, representan nombres propios, pero a veces, cuando se disponía de muchas piedras de una gran extensión de terreno, se escribía una frase completa y así tenemos el acumulamiento enorme en Carnac que sería ya toda una fórmula completa. 13. Galgal es un amontonamiento de piedras encima de una cripta. Hoy carece de valor histórico esta definición o atribución de «cpalabras» a las diferentes civilizaciones. Finalmente se hicieron los libros. Las tradiciones habían engendrado símbolos bajo los cuales desaparecían como los troncos de los árboles bajo su propio follaje y esos símbolos en los que creía la humanidad iban creciendo multiplicándose, cruzándose y haciéndose cada vez más complicados. Los primitivos monumentos no eran suficientes para contenerlos y eran desbordados por todas partes, aunque aquellos monumentos expresaran apenas una tradición ruda como ellos mismos, sencilla, desnuda y a ras de suelo. El símbolo necesitaba expandirse en el edificio y así la arquitectura se desarrolló a la par que el pensamiento humano. Se convirtió en un gigante de mil patas y mil cabezas y fijó, bajo una forma eterna, visible y palpable, todo aquel simbolismo etéreo. Mientras que Dédalo, que es la fuerza, medía, y mientras Orfeo, que es la inteligencia, cantaba, el pilar, que es una letra, el arco, que es una sílaba, la pirámide, que es una palabra, puestos todos a la vez en movimiento por una ley geométrica y por una ley poética, se agrupaban, se combinaban, se amalgamaban, bajaban, subían, se yuxtaponían sobre el suelo, se escalonaban en el cielo hasta escribir, al dictado de la idea general de una época, aquellos libros maravillosos que eran los maravillosos edificios de la pagoda de Eklinga, el Ramseidón de Egipto(14), o el templo de Salomón. 14 Templo funerario de Ramsés II en Tebas. Ahora bien, la idea madre, el verbo, no se hallaba tan sólo en el fondo de todos aquellos edificios sino también en la forma. El templo de Salomón, por ejemplo, no era únicamente la encuadernación del libro sagrado, era él mismo el libro sagrado. En cada uno de sus recintos concéntricos, los sacerdotes podían leer el verbo traducido y manifestado a los ojos y así podían seguir sus transformaciones de santuario en santuario hasta encerrarle en su último tabernáculo, bajo su forma más concreta que aún seguía siendo arquitectónica: el arca. Y así el verbo estaba encerrado en el edificio, pero su imagen estaba en su envoltura como un rostro humano está sobre el sarcófago de una momia. El pensamiento, la idea que ellos representaban se manifestaba no sólo en la forma de los edificios sino en el emplazamiento que escogían para erigirlos. Según que el símbolo que quisieran expresar fuera ligero o grave, Grecia coronaba sus montañas con un templo armonioso a la vista, la India excavaba las suyas para cincelar en ellas esas deformes pagodas subterráneas, sustentadas por gigantescas hileras de elefantes de granito. Así, durance los seis mil primeros años de la humanidad desde la más remota pagoda del Indostán hasta la catedral de Colonia, la arquitectura ha representado a la escritura del género humano. Y esto es tan cierto que no sólo cualquier pensamiento religioso sino cualquier pensamiento humano tiene en este inmenso libro su página y su monumento. Toda civilización tiene su origen en la teocracia y su fin en la democracia y esta misma ley de libertad, sucesora de la unidad, también aparece escrita en la arquitectura. No nos cansaremos de insistir que no hay que creer que la albañilería solamente tenga poder para edificar templos o para expresar los mitos o los símbolos sacerdotales o para transcribir en jeroglíficos, en páginas de piedra, las tablas misteriosas de la ley; llega un momento en toda sociedad humana en que el simbolismo sacro se gasta y se oblitera bajo el pensamiento libre cuando el hombre se libera del sacerdote o cuando la excrecencia de las filosofías y de los sistemas roe la faz de la religión; si esto fuera así, la arquitectura no sería capaz de reproducir este nuevo estado del espíritu humano, pues sus páginas escritas por el anverso estarían vacías por el reverso y su obra quedaría tnincada y el libro resultaría incompleto. Tomemos, por ejemplo la Edad Media en la que vemos más claro por estar más cerca de nosotros. Durante su primer período, mientras la teocracia organiza Europa, mientras el Vaticano organiza y reúne a su alrededor los elementos de una Roma hecha con la Roma que yace derrumbada en torno al Capitolio, mientras el cristianismo va buscando en los escombros de la civilización anterior todas las capas de la sociedad y reconstruye con estas ruinas un nuevo universo jerárquico en el que el sacerdocio es la piedra angular, se oye primero manar de entre aquel caos y luego poco a poco, bajo el soplo del cris- tianismo, bajo la mano de los bárbaros, se ve surgir de los escombros de las arquitecturas muertas, griega y romana, esta misteriosa arquitectura románica, hermana de las construcciones teocráticas de Egipto y de la India, emblema inalterable del catolicismo puro, inmutable y jeroglífico de la unidad papal. En efecto, todo el pensamiento de entonces está escrito en ese sombrío estilo románico, dominado todo él por un sentimiento de autoridad, de unidad, por un sentimiento impenetrable de absoluto, por todo lo que se resume en fin, en Gregorio VII. El sacerdote en todas partes; jamás el hombre, la casta siempre pero nunca el pueblo. Pero llegan las cruzadas, que es un gran movimiento popular, y como todo gran movimiento popular, cualesquiera que sean sus causas y sus fines, desprende siempre de su último precipitado un espíritu de libertad. Van a surgir novedades. He aquí que se abre el período tempestuoso de las Jacqueries(15) y de las Praguerías y de las Ligas; y la autoridad se tambalea; la unidad se divide. El feudalismo exige repartir con la teocracia, en espera del pueblo que surgirá inevitablemente y que tomará, como siempre, la parte del león. Quia nominor leo(16). Así que el señorío aparece bajo el sacerdocio y más tarde el municipio bajo el señorío; la faz de Europa ha cambiado y también lo ha hecho la faz de la arquitectura; ha pasado la página, igual que ha hecho la civilización, y el nuevo espíritu de la época la encuentra dispuesta a seguir escribiendo bajo sus dictados. De las cruzadas ha vuelto con la ojiva como las naciones con la libertad. Entonces, mientras Roma se va desmembrando, la arquitectura románica muere. El jeroglífico abandona la catedral y se va a blasonar las torres para dar prestigio al feudalismo. La misma catedral, edificio tan dogmático en otros tiempos, invadida ya en lo sucesivo por la burguesía, por el pueblo y por la libertad, se escapa del sacerdote y cae en poder del artista y éste la construye a su gusto. Adiós al misterio, al mito, a la ley. Ahora es la fantasía y el capricho. El sacerdote, con tal de disponer de su basílica y de su altar, no tiene nada que objetar. Los cuatro muros pertenecen al artista. El libro de la arquitectura no pertenece ya al sacerdocio, ni a la religión, ni a Roma, sino a la imaginación, a la poesía al pueblo. De ahí las numerosas y rápidas transformaciones de esta arquitectura que con sólo tres siglos asombrosos de vida marcan un contraste con la inmovilidad estancada de la arquitectura románica que tiene seis o siete. Sin embargo, el arte avanza con pasos de gigante y ahora es el genio y la originalidad populares quienes realizan el trabajo que antes realizaban los obispos. Cada raza escribe, al pasar, en ese libro la línea que le corresponde; tacha los viejos jeroglíficos románicos en el frontispicio de las catedrales y apenas si se ve, aquí y a11á, asomar el dogma bajo el nuevo símbolo que en él deposita; el ropaje popular apenas si permite adivinar la osamenta religiosa y resultaría sumamente difícil hacerse una idea de las li- bertades que, incluso para con la iglesia, se toman los arquitectos. Son los capiteles, ornamentados con monjes y monjas, acoplados vergonzosamente, como en la sala de las chimeneas del Palacio de justicia de París; es el arca de Noé esculpida con todas sus le- tras, como en el tímpano del gran pórtico de la catedral de Bourges, o es un monje báquico con orejas de burro y con el vaso en la mano riéndose en las narices de toda la comunidad, como en el lavabo de la abadía de Boscherville. Existe en esta época, para el pensamiento escrito en la piedra, un privilegio perfectamente comparable a nuestra actual libertad de prensa; es la libertad de la arquitectura. 15. De Jacques, nombre dado a los aldeanos. Las jacqueries serían, pues, el nombre dado a las revueltas aldeanas francesas, siendo la más célebre la que estalló en 1358, después de la derrota de Poitiers. 16. Porque me llamo león. Alude al pasaje de la fábula de Fedro en que el león se atribuye la primera parte de las reparticiones por ser quien es, precisamente. Y esta libertad va más a11á incluso pues a veces un pórtico, una fachada o una iglesia entera presenta un sentido simbólico totalmente ajeno al culto o incluso hostil a la iglesia. Ya desde el siglo XIII con Guillaume de París, o con Nicolás Flamel en el XV, se están escribiendo esta clase de páginas sediciosas. La misma iglesia de Saint-Jacques-de-la-Boucherie es una muestra de esta oposición. Como entonces, sólo en este sentido se permitía la libertad de expresión no había más posibilidad de manifestarla que con este tipo de libros, llamados edificios. Sin utilizar esta forma de expresión, habría sido quemado en la plaza pública por mano del verdugo, cualquier manuscrito, si alguien hubiera sido to bastante imprudente como para correr cal riesgo. El pensamiento pórtico de la iglesia hubiera asistido al suplicio del pensamiento libre. Así, pues, como no se disponía de otro camino que el de la construcción para expresarse, para salir a la luz pública, todo el pensamiento se concentraba en ella y de ahí la inmensa cantidad de catedrales que han cubierto Europa en número tan prodigioso que, aun habiéndolo comprobado, apenas si se le puede dar crédito. Todas las fuerzas materiales y espirituales de la sociedad convergían en el mismo punto: la arquitectura. De esta forma, so pretexto de edificar iglesias a mayor gloria de Dios, el arte se desarrollaba en proporciones grandiosas. Entonces todo el que nacía poeta se hacía arquitecto. El genio esparcido entre las masas, comprimido por codas partes bajo el feudalismo, como bajo una testudo(17) de escudos de bronce, no encontrando otras salidas que la arquitectura, se encaminaba hacia ese arte y sus Ilíadas tomaban forma de catedrales y todas las demás manifestaciones del arte se situaban obedientes bajo la disciplina de la arquitectura. Eran los obreros de aquella magna obra. El arquitecto, el poeta, el maestro totalizaba en su persona la es- cultura que cincelaba en las fachadas, la pintura con que iluminaba las vidrieras, la música que animaba sus campanas y que insufiaba en sus órganos. Incluso la pobre poesía propiamente dicha, la que se obstinaba en vejetar en los manuscritos, para ser con- siderada en algo, estaba obligada a encuadrarse en los edificios bajo la forma de himno o de proaa aunque, bien mirado, era el mismo papel que habían jugado las tragedias de Esquilo en las fiestas sacerdotales de Grecia o el Génesis en el templo de Salomón. 17. Tortuga: las legiones romanas hacían con sus escudos, en formación de ataque, una especie de bóveda por encima de sus cabezas. De esta forma, y hasta Gutenberg la arquitectura es la escritura principal, la escritura universal. La Edad Media ha escrito la última página de este libro granítico, que había tenido su origen en Oriente y que había sido continuado por la antigüedad griega y romana. Por otra parte el fenómeno de una arquitectura popular sucediendo a una arquitectura de casta, como hemos visto en la Edad Media, se repite como todo movimiento análogo de la inteligencia humana, en las otras grandes épocas de la historia. Así ocurre, para no evocar aquí más que someramente una ley que exigiría ser desarrollada en varios volúmenes, en el alto Oriente, cuna de los tiempos más primitivos después de la arquitectura indú; en la arquitectura fenicia, madre opulenta de la arquitectura árabe; en la antigüedad, después de la arquitectura egipcia, de la que el estilo etrusco y los monumentos ciclópeos no son más que una variedad; en la arquitectura griega, de la que el estilo romano no es sino una prolongación recargada de la cúpula cartaginesa; en los tiempos modernos, después de la arquitectura románica; en la arquitectura gótica; y desdoblando estas tres series, encontraremos el mismo símbolo en las tres hermanas mayores, es decir: la arquitectura indú, la arquitectura egipcia y la arquitectura románica. El símbolo sería la teocracia, la casta, la unidad, el dogma, el mito; Dios, y para las tres hermanas menores, la arquitectura fenicia, griega y gótica, sea cual sea la diversidad de forma inherente a su naturaleza, encontraremos igual sentido, es decir: libertad, pueblo, hombre. Llámese brahmán, mago o papa en las construcciones indúes, egipcias o románicas, se adivina siempre al sacerdote y nada más; sin embargo, todo es diferente en la arquitectura popular; son más ricas y menos sagradas; en la fenicia se adivina al mercader, en la griega al republicano y en la gótica al burgués. Las características generales de toda arquitectura teocrática son la invariabilidad, el horror al progreso, la conservación de la línea tradicional, la consagración de los tipos primitivos, la sumisión continua de todas las formas del hombre y de la naturaleza a los caprichos incomprensibles del símbolo. Son libros tenebrosos que sólo los iniciados saben descifrar. Además cualquier forma, cualquier deformidad incluso, encierra un sentido que la hace inviolable. No pidáis a las construcciones indúes, egipcias o romanas que reformen su proyecto o mejoren su estatuaria pues todo perfeccionamiento les parece impiedad. Se diría que en esas arquitecturas la rigidez del dogma se haya extendido a la piedra como una segunda petrificación. Por el contrario, los caracteres generales propios de las cons- trucciones populares son: variedad, progreso, originalidad, opulencia y cambio continuo. Se encuentran to suficientemente independizadas de la religión como para pensar en su belleza, para cuidarla, para modificar incensantemente los adornos de estatuas o arabescos; en una palabra, pertenecen al siglo y tienen en consecuencia algo humano que mezclan continuamente con el símbolo divino bajo el que aún se producen. De ahí esos edificios asequibles a cualquier alma, a cualquier inteligencia o a cualquier imaginación, simbólicas todavía, pero fáciles de comprender como la naturaleza misma. Entre la arquitectura teocrática y ésta existe la misma diferencia que entre una lengua sagrada y una lengua vulgar, entre el jeroglífico y el arte, entre Salomón y Fidias. Si resumimos to que hemos expuesto hasta aquí muy someramente pasando por alto mil pruebas y miles de objeciones de detalle, Ilegamos a esto: la arquitectura ha sido hasta el siglo Xv el registro principal de la humanidad; en ese intervalo no ha aparecido en todo el mundo el más mínimo pensamiento, por complicado que haya sido, que no se haya hecho piedra en un eedificio; toda idea popular, como toda ley religiosa, ha tenido sus monumentos; en fin, que no ha existido pensamiento importante que no haya sido escrito en piedra. ¿Y por qué? Porque cualquier pensamiento, religioso o filosófico tiene interés en perpetuarse, porque cualquier idea que haya sido capaz de conmover a una generación, quiere arrastrar otras ideas y dejar su huella. Ahora bien, ¿no es muy precaria la inmortalidad de un manuscrito? ¿No es mucho más sólido, duradero y resistente un edificio que la expresión de un libro? Basta la simple antorcha de un turco para destruir la palabra escrita, pero para poder demoler la palabra hecha piedra, se precisa de una revolución social, de una revolución terrestre. Los bárbaros han pasado sobre e1 Coliseo y tal vez el diluvio haya pasado también sobre las pirámides. En el siglo xv todo cambia. El pensamiento humano descubre un medio de perpetuarse no sólo más duradero y más resistente que la arquitectura, sino también más fácil y más sencillo. La arquitectura queda destronada. A las letras de piedra de Orfeo van a suceder las letras de plomo de Gutenberg. El libro va a matar al edificio. La invención de la imprenta es el acontecimiento más grande de la historia; es la madre de todas las revoluciones; es el modo de expresión de la humanidad que se renueva totalmente; es el pensamiento humano que se despoja de una forma para vestirse con otra; es, en una palabra el definitivo cambio de piel de esta serpiente simbólica que desde Adán representa la inteligencia. Bajo la forma de imprenta el pensamiento es más imperecedero que nunca; es volátil a indestructible. Se mezcla con el viento. Con la arquitectura se hacía montaña y se apoderaba con gran fuerza de una época y de un lugar; ahora se convierte en bandada de pájaros, se disemina a los cuatro vientos y ocupa al mismo tiempo todos los lugares del espacio y del aire. Lo repetiremos una vez más. ¿Quién no es capaz de ver que de esta forma el pensamiento es mucho más indeleble? De sólido que era se ha hecho vivaz, pasa de ser duradero a ser inmortal; se puede demoler una masa pero, ¿cómo extirpar la ubicuidad? Ya puede venir un diluvio que aunque la montaña haya desaparecido bajo las olas, los pájaros seguirán volando pues bastará con que una sola arca flote sobre el cataclismo para que se posen en ella, sobrenaden con ella, asistan con ella al reflujo de las aguas y el nuevo mundo que emerja del caos contemplará, al despertarse, volar sobre él, alado y vivo, el pensamiento del mundo sumergido. Y cuando se llegue a la conclusión de que este modo de expresión es no sólo el más conservador, sino el más sencillo, el más cómodo, el más práctico para todos; cuando se observe que no arrastra consigo un enorme bagaje y que no necesita pasado instrumental; cuando se compare la enorme dificultad para traducir un pensamiento en piedra, utilizando para ello la asistencia de cuatro o cinco artes y toneladas de oro y montañas de piedra y bosques enteros de andamios y todo un pueblo de obreros; cuando todo esto se compara al pensamiento, que para hacerse libro no necesita más que un porn de .papel y de tinta y una pluma, ¿cómo vamos a sorprendernos de que la inteligencia humana haya cambiado la arquitectura por la imprenta? Cortad bruscamente el lecho primitivo de un río; abrid un canal a un nivel inferior y veréis cómo el río abandona su cauce. Igualmente puede observarse cómo a partir del descubrimiento de la imprenta la arquitectura se va desecando poco a poco, se atrofia y se desnuda. Cómo se nota que las aguas bajan, que la savia se retira y que el pensamiento de los tiempos y de los pueblos la abandonan. Este enfriamiento es todavía insensible en el siglo xv, pues la prensa es demasiado joven aún y no hace sino retirar a la poderosa arquitectura un excedente de su abundancia de vida. Pero, a partir del siglo xvi, la enfermedad de la arquitectura es visible; ya no es la expresión esencial de la sociedad y se convierte en un miserable arte clásico. De ser gala, europea, indígena, se hace griega y romana; de personal y moderna se hace seudoantigua. Es a esta decadencia a la que llamamos Renacimiento. Decadencia magnífica a pesar de todo, pues el viejo genio gótico, ese sol que se pone tras la gigantesca prensa de Maguncia, ilumina aún, durante algún tiempo, con sus últimos rayos, todo el amontonamiento híbrido de arcadas latinas y columnatas corintias. A este atardecer es a to que nosotros llamamos amanecer. Sin embargo, desde el momento en que la arquitectura ya no es más que un arte como otro cualquiera; en cuanto deja de ser el arte total, el arte soberano, el arte tirano, carece entonces de la fuerza necesaria para retener a las demás artes y éstas se emancipan, rompen el yugo del arquitecto y cada una se va por su lado y salen ganando en este divorcio. El aislamiento to acrecienta todo. La escvltura se hace estatuaria, la imaginería se convierte en pintura y el canon en música. Algo así como un imperio que se des- morona a la muerte de su Alejandro y cuyas provincias se transforman en reinos. De ahí Rafael, Miguel Ángel Jean Goujon, Palestrina, esos esplendores del deslumbrante siglo xvi. Al mismo tiempo que las artes, el pensamiento se emancipa por codas las partes. Los heresiarcas de la Edad Media habían mellado fuertemente el catolicismo y es en el siglo %vi cuando se rompe la unidad religiosa. Antes de la imprenta, la reforma no hubiera sido más que un cisma, pero la imprenta la convierte en revolución. Suprimid la prensa y la herejía quedará abatida. Fatal o provindencial, Gutenberg es el precursor de Lutero. Sin embargo, cuando el sol de la Edad Media se ha puesto del todo, cuando el genio gótico se ha extinguido para siempre en el horizonte del arte, la arquitectura se va desluciendo, se decolora cada vez más y hasta llega a desaparecer; el libro impreso, ese gusano roedor del edificio, la succiona y la devora. La arquitectura se despoja, se deshoja y adelgaza a ojos vista; se hace mezquina, se empobrece y hasta se anula. Ya no es capaz de expresar nada, ni siquiera el recuerdo del arte de to que fue en otro tiempo. Reducida a ella misma, abandonada por las demás artes, porque el pensamiento humano la abandona, recurre a artesanos en lugar de artistas y así el vidrio sustituye a las vidrieras; el picapedrero reemplaza al escultor. Adiós, pues, a toda la savia, a toda originalidad, a la vida y a la inteligencia. Se arrastra como una triste mendiga de taller, de copia en copia. Miguel Ángel, que desde el siglo Xvl la sentía morir, había tenido una última idea desesperada. Aquel titán del arte había amontonado el Panteón sobre el Partenón y había creado San Pedro de Roma. Gran obra que merecía ser única, última originalidad de la arquitectura, firma de un artista gigantesco al pie de un colosal registro de piedra que se cerraba. Pero muerto Miguel Ángel, ¿qué puede hacer esta miserable arquitectura que se sobrevive a sí misma en estado de espectro y de sombra? Toma San Pedro de Roma y to calca, to parodia; es una manía lastimosa. Cada siglo tiene su San Pedro de Roma: en el xviI el Val-de-Grâce, en el XVIII Sainte-Geneviève. Cada país tiene su San Pedro de Roma: Londres tiene el suyo y San Petersburgo también; París tiene dos o tres. Insignificante testamento, último desvarío de un gran arte decrépito que vuelve a su infancia antes de morir. Si en lugar de monumentos característicos como los que acabamos de citar examinamos el aspecto general del arte de los siglos xvI al xvili observaremos los mismos fenómenos de decaimiento y de ruindad. A partir de Francisco II, la forma arquitectural del edificio desaparece cada vez más y deja surgir la forma geométrica, como el esqueleto huesudo de un enfermo raquítico. Las bellas líneas del arte ceden su lugar a las frías a inexorables líneas del geómetra. Un edificio ya no es cal sino un poliedro. Y sin embargo la arquitectura se atormenta para ocultar esa desnudez. Así tenemos el frontón griego incrustado en el frontón romano y al reves. Siempre es to mismo; el Panteón en el Partenón, San Pedro de Roma. Así las casas de ladrillo, enmarcadas en piedra de la época de Enrique IV, o la plaza Royale o la plaza Daufine. Así son las iglesias en tiempos de Luis XIII, macizas, barrigudas, bajas, en- cogidas, catgadas con una cúpula como una joroba, o la arquitectura de tiempos del cardenal Mazarino, el horrible pastiche italiano de las Quatre-Nations. Ahí tenemos aún los palacios de Luis XIV coal largos cuarteles hechos para cortesanos; rígidos, glaciales y aburridos, o los de Luis XV con sus adornos de escarolas y todas las verrugas y todos los hongos que desfiguran esa vieja arquitectura caduca, desdentada y presuntuosa. Desde Francisco II hasta Luis XV el mal gusto ha ido creciendo en progresión geométrica. A1 arte sólo le queda ya la piel cubríendole los huesos y agoniza miserablemente. Pero, ¿qué ocurre con la imprenta? Toda esta vida que se escapa de la arquitectura se va concentrando en ella. A medida que la arquitectura va perdiéndose, la imprenta crece y se amplía. El capital de energía que el pensamiento humano gastaba en edificios to invierte ahora en libros. Por eso en el siglo xvI la imprenta alcanza ya el nivel de la arquitectura que va declinando; lucha con ella y acaba por vencerla. En el xvü, la vemos ya soberana, triunfante, asentada en su victoria para ofrecer al mundo la fiesta de un gran siglo literario. En el siglo XVIII, después de un prolongadísimo descanso en la corte de Luis XIV, coge de nuevo la espada de Lutero, arma con ella a Voltaire y corre tumultuosa al ataque de esta vieja Europa de la que ya ha matado la expresión arquitectural y ya en los estertores del siglo to ha dástruido todo. Hay que esperar el XIX para comenzar una nueva reconstrucción. Sin embargo, preguntamos ahora, ¿auál de las dos artes representa en realtdad, desde hace tres siglos, al pensamiento humano? ¿Cuál de ellas to traduce con más fidelidad? ¿Cuál de ellas consigue expresar, no sólo sus manías literarias y escolásticas, sino también su enorme, su profundo y universal movimiento? ¿Cuál se superpone constantemente sin rupturas y sin lagunas al género humano que camina cual un monstruo de mil pies? ¿La arquitectura o la imprenta? La imprenta. No nos equivoquemos: la arquitectura está muerta, ha muerto definitivamente; muerta por el libro impreso; muerta en fin porque dura menos y es más cara que el libro. Una catedral cuesta capitales ingentes, así que imaginemos qué inver- sión no sería ahora necesaria para volver a escribir el libro de la arquitectura para hacer surgir de nuevo millones de edificios; para volver a la época en que la cantidad de monumentos era tal que en boca de un testigo ocular: «Habría podido decirse que el mur.- do, al desperezarse, se había despojado de sus viejas ropas para cubrirse con un blanco vestido de iglesias.» Erat enim ut ri mundur, ipre excutiendo semet, rejecta veturtate, candidam eccie.riarum vertem indueret (Glaber Radulphus) (18). 18. Es el autor de una crónica en varios libros del año 900 al 1046 ¡Un libro se hace tan pronto cuesta tan poco y puede llegar tan lejos! ¡Cómo sorprenderse de que el pensamiento se deslice por esa pendiente! No quiere esto decir que la arquitectura no produzca aún aquí o a11á un bello monumento, una obra maestra ais- lada. Se podrá tener aún, bajo el reino de la imprenta, una columna hecha, supongo, por todo un ejército, con cañones fundidos como se tenía, bajo el reinado de la arquitectura, Ilíadas y Romanceros, Mahabahratas y Nibelungos, hechos por todo un pueblo con rapsodias amontonadas y fundidas. El gran accidente de un arquitecto de ingenio podrá aparecer en el siglo xx como el de Dante en el XIII, pero nunca será ya la arquitectura el arte social y colectivo, el arte dominante. El gran poema, el gran edificio, la gran obra de la humanidad no se construirá ya, se imprimirá. Y aunque en lo sucesivo la arquitectura pueda manifestarse accidentalmente, ya nunca será la dueña; seguirá el dictado de la literatura, a la que antes dictaba ella su ley. Se invertirán las posiciones respectivas de ambas artes. Es verdad que en tiempos de la arquitectura los poemas, escasos, se parecían a los monumentos. En la India, Vyasa(19) es espeso, extraño, impenetrable como una pagoda. En el Oriente egipcio, la poesía tiene, como los edificios, grandeza y serenidad de líneas; en la Grecia antigua, la beIleza, el equilibrio, la calma; en la Europa cristiana, la majestad católica, la ingenuidad popular, la rica y lujuriante vegetación de una época de renovación. La Biblia se parece a las pirámides, la Ilíada al Partenón, Homero a Fidias. Ya en el siglo XIII Dante es la última iglesia románica y Shakespeare, en el XVI, la última catedral gótica. 19 Asceta legendario considerado autor de los grandes poemas sagrados de la India. Así, para resumir lo dicho hasta aquí de forma necesariamente incompleta y truncada, diremos que el género humano tiene dos libros, dos registros, dos testamentos: la arquitectura y la imprenta; la biblia de piedra y la biblia de papel. Sin duda alguna, al contemplar las dos biblias, tan hojeadas y consultadas a través de los siglos, nos estará permitido el añorar la majestad visible de la escritura de granito; esos gigantescos alfabetos formulados en columnatas, en pilones, en obeliscos; esa especie de montañas humanas que cubren el mundo y el pasado, desde la pirámide hasta el campanario, desde Kéops hasta Estrasburgo. Hay que releer el pasado en esas páginas de mármol; hay que admirar y hojear constantemente el libro escrito por la arquitectura, pero no hay que negar la grandeza del edificio que eleva, a su vez, la imprenta. Este edificio es colosal. No sé qué hacedor de estadísticas ha calculado que colocando uno sobre otro todos los volúmenes salidos de la imprenta, desde Gutenberg, se llenaría el espacio existente entre la tierra y la luna. Pero no es de esta clase de grandeza de la que queremos hablar. Sin embargo cuando se intenta abarcar con el pensamiento una imagen total del conjunto de las producciones desde la imprenta hasta nuestros días, ¿no se nos aparece este conjunto como una inmensa construcción, teniendo por base al mundo entero, en la que la humanidad trabaja sin descanso y cuya monstruosa cabeza se pierde entre las brumas profundas del futuro? Es como el hormiguero de las inteligencias, la colmena a donde todas las imaginaciones, esas abejas doradas, llegan con su miel; es la torre de los mil pisos. Por aquí y por allá se ven desembocar en sus rampas las cavernas tenebrosas de la ciencia que se cruzan en sus entrañas. En todas partes de la superficie el arte hace proliferar ante los ojos sus arabescos, sus rosetones y sus encajes. Allí cada obra individual, por caprichosa y aislada que parezca, tiene su sitio y su resalte. La armonía procede del conjunto. Desde la catedral de Shakespeare hasta la mezquita de Byron, mil campanarios se agrupan y se entremezclan en esta metrópoli del pensamiento universal. En su base se pan escrito algunos antiguos títulos de la humanidad que la arquitectura no había registrado. En la entrada, a la izquierda, se ha sellado el viejo bajorrelieve en mármol blanco de Homero; a la derecha, se yerguen las siete cabezas de la Biblia políglota. Más a11á se eriza la hidra del Romancero y algunas otras formas híbridas como los Vedas y los Nibelungos. Ocurre además que el prodigioso edificio se mantiene inacabado y la imprenta, esa máquina gigante que bombea sin cesar toda la savia intelectual de la sociedad, vierte incesantemente nuevos materiales para la obra. Todo el género humano está en ese andamiaje y cada inteligencia es uno de sus obreros. El más humilde coloca una piedra o tapa un agujero y cada día se coloca una nueva hilada. Retif de la Bretonne aporta su cesto de cascotes. Independientemente de la aportación original a individual de cada escritor existen aportaciones colectivas. El siglo xvII1 concurre con su Enciclopedia, la revolución aporta su Monitor(20). Naturalmente que se trata de una construcción que crece y se completa en espirales sin fin y en donde se produce también la confusión de lenguas; es una actividad incesante un trabajo infatigable, un concurso entusiasta de toda la humanidad; es el refugio prometido a la inteligencia contra un nuevo diluvio o contra otra invasión de los bárbaros; es la segunda torte de Babel del género humano. 20. El Monitor Univerral apareció en 1789 y se prolongó pasta 1868, en que fue reemplazado pot el boletín official. No se limitaba a la publicación de los textos oficiales sino que los completaba con comentarios que eran consultados, llegado el caso, por gobiernos sucesivos para informar o incluso orientar a la opinión general. LIBRO SEXTO I OJEADA IMPARCIAL A LA ANTIGUA MAGISTRATURA EN el año de gracia de 1482, el gentilhombre Robert de Estouteville, caballero, señor de Beyne, barón de Ivry y de SaintAndry en la Marca, consejero y chambelán del rey y guardián de la prebostería de París, era un personaje muy afortunado. Tenía casi diecisiete años cuando recibió del rey, el 7 de noviembre de 1465, el año del cometa, el honorable cargo de preboste de París, que era considerado como un señorío más que un cargo propiamente dicho: Dignitas, dice Joannes Loemnoeus, quae cum non exigua potestate politiam concernente, atque praerogativis multis et juribus conjuncta est(1). Era algo extraordinario ver en 82 a un gentilhombre, comisionado por el rey, para una institución que se remonta a la época del matrimonio de la hija natural de Luis XI con monseñor, el bastardo del Borbón. El mismo día en que Robert de Estouteville había reemplazado a Jacques de Villiers en el prebostazgo de París, maese Jean Dauvet sustituía a maese Hélye de Torrettes en la primera presidencia de las cortes, en el parlamento; Jean Jouvenel de los Ursinos suplantaba a Pierre de Morvilliers en el puesto de canciller de Francis; Regnaul des Dormants desposeía a Pierre Puy del cargo de receptor de peticiones ordinarias de la residencia real. Pero, ¿sobre cuántas cabezas se habían paseado la cancillería, el ministerio y la presidencia desde que Robert de Estouteville había sido nombrado preboste de Paris? 1.Dignidad que entraña un rnnsiderable poder, relativo a la policía otros múltiples derechos y prerrogativas. Le había sido entregado en guarda, decían las camas credenciales; y desde luego que lo guardaba bien, pues se aferraba a él, se había entregado a él y hasta se había identificado con él tan bien que había logrado escapar a la furia de cambios que dominaba a Luis XI, rey desconfiado, hostigador y trabajador, que pretendía conservar mediante revocaciones frecuentes la elasticidad de su poder. Aún había más ya que el buen caballero había obtenido para su hijo la continuidad de su cargo y hacía ya dos años que el nombre del gentilhombre Jacques de Estouteville, escudero, figuraba junto al suyo encabezando el registro ordinario del prebostazo de París. ¡Rarísimo en verdad, insigne favor! Es cierto que Robert de Estouteville era un buen soldado, que había lealmente enarbolado su pendón contra la liga del bien público(2) y que además había ofrecido a la reina un maravilloso ciervo confitado el día de su entrada en París en 14... Contaba también con la buena amistad de micer Tristán l'Hermite, preboste de los mariscales del palacio del rey; así que micer Robert gozaba de una dulce y plácida existencia: primeramente unos buenos emolumentos a los que se unían y colgaban, como unos racimos más de su viña, las rentas de la secretaría de lo civil y de lo criminal del pre- bostazgo más las rentas civiles y criminales de las auditorías del Embas del Châtelet, sin contar los pequeños pontazgos de Mantes y de Corbeil y los impuestos sobre leña y sal. Añádase a esto el placer de la ostentación en sus cabalgadas por la ciudad, y el destacar sobre la vestimenta rojo y tostado de los ediles y de los jefes de la tropa de su hermoso uniforme de guerra, que aún hoy podemos admirar esculpido en su sepulcro en la abadía de Valmont, en Normandía, y su morrión repujado en Montlhéry. Y además, ¿no suponia nada el ejercer autoridad sobre los guardias de la docena, el conserje y vigía del Châtelet, los dos auditores del Châtelet, auditores castelleti, los dieciséis comisarios de los dieci- séis barrios, el carcelero del Châtelet, los cuatro sargentos enfeudados, los ciento veinte sargentos de a caballo, los ciento veinte sargentos de vara, el caballero de la ronda con toda su ronda, con su ronda inferior y su contrarronda? ¿No era nada ejercer justicia, alta y baja, derecho de arrestar y de colgar, sin contar la primera jurisdicción, en primera instancia, in prima instantia, como dicen los documentos, sobre el vizcondado de Paris, tan gloriosamente dotado con siete nobles bailiajes?(3) ¿Se puede uno imaginar algo más grato que dictar sentenciás y ordenar arrestos como hacía a diario micer Robert de Estouteville, en el Grand Châtelet bajo las ojivas amplias y achatadas de Felipe Augusto? ¿Y el ir como acostumbraba cada noche a la encantadora mansión de la calle Galilée, en el recinto del Palais-Royal, que poseía como dote de su mujer, madame Ambroise de Loré, a descansar de la fatiga que le hubiera producido el haber enviado a algún pobre diablo a pasar la noche por su cuenta en «aquella celdita de la calle de la Escorcherie, que los prebostes y los edíles de París solían utilizar como su prisión y que medía once pies de largo, siete pies y cuatro pulgadas de ancho y otros once pies de alto»? 2. Revuelta organizada por una parte de la nobleza contra Luis XI en el año de 1464, en la que el rey se vio obligado a capitular (Tratado de Conflans, 1465). 3. El bailío era un agente del rey o de un noble; se encargaba, a partir del siglo XII, de las funciones judiciales. El bailiaje sería pues la jurisdiccíón correspondiente a un bailío. Pero micer Robert de Estouteville tenía, además de su justicia particular como preboste y vizconde de Paris, parte, ojeada y un buen mordisco también, en la gran justicia del rey. No había cabeza importante que no hubiera pasado por sus manos antes de ir a parar a las del verdugo. Él mismo fue quien había ido a buscar a la Bastille-Saínt-Antoine, para llevarle a las Halles, al señor de Nemours, y al condestable de Saint-Pol para llevarle a la plaza de Grève; éste protestaba y gritaba, con gran satisfacción del preboste, que no estimaba en absoluto al señor condestable. He aquí, en realidad, más de lo necesario para hacer feliz a ilustre la existencia y para merecer, al menos, una página notable en esta interesante historia de los prebostes de París, en la que uno puede enterarse de que Oudard de Villeneuve tenía una residencia en la calle de las Boucheries, que Guillaume de Hangest cornpró la grande y la pequeña Saboya, que Guillaume de Thiboust cedió a las religiosas de Santa Genoveva sus casas de la calle Clopin, que Hugues Aubriot vivió en la residencia del Porc-Épic, y otras mil circunstancias domésticas. Sin embargo y con tantas razones para tomarse la vida con paciencia y alegría, micer Robert de Estouteville se había levantado aquella mañana del 7 de enero de 1482 muy enfadado y de un humor insoportable. ¿De dónde le venía aquel malhumor? Ni él mismo habría sabido decirlo. ¿Sería porque el cielo estaba gris?, ¿porque la hebilla de su viejo cinturón de Monthléry no ajustaba bien y oprimía demasiado militarmente su gordura de preboste? ¿Quizás porque había visto pasar bajo su ventana a unos rufianes burlándose de él, en pandilias de cuatro, sin camisa bajo sus jubones, con el gorro roto y bien provistos de zurrón y botella? ¿Podría ser el vago presentimiento de las trescientas setenta libras, dieciséis sueldos y ocho denarios que el futuro rey Carlos VIII iba a retirarle de sus rentas el año siguiente? Todo ello queda a elección del lector; nosotros nos inclinamos a creer sencillamente que estaba de mal humor porque estaba de mal humor. Por otra parte, era al día siguiente de una fiesta, día de aburrimiento para todos, principalmente para el magistrado encargado de barrer y recoger todas Las basuras, en sentido propio y figurado que una fiesta produce en una ciudad como París. Y además tenía sesión en el Grand Châtelet, aunque hemos observado que los jueces se las arreglan en general para que su día de audiencia sea un día de buen humor al objeto de poder descargar cómodamente sobre alguien, en el nombre del rey, de la justicia o de la ley. Sin embargo, la audiencia había comenzado sin su presencia y sus lugartenientes en lo civil, en lo criminal y en lo particular hacían sus funciones, según la costumbre. Desde las ocho de la mañana algunos grupos de burgueses y de burguesas amontonados y apiñados en un rincón oscuro del auditorio de Embas del Chatelet, entre una sólida barrera de roble y la pared, asistían tranquilamente al espectáculo variado y regocijante de la justicia civil y criminal administrada por maese Florian Barbedienne, auditor del Châtelet lugarteniente del señor preboste, de manera un tanto atropellada y caprichosa. La sala era pequeña, abovedada y baja; al fondo se veía una mesa con el emblema de flor de lis, y un gran sillón de madera de roble, repujado, que pertenecía al preboste y que permanecía vacío; y a la izquierda un escabel para el auditor, maese Florian. Abajo se hallaba el escribano garabateando y al frente estaba el pueblo. En la puerta y junto a la mesa, guardias del preboste con sobrevesta de camelot violeta con cruces blancas. Dos guardias del Parloir-aux-Bourgeois, vestidos con sus jubones de la fiesta de Todos Los Santos, medio rojos, medio azules, vigilaban ante una puerta baja y cerrada que se veía al fondo, detrás de la mesa. Sólo una ventana en ojiva, fuertemente encajada en el grueso muro, iluminaba con un rayo pálido de enero, a dos grotescas figuras: el caprichoso demonio de piedra, colgante en el centro de la bóveda, y el juez sentado al fondo de la sala sobre Las flores de lis. En efecto, imaginaos en la mesa del preboste, entre dos legajos de procesos, apoyado en sus codos, con un pie pisando la cola de su toga de paño marrón liso, con la cara envuelta en pieles blancas de cordero, de Las que destacaban sus negras cejas; coloradote, enfadado, cerrando un ojo, llevando con majestad la grasa de sus mejillas, que se juntaban en su mentón, imaginaos así a maese Florian Barbedienne, auditor en el Châtelet. Ahora bien; el auditor era sordo y éste era, en verdad, un ligero defecto para un auditor. Pero no por ello maese Florian dejaba de juzgar sin apelación y con sensatez. Claro que es cierto que a veces basta con que un juez tenga aspecto de estar atento y, en este caso, el venerable auditor cumplía con creces esta tarea, la única para administrar una buena justicia, tanto mejor cuanto que su atención no podia ser distraída por ningún ruido. Por otra parse, había en el áudítorio un implacable controlador de sus hechos y de sus gestos en la persona de nuestro amigo Jehan Frollo du Moulin, aquel joven estudiante de ayer, aquel peatón al que siempre se podia encontrar en cualquier parte de París, excepto ante la cátedra de sus profesores. -¡Mira! -decía por lo bajo a su compañero Poussepain, que se reía burlón a su lado mientras comentaba las escenas que se sucedían ante sus ojos-, ahí está Jehanneton du Buisson, la linda hija del gandul del mercado nuevo. ¡Por mi vida que ese viejo va a condenarla! ¡Tiene menos vista que oído! ¡Quince sueldos y cuatro denarios parisinos por haber robado dos rosarios! Resulta un poco raro. Lex duri carminis(4). ¿Quién es ése? ¡Robin-Chief-deVille, posadero! ¿Por haber sido maestro en su officio? Es el pago de su entrada. ¡Eh! ¡Dos caballeros entre estos truhanes! Aiglet de Soins y Hutin de Mailly. ¡Dos escuderos, Corpus Crirtil ¡Ah!, han jugado a los dados; ¿cuándo veré aquí a nuestro rector? ¡Cien libras parisinas de multa a favor del rey! ¡El Barbedienne ese multa como si estuviera sordo! (y es que lo está). Quiero ser mi hermano el archidiácono, si ello me impide jugar, jugar día y noche, vivir para jugar, si eso me impide morir jugando y jugarme el alma después de la camisa. ¡Virgen Santa, cuántas mozas! ¡Como ovejitas una tras otra! ¡Ambioise Lécuyère! ¡Isabeau la Peynette! ¡Bérarde Gironin! ¡Si me las conozco a todas, Dios Santo! ¡Malta, multa! ¡Eso os enseñaré a llevar cinturón dorado! ¡Diez sueldos parisinos! ¡Coquetas! ¡Oh!, el viejo hocico de ese juez sordo a imbécil. ¡Ay! ¡Zopendo de Florian! ¡Mastuerzo de Barbedienne! ¡Miradle en su mesa! ¡Come pleinteantes, come procesos, come, mastica, se ceba, se llena! Multas, gastos, tasas, costos, salarios, daños, intereses, prisiones, cárcéles y cepos con costas son para él como dulces de navidad y mazapanes de San Juan. ¡Mírale qué cerdo! ¡Anda! ¡Otra mujer amorosa! ¡Thibaud la Thibaude nada menos! ¡Por haberse salido de la calle Glatigny! ¿Qaién es ése? ¡Gieffroy Mabonne, gendarme! ¡Ha maldecido el nombre del Padre! ¡Anda! ¡Multa a la Thibaude! ¡Malta a Gieffroy! ¡Multa a los dos! ¡Viejo sordo! ¡Ha debido confundir los dos casos! ¡Van diez contra uno a que hace pagar la blasfemia a la moza y el amor al gendarme! ¡Eh, mira, Robert Poussepain! ¿A quién traen ahora? ¡Anda, si son dos sargentos! ¡Por Júpiter! ¡Si están aquí todos los lebreles de la jauría! ¡Debe ser la gran pieza de la batida! Un jabalí. ¡Es uno, Robin, es uno! ¡Y bien grande! ¡Por Hércules! Si es nuestro príncipe de ayer, nuestro papa de los locos, nuestro cam- panero, nuestro tuerto y nuestro cojo y nuestro cheposo y nuestra mueca. ¡Si es Quasimodo...! 4. El texto de la ley es duro. Y no era nada menos. Era Quasimodo, atado, liado, vigilado, agarrotado y bien guardado. La escuadra de guardias que le rodeaba iba asistida por el caballero de ronda en persona, que llevaba bordado el escudo de Francia en el pecho y el de la ciudad en la espalda. Nada se veía en Quasimodo, excepto su deformidad, que pudiera justificar todo aquel aparato de alabardas y arcabuces y estaba triste, silencioso y tranquilo. Apenas si su único ojo lanzaba de cuando en cuando una mirada solapada y colérica sobre sus ataduras. Paseó esa misma mirada a su alrededor pero tan apagada y adormilada que las mujeres le señalaban con el dedo pero para reírse de él. Sin embargo, maese Florian, el auditor, hojeó con atención el expediente de la denuncia presentada contra Quasimodo, que le llevó el escribano y después de haberlo visto se quedó meditativo durante un momento. Gracias a esta precaución que siempre había procurado tener antes de proceder a un interrogatorio, podía conocer por adelantado los nombres, cualidades y delitos del detenido; tenía réplicas previstas a preguntas también previstas y conseguía salir con bien de todas las sinuosidades del interrogatorio sin que se notara demasiado su sordera. El expediente del proceso era para él como el perro para el ciego. Si acontecía por casualidad que su sordera le traicionase aquí o a11á por alguna frase incoherente o por al- guna pregunta incomprensible, era algo que algunos consideraban que era debido a su profundidad y otros a su imbecilidad. En cualquiera de estos dos casos, el honor de la magistratura quedaba a salvo, pues siempre es mejor que un juez sea considerado imbécil o profundo que no sordo. Así que él ponía sumo cuidado en disimular su sordera a los ojos de todos y generalmente lo conseguía con tal brillantez que hasta él mismo llegaba a creérselo, lo que era, por otra parte, más fácil de lo que puede imaginarse. Todos los jorobados caminan erguidos, los tartamudos van perorando y los sordos hablando en voz baja. El creía que, todo lo más, era un poquito duro de oído; era ésta la única concesión que hacía en este aspecto a la opinión pública, en sus momentos de franqueza y de examen de conciencia. Habiendo rumiado a fondo el asunto de Quasimodo, echó la cabeza hacia atrás, y cerró un tanto los ojos para dar más empaque e imparcialidad, aunque en aquel momento estaba a la vez sordo y ciego, doble condición sin la cual no se es un juez perfecto; y así, con esta actitud magistral, dio comienzo al interrogatorio. -¿Vuestro nombre? Pero he aquí un caso «no previsto por la ley»; el que un sordo tenga que interrogar a otro sordo. Quasimodo, a quien nada advertía que se le estaba formulando una pregunta, continuó mirando al juez fijamente y no respondió. El juez, sordo también, y sin que nada le indicara la sordera del acusado, creyó que éste había respondido, como hacían en general todos los acusados, y continuó con su aplomo mecánico y estúpido. -Está bien. ¿Vuestra edad? Quasimodo tampoco respondió a esta pregunta. El juez la creyó cumplimentada y prosiguió. -Y ahora vuestro estado. Se mantuvo el mismo silencio en el acusado, pero el auditorio había comenzado a susurrar y a mirarse unos a otros. -Está bien -continuó imperturbable,el auditor, cuando supuso que el acusado había acabado su tercera respuesta-. Se os acusa ante nos: primo, de desórdenes nocturnos; secundo, de vías de hecho deshonestas en la persona de una mujer loca, in praejudicium meretricis; tertio, de rebelión y desobediencia a los arqueros de la ordenanza del rey nuestro señor. Explicadnos todos estos puntos. Escribano, ¿habéis tomado ya nota de todo lo que el acusado ha dicho hasta ahora? Ante esta desafortunada pregunta se produjo un estallido de risotadas desde la escribanía al auditorio, tan violento, tan loco, tan contagioso y tan general que hasta los dos sordos pudieron enterarse. Quasimodo se dio la vuelta levantando su joroba en un gesto desdeñoso, mientras que maese Florian, igualmente sorprendido, y suponiendo que las risas de los espectadores habrían sido provocadas por alguna réplica irreverente del acusado, materializada para él en aquel gesto de hombros, le apostrofó con indignación. -¡Pícaro! ¡Vuestra respuesta sería merecedora de la horca! ¿Sabéis con quién estáis hablando? No era esta salida la más adecuada para detener la general explosión de risotadas, y así pareció a todos tan incongruente y absurda que aquella risa loca se contagió incluso a los sargentos del Parloir-aux-Bourgeois, una especie de sotas de espadas en quienes la estupidez se había vestido de uniforme. Sólo Quasimodo conservó su serenidad por la simple razón de no entender nada de lo que en torno suyo estaba ocurriendo. El juez, cada vez más irritado se creyó en la obligación de continuar con el mismo tono, esperando con ello infundir terror en el acusado, para que al influir éste en el auditorio, abandonase su actitud y renaciese de nuevo la calma y el respeto. -Es decir, hombre perverso y rapaz, que os permitís faltar al auditorio del Châtelet, al magistrado comisionado para la justicia popular de París, encargado de la investigación de los crímenes, delitos y malos hechos, encargado del control de los oficios y de prohibir su monopolio, de conservar el empedrado, de impedir la reventa de aves y caza y de distribuir la leña y otras clases de madera; de preservar a la ciudad del barro y al aire de enfermedades contagiosas, de mirar continuamente por el bien del público, en una palabra, sin gajes ni esperanza de salarios. ¿Sabéis que me llamo Florian Barbedienne, lugarteniente en propiedad del señor preboste y además comisario, cuestor, controlador y observador con igual poder en prebostería, bailiaje, conservación y presidial...? No hay razón especial para que un sordo se pare mientras está hablando a otro sordo. Dios sabe dónde y cuándo habría tomado tierra maese Florian, lanzado así por las ramas de la alta elocuencia, si la puerta baja del fondo no se hubiera abierto de repente para dar paso al mismísimo preboste en persona. No se turbó maese Florian ante su aparición, sino que volviéndose hacia él y enfocando bruscamente hacia el preboste la arenga con la que estaba fulminando a Quasimodo unos momentos antes dijo: -Señor, requiero la pena que os plazca contra el acusado aquí presente por grave y mirífico desacato a la justicia. Y se sentó, sofocado, secándose las gruesas gotas de sudor que caían de su frente y empapaban como lágrimas los pergaminos expuestos ante él. Micer Robert de Estouteville frunció el entrecejo a hizo a Quasimodo un gesto tan imperioso y significativo que el sordo comprendió en buena parte. El preboste le dirigió la palabra con severidad. -¿Qué has hecho para estar aquí, rufián? El pobre diablo, suponiendo que el preboste le preguntaba su nombre, rompió el silencio que había mantenido hasta entonces y respondió con una voz ronca y gutural. -Quasimodo. La respuesta cuadraba tan mal con la pregunta que las alocadas risas comenzaron a exteriorizarse de nuevo y micer Robert tuvo que gritar encolerizado: -¿También te burlas de mí, pícaro sinvergüenza? -Campanero de Nuestra Señora- respondió Quasimodo creyendo que debía explicar al juez quién era. -Campanero, ¿eh? -replicó el preboste que se había despertado aquella mañana de bastante mal humor, como ya hemos dicho, para que su furia no necesitara ser atizada por tan extrañas respuestas-. ¡Así que campanero! Ya haré yo que te den un carillón de latigazos en el lomo por las calles de París, ¿me entiendes ahora, truhán? -Si lo que queréis conocer es mi edad -dijo Quasimodo-, creo que hago los veinte para San Martín. Aquello era ya demasiado; y el preboste no pudo contenerse. -¡Ah! ¿Te burlas del preboste, miserable? Señores sargentos de vara, llévenme a este bribón a la picota de la plaza de Grève y azótenle durante una hora. ¡Por Dios que me las va a pagar!, y quiero que se pregone esta sentencia, mediante cuatro trompetasjurados, por las siete castellanías del vizcondado de París. El escribano se puso a redactar la sentencia. -¡Por las barbas de Cristo! ¡Ya lo creo que está bien juzgado! -exclamó desde su rincón el joven estudiante Jehan Frollo du Moulin. El preboste se volvió y fijó de nuevo en Quasimodo su mirada centelleante. -Creo que este bribón ha dicho por las barbas de Cristo. Escribano, añada doce denarios parisinos de multa por blasfemar y que se dé la mitad a la obra de San Eustaquio, pues tengo devoción especial a este santo. La sentencia quedó redactada en pocos minutos, siendo su contenido sencillo y breve. La costumbre de la prebostería y del vizcondado de París no había sido aún viciada por el presidente Thibaut Baillet y por Roger Barmne, el abogado del rey. No estaba obstruida entonces por el espeso bosque de embrollos y trámites que esos dos jurisconsultos impusieron a comienzos del siglo XVI. Todo era claro, expeditivo y explícito. Se iba derecho al asunto y se distinguía rápidamente al final del camino, sin zarzas ni recovecos, la rueda, el patíbulo o la picota; al menos se sabía siempre por dónde se iba. El escribano presentó la sentencia al preboste, que puso en ella su sello, y salió para continuar su visita por los demás auditorios con un espíritu tan dispuesto que debió llenar aquel día todas las prisiones de París. Jehan Frollo y Robin Poussepain se reían bajo cuerda y Quasimodo contemplaba todo aquello con un aire de indiferencia y de sorpresa. Sin embargo, el escribano, en el momento en que maese Florian Barbedienne leía, a su vez, la sentencia para firmarla, se sintió movido de piedad por aquel pobre diablo y con la esperanza de rebajarle algo la pena, se acercó lo más que pudo a la oreja del auditor y le dijo señalándole a Quasimodo: -Este hombre está sordo. Esperaba que el conocimiento de la enfermedad de Quasimodo despertaría el interés de maese Florian en su favor; pero ya hemos visto que maese Florian no tenía interés en que nadie se apercibiese de su sordera y por otra parte era tan duro de oído que no oyó una sola palabra de lo que le había dicho el escribano; pero, como deseaba dar la impresión de oír, respondió: -¡Ay, ay, ay!, eso es otra cosa; no sabía yo eso: una hora más de picota en ese caso. Y firmó la sentencia modificada en este sentido. -Le está muy bien -dijo Robin Poussepain, que guardaba un cierto rencor a Quasimodo-, eso le enseñará a no maltratar a la gente. II EL AGUJERO DE LAS RATAS PERMÍTANOS el lector conducirle hasta la plaza de Grève la que dejamos ayer con Gringoire, para seguir a Esmeralda. Son las diez de la mañana. Todo nos da a entender que es el día siguiente a una fiesta. El suelo está lleno de restos, cintas, trápos, plumas de penachos, cera de los velones y migajas del festín popular. Buen número de gente deambula, como se dice ahora; por acá y por a11á revolviendo con el pie los tizones apagados ya de la fogata de la alegría, extasiándose ante la Maison-aux-Piliers, rec.ordando las hermosas colgaduras de la víspera y contemplando hoy como último placer los clavos de los que colgaban. Los vendedores de sidra y de cerveza pasean sus barriles entre la gente. Algunos traseúntes van y vienen con prisa. Los comerciantes charlan y se llaman desde la puerta de sus tiendas. La fiesta, los em- bajadores, Coppenole, el papa de los locos están en boca de todos. Todos comentan y ríen a más y mejor. Sin embargo, cuatro guardias de a caballo, que acaban de apostarse en las cuatro esquinas de la picota, han reunido a su alrededor un buen número de gente esparcida por la plaza condenada a la inmovilidad y al aburrimiento con la pequeña esperanza de poder contemplar una ejecución. Si ahora el lector, después de haber contemplado esta escena viva y chillona que se representa en los cuatro lados de la plaza, dirige su mirada hacia la antigua casa medio gótica y medio románica de la Tour Roland que hace esquina con el muelle del poniente, podrá observar en el ángulo de la fachada un gran breviario público con ricas decoraciones, preservado de la lluvia por un pequeño tejadillo, y de los ladrones por una reja que permite sin embargo hojearlo. Al lado de aquel breviario hay una estrecha claraboya en ojiva, cerrada con dos barrotes de hierro, en forma de cruz, que es la única abertura que lleva un poco de aire y de luz a una pequeña celda, sin puerta, abierta en la planta baja, en el espesor del muro de la vieja casa, y llena de una paz tanto más profunda y de un silencio tanto más triste cuanto que choca con el ambience existente en la plaza pública que hay a su lado, la plaza más bulliciosa, animada y popular de París. Esta celda era célebre en París desde hacía casi tres siglos, cuando madame Rolande de la Tour-Roland, en señal de duelo por la muerte de su padre en las cruzadas, la había hecho excavar en los muros de su propia casa con objeto de encerrarse a11í para siempre, sin conservar de su palacio más que esa vivienda cuya puerta estaba tapiada y con la claraboya abierta constantemente tanto en verano como en invierno, y habiendo ofrecido el resto de su fortuna a Dios y a los pobres. La desconsolada dama había esperado la muerte durante veinte años en aquella tumba anticipada, implorando noche y día por el alma de su padre, durmiendo sobre cenizas, sin tener siquiera una piedra como almohada; vestida con un saco negro y viviendo únicamente de la limosna que los transeúntes depositaban en el reborde de la claraboya, pan y agua principalmente; así recibía ella la caridad después de haberla ejercitado. A su muerte, en el momento de trasladarla a su nuevo sepulcro, había legado a perpetuidad aquel sitio para las mujeres afligidas, a las madres, viudas o doncellas, que necesitaran rogar mucho por el prójimo o por ellas mismas y que desearan enterrarse vivas por un gran dolor o por penitencia. Los pobres de su época le habían ofrecido unos hermosos funerales con lágrimas y bendiciones. Pero con gran pesar suyo la piadosa joven no había Podido ser canonizada como santa por falta de medios. Los más impíos esperaban que el asunto se hubiera arreglado en el paraíso más fácilmente que en Roma y habían rogado a Dios simplemente por la difunta ya que no to hacía el papa. La gran mayoría se había conformado con guardar como sagrada la memoria de Rolande y con hacer reliquias de sus harapos. La ciudad, por su parte, había fundado, en memoria de la dama, un breviario público, que guardaba cerca de la lucera de la celda, para que los transeúntes se detuvieran de vez en cuando, aunque sólo' fuera para rezar, para que la oración obligara a pensar en la caridad y para que las a11í recluidas, herederas de la cueva de madame Rolande, no muriesen de hambre o por olvido. No eran infrecuentes en las ciudades de la Edad Media esta especie de tumbas. Podían encontrarse con alguna frecuencia, en la calle más concurrida, en el mercado más ruidoso .y multicolor, en cualquier parte, bajo las patas de los caballos, o casi casi, bajo las ruedas de las carretas, una cueva, un pozo un calabozo vallado y con rejas en cuyo interior rogaba noche y día un ser humano, entregado voluntariamente a una eterna plegaria, a una dura penitencia. Y todas las reflexiones que despertase hoy en nosotros este extraño espectáculo, esta horrible celda, eslabón intermedio entre la casa y la tumba, entre el cementerio y la ciudad, aquel ser vivo apartado de la comunidad humana y considerado casi como muerto, aquella lámpara consumiendo en la sombra su última gota de aceite, aquel resto de vida vacilante, aquel soplo, aquella voz, aquella eterna súplica en una caja de piedra, aquel rostro vuelto para siempre hacia el otro mundo, aquellos ojos iluminados ya por otro sol, aquel oído pegado a las paredes de la tumba, aquel alma prisionera en el cuerpo, aquel cuerpo prisionero en el calabozo, bajo la envoltura de carne y granito, el rumor de aquella alma en pena, nada de todo aquello era conocido por la gente; la piedad poco razonadora y poco sutil de aquellos tiempos no discernía todas estas facetas en un acto religioso. Tomaba la cosa en bloque y honraba, veneraba y santificaba el sacrificio en circunstancias concretas, pero no analizaba los sufrimientos que de él se derivaban y los compadecía relativamente. Llevaba de vez en cuando algo de comida al desgraciado penitence, miraba por la ventanita para comprobar si aún vivía; desconocía su nombre y apenas si sabía desde cuándo había comenzado a morir, y cuando algún forastero les preguntaba sobre el esqueleto viviente que se pudría en aquella cueva, los vecinos respondían simplemente: es el recluso, o es la reclusa, según que se tratara de un hombre o de una mujer. Así se veía todo en aquel tiempo, sin metafísicas ni exageraciones sin cristales deformantes, a simple vista. No se había inventado aún el microscopio ni para las cosas del espíritu ni para las de la materia. Por to demás, aunque no causara mucha extrañeza, los ejemplos de esta clase de enclaustración en el interior de las ciudades eran frecuentes en realidad cal como acabamos de decir. Había en París un buen número de estas celdas de penitencia y de oración y casi todas estaban ocupadas, aunque bien es verdad que el clero se preocupaba de que no quedaran vacías porque podría inducir a tibieza en la fe de los creyentes y por esto mismo las ocupaban con leprosos cuando se carecía de penitentes. Además de la celda de la Grève había otra en Montfaucon, otra en el cementerio de los Inocentes, otra no sé muy bien dónde, hacia la casa de Clichon, creo, y otras tantas más en muchos lugares de las que encontramos el rastro en las tradiciones populares, a falta del lugar material de las mismas. La Universidad también tenía la suya. En la montaña de Sainte-Geneviéve una especie de Job de la Edad Media cantó durante treinta años los salmos penitenciales sobre un estercolero, en el fondo de una cisterna, volviendo a empezar cuando los terminaba, salmodiando más alto durante la noche, magna voce per umbra.r y aún hoy el que gusta de conocer estas cosas creerá oír su voz al entrar en la calle del Pozo que habla. Para limitarnos solamente a la celda de la Tour-Roland, hay que decir que nunca había carecido de penitentes. Desde la muerte de madame Rolande, apenas si había estado libre uno o dos años. Muchas mujeres la habían ocupado hasta la muerte, entrando en ella para llorar a sus padres, a sus amantes o por sus propias faltas. La maledicencia parisina, que se mete en todo incluso en to que menos debería importarles, pretendía no haber visto encerradas a muchas viudas. Según era costumbre en la época, una inscripción latina en el muro indicaba al transeúnte que supiera leer el destino piadoso de aquella celda. Hasta mediados del siglo xvi se ha conservado la costumbre de explicar la historia de algunos edificios mediante una breve leyenda colocada encima de la puerta; por ello puede hoy mismo leerse, en Francia, sobre la ventanilla de la prisión de la casa señorial de Tourville: Sileto et spera(5); en Irlanda, bajo el escudo existente sobre el portalón de entrada del castillo de Fortescue, reza la inscripción: Forte scutum, salus ducum(6); y en Inglaterra, por encima de la entrada principal de la mansión hospitalaria de los condes de Cowper, se ve: Tuum est(7). Entonces cualquier edificio encerraba un pensamiento. 5. Calla y espera. 6. Escudo fuerte, seguridad de los duques. 7. Esta es tu casa. Como no había puerta en la celda tapiada de la Tour-Roland, se había grabado con gruesos caracteres romanos, por encima de la ventana, estas dos palabras: TU ORA(8) Pero como el pueblo, con su enorme sentido común, no ve tanta delicadeza en las cosas y traduce simplemente Ludovico Magno(9) por Porte Saint-Denis, había dado a esta cavidad oscura, sombría y húmeda el nombre de Agujero de las ratas(10), explicación quizás menos sublime que la otra, pero mucho más pintoresca. 8. Tú reza. 9. A Ludovico Magno era la dedicatoria de la Puerta de Saint-Denis erigida en 1672 para conmemorar las vittorias de Luis XIV en el Rhin. 10. Es un juego de palabras el que se origina fonéticamente con este nombre; en francés se dice trou-aux-rats, equivalente en la pronunciación a «tru o rau, igual a Ta ora, emblema que figuraba en aquella celda. III HISTORIA DE UNA TORTA DE LEVADURA DE MAIZ EN la época en que transcurre esta historia, la celda de la TourRoland estaba ocupada; si el lector desea saber por quién no tiene más que escuchar la conversación de tres comadres que cuando les hemos preguntado por el agujero de las ratas, se dirigían precisamente hacia aquel lado, subiendo por el Châtelet hasta la Grève, bordeando el rlo. Dos de estas mujeres iban vestidas como buenas burguesas de París: con su fina marquesota blanca, faldas de tiritaña con rayas rojas y azules, con medias de lana blanca con ribetes de color, muy ajustadas a las piernas, con zapatos cuadrados de cuero marrón y suelas negras y principalmente con un peinado, una especie de cuerno de lentejuelas, lleno de cintas y de encajes como el que aún llevan las mujeres de la región de Champagne. Todo ello dejaba traslucir que pertenecían a esa clase de ricas comerciantes, que se encuentran entre las que los lacayos llaman a veces una mujer y a veces una dama.,No llevaban ni sortijas, ni cruces de oro, pudiéndose deducir fácilmente que no era por pobreza sino por miedo a una rnulta. Su compañera iba más o menos ataviada de la misma manera, pero había en su presencia y en su desenvoltura ese no sé qué que define a la mujer de un notario provinciano. Se le notaba, por la forma de llevar su cinturón por encima de las caderas, que no llevaba aún mucho tiempo en París. Añadid a eso una gorguera plisada, lazos en los zapatos, que las rayas de su falda iban en el sentido de to ancho y no de to largo y otros tantos detalles que chocaban con el buen gusto. Las dos primeras andaban con ese aire propio de las parisinas que enseñan París a las provincianas. La provinciana llevaba de la mano a un muchachete gordinflón que tenía en la suya una gran torta. Lamentamos tener que añadir que, a causa del frío del invierno el muchachete se servía de su lengua como pañuelo. El muchacho se hacía arrastrar, non patribus aequis(11), como dice Virgilio, y tropezaba a cada paso, con gran griterío de su madre. La verdad es que iba más preocupado por la torta que por el suelo y sin duda debía existir un motivo serio que le impedía tirarle un mordisco (a la torta), pues se contentaba con mirarla golosamente. Creernos que la madre debería haberse encargado de llevar la torta y no someter así al mofletudo muchacho a la crueldad de convertirle en un nuevo Tántalo. 11. A pasos desiguales (Virgilio, Eneida, II-724). Sin embargo, las tres señoritas (el nombre de damas se reservaba entonces a la nobleza) hablaban todas al mismo tiempo. -Hay que darse prisa, señorita Mahiette- decía la más joven de las tres y a la vez la más gruesa, a la provinciana-. Me temo mucho que vamos a llegar tarde pues nos han dicho en el Châtelet que le llevaban inmediatamente a la picota. -Bueno, bueno; ¡no es para tanto, señorita Oudarde Musnier! -decía la otra parisina-; seguro que al menos le tendrán dos horas a11í; tenemos tiempo de sobra. ¿Habéis visto alguna vez Poner a alguien en la picota, querida Mahiette? -Sí -dijo la provinciana-; en Reims. -¡Bah! ¡Qué tiene que ver ésta con vuestra picota de Reims; una mala jaula en donde sólo meten a campesinos? ¡Vaya cosa! -¡Cómo que campesinos! ¡Campesinos en el mercado de los paños! -dijo Mahiette- ; ¡en Reims! Hemos visto a11í bien de criminales y algunos habían matado incluso a su padre y a su madre. ¡Sí, sí, campesinos! ¿Por quiénes nos tomáis Gervaise? La provinciana estaba a punto de enfadarse por el honor de su picota, cuando por fortuna la discreta señorita Oudarde Mousnier cambió de conversación. -A propósito, señorita Mahiette, ¿qué os han parecido nuestros embajadores flamencos? ¿Los podéis encontrar tan guapos en Reims? -Tengo que confesar -respondió Mahiette-, que sólo en París se pueden ver flamencos así. -Os habéis fijado en la embajada, en ese gran embajador que es calcetero -preguntó Oudarde. -Sí -contestó Mahiette-. Parecía un Saturno. -¿Y en aquel otro gordo cuya cara parecía un vientre desnudo? -prosiguió Gervaise-. ¿Y en aquel otro, bajito, con ojos pequeños y como bordeados de parpados rojizos, duros y dentados como un cardo? -Sus caballos sí que son bonitos -dijo Ouarde-, enjaezados como los llevan a la moda de su país. -Ay querida -interrumpió la provinciana Mahiette mostrando un aire de superioridad-, pues, ¿qué diríais si hubieseis visto en el año 61 hace dieciocho años, cuando la coronación del rey, los caballos de su séquito y los de los príncipes? Plumeros y gual- drapas de todas clases, unas de paños de Damásco, de fino paño de oro con adornos de martas cibelinas. Otros con terciopelos y pieles de armiño y cargados todos de adornos y de campanillas de oro y de plata. ¡Cuánto dinero no habría costado todo eso! ¡Y los preciosos muchachos a caballo, que hacían de pajes! -Lo que no impide -replicó secamente la señorita Oudardeque los flamencos lleven caballos hermosísimos y que ayer les hayan ofrecido una cena soberbia en el ayuntamiento; en la residencia del señor preboste de los mercaderes, en donde se les sirvieron frutas confitadas, hipocrás, especias y otras exquisiteces. -¿Qué estáis diciendo, vecina? -exclamó Gervaise-, los flamencos han cenado con el señor cardenal, en su residencia del Petit-Bourbon. -Que no, que ha sido en el ayuntamiento. -Os digo que ha sido en el Petit-Bourbon. -Segurísimo que ha sido en el ayuntamiento -respondió Oudarde con un tono seco-; y además el doctor Scourable les ha dedicado un discurso en latín que les ha complacido enormemente. Me lo ha contado mi marido que es librero jurado. -Pues segurísimo que ha sido en el Petit-Bourbon -respondió Gervaise en el mismo tono-, y además os dire to que les ha ofrecido el procurador del señor cardenal: doce dobles de hipocrás blanco, clarete y tinto; veinticuatro cestillos de mazapán dorado de Lión y otras tantas tartas de a dos libras la pieza y seis toneletas del mejor vino de Beaune que se pueda encontrar, blanco y clarete. Supongo que me creerás ahora; lo sé por mi marido que es el jefe de los guardias del Parloir-aux-Bourgeois y que precisamente comparaba esta mañana a los embajadores flamencos con los del preste Juan(12) y con el emperador de Trebisonda que vinieron desde Mesopotamia hasta París, con el último rey y que llevaban aros en las orejas. 12. Nombre mítico, dado en la Edad Media al soberano de Etiopía. -Estoy tan segura de que ha sido en el ayuntamiento -replicó Oudarde muy poco irnpresionada por aquel alarde de precisiones- y de que nunca se ha visto tal cantidad de viandas y dulces. -Pues yo os digo que han sido servidos por Le Sec, guardia de la ciudad, en la residencia del Petit-Bourbon, y seguramente es eso lo que os induce al error. -Os digo que en el ayuntamiento. -Que no, querida, que no. Y además habían encendido en cristales mágicos la palabra Esperanza que está escrita en la gran puerta de la entrada. -En el ayuntamiento, seguro que ha sido en el ayuntamiento, y además lo diré que Husson le Voir tocó la flauta. -¡Yo os digo que no! -¡Pues yo os digo que sí! -¡Pues yo os digo que no! La buena y rellena Oudatde se disponía ya a replicar de manera que en aquella discusión habrían llegado a los moños si no hubiera sido porque Mahiette las interrumpió diciendo: -¡Eh! ¡Qué hace toda esa gente reunida a11á, al otro lado del puente! Están mirando todos algo que hay en el centro, ¿no? -Es verdad -dijo Gervaise-, oigo como si tocaran una pandereta. Creo que es la pequeña Esmeralda que hace sus juegos con la cabra. Hala, más deprisa, Mahiette; avivad el paso y tirad más deprisa del niño que habéis venido aquí para conocer las cosas cu- riosas de París. Ya ayer habéis visto a los flamencos, hoy vais a ver a la zíngara. -¡La zíngara! -dijo Mahiette volviéndose bruscamente y cogiendo fuertemente a su niño por el brazo-. ¡Que Dios me guarde! Me robaría mi hijo; ven acá Eustaquio. Y echó a comer por el malecón hacia la Grève hasta dejar muy atras el puente; pero el niño del que iba tirando se cayó de rodillas y ella, toda jadeante, se detuvo. Oudarde y Gervaise la alcanzaron. -¿Creéis que esta gitana os va a robar a vuestro hijo? -dijo gervaise-. ¡Qué imaginación la vuestra! Mahiette movía la cabeza preocupada. -Lo que más me choca es que la Sachette(13) tiene la misma idea de las gitanas. 13. La Sachette era una especie de monja vestida con tela de saco y que llevaba en la cabeza una capucha también de saco. -¿Qué es la Sachette? -preguntó Mahiette. -Pues la hermana Gudule -dijo Oudarde. -¿Y quién es esa hermana Gudule? -Se ve que sois de Reims para no saberlo -respondió Oudarde-; es la reclusa del agujero de las ratas. -¿Quién? -preguntó Mahiette-, ¿esa pobre mujer a la que llevamos esta torta? Oudarde hizo con la cabeza un signo de afirmación. -Esa misma precisamente; vais a verla en seguida en su ventanuco, en la Grève. Piensa como vos sobre estas gitanas vagabundas que tocan el pandero y dicen la buenaventura a la gente. No se sabe de dónde le viene esa aversión a los zíngaros y a los gitanos; pero vos, Mahiette, ¿por qué habéis echado a correr nada más verla? -¡Oh! -exclamó Mahiette, tomando entre sus manos la cabeza del niño-, no quiero que me ocurra como a Paquette la Chantefleurie. -¡Vaya! Pues tienes que contarnos esa historia, mi buena amiga -le dijo Gervaise cogiéndola del brazo. -Me gustaría -respondió Mahiette-, pero, ¡ay! ¡De París tenías que ser para no conocerla! Pues os diré que, pero no necesitamos pararnos para contar la historia, Paquette de Chantefleurie era una guapa muchacha de dieciocho años cuando yo lo era también, es decir, hace dieciocho años y que sólo ella tiene la culpa de no ser hoy, como yo lo soy, una buena y fresca madre de treinta y seis años con un marido y un hijo. Era la hija de Guybertaut, ministril de barcos en Reims, el mismo que había tocado ante el rey Carlos VII en su consagración, cuando bajaba por nuestro río Vesle, desde Sillery hasta Muison. Incluso viajaba en aquel barco madame la Doncella. Pues murió su anciano padre siendo aún Paquette muy niña; así que sólo se quedó con su madre, hermana de M. Mathieu Pradon, calderero de París. Vivía en la calle Parin Garlin y murió el año pasado. Ya veis cómo era su familia. La madre era una buena mujer que, por desgracia, no enseñó nada a Paquette excepto un poco de muñequería, to que no impidió que la pequeña fuese creciendo y siguiera siendo pobre. Vivían las dos en Reims, río abajo, en la calle de la Folle-Peine. Fijaos en esto porque creo que fue eso to que trajo la desgracia a la Paquette. En el 61, el año de la coronación de nuestro rey Luis XI que Dios guarde, Paquette era tan alegre y tan bella que en todas las partes la llamaban la Chantefleurie. ¡Pobre niña! Tenía unos dientes hermosísimos y le gustaba reírse para enseñarlos. Pero chica a quien le gusta reír... Pero unos bellos dientes pierden a unos lindos ojos. Ésa era la Chantefleurie. La vida les era dura a ella y a su madre y desde la muerte de su padre habían quedado muy desamparadas. Su trabajo de muñequería apenas si les pro- porcionaba seis denarios a la semana, to que no supone más de dos maravedises de águila. Estaban muy lejos de cuando el tío Guybertaut ganaba doce sueldos parisienses en una sola ceremonia de coronación y con una sola canción. Un invierno, en ese mismo año del 61, las dos mujeres no tenían ni leña, ni troncos y hacía mucho frío, to que le dio a la Chantefleurie tan buen color que algunos hombres la llamaban Paquette y otros Paquerette(14) y ella se perdió. ¡Eustaquio! ¡Te estoy viendo morder la tarta! Nos dimos cuenta de que se había echado a perder un domingo que vino a la iglesia con una cruz de oro al cuello. ¡A los catorce años! ¡Os dais cuenta! Primero fue el joven vizconde de Cormontreuil, que tiene su campanario a tres cuartos de legua de Reims después micer Henri de Triancourt, caballerizo del rey; más tarde, ya con menor categoría, Chiart de Beaulion, sargento de armas, y luego, cada vez más bajo, Guery Aubergen, pinche de cocina del rey, y Macé de Frépus, barbero del Delfín, y Thévenin le Moine, cocinero del rey y así, cada vez menos jóvenes y de menor categoría, fue a parar con Guillaume Racine, menestril de zanfonía y con Thierry de Mer, linternero. Así la pobre Chantefleurie fue de todos. Había perdido hasta su última moneda de oro. ¡Qué os diría yo, amigas mías! En la coronación de aquel mismo año del 61 ella misma ocupó la cama del rey de los rufianes. ¡Todo en el mismo año! 14. Paquette y Paquerette corresponde, en francés, al nombre de la margarita, la flor. Mahiette suspiró y se secó una lágrima que asomaba a sus ojos. -La verdad es que es una historia no muy extraordinaria que digamos -dijo Gervaise-, pero no veo que aparezcan en ella ni gitanas ni niños. -¡Paciencia! -intervino Mahiette-: niños; ahora vais a ver uno. En el 66, dieciséis años va a hacer este mes, por Santa Paula, Paquette dio a luz a una niña. ¡Pobre desdichada! Ella se puso muy contenta pues hacía mucho tiempo que venía deseando un hijo. Su madre, una buena mujer que había siempre cerrado los ojos ante todo, había muerto y así Paquette no tenía a nadie en este mundo que la amara ni nadie a quien amar. Desde hacía ya cinco años que se había perdido la Chantefleurie era una pobre criatura. Estaba sola en la vida, señalada con el dedo, abucheada por las calles, perseguida y golpeada por los guardias y era la mofa de los muchachos harapientos. Además tenía ya veinte años y esa edad es casi la vejez para las mujeres como ella y la vida que llevaba comenzaba a ptoducirle menos que la muñequería de antes; por cada arruga de más, un escudo de menos; el invierno le resultaba especialmente duro, la leña era cada vez más escasa en su leñera y el pan en su artesa. Ya no podía trabajar porque al prostituirse se había hecho perezosa y sufría mucho más porque al hacerse perezosa se había hecho glotona. Así es al menos como el señor cura de Saint-Rerny explica el porqué mujeres como ella tienen más frío y más hambre que otras pobres cuando son viejas. -Sí -observó Gervaise-, pero, ¿y las gitanas? -Un momento, Gervaise --dijo Oudarde, cuya atención era menos impaciente-. ¿Qué quedaría para el final si todo se dijera al comienzo? Seguid, Maihette, por favor, seguid con la pobre Chantefleurie. Y Mahiette prosiguió: -Estaba, pues, muy triste y era muy desgraciada y las lágrimas habían marcado dos surcos en sus mejillas y en su vergüenza, en su locura y en su abandono creyó que sería menos vergonzoso, menos loco y que estaría menos abandonada si tuviera algo en el mundo o alguien a quien poder amar o que la amara y eso tenía que ser un niño, porque sólo un niño podía ser tan inocente como para eso. Había llegado a esa conclusión después de haber intentado amar a un ladrón, el único hombre que podía aceptarla, pero se dio cuenta, al cabo de algún tiempo, de que el ladrón la despreciaba. A estas mujeres de la vida les hace falta un amante o un hijo para llenarles el corazón, si no son muy desgraciadas. Pero como no podía tener un amante, se centró en el deseo de tener un hijo y, como nunca había dejado de ser piadosa, se to pedía siempre a Dios en sus preces y el buen Dios se apiadó de ella y le dio una hija. No quiero deciros cuánta fue su alegría. Fue una catarata de lágrimas, de besos y de caricias. Ella misma arnamantó a la pequeña, le hizo pañales con su manta, la única que tenía en su cama, y ya no volvió a sentir ni el frío ni el hambre y la belleza le volvió de nuevo, pues una soltera vieja puede ser muy bien una joven madre. Volvió a la galantería, la gente volvía a ver a la Chantefleurie y volvió a encontrar clientes para su mercancía y de todos aquellos horrores hizo pañales, gorritos y baberos, juboncitos de encaje, gorritos de satén, sin pensar siquiera en volver a comprar otra manta. ¡Señorito Eustaquio, le he dicho que no mordisquee la torta! Está claro que la pequeña Agnés, era el nombre de pila de la niña porque apellido hacía ya mucho que la Chantefleurie no to tenía; está claro que aquella pequeña.se encontraba envuelta entre más cintas y bordados que la hija de un rey. ¡Tenía entre otras cosas un par de zapatitos que ni el mismo rey Luis XI los tuvo nunca iguales! Ella misma se los había con- feccionado y bordado; había puesto en ellos toda la habilidad de sus conocimientos de muñequería y toda la delicadeza de un manto para una virgen. ¡Era el más precioso par de zapatos nunca visto! Eran casi tan largos como el pulgar.de mi mano y habría sido necesario verla jugar con sus piececitos para poder creer que podrían caber en ellos porque, ¡eran unos piececitos tan pequeños y tan lindos y tan sonrosados! Más sonrosados aún que el satén de los zapatitos. Cuando tengáis niños, Oudarde, os daréis cuenta de que no hay nada tan bonito como los pies y las manitas de los niños. -Lo estoy deseando -dijo Oudarde.con un suspiro-; pero estoy esperando que ése sea el deseo de mi señor Andry Musnier. -Por lo demás -prosiguió Mahiette-, la niña de Paquette no tenía sólo bonitos los pies. Yo llegué a verla cuando sólo tenía cuatro meses y era un cielo de niña. Tenía los ojos más grandes que la boca y el cabello, suavísimo y muy negro, empezaba ya a rizársele. Habría sido una auténtica morenaza a los dieciséis años. A su madre la traía más chalada cada día. La acariciaba, la besaba, le hacía cosquillas, la lavaba, la acicalaba y hasta se la comía a besos. La traía loca por completo y ella daba mil gracias a Dios. Se extasiaba sobre todo con sus piececitos sonrosados; eran para ella una locura de gozo. Siempre los estaba besando y se maravillaba de su pequeñez. La calzaba, la descalzaba, los admiraba, se maravillaba, los ponía al trasluz, le daba pena ponerla a andat en su cuna y se habría pasado la vida entera de rodillas, calzándola y descalzándola, como si se tratara de los pies del Niño jesús. -Es un cuento precioso -dijo a media voz Gervaise-, pero dónde aparece la gitana en todo esto. -Ahora viene -le replicó Mahiette-. Llegaron un día a Reims una especie de caballeros muy extraños. Eran pícaros auténticos; truhanes que iban recorriendo el país, llevados por su duque y por sus condes. Eran cetrinos y tenían el pelo muy rizado y aros de plata en las orejas. Las mujeres eran aún más feas que los hombres; tenían el rostro más negro y to llevaban descubierto. Llevaban también una capa pequeña, un viejo paño, hecho de cáñamo, sobre los hombros y una larga cola de caballo. Los niños que se colgaban de sus piernas habrían asustado hasta a los monos. Era una verdadera banda de canallas que venía derecha desde el bajo Egipto hasta Reims, atravesando Polonia. El papa los había confesado, según se decía, y les había puesto de penitencia el it caminando durante siete años por el mundo sin dormir en camas. Por eso los llamaban penitenciarios y olían que apestaban. Se decía que antes habían sido sarracenos, to que explica que creyeran en Júpiter y que reclamaran diez libras tornesas en todos los arzobispados, obispados y abadías de monjes mitrados. Parece que tenían este derecho por una bula del papa que los amparaba. Venían a Reims a decir la buenaventura en el nombre del rey de Argelia y del emperador de Alemania. Comprenderéis que no hizo falta más para no permitirles la entrada en la ciudad. Así que toda aquella banda acampó tan tranquila cerca de la Porte de Braine, en el montículo aquel en donde hay un molino junto a los pozos de las antiguas yeserías. La ciudad entera fue a verlos: to miraban la mano y to hacían profecías maravillosas. Eran capaces de predecir que Judas llegaría a ser papa. Había muchos rumores sobre ellos como el de ser ladrones de niños y de dinero y el de comer carne humana. La gente sensata advertía a los imprudentes: «No vayáis», pero ellos se les acercaban a escondidas; era como una especie de arrebato y la verdad es que decían cosas insospechadas. Las madres estaban muy orgullosas de sus hijos desde que aquellas egipcias les hubieran leído en la paima de sus manos toda suerte de milagros escritos en pagano y en turco. Una creía tener en su hijo a un emperador, otra a un papa y otras a un capitán. La curiosidad se apoderó también de la pobre Chantefleurie y quiso saber qué tenía en su casa y si su linda hijita Agnés no llegaría a ser un día emperatriz de Armenia a otra cosa; así que la llevó a las egipcias y éstas venga acariciarla y admirarla y besarla con sus negras bocas y venga maravillarse de sus manitas; todo ello, claro, con gran satisfacción de la madre. Hicieron muchas alabanzas de sus piececitos sobre todo y de sus preciosos zapatos. La niña no tenía aún el año y ya empezaba a balbucir, riéndose con su madre como una locuela. Estaba gordita y rolliza y tenía mil gestos encantadores como si fuera un angelito del cielo; se asustó mucho de aquellas egipcias y se echó a llorar. Su madre entonces la abrazó muy fuerte y se fue encantada con la buenaventura que las adivinadoras aquellas habían echado a su hija Agnès. Llegaría a ser una belleza, un dechado de virtudes, una reina en fin. A1 día siguiente, aprovechó un momentito en que la niña dormía en su cama, pues la acostaba siempre con ella; dejó la puerta entreabierta y se fue a contarle a una vecina de la calle de la Séchesserie que llegaría un día en que su hija Agnès sería servida en la mesa por el propio rey de Inglaterra, por el archiduque de Etiopía y otras tantas sorpresas más. Al volver, como no oyera los lloros de la niña, mientra subía la escalera, se dijo: «Todavía está durmiendo». Vio que la puerta estaba mucho más abierta de to que ella la había dejado, entró, se acercó a la cama la pobre madre y vio que la cama estaba vacía. La niña no estaba a11í y encontró en el suelo uno de sus zapatitos. Salió de la habitación, se lanzó escaleras abajo y empezó a golpearse la cabeza contra las paredes gritando: «¡Mi hija! ¡Dónde está mi hija! ¡Quién me ha robado a mi hija!». La calle estaba vacía, la casa se encontraba aislada y nadie pudo decirle nada. Se fue entonces a la ciudad, registró todas las calles, corrió por todas las partes durante todo el día, loca, desvariada, terrible, olfateando puertas y ventanas como un animal salvaje que ha perdido sus cachorros. Iba jadeante, despeinada, asustaba el verla y tenía cal fuego en sus ojos que secaba hasta las lágrimas. Detenía a los transeúntes y les gritaba: «¡Mi hija, mi hija, mi pequeñita! Seré la esclava de quien me la devuelva, seré su perro y podrá, si quiere, arrancarme el corazón.» Encontró al cura de Saint-Remy y le dijo: «¡Señor cura; trabajaré la sierra con mis uñas, pero devuélvame a mi hijita!». Era desgarrador, Oudarde; y vi a un hombretón, duro él, a maese Ponce Lacabre, el procurador, Ilorar como un niño. ¡Ay, pobre madre! Por la noche volvió a casa. Durante su ausencia una vecina había visto a dos egipcias entrar a escondidas en su casa, con un paquete en el brazo, y luego salir y escaparse corriendo después de cerrar la puerta. Después se oía en la casa de Paquette como llantos de niño. La madre se echó a reír, loca de alegría, subió las escaleras como si tuviera alas, empujó la puerta como de un cañonazo y entró... ¡Algo terrible, Oudarde! En lugar de su linda Agnès, tan sonrosada y fresca que parecía un regalo de Dios, una especie de monstruo pequeño, repulsivo, cojo, tuerto y contrahecho gateaba por las baldosas. Ella se tapó los ojos asustada. «¡Oh!, se dijo; será que las brujas han convertido a mi hija en este espantoso animal.» Se llevaron rápidamente de a11í al pequeño patizambo, pues de to contrario se habría vuelto loca. Debía ser el hijo monstruoso de alguna egipcia que se había entregado al diablo. Parecía de unos cuatro años y hablaba una lengua que desde luego no era humana; eran frases imposibles. La Chantefleurie se había abalanzado sobre el zapatito, como único recuerdo de to que había amado tanto, y se quedó a11í inmóvil, muda y casi sin respirar durante tanto tiempo que creyeron que se había muerto. De pronto tuvo un estremecimiento, empezó a besar furiosamente su reliquia y se deshizo en sollozos como si su corazón acabara de estallar. Os aseguro que todas nos echamos a llorar igual. Ella seguía dicien- do: «¡Mi niña, mi bonita niña! ¿Dónde estás?» Y sus gritos nos desgarraban las entrañas. Todavía me entran ganas de llorar al acordarme. Nuestros hijos son como la médula de los huesos. ¡Mi pobre Eustaquio! ¡Eres tan bonito! ¡Si supierais qué bueno es! Ayer mismo me decía: «Yo quiero ser guardia.» ¡Oh Eustaquio! ¡Si llegara a perderte! La Chantefleurie se levantó de pronto y echó a correr por las calles de Reims gritando: «¡Al campamento de los egipcios! ¡Al campamento de los egipcios! ¡Que vengan los guardias para quemar a las brujas!» Pero los gitanos se habían marchado ya. Era una noche muy cerrada y no se pudo it tras ellos. A1 día siguiente, a dos leguas de Reims-, en una zona de brezos, se encontraron entre Sueux y Tilloy los restos de una gran fogata así como algunas cintas que habían pertenecido a la niña de la Paquette, manchas de sangre y boñigas de macho cabrío. La noche que acababa de pasar era precisamente la del sábado y ya nadie puso en duda que los egipcios habían celebrado aquelarre entre aquellos brezos y que habían incluso devorado a la niña en compañía de Belcebú, como es costùmbre entre los mahometanos. Cuando la Chantefleurie se enteró de aquellas cosas tan horribles no lloró; movió los labios como para decir algo, pero no pudo. Al día siguiente tenía todos los cabellos canos y al otro desapareció. -Es en verdad una historia espantosa -dijo Oudarde-, que hará llorar hasta a un borgoñón. -Ya no me extraña que tengáis tanto miedo a los gitanos -añadió Gervaise. -Y vos habéis hecho muy bien en marcharos tan pronto con vuestro Eustaquio -continuó Oudarde- porque esos de ahí son también gitanos de Polonia. -¡Qué va! -dijo Gervaise-, dicen que vienen de España y de Cataluña. -¿De Cataluña? Es posible -respondió Oudarde-. Polonia, Cataluña, Valonia, confundo siempre esos países, pero to que sí es seguro es que son gitanos. -Y que tienen los dientes to suficientemente largos como para comerse a los niños -añadió Gervaise-. Y no me extrañaría que también la Esmeralda los hubiera probado, aunque sea tan remilgadita. Su cabrita blanca hace cosas demasiado maliciosas como para no pensar que haya algo raro detrás de todo eso. Mahiette andaba silenciosa; estaba absorta en esa especie de nebulosa que queda por así decir tras un relato triste y doloros y que no desaparece más que después de haberse propagado, a través de vibraciones, hasta las fibras más íntimas del corazón. A pesar de ello Gervaise le preguntó: -¿Y no se ha podido saber qué ha sido de la Chantefleurie? Mahiette no respondió. Gervaise le repitió otra vez la pregunta, sacudiéndola el brazo y llamándola por su nombre. Sólo entonces Mahiette pareció despertar de sus pensamientos. -¿Que qué ha sido de la Chantefleurie? -dijo repitiendo maquinalmente las palabras que aún le sonaban en el oído; y haciendo luego un esfuerzo para concentrar la atención en el sentido de estas palabras, réspondió-: Nunca más se ha sabido de ella. Y añadió después de una breve pausa: -Unos dicen haberla visto salir de Reims, al anochecer, por la puerta de Flechembault, otros que al amanecer, por la vieja puerta Bassée. Un pobre encontró su cruz de oro colgada en la cruz de un crucero en el campo en donde tiene lugar la feria. Se trata de aquella joya que la perdió en el año 61. Era un regalo del buen vizconde de Cormontreuil, su primer amante. Paquette no quiso nunca deshacerse de ella por muchas miserias que hubiera pasado. La estimaba más que a su vida. Por eso cuando vimos que se había deshecho de su cruz pensamos todas que estaba muerta. Sin embargo, hay gente en Cabaret-les-Vantes que dice haberla visto pasar por el camino de París, andando descalza por los pedregales. Pero en ese caso tuvo que haber salido por la Puerta de Vesle y entonces las cosas no concuerdan. O, mejor dicho, yo creo que salió por la puerta de Vesle en efecto, pero para irse de este mundo. -No os entiendo -dijo Gervaise. -La Vesle -respondió Mahiette con una sonrisa melancólica- es el rfo. -¡Pobre Chantefleurie! -dijo Oudarde tamblando-. ¡Ahogada! -Ahogada -prosiguió Mahiette-, y, ¿quién habría dicho al tío Guybertaut cuando pasaba bajo el puente de Tinqueux, río abajo, cantando en su barca, que un día su pequeña Paquette pasaría también bajo aquel puente pero sin barca y sin canción? -¿Y el zapatito? -le preguntó Gervaise. -Desapareció con la madre. -Pobre zapatito -dijo Oudarde. Oudarde, mujer gruesa y sensible, se habría contentado con suspirar acompañando a Mahiette; pero Gervaise, más curiosa, tenía aún más preguntas. -¿Y el monstruo? -dijo de pronto a Mahiette. -¿Qué monstruo? -preguntó ésta. -El pequeño monstruo egipcio, dejado por las brujas aquellas en la casa de la Chantefleurie a cambio de su niña. ¿Qué habéis hecho con él? Supongo que también to ahogaríais. -No -respondió Mahiette. -¡Cómo! ¿Lo quemasteis? Es más lógico, claro; tratándose de un niño brujo... -Ni to uno ni to otro, Gervaise; el señor arzobispo se interesó por el niño egipcio; to exorcizó, to bendijo, hizo salir con mucho cuidado al diablo de su cuerpo y to envió a París para exponerlo en la tarima de madera, en Nuestra Señora, como niño expósito. -¡Estos obispos! -dijo Gervaise entre dientes- como son tan sabios no hacen nada como los demás. ¿Qué os parece, Oudarde? ¡poner al diablo donde los niños expósitos!, porque no hay duda de que aquel pequeño monstruo era el demonio, ¿y qué han hecho con él en París, Mahiette? Porque estoy segura de que ninguna persona caritativa to quiso. -No lo sé -respondió la de Reims-. Fue precisamente por esas fechas cuando mi marido se hizo con la escribanía de Beru, a dos leguas de la ciudad, y ya no volvimos a ocuparnos del caso. ¡Con eso de que delante de Beru están los dos cerros de Cernay que no to dejan ver las torres de la catedral de Reims! Mientras hablaban así, las tres dignas burguesas habían llegado a la plaza de Gréve. En su preocupación habían pasado sin detenerse por delante del breviario público de la Tour-Roland y se dirigían maquinalmente hacia la picota en torno a la cual se reunía más gentío cada vez y es probable que el espectáculo que atraía en aquel momento todas las miradas las habría hecho olvidar por completo el agujero de las ratas y la paiada que habían decidido hacer allí si el gordinflón de Eustaquio, de seis años, al que su madre llevaba de la mano, no se to hubiera recordado bruscamente. -Madre -dijo como si algo le advirtiese que el agujero de las ratas había quedado atrás-: ¿me puedo comer ya la torta? Si Eustaquio hubiera sido más hábil, es decir menos goloso, habría esperado un porn más y, a la vuelta en la Universidad, en casa de micer Andry Musnier, en la calle Madame-la-Valence, cuando hubieran estado los dos brazos del Sena y los cinco puentes de la Cité entre el agujero de las ratas y la torta, habría lanzado entonces aquella pregunta tímidamente: -Madre, ¿puedo comerme ya la torta? Perd esa pregunta, hecha por Eustaquio en un momento poco prudente, despertó la atención de Mahiette. -¡A propósito! -exclamó-, nos olvidamos de la reclusa. Decidme dónde está el agujero de las ratas para dejarle la torta. -Ahora mismo -le respondió Oudarde-. ¡Es una obra de caridad! No era ésa la opinión de Eustaquio. -¡Adiós mi torta! -dijo levantando los hombros y acercándolos alternativamente hacia los oídos, como expresión manifiesta de descontento. Las tres mujeres volvieron sobre sus pasos y, al llegar a la proximidad de la Tour-Roland, Oudarde dijo a las otras dos mujeres: -No debemos mirar las tres a la vez por el agujero para que no se asuste la Sachette; haced como que estáis leyendo el dominur en el breviario mientras asomo la nariz por el tragaluz. La Sachette me conoce un poco; ya os diré cuándo podéis venir. Se fue ella sola hacia el tragaluz y cuando introdujo su mirada en el interior, sintió una inmensa compasión que se manifestó en todos los rasgos de su rostro; su expresión alegre y su fisionomía confiada cambiaron tan bruscamente de color como si hubiera pa- sado de un rayo de sol a un rayo de luna. Sus ojos se humedecieron, su boca se contrajo como para llorar y un momento más tarde, Ilevándose el dedo a los labios, hizo una seña a Mahiette para que se acercara a ver. Mahiette se acercó emocionada, en silencio y de puntillas como cuando uno se acerca al lecho de un moribundo. Era ciertamente un espectáculo penoso el que ofrecían las dos mujeres, mientras miraban sin moverse y sin respirar apenas por las rejas de la claraboya del Agujero de las Ratas. La celda era estrecha, más ancha que profunda, con bóvedas de ojiva y su interior se parecía bastante al alveolo de una gran mitra de obispo. En la losa desnuda del suelo, en un rincón, se veía a una mujer sentada o más bien acurrucada. Su mentón estaba apoyado en las rodillas y éstas a su vez estaban fuertemente asidas por los brazos. Así acurrucada, vestida con un saco marrón que la envolvía por completo entre sus pliegues, su larga cabellera gris echada hacia adelante le tapaba la cara y se deslizaba por sus piernas Ilegando casi hasta los pies. Tenía así, a primera vista, una forma extraña recortada sobre el fondo umbrío de la celda; parecía algo así como un triángulo negruzco cortado en dos por el rayo de luz que venía de la claraboya, una de cuyas partes aparecía iluminada y la otra oscura. Era como uno de esos espectros divididos en una parte de luz y en otra de sombra respectivamente, como pueden verse en los sueños o en la obra extraordinaria de Goya, pálidos, inmóviles, siniestros, acurrucados junto a una rumba o recostados contra la reja de un calabozo. No era ni mujer, ni hombre, ni ser viviente ni tenía tampoco una forma definida; era una figura, una especie de visión, mezcla de real y fantástico, como la luz y la sombra. Apenas si, a través de sus cabellos extendidos hasta el suelo, podía distinguirse un perfil escuálido y austero; su ropa dejaba asomar la extremidad de un pie descalzo que se crispaba sobre el suelo duro y helado; y to poco que de forma humana podía adivinarse bajo aquella envoltura de luto hacia estremecerse. Aquella figura, que parecía pegada al suelo, daba la impresión de no tener ni movimiento, ni pensamiento, ni aliento. Bajo aquel delgado saco de lienzo, en enero, descalza en un suelo de granito, sin fuego, a la sombra de un calabozo con una lucera oblicua por la que sólo entraba el viento y nunca el sol, ella no parecía ni sufrir ni sentir. Se hubiera dicho que se había hecho piedra con el calabozo y hielo con la estación. Tenía juntas las manos y fija la mirada. A primera vista se la podía confundir con un espectro, después con una estatua. Sin embargo, sus labios amoratados se abrían a intervalos y temblaban, pero tan muertos y tan maquinalmente, como las hojas movidas por el viento. También de sus ojos tristes se escapaba una mirada, una mirada inefable, una mirada profunda, lúgubre, imperturbable, fija en uno de los ángulos de la celda que no podía verse desde fuera; una mirada que parecía unir todos los pensamientos sombrios de aquel alma desesperada a no sé qué objeto misterioso. Así era la criatura a la que llamaban rectuaa, por el lugar en donde se encontraba y Sachette por !a ropa que llevaba. Las tres mujeres, ya que Gervaise se había unido a Mahiette y a Oudarde, miraban por la lucera. Sus cabezas interceptaban la débil luz del calabozo sin que la desventurada a la que se la quitaban pareciera ni siquiera fijarse en ellas. -No la molestemos -dijo Oudarde en voz baja-; se encuentra como en éxtasis y está rezando. Pero Mahiette contemplaba con una ansiedad cada vez mayor aquella cabeza demacrada, marchita y despeinada y sus ojos se Ilenaban de lágrimas. -Sería curiosísimo-, murmuraba mientras pasaba la cabeza por los barrotes del tragaluz y conseguía dirigir la mirada hasta el ángulo en donde los ojos de la desdichada parecían estar invariablemente fijos. Cuando retiró su cabeza de la claraboya, su rostro estaba inundado de lágrimas. -¿Cómo llamáis a esta mujer? -preguntó a Oudarde. -La llamamos Gudule -respondió Oudarde. -Y yo -prosiguió Mahiette-, yo la llamo Paquette la Chantefleurie. Entonces, llevándose el dedo a la boca, hizo seña a Oudarde, que se había quedado estupefacta, de que introdujera la cabeza por la lucera y que mirase. Ésta miró y vio en el ángulo en el que la vista de la reclusa estaba clavada con aquella sombra de éxtasis, un zapatito de satén rosa, bordado con mil adornos de oro y plata. Gervaise miró después a Oudarde y entonces las tres mujeres, contemplando a la desdichada madre, se echaron a llorar. Pero ni sus miradas ni sus lágrimas habían logrado distraer a la reclusa, que seguía con sus manos juntas, sus labios mudos, sus ojos inmóviles. Para quien conociera su historia, ese zapatito sobre el que se concentraba su mirada, partía el corazón. Las tres mujeres seguían aún sin decir palabra; no se atrevían a hablar ni incluso en voz baja. Aquel profundo silencio, aquel dolor tan inmenso y aquel gran olvido en donde todo había desaparecido excepto una sola cosa, les producía el efecto de un altar mayor en Pascua o en Navidad. Se callaban, se recogían y hasta casi estaban dispuestas a arrodillarse. Les daba .la sensación de haber entrado en una iglesia el día de tinieblas. Por fin Gervaise, la más curiosa de las tres, y en consecuencia la menos sensible, intentó hacer hablar a la reclusa: -¡Hermana! ¡Hermana Gudule! -repitió la llamada hasta tres veces, hablando más alto cada vez, pero la reclusa no se movió. Ni una mirada, ni una palabra, ni un suspiro, ni un signo de vida. Oudarde, a su vez, con una voz más dulce y acariciadora le dijo: -¡Hermana! ¡Hermana Santa Gudule! El mismo silencio, la misma inmovilidad. -¡Extraña mujer! ¡Ni una bombarda la perturbaría! -exc~amó Gervaise. -A to mejor está sorda -dijo Oudarde con un suspiro. -O ciega, quizás -añadió Gervaise. -O tal vez muerta -añadió Mahiette. La verdad era que, si bien el alma no había aún abandonado aquel cuerpo inerte, dormido y aletargado, sí se había ocultado tan profundamente, que las percepciones externas no le llegaban en absoluto. -Tendremos que dejar la torta en la claraboya -dijo Oudarde-, alguien la cogerá, porque... ¿cómo podemos hacer para despertarla? Eustaquio, que hasta entonces se había mantenido distraído por un carrito tirado por un perro, que acaba de pasar, se dio cuenta de pronto de que las tres mujeres estaban mirando algo por el tragaluz, se sintió, también él picado por la curiosidad y subiéndose a una gran piedra, se puso de puntillas y arrimó su cara redonda a la lucera diciendo: -¡Madre, déjeme mirar! Al oír aquella voz infantil clara, fresca, sonora, la reclusa se estremeció y volvió la cabeza con el movimiento brusco de un resorte metálico. Con sus dos largas y descarnadas manos apartó los cabellos que le caían por la frente y clavó en el niño unos ojos sorprendidos amargos y desesperados. Fue como un relámpago aquella mirada. -¡Dios mío! -exclamó de pronto escondiendo la cabeza entre las rodillas, y parecía que su voz. ronca fuera a desgarrarle el pecho-, ¡por to menos no me enseñéis a los hijos de los demás! -Buenos días, señora -le dijo el niño con gravedad. Pero aquella impresión había despertado a la reclusa. Un largo escalofrío recorrió todo su cuerpo de pies a cabeza; sus dientes comenzaron a castañetear. Levantó un poco la cabeza y dijo apretando los codos contra las caderas y cogiéndose los pies con las manos como para calentarlos. -¡Oh! ¡Qué frío tan horrible! -Pobre mujer -dijo Oudarde con gran compasión-. ¿Queréis un poco de fuego? Ella movió la cabeza rechazándolo. -Tomad entonces un porn de hipocrás que os calentará -le dijo Oudarde al tiempo que le ofrecía un pequeño frasco. Ella movió nuevamente la cabeza, rechazándolo y, mirando fijamente, respondió. -Agua. Oudarde insistió. -No, hermana; no es el agua para este tiempo tan frío. Tenéis que beber un poco de hipocrás y comeros esta torta de maíz que hemos hecho para vos. Ella le rechazó la torta que Mahiette le ofrecía y dijo: -Sólo pan negro. -Vamos -dijo Gervaise llena de compasión, y quitándose la capa de lana se la ofreció diciendo-: Tomad esta capa que os dará un poco más calor que la vuestra. Echáosla por los hombros -ella rechazó la capa como to había hecho antes con el frasco y la torta. -Un saco -pidió. -Pero tenéis que daros cuenta de que ayer fue fiesta -insistía la buena de Oudarde. -Ya me he dado cuenta pues hace dos días que estoy sin agua en la jarra -y añadió después de un silencio-: Cuando hay fiesta se olvidan de mí, y así tiene que ser. ¿Por qué la gente va a pensar en mí si yo no pienso en ellos; a carbón apagado, cenizas frías. ` Y como si se hubiera cansado de canto hablar, dejó caer de nuevo la cabeza entre sus rodillas. La sencilla y caritativa Oudarde que creyó interpretar en sus últimas palabras que se quejaba de frío, le respondió con ingenuidad. -¿Queréis entonces un porn de fuego? -¡Fuego! -dijo la Sachette con un extraño acento-. ¿Haréis también un poco para calentar a la pobre niña que está bajo sierra desde hace quince años? Todos sus miembros empezaron a temblar; su palabra vibraba, sus ojos brillaban y se había incorporado sobre sus rodillas. Entonces tendió de pronto su mano blanca y esquelética hacia el niño que la miraba sorprendido. -¡Llevaos a este niño! -gritó- ¡Va a pasar la egipcia! Entonces cayó de bruces al suelo y su frente se golpeó fuertemente al caer produciendo el ruido de una piedra contra otra. Las tres mujeres la creyeron muerta, pero poco después se removió y vieron cómo se arrastraba sobre sus rodillas y con los codos hasta el rincón en donde se encontraba el zapatito. Entonces ellas ya no se atrevieron a mirar pero oyeron los mil besos y los mil suspiros mezclados con gritos desgarradores y golpes sordos como los de una cabeza que se golpea contra la pared. Más tarde, después de uno de aquellos golpes, especialmente violento, las tres se estremecieron y ya no volvieron a oír nada. -¿Se habrá matado? -dijo Gervaise decidiéndose a introducir la cabeza por entre la reja-: ¡Hermana, hermana Gudule! -Hermana Gudule -insistió Oudarde. -¡Ay Dios mío! ¡Ya no se mueve! -decía Gervaise-. ¿Se habrá muerto? ¡Gudule, Gudule! Mahiette, asustada hasta el punto casi de no poder hablar, dijo haciendo un gran esfuerzo: -¡Paquette, Paquette la Chantefleurie! Un niño que sopla ingenuamente la mecha mal encendida de un petardo y que to hace estallar en sus propios ojos, no se queda tan asustado como Mahiette ante la reacción producida en la celda de la hermana Gudule al oír aquel nombre. Todo el cuerpo de la reclusa se estremeció, se puso de pie y dio un salto hacia la claraboya con unos ojos tan encendidos que Mahiette y Oudarde, el niño y la otra mujer retrocedieron hasta la pared del malecón. La figura siniestra de la reclusa aparecía agarrada a la reja de la lucera. -¡Ahh! -gritaba con una risa espantosa-. ¡Me está llamando la egipcia! Y entonces la escena que se desarrollaba en la picota retuvo su mirada huraña. Su frente se frunció horrorizada y sacando por fuera de la reja sus dos brazos esqueléticos gritó con voz estentórea: -¡Otra vez tú, hija de Egipto! ¡Me estás llamando otra vez ladrona de niños! ¡Maldita seas! ¡Maldita! ¡Maldita! ¡Maldita! IV UNA LÁGRIMA POR UNA GOTA DE AGUA ESTAS palabras eran, por decirlo así, el punto de unión de las dos escenas que hasra allí se habían desarrollado paralelamente y en el mismo momento aunque cada una en su teatro Particular. Una, la que acabamos de leer, en el Agujero de las Ratas, y la otra, que leeremos ahora, en las gradas de la picota. La primera no había tenido más testigos que las tres mujeres que el lector acaba de conocer; la segunda había tenido como espectadores a todo el público que ya hemos visto antes agolparse en la plaza de Grève en torno a la picota y a la horca. Todo aquel gentío, al que los cuatro guardias, colocados desde las nueve de la mañana en cada una de las esquinas de la picota, hacían suponer una ejecución sencilla, no un ahorcamiento sino más bien una flagelación, un desorejamiento, o algo por el estilo; toda aquella turba había aumentado de tal manera que los cuatro guardias, con la gente acosándolos demasiado cerca, se habían visto obligados en más de una ocasión a apretarla, como se decía entonces, con fuertes latigazos o incluso con las grupas de los caballos. Aquel gentío, acostumbrado ya a la espera de las ejecuciones públicas no se mostraba demasiado impaciente y se entretenla contemplando la picota, que era una especie de construcción muy sencilla formada por un cubo de mampostería, de unos diez pies de altura y hueco en el interior. Unos escalones de piedra, sin labrar, a los que se llamaba por antonomasia la ercalera, llevaban a la plataforma superior, en la que se veía una rueda horizontal, de madera de roble, maciza. Se ataba al condenado a esta rueda, de rodillas y con los brazos a la espalda. Un eje de madera, accionado por un cabrestante oculto en el interior, imprimía rotación a la rueda, que se mantenía constantemente en un plano horizontal, presentando así la cara del condenado a todos los ángulos de la plaza. A eso se le llamaba girar al criminal. Vemos, púes, que la picota de la Grève estaba lejos de ofrecer todas las distracciones que ofrecía la de las Halles. Nada tenía de monumental ni de arquitectural. Carecía de techo en forma de cruz de hierro y de bóveda octogonal y de las frágiles columnillas que al llegar a to alto se desplegaban en capiteles de acanto y de flores; no tenía tampoco gárgolas con animales monstruosos ni delicadas tallas esculpidas en piedra como en las Halles. Había que contentarse con aquellas cuatro paredes de barro con dos filas de baldosas de gres y una mala horca de piedra al lado, sencilla, sin ningún adorno. Poca cosa era aquello para los entusiastas del arte gótico. Claro que nada había menos entusiasta en arte que aquellos papanatas de la Edad Media, a quienes la belleza de cualquier picota les importaba un bledo. El condenado llegó por fin, atado al fondo de una carreta, y en cuanto le izaron a la plataforma y cuando pudo ser contemplado desde los cuatro ángulos de la plaza, atado ya con cuerdas y correas a la rueda de la picota, un abucheo impresionante surgió en toda la plaza entre risas y aclamaciones. Todos habían reconocido a Quasimodo. Porque era él, en efecto, y el cambio era curiosísimo, pues hoy se encontraba en aquella picota de la misma plaza en la que el día anterior había sido aclamado y proclamado como papa y príncipe de los locos, formando su cortejo el duque de Egipto, el rey de Thunes y el emperador de Galilea. Lo que es indudable es que no había nadie entre aquel gentío, ni incluso él mismo, que pensase un poco en esa doble circunstancia de triunfador y condenado. Faltaban en aquel espectáculo Gringoire y su filosofía. A1 poco rato Michel Noiret, trompeta oficial del rey, nuestro señor, impuso silencio al populacho y pregonó la sentencia según orden y mandato del señor preboste. Después se retiró tras la carreta con sus hombres, vestidos con uniforme y librea. Quasimodo, impasible, no pestañeaba. Cualquier resistencia habría sido inútil por to que se llamada entonces, en el estilo de la cancillería criminal, la vehemencia y la firmexa de la.r atadurat, to que quería decir que, en caso de resistencia, las ligaduras y las cadenas se le habrían incrustado probablemente en la carne. Es ésta, por to demás, una tradición carcelaria y penitencial que no se ha perdido, y asl las esposas la conservan aún, como recuerdo, en nuestros días y entre nosotros, pueblo civilizado, dulce y humano (el penal y la guillotina entre paréntesis). Quasimodo se había dejado llevar y empujar subir, atar y encadenar. Excepto el gesto estúpido de asombro de un salvaje, nada podía deducirse de su fisionomía. Se sabía que era sordo, pero habría podido decirse que era también ciego. Le pusieron de rodillas sobre la rueda y no hizo el menor gesto. Le despojaron de su jubón y de su camisa quedándose desnudo hasta la cintura y no hizo el menor gesto. Le ataron de nuevo con más correas y clavillos y se dejó hacer. Sólo suspiraba ruidosamente de vez en cuando como un ternero cuya cabeza cuelga y se balancea asomándose por los bordes de la carreta del carnicero. -El muy cernícalo -dijo Jehan Frollo du Moulin a su amigo Robin Poussepain (pues los dos estudiantes habían seguido al reo, como es lógico)- comprende menos que un moscardón encerrado en una caja. Fue una carcajada inmensa la que provocó en el gentío la joroba, al desnudo, de Quasimodo, su pecho de camello y sus hombros callosos y peludos. En medio de aquella algazara un hombre de uniforme, de baja estatura y aspecto robusto, subió a la plataforma y se colocó junto al reo. Su nombre comenzó a circular en seguida entre la asistencia; se trataba de maese Pierrat Torterue, torturador oficial del Chátelet. Empezó por colocar en uno de los ángulos de la picota un reloj de arena, cuya cápsula superior estaba llena de arena roja, que dejaba fluir hacia el recipiente inferior; después se despojó de un gabán corto que llevaba y se le vio coger en su mano derecha un látigo fino con largas correas blancas, relucientes, anudadas, trenzadas, provistas de uñas metálicas. Con la mano izquierda se remangaba la camisa del brazo derecho. Jehan Frollo gritaba, levantando su cabeza rubia y rizada por encima de la gente (para ello se había subido a los hombros de Robin Poussepain). -¡Vengan a ver, señoras y señores! ¡Vengan pues van a flagelar perentoriamente a maese Quasimodo, el campanero de mi hermano, el señor archidiácono de Josas; una curiosa muestra de arquitectura oriental, con la espalda en forma de cúpula y las piernas como columnas salomónicas! Y la multitud aplaudía y to celebraba con risotadas, principalmente los niños y las mvchachas. Finalmente, el torturador golpeó el suelo con el pie y la rueda comenzó a girar. Quasimodo se tambaleó entre sus ligaduras. El estupor que se dibujó bruscamente en su rostro deforme provocó de nuevo otra oleada de carcajadas. De pronto y cuando la rueda en su giro presentó ante maese Pierrat la espalda montañosa de Quasimodo, Pierrat levantó el brazo y las finas correas silbaron cortantes en el aire como un manojo de culebras y cayeron con furia en los hombros del des- dichado. Quasimodo saltó sobre sí mismo, como si despertase sobresaltado y empezó a darse cuenta de to que pasaba. Se retorció entre sus ligaduras y una violenta contracción de sorpresa y de dolor descompuso los músculos de su rostro, pero no lanzó una sola queja; únicamente volvió la cabeza hacia atrás, a la derecha y luego a la izquierda con movimientos nerviosos, como un toro picado en la grupa por un tábano. Un segundo latigazo siguió al primero y luego otro y otro y otro sin parar. La rueda no cesaba de girar y los latigazos seguían Iloviendo. Pronto empezó a surgir la sangre; se la vio chorrear en mil hilillos por los negros hombros del jorobado y las finas correas del látigo, al g.irar silbando, la esparcían en gotas entre la multitud. Quasimodo había recobrado, al menos en apariencia, su impasibilidad del principio. Primero había intentado sordamente sin grandes sacudidas visibles romper sus ligaduras. Se había visto cómo se encendían sus ojos, cómo se tensaban sus músculos, cómo se contraían sus miembros, cómo se estiraban las correas y crujían las cadenas. Era un esfuerzo poderoso, prodigioso, desesperado; sin embargo las viejas cadenas de la prebostería no cedían, crujieron un porn y nada más. Quasimodo acabó agotado y del es- tupor pasó a un sentimiento amargo y profundo de desesperación; cerró su único ojo, dejó caer la cabeza sobre su pecho y se hizo el muerto. Desde ese momento ya no se movió. Nada consiguió provocarle un solo movimiento; ni su sangre, que seguía fluyendo, ni los latigazos que descargaban sobre él con furia redoblada, ni la cólera del torturador que se excitaba a sí mismo y se embriagaba con la ejecución, ni el ruido de aquellas correas horribles, aceradas y silbantes. Por fin un ujier del Châtelet, vestido de negro, montado sobre un caballo negro, parado junto a la escalera desde el comienzo de la ejecución, extendió su vara de ébano hacia el reloj de arena. El torturador se detuvo. La rueda se detuvo también y el ojo de Quasimodo comenzó a abrirse lentamente. La flagelación había terminado. Dos criados del torturador oficial lavaron los hombros ensangrentados del reo, los frotaron con no sé qué ungüento que cerró al momento todas las llagas y le echaron por los hombros una especie de paño amarillo a guisa de casulla. Mientras Pierrat Torterue hacía gotear en el suelo las correas rojas, empapadas de sangre. Pero aún no había acabado todo para Quasimodo; aún le quedaba aguantar aquella hora de picota que maese Florian Barbedienne había tan juiciosamente añadido a la sentencia de micer Robert d'Estouteville. Y todo ello a la mayor gloria del viejo juego de palabras fisiológico y psicológico de Jean de Cumène: Surdur abturdxt. Así que dieron la vuelta al reloj de arena y dejaron al jorobado atado a la rueda para que se hiciera justicia hasta el final. El pueblo, principalmente en la Edad Media, es en la sociedad to que el niño en la familia; mientras permanece en ese estado de ignorancia primaria, de inmadurez moral a intelectual, se puede decir de él como del niño: Cet âge est sans pitié(15). 15. Esa edad no tiene piedad (La Fontaine, Fábular, IX-2, «Las dos palomas»). Ya hemos indicado cómo Quasimodo era generalmente odiado y por más de una razón en verdad. Seguro que no habría ni un solo espectador entre toda aquella multitud que no tuviera o no hubiera creído tener alguna razón para quejarse del temible jorobado de Nuestra Señora. La alegría había sido total al verle aparecer en la picota y el castigo tan rudo que acababa de sufrir y la lamentable situación en que le habían dejado, lejos de enternecer al populacho, habían hecho su odio más encendido, animándolo con una punta de alegría. Por eso, una vez satisfecha la vindicte publique como dicen todavía hoy los leguleyos, llegó el turno de las mil venganzas particulares. Aquí, como en la gran sala, eran sobre todo mujeres las que actuaban... pues todas le tenían algún motivo de rencor; unas por su. malicia, otras por su fealdad; éstas eran las que más furiosas se mostraban. -¡Máscara del anticristo! -le decía una. -¡Cabalgador de mangos de escoba! -le gritaba otra. -¡Mira qué cara tan trágica nos pone! -aullaba una tercera-. ¡Como para hacerte papa de los locos si ayer fuera hoy! -Está bien -añadía una vieja-; ésa es la mueca de la picota. ¿Cuándo veremos la de la horca? -¿Cuándo to taparán con to gran campana, y a cien pies bajo el suelo, maldito campanero? -¡Y pensar que es este diablo el que toca el ángelus! -¡Eh, tú! ¡Sordo! ¡Tuerto! jorobado! ¡Monstruo! -¡Tu cara es mejor abortivo que cualquier medicina o cualquier fármaco! Y los dos estudiantes, Jehan du Moulin y Robin Poussepain, cantaban a voz en grito el viejo estribillo popular: Une hart Pour un pendart! Un fagot Pour le magot (16). 16 Una cuerda para el bribón / un haz de leña para el monigote. Y le llovían otras mil injurias más y abucheos a imprecaciones y risotadas y pedradas por doquier. Quasimodo era sordo pero veía muy bien y el furor público no estaba pintado en los rostros con menos fuerza que en las palabras y además las pedradas explicaban muy bien las risotadas. En principio lo aguantó todo, pero poco a poco aquella paciencia que se había endurecido bajo el látigo del torturador, cedió y abrió el camino a todas aquellas picadas de insectos. El toro de Asturias que no se inmuta apenas por el puyazo del picador, se irrita por las mordeduras de los perros y por las banderillas. Primero paseó una mirada amenzadora sobre la multitud pero, agarrotado como estaba, su mirada no tuvo fuerza suficiente para espantar a las moscas que le picaban en sus llagas. Entonces se removió como para librarse de sus ligaduras y sus furiosos esfuerzos hicieron chirriar los ejes de la vieja rueda de la picota. Ante esa circunstancia las risas y los abucheos redoblaron. Entonces el miserable, al no poder romper su collar de fiera encadenada, se apaciguó y únicamente, y a intervalos,